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Full text of "El Té de las damas : conversaciones agradables é instructivas entre varias señoras."
























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Luisa Labhé. ........... .... ... ... . 3o8 

Luisa de Lorena. ,..../,...... 3og 

Madama Deshoulieres *. id. 

La condesa de la Suze ...... 3 1 4 

Madama Tencin . .... ■....- 3i6 

Margarita de Lussan 3>o x 

La Señorita Scuderi 32 2 

La Marquesa de Rambouillet 3o5 

La guirnalda de Julia . ... V .... . 3s6 

La Condesa de Fayetle 3^7 

Madama Geoffrin. 3*8 

Madama de StaaL 33o 

Madama de Graffigny id. 

La Marquesa de Sevigné 332 

La Señorita Cheron 335 

La Señorita Merian 338 

Madama de Beaumont 33c) 

Madama Gómez. 34o 



2TIN DE ESTE TOMO. 



Ana Comneno. 

Margarita de Austria 



344 



Tgarita de> Vatois ...*.. 

Margarita dé Francia 

O ira Margarita de Francia. . 

Cristina, reina de Suecia.. ...< 

■Retrato de Cristina. . . .... . . .•■*,. ...... . 

CONVERSACIÓN NOVENA. . . . . .......... 

La Caballé fía.. . .......... 

Isaura, novela caballeresca. . ....... 

Conversación dbgima . . . . 

Mugeres sabias. . . . 

a.° Mugeres sabias en ciencias y conoci- 
mientos sublimes. 

Madama Dacier . . . 

Olimpia M ovala . . . . 

La Marquesa de Chastelet. .......... 

Agnodice.. . . . . . 

JSogarola. ... ... . ...... ........... 

Casandra Fidele. . 

Modesta di Pozzo di Zorzi. ........ t 

Zucrecia Cámaro*. ..... . .... . 

Sabias Polonesas . . 

Laura Basi. . . . . . .. 

Otras mugeres sabias. .............. 

3.° Mugeres artistas y. autoras de obras 
de imaginación :-.. . . .*. . 

C orina ..... . . ^ . . 



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296 

4 7 
298 



-* tutfb'tia. c . . k .*. v . -. /. . 
Sulpicia* . ....... 

Cristina Pisan. . . 
¥erónica Garnbam. . . . . • 



.... . . 



.... . . 



... . . . . . 



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. . . . * . . 



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...... 



. - . . . - . . - . 



...... 



3o 1 
3o 5 
3b6 



.... 



.«•*... 



Soy- 



343 

JSonna de la Faltclina. . ¿ . 171 

Jja Condesa de Balmont. ...... 173 

Conversación sfsta . . 1 74 

Irrupción de los Bárbaros . . .. ..... . id. 

Costumbres de los Bárbaros, . . . . j 85 

De la suerte de las mugeres en Asia. 

Religión de M ahorna ' . . 1 89 

CONVERSACIÓN SÉPTIMA . .. I 98 

Ejemplos de amor conjugal. Panthea y 

Abradates. id, 

Miladi Milhtisdale. 2o5 

La esposa de un oficial ginebrino . . . . . 206 

Las ciudadanas de Munich. 207 

La Condesa de H***. . . . id. 

Ejemplos de castidad Hervica. Blanca 

de Pádua. . 208 

Margarita , esposa de San Luis, Rey de 

Francia- ...... 209 

Teodora Despuna. . .. ... 21 1 

Otra Teodora , Emperatriz. ....... 2)3 

Conversación octava. 21 5 

Las mugeres sabias id. 

% Q Reinas y Princesas sabias. ....... id, 

A teñáis ó Elia Eudosia 216 

Otra Elia Eudosia. . . 219 

Eudosia Licinia. 220 

Eudosia, rnuger de Constantino Ducas. 221 

Eudosia Lapuchin 223 

Julia Sabina. . 224 

Plofina. . 225 

Julia Cornelia Salonina 226 

Amalasonta .............. id. 



* 



342 . 

Arria. . . * . . 91 

Julia , muger de Pompeyo. . id. 

Julia Donna. ............. 92 

Las dos Octavias 9^ 

Pope a'. 97 

Agripina, esposa de Germánico id. 

Livia Orusda . , . . . . . , 1 00 

Paulina, esposa de Séneca y 102 

Evícaris . . . . . . 1 o3 

' _ «i 

Eponina y Sabino iu. 

Cimon, ó la piedad romana io5 

Las testales de liorna io£ 

Las Vestales del Perú,. . . .......... Jai 

Conversación cuarta. .............. 1 ¿5 

Primeros tiempos del Cristianismo. . . . ,,. id. 

CoNVERSACIDJN. QUINTA. . ........... . . ||S8$ 

Los salvages . « . . .,..,..... . id. 

Origen de los Sár matas. * ^7 

Las Amazonas ........... J-4 1 

Oritia y Pentesileaí. ...... , * .. i44 

Las Gorgonas.. .................... 1 47 

Mujeres guerreras, . i49 

Wlvida, ó tas Amazonas' del Norte.. . . id. 

Semíra/nis. 1 0% 

Juana del Arco, á la Poncela de Or« 

leans . ................. * ....... . J 53 

Juana de Háchete. i 60 

7,£¿ Cotidma de Monlfort. 161 

Margarita de Anjou. . . ..... ......... . 162 

Metra! o de Margarita de An/ou.. f . , . , i65 
Margarita de [Faldemaro , ó /a Semíra- 

mis de/ i\orte. . 166 

Otra Margarita de Dinamarca- ...... t 17Q 



34 1 

ÍNDICE 



DE LOS 



ARTÍCULOS contenidos 

Eíí ESTE TOMO PRIMERO. 



'■' . ' i , ' 



CONVERSACIÓN PRIMERA, . - . d . ... Pág* I £ 

^¿¿oj" egipcios y chinos. 17 

Zoí" griegos.. . . ....... . . . . . 27 

Conversación segunda. . . . . . : . 38 

Historia de las muge res célebres por sus 

virtudes ó buenas cualidades.. ..... id. 

Fidelidad en amor 89 

'Amor. 4^ 

Las dos Artemisas . ........... t . so 

Hipslcrates. 54 

Zenobia, Reina de Palmira . 55 

Archileonida > t * ,. , 59 

Timoclea 60 

Las Berenices. . . 61 

Camna. 66 

Susana y las dos Lucrecias 67 

Conversación tercera. - . 7 3 

Primeros romanos id» 

Época de los Emperadores. ...... 82 

Veturia 88 

Ni V# vvW» • « C <| t c I I > • t • • « t ' * > • ' ' ' ' ' * ' * 



34o 

La devoción ilustrada , ó el almacén de las 
devotas* 

Madama le prince de Beaumont nació en 
Rúan el 26 de abril de 17 11 y murió en 
París en 1780 á los 69 años de edad. 



. 



Madama Gómez, 









Este apellido parecerá á vmds. español, 
y en efecto lo es, pues la señora Magdalena 
Angélica Poisson, de que aquí hablamos^ lo 
tomó por haberse casado con don Gabriel 
Gómez, caballero español mas noble que 
rico: ella era hija de una cómica, y nació 
en París en 1684* Dedicóse casi exclusiva- 
mente á componer novelas y obras de ima- 
ginación, muy aplaudidas en su tiempo y 
poco estimadas en el presente, tales son: 
Las jornadas divertidas de las que tenemos 
dos traducciones en español, una con este 
titulo y otra con el de dias alegres: las 
cien novelas nuevas, en diez tomos cuando 
nada menos: la joven Alcidiana: anécdotas 
persianas: la historia secreta de la conquis- 
ta de Granada. También es autora de mu- 
chas tragedlas poco estimadaiS, pues se acusa 
á su versificación de lánguida y floja. Esta 
señora murió en San Germán en Laye en 1 770 
en la avanzada edad de 86 años. 

Y basta por ahora de mugeres sabias y 
de reunión, si á vi»d. place, por esta noche* 



33 t 9 

cocimientos mi América, habiendo perma- 
necido dos años en Suriñan, ocupada siem- 
pre en dibujar los reptiles é insectos raros 
de aquellos pai&es, y las plantas, flores y 
frutos de que se alimentan; todo lo cual 
pintó en muy finas vitelas con tanta deli- 
cadeza y perfección que nada deja que de- 
sear. Los dibujos originales de esta Señora, 
que son infinitos, se conservan con sumo 
cuidado, en la casa del ayuntamiento de 
Amsterdan , y se han grabado en muchos 
rvolúraenes con diferentes títulos, siendo el 
principal: Historia de ¿os insectos de Euro- 
pa y América. 

Madama Merian murió en Amsterdan 
en 1 71 7 á los 70 años de su edad. 

Madama de Beaumont. 



- ■ 

- 1 



Un gran número de buenas obras de 
educación, la mayor parte traducidas al éé> 
pañol, han hecho célebre el nombre de es- 
ta señora que dedicó su talento é instruc- 
ción en utilidad de las personas jóvenes. 
Sus principales obras son: el almacén de 
ios niños, el de las jóvenes, el de las seño- 
ritas y el de los pobres. Su obra mas esti- 
mada, pues contiene miras mas sublimes y 
observaciones mas sólidas que las anterio- 
res, es la que publicó en seis volúmenes 
con el título de las Americanas ó demos* 
tracion de la verdad de la religión cris- 
tiana por la razón natural: tiene también 



338 

Cerezas vertidas , también estimada por 
Rousseau, y que se publicó en i 717 con 
una traducción de Boivin el menor, de la 
Batracomiomaquia de Homero. 

Madama Cheron murió en París en 1711 
á ios 63 años de su edad. 



La señorita Meriam 



- 



Sobresalió esta señora , logrando pot ello 
grande fama, en la inteligencia y propie- 
dad con que pintaba al temple las flores^ 
mariposas, orugas y otros insectos. 

María Sibila de Merian nació en Franc- 
fort en 1647, siendo su padre un librero 
suizo, hábil en el grabado y en la geogra-> 
fia: tuvo por marido á Juan Adríesz Graff; 
diestro pintor y arquitecto de Nurember- 
ga, pero solo se la conoce por el nombre 
de su familia. Los holandeses se aprovecha-^ 
ron de la habilidad de ambos , atrayéndoles 
á su país con grandes recompensas. 

La decidida afición de madama Merian 
al género de pintura á que se habia dedi* 
cado, la hizo no perdonar trabajo ni fati- 
ga alguna para adelantar en él; así fue que 
hizo muchos viages para examinar y estu- 
diar las mejores colecciones de insectos de 
los curiosos en su estado natural, y no te- 
niendo ya nada nuevo que observar en Eu- 
x^opa, tuvo ánimo para exponerse á los ries- 
gos del mar y sufrir las fatigas de una lar- 
ga navegación, para adquirir mayores co- 



33 7 

nidad y beneficencia , de cuyas virtudes po- 
dríamos citar memorables ejemplos; pero 
nos contentaremos con los siguientes : 

Habiendo sabido que su maestro de mú- 
sica, cargado de años y de achaques, se 
veia reducido á la mayor miseria , le trajo 
á su casa, manteniéndole y asistiéndole con 
el mayor esmero, sin que nada le faltase, 
hasta que acabó cómoda y tranquilamente 
sus dias. 

También experimentó su bondadoso co- 
razón el abate Zumbo, famoso escultor, 
cuyas figuras en cera de colores son mira- 
das como otras tantas obras maestras. Este 
abate , que se hallaba pobre en Italia , vino 
á Paris deseoso de mejorar su suerte. La se- 
ñorita Cheron admiró sus obras, y conoció 
muy bien por su tono humilde y aun aba- 
tido las desgracias que le oprimían, y las 
cuales exigían prontos socorros. Para evi- 
tarle la vergüenza de recibirlos, y tratando 
de prestárselos con toda delicadeza, le en- 
cargó la hiciese una cabera de cera, y le 
dio á cuenta seis iuises de oro. Desde en- 
tonces siguió colmándole de beneficios, que 
llenaron de agradecimiento al abate, quien 
para manifestarlo la dejó á su muerte here- 
dera de todas sus obras. 

Aun tenemos otras composiciones poé- 
ticas de esta autora, y el célebre lírico fran- 
cés Juan Bautista Rousseau alababa mucho 
una Oda sobre el juicio final En el géne- 
ro festivo hizo la graciosa piececita de las 



336 

academia de pintura y escultura de París, 
que coronó su talento, concediéndola el tí- 
tulo de académico , distinción singular, pues 
que á sti muerte decretó la misma acade- 
mia que ya no admitiría mas mugeres en el 
número de sus individuos. 

También la concedió igual honor por la 
parte poética la academia de los Ricovrati 
de Padua , concediéndola el sobrenombre 
de Erato. Sobresalía en todos los géneros de 
pintura, como al olio, en la miniatura de 
esmalte, en los retratos, y en especial de 
mugeres ; y en esta parte era tan feliz que 
se dice que retrataba de memoria á las per- 
sonas ausentes, y tan parecidas como si las 
tuviese constantemente á la vista. 

Agradábala igualmente sacar los retratos 
de las personas que componían su sociedad, 
ya para regalárselos, ya para colocarlos en 
su gabinete, diciendo que lo bacía para te- 
ner el gusto de conversar con sus amigos, 
aun cuando estuviesen ausentes. Tenia ade- 
mas habilidad muy particular para dibujar 
en grande las piedras grabadas, y ha dejado 
muchas obras de este género que son teñí* 
das en suma estimación por los inteligen- 
tes. Se alaba en sus cuadros el buen gusto 
del dibujo, la armonía y belleza del colori- 
do, y la mucha inteligencia del claro ohs* 
curo. 

No menos estimable por las cualidades 
de su corazón que por las de su talento, 
se admiraba en ella su extremada huma- 



335 

■ ^ h í ■■ 

La Señorita Cheron. 

Ved aquí una muger no menos estima* 
ble por sus virtudes que por su talento é ins- 
trucción, y una prueba mas en contra de los 
enemigos de las mugeres sabias, que pre- 
tenden que por lo mismo deben estar pri- 
vadas de otras excelentes prendas. 

Isabel Sofía Cheron, hija de un pintor 
en esmalte, nació en París en ifi/j8. Su pa- 
dre, viendo en ella las mejores disposicio- 
nes naturales < la procuró instruir , no solo 
en su arte, sino en otras agradables y titiles 
como el grabado y la música: también es- 
tudió la poesía y las lenguas sabias, y aun 
se dice que aprendió el hebreo para enten- 
der y conocer mejor las bellezas de los Sal> 
mos, que tradujo en verso francés, peri- 
fraseándolos, cuya obra publicó en París 
en 169 1 con el título de Ensayo de los Sal- 
mos y Cánticos sagrados, en verso, con her- 
mosas estampas que dibujó y grabó con mu- 
cha inteligencia y esmero su hermano Luis 
Cheron. 

Fue tan temprano el talento de la Seño- 
rita Cheron, y tal su aplicación al estudio, 
que ya se habia hecho célebre en la pintu- 
ra á la edad de catorce años , y en tales tér^ 
minos que la miraban como superior á su 
padre en esta parte. El ilustre Le Brun la 
presentó como un prodigio en ?67** fenien- 
do ella veinte y cuatro años de edad, á la 



4 

viva que todo lo pinta y todo k> anima ¡.'Es- 
cribe con aquella bella y agradable natura- 
lidad que solo se halla en lo verdadero, y 
que no puede menos de comunicarnos los 
mismos sentimientos del autor: participa 
uno de su alegría ó de su tristeza: convie- 
ne en su elogio ó en su censura, y halla 
ridículo aquello que ella presenta romo tal: 
en una palabra, rtune una gran delicadeza 
de afectos a una gran exactitud de juicio, 
de manera que se la puede aplicar lo que 
ella decia de ua sabio, que no había tristo 
cabeza mas bien foi macla. Muchos han 
comparado sus cartas con los cuadros del 
Jdbauo, y la idea al mismo tiempo que íina 
no carece de exactitud. 

Un -sentimiento principal domina en sus 
cartas, y es el amor; por lo mismo parece 
como que rebosa de ellas, repitiendo siem- 
pre la misma cosa y nunca concluyendo. La 
idea que mas la ocupa es la de verá su hija, 
volverla á ver, estarla siempre viendo; sea 
en París , donde venia algunas veces á bus- 
carla, sea en la Provenza, á donde la ma- 
dre acudía anht losa , arrastrada por su amor* 
del cual al fin no pudo menos de ser he- 
roica victimo, pues en su último viage, 
para asistir á su» hija en una larga enferme- 
dad que sufrió, y de íacual logró sacarla, 
se- afanó v padeció tanto ^en su esmerada 
asistencia , que contrajo una calentura con-- 
línua que la condujo al sepulcro el i l\ de 
enero de 1696, á los 70 años de su edad. 



333 

iiomia: sus ojos eran pequeños y vivos, su 
cabello rubio, la boca sumida, su voz agra- 
dable, y tenia la mejor tez del mundo. A 
los diez y ocho años , esto es el de 1 644 * se 
easó con Enrique, marques de Sevigné, á 
quien perdió desgraciadamente á los siete 
años de matrimonio, pues le mató en un de- 
safio .en j65i al caballero de Albret. 

Quedáronla dos hijos, un varón y una 
hembra; y era tan grande el amor que les 
tenia, que aunque todavía en la flor de su 
edad, y que se la presentaron ios mejores 
partidos, no quiso pasar á segundo matri- 
monio. 

Su hija , á la que prefería , debiéndose 
á su ternura por ella la excelente colección 
de sus cartas, se casó en 1669 con el conde 
de Griñan; y como á pesar de los deseos y 
aun esperanzas de su madre tuviese que 
pasar á vivir á la Provenza, cuya coman- 
dancia militar le habían encargado, sufrió 
el dolor la marquesa de vivir separada del 
objeto de su cariño, no disfrutando mas 
consuelo que el de estar en continua cor^ 
Fespondencia con ella. 

Tienen sus cartas, cuya colección vie- 
ne á formar unos ocho volúmenes en 12. , 
un carácter tan original , una sencillez tan 
grande , un estilo tan fácil y delicado que 
salen fuera de los límites de toda compa- 
ración can cualquiera otra obra de este 
género, hallándose en ellas muchos ras- 
gos finos nacidos de una imaginación tan 



33^ 

batado y feroz, que la trataba tan mal que 
muchas veces estuvo expuesta su vida , poF 
lo cual, después de muchos años de pa- 
ciencia , logró el separarse de él por sen- 
tencia judicial. La mala conducta de su es- 
poso le arrastró á una prisión, donde aca- 
bó sus dias. 

Madama Graffigny murió en Paris era 
1768, á los 64 años de edad* 

La Marquesa de Sevigné. 

A nuestro sexo corresponde el honor en 
literatura de haber presentado el mejor mo- 
delo del estilo epistolar; y esto se debe ala 
pasión que mas nos ennoblece y distingue,* 
cual es el amor maternal. 

María de Rabutin fue hija de Celso Be- 
nigno de Rabutin, barón de Chantel y de 
María de Coulanges, nieta de Santa Juana 
Fremioc, fundadora de la Orden de la Visi- 
tación, y aun se alababa de ser parienta 
de S. Francisco de Sales. Nació en 1626, y 
al año siguiente perdió á su padre , que 
murió en el campo del honor, oponiéndose 
á un desembarco de los ingleses en la isla 
de Rhé: su madre se dedicó cuidadosamen- 
te á su educación, la hizo que tomase co- 
nocimientos en literatura, y que aprendie- 
se el latin , el italiano y el español, cuyas 
tres lenguas poseyó perfectamente, cosa no 
común en aquellos, tiempos. Aunque no era 
hermosa tenia gracia y agrado en la fiso* 



f 

acusó de una metafísica demasiado alambí- 
cada y sutil. También dio á luz una comedia 
en prosa, en ei género lúgubre ó llorón, ti- 
tulada Cenia, la cual también fue aplaudida 
por estar escrita con delicadeza, y bailarse 
adornada de pensamientos finos, imaginados 
con viveza, y reunidos con ligereza y gracia* 
A instancia de varios literatos , y para una 
colección que ellos publicaban, compuso 
una novela española con el título de El 
mal ejemplo produce tantas virtudes como 
vicios. 

El carácter de Madama Graffigny era 
bastante serio, y su conversación no mani- 
festaba todo su natural talento. Un juicio 
sólido, un corazón sensible y benéfico, un 
trato igual y constante la proporciona- 
ron gran número de amigos, algunos de 
ellos de la mas elevada clase. Aunque ya 
era de avanzada edad cuando comenzó á 
ser autora , manifestó mucha docilidad y 
modestia, recibiendo sin enfado las, obser- 
vaciones que sus amigos la hacían acerca 
de sus obras. Sin embargo, tenia el loable 
deseo de ser .estimada; sin el cual es bien 
cierto que no hay verdadero talento: confe- 
saba de buena fe que la incomodaban las sá* 
tiras y críticas que la hacían. Esta Señora* 
cuyo nombre de familia era Francisca de 
Issemburgo de Happoncourt, nació en Nan- 
ci, capital de la Lorena, á mediados del si- 
glo XVIÍ, y estuvo casada con Francisco 
Hugo de Graffigny, hombre de genio arre- 



OJO 
Tal chacota, porfía y algazara 
Movieron , cual de autores turba hambrienta ? 
Cuando fruncida vieja les prepara 
Un feslin : se presenta 
Hasta docena y media de copleros , 
Graves compiladores, romanceros, 

Traductores La casa al suelo viene 

Be la desaforada 

-Caterva á los chillidos, y pasmada 
En la calle la gente se detiene. 

Agitada siempre por el deseo de ser co- 
nocida y alabada, viajó por la$ principales 
cortes de Alemania, y estuvo en Viena y en 
Varsovia; mas luego volvió á París , donde 
¿murió én 1779. 

Madama de StaaL 

!N T ació en Paris, fue hija de un pintor^ 
tuvo relaciones con los mejores literatos y es- 
tuvo dos años presa en la Bastilla por haber- 
se metido en intrigas de corte. Escribió las 
Memorias de su vida, llenas de muy nota- 
bies sucesos de agradable lectura. 

Madama de Graffigny* 

Esta señora es conocida en la literatura 
por sus Cartas peruanas^ que fueron muy 
aplaudidas cuando se publicaron, por la va- 
riedad de sus pinturas, la viveza de sí^s imá- 
genes , la delicadeza de los sentimientos y y 
por su estilo rápido y animado; pero se la 



329 

presidida por una dama sabia, que también 
honraba con el título de bestias á sus ilustres 
académicos, bien que añadía la cualidad de 
bestias barnizadas de talento: sin embargo, 
estos buenos señores no debían pasarlo tan 
mal con ella cuando la colmaban de elogios; 
y es bien sabido el dicho de Fontenelle, que 
sabiendo la muerte de madama Tencin, de 
la que ya hemos hablado, y en cuya casa 
acostumbraba comer, dijo : tendré que ir 
ahora á comer á casa dt madama Geoffrin. 
Pero aquellos autores que no disfrutaban dé 
la buena mesa y compañía de la literata, se 
entretenían en burlarse de ella y de su aca- 
demia, y asi uno publicó el Entierro de la 
Cotorra. «Lo cierto es , dice otro , que su en- 
«tusiasmo por la filosofía y la amena litera- 
atura, la hizo pasar una vida inquieta, bus- 
ce cando en la ostentación y el aplauso una 
«dicha que principalmente entre las mugeres 
«solo se encuentra^n la modesta y sosegada 
«sabiduría.» 

Otro célebre satírico hizo contra ella y 
su tertulia los siguientes versos: 

lis parloient , disputoient et crioient tous ensembie; 
Ainsi lorsqu'á díner une vieille rassemble 
Quinze ou vingt beaux-esprits, faméliques auteurs, 
Rimeurs, compilateurs , chansonneurs, traducteur3; 
La niaison retentit des cris de la colme , 
Les passans ébahis s'arrétent dans la rué. 

Que un amigo mió ha puesto en caste- 
llano en estos términos : 



3ü8 

«plaeencia en la conversación que la hace 
«amable y sólida: cuanto mas agradable era 
«en sus escritos, tanto menos lo parecia en 
«su trato : tenia un genio muy impaciente y 
«desigual: unas veces era muy cariñosa, 
«otras dominante y altanera , exigiendo infi- 
«nitos respetos, á los que solía corresponder 
# con desden y desprecio.» 

«Cualidades , añade, que nada deben ad- 
« mirarnos en una muger que desentendién- 
«dose de las domésticas y pacíficas ocupa*- 
aciones de su sexo y estado ¿se establece en 
.«•la sociedad de los literatos, atormentada 
«por el furor de ser ó pasar por sabia , á la 
«que no tanto complace el nombre de ma- 
«dre, esposa , muger virtuosa, suave y mo- 
desta, cuanto engríe el de autora.» 'Pero es- 
ta no era la opinión de las personas sensa- 
tas, ni manifestaba mas que la miserable 
envidia del autorzuelo, pues no menos se es- 
timaban las buenas costumbres de la conde- 
sa, cuanto su amena instrucción y su fino y 
delicado talento ; y por lo tanto fue tratada 
por los mejores literatos de su tiempo, sien- 
do íntima su amistad con Menage, la Fontai- 
ne y Segrais. 

El nombre de esta señora era María Mag- 
dalena Pioche de la Vergne: en i655 caso 
con el conde de laFayette, y murió en 1693* 

Madama Geoffrin* 
Aun otra tertulia ó academia de sabios, 



Ssj 






■ 



La condesa de la Fayette. 



¡ i Mfj 



En esta señora tenernos la primera y mas 
hábil novelista. Hablando Mr. dé la Harpe de 
la Zaida, obra de madama laFayette, dice: 
esta es la primera novela que presentó aven- 
turas verosímiles , -escritas con interés; asi es 
que tuvo la mayor aceptación: aun se ad- 
vierte mayor mérito en otra novela de esta 
autora, que publicó en seguida de la ante- 
rior, titulada la Princesa de (lleves, pues tie- 
ne mas amabilidad y ternura , y jamas se lia 
pintado con mayor interés ai amor comba- 
tido por nuestras obligaciones. Ambas obras 
las dio la condesa al público bajo ei nombre 
-de Mr. de Segrais, literato y poeta estimable, 
que vivía en su casa , y tuvo en efecto parte 
ten la composición de ellas. Sin embargo, un. 
literatillo llamado Valincour, joven imberbe, 
pues apenas tenia veinte y dos años, se atre- 
vió á criticar á la Princesa de Cleves. 

Aun hay otras obras novelescas de esta 
autora, todas de tanto mérito, que aun hoy 
dia se leen; tales son la Princesa de Mont- 
pensier, la historia de Enriqueta de Ingla- 
terra , varios retratos de algunas personas de 
la corte y las Memorias de la de Francia. 
,.,,. Un literato de aquellos que no pueden 
sufrir que las mugeres sepan nada, sin duda 
porque sabiendo ellos poco temen que les 
hagamos sombra, habia asi de madama la 
JFayjette. «Ko tenia esta señora aquella conv* 



3 r 2& 

dos por la marquesa, habiéndose atrevido á 
rivalizar con los mas sublimes ingenios de la 
nación, contribuyeron mas y mas con sus 
extravagancias á desacreditar el tribunal li- 
terario. Esta señora murió fin 1 665 , dejando 
tres hijas religiosas, y la cuarta, llamada 
Julia Lucia de Angelines, casada con el du- 
que de Montausier^ la cual fue también dama 
ó señora de honor de la Reina María Tere- 
sa , y aya del Delfín. 

La guirnalda de Julia. 

Cuando el duque de Montausier obse- 
quiaba á la hermosa Julia para casarse con 
ella , queriendo hacerla un regalo delicado, 
ingenioso y atento, mandó que un excelente 
pintor en miniatura le representase con los 
mas vivos colores las flores mas exquisitas 
en otras tantas hojas iguales de vitela. Al pie 
de cada flor un excelente pendolista escribió 
en muy hermosos caracteres un madrigal 
alusivo á la flor, á la dama y á su amor. Es- 
tos madrigales fueron compuestos por los 
poetas mas célebres de aquel tiempo, y mu- 
chos por el mismo duque. Todas estas hojas, 
magníficamente encuadernadas , formaban 
un hermoso libro , el cual el primer dia del 
año de i633 halló en su tocador al levantar- 
se la amable Julia, como estrenas ó aguinaldo 
del duque» 



3a5 

La Marquesa de Rambouillet. 

Hemos citado el hotel ó palacio de Ram- 
bouillet, y $un hemos añadido por género 
de chanza el epiteto de ridículo, aludiendo á 
lo mucho que le ridiculizaron Moliere y los 
excelentes satíricos de su tiempo : daremos 
ahora alguna idea de este palacio y de su due- 
ño , como asunto que pertenece á la historia 
literaria de nuestro sexo. 

Catalina de Vivonne casó en 1600 con 
Carlos de Angennes, marques de Ramboui- 
llet, siendo las dos familias de las mas ilus- 
tres de Francia : sobresalían en la marquesa 
no menos el talento que la virtud , y como 
residiese en Paris, y fuese Su casa de las mas 
ricas y brillantes de la corte, y ella muy afi- 
cionada á la amena literatura, un gran nú- 
mero de literatos de ambos sexos concurrían 
á ella , formando una especie de academia, 
que era también como tribunal literario, 
pues que se decidía acerca del mérito de las 
obras que se publicaban de nuevo, ya en. 
prosa, ya en verso- Semejantes sentencias 
son bastante delicadas y expuestas, ya por 
las equivocaciones que pueden padecer los 
jueces, ya por los tiros que suele lanzar con- 
tra ellos el amor propio ofendido: asi suce- 
dió aquí, pues literatos tan instruidos cuan- 
to imparciales decidieron que no era siem^ 
pre el buen gusto el que dictaba aquellos 
juicios. Algunos talentos medianos , protegí- 



3s4 

su prosa, y mucho mas aun en sus versos, 
se halla delicadeza y agrado; por lo que con 
tazón se hizo acreedora á recibir premios 
de sus Mecenas , y á la amistad de los gran- 
des personages de su tiempo. 

Esta señorita nació en 1607, y murió 
en Paris en 1701 , y de consiguiente en la 
avanzada edad de noventa y cuatro años* 

Se refiere de ella y de su hermano una 
anécdota bastante chistosa. Viajando por la 
Provenza hubieron de hacer noche en el 
pueblo que llaman Puente del Espíritu santo, 
y antes de acostarse, y estando de sobre 
mesa, disputaban acerca de qué harian del 
principe Masardo, que era uno de los per- 
sonages de su célebre novela de Ciro, que 
entonces traían 7 entre manos. La señorita 
Scuderi decia que era menester envenenarle, 
y su hermano se oponia ; mas en fin , des* 
pues de una larga contextacion , convinie- 
ron en que se le debia asesinar. En una 
habitación inmediata se hospedaban dos 
mercaderes, ios cuales, habiendo oido la 
disputa, creyeron que se trataba realmente 
del asesinato de algún príncipe que desig- 
naban con el nombre de Masardo. Dieron 
parte á la justicia , la que acudió solícita á 
prender á los dos supuestos asesinos, y le& 
hubo de costar no poco trabajo el justifi- 
carse y escapar de tan mal lance* 



■3*3 

inundó al público, dice Boileau , con el 
turbión de novelas que salió de su tienda 
de parlería: la mayor parte de estas com- 
posiciones son especie de cuadros de los 
sucesos de aquel tiempo en Francia , tales 
son: Clelia, en diez volúmenes cuando na- 
da menos. Artamenestó el gran Ciro , otros 
diez volúmenes de cumplimientos, ceremo- 
nias y algarabía: Ibrahin ó el ilustre bajá, 
j Almahide ó la esclava reina , que son 
franceses á la turca, ó turcos á la francesa, 
como Ciro es un persa á la parisiense. Ob- 
servaremos no obstante que el amox^ que 
forma el asunto principal de las novelas de 
esta señora como de todas las demás , se 
presenta siempre acompañado de modes- 
tia, magnanimidad y gloria; pero esta es- 
pecie de novelas parece que ya no son de 
moda. 

También publicó otros diez tomos de 
Conversaciones y coloquios, muy estimados 
en aquellos tiempos , porque servian como 
de escuela para formarse al trato y modales 
finos , delicados y honestos ; pero como ya 
hay otras costumbres, aunque no mejores, 
todo esto se tiene por muy ridículo. 

En 1 67 1 publicó su Discurso sobre Id 
gloria , teniendo la de que mereciese el pri- 
mer premio de elocuencia dado por la Aca- 
demia francesa. Mereció igualmente el ser 
pensionada por Luis XIV, la Reina Cristi- 
na de Suecia, el cardenal Mazar in o y otros 
grandes personages; y no hay duda que en 



322 

cisco I, Enrique tí y Maria de Inglaterra. 
Escribió igualmente las Veladus de Tesalia,, 
que es una colección de cuentos agradables 
y de ficciones ingeniosas. 

Como esta señora fuese demasiado co- 
medora, hubo de morir de un hartazgo l 
que no es por cierto muerte usual de lite- 
ratos. Tenia entonces 70 años , y fue el 



j 7 58. 



La Señorita Scuderi. 



Aun otra literata fea y aun horrible, según 
algunos, pero de bello y delicado ingenio, 
aunque demasiado pedantesca , dirá algún 
maligno y añadirá otro, lucero en el ridículo 
Hotel de Rambouillet. No hay forma de que 
los sabios respeten á las sabias ; pero bien 
castigados quedan, pues harto mortifican á? 
ellos y algo mas los zoilos de su sexo, s 

Magdalena de Scuderi nació en el Havre 
de Gracia, famosa eiudad marítima en Nor- 
mandia , de ilustre familia originaria de 
Provenza. Como ni ella ni su hermano fue- 
gen tan ricos cuanto nobles, vinieron á 
Paris á poner fábrica de poesía, novelería 
y charla remilgada y pedantesca. Las pie- 
zas de teatro, poemas y discursos del her- 
mano agradaron á los charlatanes , fastidia- 
ron á los sabios , y excitaron las burlas de 
los satíricos: en el dia ya nadie las lee, 
porque hay otras necedades mas necias que 
son de moda; pero Scuderi mereció ser de 
la Academia francesa. La señorita Scuderi 



3 2 1 

hombruno , su talento é instrucción venían 
á cubrir estos defectos. 

Habiéndola tratado casualmente el sabio 
obispo Huet admiró su despejado ingemo, 
la animó á que lo cultivase y á que escri- 
biese novelas morales, puesto que no hu- 
biera aprobado algunas que luego publicó. 

Su primera obra fue la Historia de la 
condesa de Condes, en la cual dicen que 
la dirigió y ayudó un literato llamado el 
señor de Langlade, que la trataba íntima- 
mente , y con el que vivió unida toda su 
vida, llegándose á creer que estaban casa- 
dos, aunque no parece cierto. Cosa peli- 
grosa es para las mugeres literatas el trato 
que no pueden menos de tener con los li- 
teratos mismos, pues no solo se sospecha 
que son sus amantes , sino también los au- 
tores de sus obras , como el mas delicado 
obsequio que las puede hacer su amor. 

La mejor obra de esta señora dicen que 
es Las Anécdotas de la corte de Felipe Ju- 
gusto 9 y también la miran como un obse- 
quio del abate de Boismorand : Baudot de 
Juilli publicó otras tres obras bajo el nom- 
bre de madama Lussan , y fueron Las His- 
torias del reinado de Carlos VI y del de 
Luis XI, reyes de Francia, y la de la últi- 
ma revolución de Ñapóles. Pero hay otras 
muchas composiciones cuya gloria no pa- 
rece se la dispute, siendo las principales 
memorias, anécdptas y anales de varios Re- 
yes y reinados , como Carlos VIII , Fran- 



3ao 

de él Sitia de Calais y las Desgracias del 
amor r reinando en estas dos novelas un 
gusto muy delicado. Otros añaden que sus 
expresiones son sumamente tiernas, tenien- 
do el estilo toda la delicadeza y nobleza de 
las personas finas. Conviniendo en esto sus 
enemigos, tachan al Sitio de Calais de cier- 
ta moral licenciosa, astutamente disfrazada, 
y por lo mismo tanto mas dañosa; de te- 
ner demasiados episodios y personages, su- 
cesos complicados y poco verosímiles , y 
no eí mejor juicio en la disposición de la 
fábula. 

También se alaban las Memorias del con- 
de de Cominge, que muchos comparan con 
la célebre Princesa de Cleves, y sobre las 
cuales compuso una tragedia el dramaturgo 
Arnaud , de lamentable memoria. Esta es 
una novela del género lúgubre y llorón, 
cuyos principales agentes son la impruden- 
cia y la desesperación , y á la cual muchos 
tachan de no tener verosimilitud, ni un ob- 
jeto útil y razonable. Se imprimieron después 
de la muerte de esta autora, como obra pos- 
tuma suya, las Anécdotas de Eduardo I L 

Margarita de Lussan. 

En verdad que no esperaban vmds. hallar 
una célebre literata en la hija de una gitana 
ó muger que dice la buena aventura, y un 
cochero; pero como madama de Lussan era 
ademas de su baja extracción, negra, vizca 
y fea de todo punto , de voz, aspecto y aire 



óig 

Tachóse sin embargo á esta sociedad de 
no sgr la de costumbres mas arregladas, y 
en efecto sucedió en ella algún lance es- 
candaloso y harto pesado , tal fue el de un 
consejero y á quien mataron en su misma 
habitación, recayendo fuertes sospechas de 
complicidad en ella, por lo que fue perse- 
guida judicialmente y presa; pero tuvo la 
dicha de salir bien justificándose, aunque 
no en la opinión pública. 

Para prueba de su pedantesco orgullo, 
y de la altanería con que trataba á la ma- 
yor parte de los literatos que la visitaban, 
se dice que á todos los llamaba sus bestias, 
y que todos los años les daba de aguinaldo 
un par de calzones de terciopelo: semejante 
regalo, dice el mismo editor de las obras 
de esta literata, era tan poco decente de 
pajote de una se ñora , como ignominioso de 
la de los que lo recibían. Un periodista se 
entretuvo en llevar cuenta y razón de los 
calzones regalados en el discurso de la vida 
de esta señora, y llegaron á cuatro mil. 

Viniendo ahora al juicio de las aferen- 
tes obras de esta literata, que todas son 
novelas, género en el cual, dice la Harpe, 
sobresalen las mugeres, porque el amor, 
que es el asunto principal de todas, es el 
sentimiento que nosotras conocemos mejor, 
veremos que no hay literato, aun entre sus 
enemigos, que no convenga en que tienen 
mérito. El mismo Mr. la Harpe, que acaba- 
mos de citar, dice que lo tienen muy gran- 



3.8 

Grenoble, capital del Delfinado. Siendo muy' 
joven tomó el hábito en un convento de 
dominicas en las cercanías de la ciudad; pe- 
ro como sus inclinaciones fuesen mas bien 
profanas que religiosas, se disgustó bien 
pronto de la clausura que rompió, volvió 
ai mundo, fue á establecerse á París, se de- 
dicó á las letras humanas y en especial á las 
obras de imaginación, y contrajo relaciones 
de amistad con los muchos y excelentes li- 
teratos que sobresalían en la corte de Fran- 
cia. Atormentaba entonces á toda la nación 
cual una epidémica locura el famoso sis- 
tema de Law que de repente y como por 
encanto la el vó á monstruosa y ficticia 
fortuna para precipitarla de golpe en una 
verdadera miseria. Madama Tencin íue una 
de las infinitas personas que tomaron par- 
te en estas especulaciones; pero con cordu- 
ra y acierto, pues que se enriqueció. Mas 
como aun estuviese ligada con los votos re- 
ligiosos, pensó en solicitar un breve de Ro- 
ma que la libertase de ellos: lo obtuvo por 
medio de una astucia imaginada por el cé- 
lebre académico Fontenelle; y por lo tanta 
y como hubiese sido descubierto el artificio 
no tuvo efecto. Sin embargo madama Ten- 
cin permaneció en el siglo y en París, sien- 
do su tertulia una de las mas concurridas 
y brillantes de aquella corte; y en aquella 
reunión de literatos y gentes á la moda ella 
era la que sobresalía y daba el tono con 
bastante presunción y orgullo* 



3i 7 

ras costumbres, se apoyan también en el 
exemplo de madama Tencin. 

Pero hablando de buena fe y apoyándo- 
nos en la. historia de las mugeres célebres 
que vamos formando, ¿es cierto que muger 
sabia, presumida, descuidada y viciosa sean 
sinónimos? ¿No hemos presentado é iremos 
presentando exemplos de mugeres tan vir- 
tuosas cuanto sabias, tan modestas, tan ha- 
cendosas cuanto instruidas? ¡Oxalá no hu- 
biese mas mugeres malas que las pocas sabias 
que lo han sido! ¿Y los literatos y los sabios 
no han tenido estos mismos defectos y en gra- 
do muy superior? Las mugeres sabias han, 
solido tener defectos que las han hecho 
mas bien ridiculas que viciosas y aborreci- 
bles; pero en los sabios muchas veces se 
han reunido el ridículo mas grande con 
los mas horrorosos vicios. Pero vengamos. 
á madama Tencin. 

La antigua y nobilísima familia de Tencin 
en el Delfinado dio á fines del siglo 17 dos 
personages ilustres por su saber y los altos 
puestos que ocuparon en el Estado. El uno 
fue Pedro Guerin de Tencin que sucesiva- 
mente obtuvo las dignidades de prior de la 
Sorbona, de embajador de Francia en Ro- 
ma, de arzobispo de Embrun y de León, 
de cardenal de la Santa Romana Iglesia y de 
ministro de Estado en Francia: el otro su 
hermana Claudia Alexandrina que sobresa- 
lió entre las mugeres literatas de la brillan- 
te época de Luis XIY: ambos nacieron en, 



3i6 

mugeres bonitas, de brillante trató y de fes- 
tivo genio. Ella se opuso, y para lograrlo de- 
jó la religión protestante, que era la del con- 
de,, y se hizo católica, para no verle ^ dijo 
chistosamente la reina Cristina, ni en este 
ni en el otro mundo. 

Con esto se aumentaron mas y mas las 
desavenencias del matrimonio , llegando á 
tan escandaloso rompimiento que la condesa 
puso demanda de divorcio al conde y la ga- 
nó, dando á este para que consintiese vein- 
te y cinco mil escudos, con cuyo motivo 
dijo un chistoso: <c que la condesa habia per- 
calido cincuenta milescudos en aquel plei* 
«to, pues si hubiera tenido alguna mases- 
cepera su marido la habría dado los veinte y 
«cinco mil por libertarse de su pesada 



«carga.» 



Esta señora tenia por nombre Enrique- 
ta di Coligni, y era hija del mariscal de este 
nombre. Siendo aun muy niña la casaron : 
con un caballero escocés, llamado Tomas- 
Addington, por cuya muerte pasó á segun- 
das nupci; s con el conde de la Suze. Nació 
en París en 1618 y murió en 1673., 

Madama Tencin. 

Los enemigos de las mugeres literatas 
que pretenden que en calidad de tales no 
pueden menos de ser pedantes, orgullosas, 
presumidas , descuidadas en los negocios 
domésticos, y de corrompidas o no muy pu- 



Su estirpe Juño, sus escritos Palas, 
Sus ojos dicen que de Amor la Madre. 

También leeré la traducción francesa, 
pues que la mayor parte de vmds. entien- 
den esta lengua. 

Quelle déesseainsí versnous descenddes cieux? 
Est Venus , Palas, ou la reine des dieux? 

Toutes trois en verité: 

Cest Junon par sa naissance, 

Minerve par sa science, 

Et Venus par sa beauté. 

Otros muchos elogios, tanto en prosa co- 
mo en verso , se hicieron ele esta poetisa 
por los literatos que concurrían á su casa 
que era la reunión de los mas célebres de 
París. 

Los enemigos de las mugeres sabias no 
pudiendo morder sus obras, pues que tie- 
nen verdadero mérito, la critican y no sin- 
razón por la parte moral, diciendo que per- 
diendo el seso con la poesía, perdia también- 
sus bienes, pues descuidaba enteramente el 
manejo de estos y el gobierno de su casa 
por atender á aquellos. También la acusan, 
y esto es mas grave, de costumbres poco 
arregladas, y de gustar de amorosos obse- 
quios,, cosa que no acomodando, como es 
de creer, á su esposo tomó este el pruden- 
te partido de sacarla de París, pais perju- 
dicial para maridos sospechosos que tienen 



3x4 

disposición hasta el amanecer, que siendo 
ya bien de día , vio que la tal fantasma era 
un perro grande y sumamente manso, el 
cual por no- dormir al sereno se habia acos- 
tumbrado á venirse á dormir á aquel cuar- 
to abrigado, cuya puerta se habria al me- 
nor empuge. 

La condesa de la Scize. 

La delicadeza, ternura y sensibilidad de 
sus versos la merecieron el renombre de Sa- 
fo moderna, y aun tuvo sobre esta la ven- 
taja de ser muy hermosa, como se infiere 
por unos elegantes versos latinos que se 
hicieron en su elogio con motivo de u$i re- 
trato suyo en el que se la representaba vo- 
lando por los aires en un carro. Y como 
nosotras no entendamos de latines, pudién- 
donos contentar con explicarnos en buen ro- 
mance, un amigo mió me ha hecho el favor 
de traducirlos al castellano en estos tér- 
minos (a). 

¿ Qué Diosa , Juno 7 Palas ó Citeres<¡ 
Va en el sublime carro por el ayre? 



(a) El original latino dice así : 

Quce Dea sublimi rapitur per inania curru ? 
An Junó , an Palas , num Venus ipsa venit? 
Si genus inspicias, Juno; si scripta, Minerva; 
Si specles ocidos , rnaier Amoris eriu 



3i3 

Se refiere de esta la siguiente anécdota. 
Habiendo pasado á acompañar á una amiga 
^uya á su casa de campo, la dijeron que 
en una habitación retirada se aparecía to- 
das las noches una fantasma, por lo que 
nadie se atrevía á dormir en ella. Como ma- 
dama Deshouliers no fuese ni tímida ni cré- 
dula, aunque entonces se hallaba embaraza- 
da^ tuvo la curiosidad de averiguar por sí 
misma qué podía ser aquello, y por lo tan- 
to se obstinó en dormir en aquel cuarto. 
Era por cierto esta una aventura temeraria 
y sumamente expuesta para una muger jo- 
ven y hermosa; pero nada pudo disuadir- 
la de su propósito. 

Acostóse pues allí y á media noche sin- 
tió que se abria la puerta y entraba alguien, 
al que habló sin lograr contextacion, solo 
sí sintió que caminaba lentamente y se la 
acercaba, dando profundos gemidos. Der- 
ribó la fantasma una mesa que habia á los 
pies de la cama y descorrió con bastante 
ruido las cortinas de ella: poco después 
echó á tierra un velador y se acercó aun 
mas ; pero la señora no teniendo aun mie- 
do alguno alargó los brazos para conocer si 
el espectro tenia forma material y cual po- 
dría ser. Tentando de este modo le agarró 
por las orejas que eran largas y peludas, lo 
que la dio mucho en que pensar; pero no 
se atrevió á soltarlas para tocar lo demás 
del cuerpo, temerosa de que se le escapase, 
por lo que permaneció en tan incómoda 



Sis 

tía la fortuna; en fin, lo único que pudo 
Ipgrar fue una mediana pensión y algunos 
honores literarios. Su talento la habia pro- 
porcionado una tertulia, en la cual por las 
pasiones y parcialidades no menos comunes 
entre literatos que entre los demás hombres 
no reinaba siempre el buen gusto, pues ha- 
biéndose publicado entonces dos tragedias 
sobre la fábula de Fedra, la una de Hacine 
y la otra de Pradon, por las cuales tomaron 
el mas acalorado partido los mas ilustres 
personages de la corte divididos en dos ter- 
ribles bandos, madama Deshoulieres tomó 
el peor en literatura cual fue el de Pradon, 
y aun dicen que ella misma lo formó , ani- 
mando á este á que escribiese su tragedia 
en oposición á la de Racine. Lo cierto es 
que compuso contra este un soneto satíri- 
co en buenos pero muy mordaces versos, á 
los que contextaron las parciales de Racine 
en no inferiores términos. 

Aunque esta señora fue querida y obse- 
quiada por grandes personages, y entre ellos 
el gran Conde, supo conducirse con tanta 
delicadeza y decencia que no respondiendo 
nunca á su amor, logró merecer su es- 
timación y el respeto del público. Dejó una 
hija, también poetisa, la cual murió en Pa- 
rís en 1 718 á los 55 años de edad, cuyas 
poesías suelen correr juntas con las de su 
madre, habiendo merecido que las primeras 
que publicó fuesen premiadas por la Acade- 
mia francesa en concurrencia con Ponteadle. 



3i r 
fea venida á propósito de que algunos acu- 
saron á Mxdama Deshouíieres de plagiaría, 
asegurando que su mejor idilio, que es el 
de los Corderos , lo había copiado palabra 
por palabra, mudando solo algunas, de un 
autor anterior á ella llamado CouteL.Sus 
demás obras poéticas son églogas, odas, 
epigramas, canciones y una tragedia, que 
todo vale bien poco. Pasemos ahora á refe- 
rir algunas particularidades de su vida. 

Antonia de Ligier de Lagarde nació en 
Paris en i63B, donde murió en 1694. La 
naturaleza reunió en ella á una extraordina- 
ria hermosura un talento singular, que pro- 
curó cultivar con los buenos estudios. ÉFa< 
sabemos por qué causa, hallándose en Bru- 
selas, teniendo solo diez y nueve años de 
edad, fue presa como reo de estado y encer- 
rada en un castillo. Amábala con extrema- 
da pasión un caballero llamado Guillermo 
de Lafon, señor de Houlieres, el cual, co- 
nociendo el grave peligro en que se halla- 
ba su dama, halló medio para introducirse 
en la prisión, sacarla de ella, y escaparse 
á Francia, donde se casaron. 

Procuró madama de Houlieres apro- 
vechar el mérito de su pluma para adqui- 
rirse algunos protectores, pues que no era 
tan rica en bienes de fortuna como en los 
de talento; pero le sucedió lo que es de- 
masiado común entre literatos, que se diri- 
gió á deidades sordas , si hemos de juzgar 
á lo menos por su$ frecuentes queja» con* 



21 



sabios , eran por cierto bien poco galanes. 

Alguno de ellos se expresa en estos tér- 
minos, que sobre infundados pecan en gro- 
seros, y que no repetiría si no estuviese se- 
gura del desprecio con que todas vmds. mi- 
ran esas quejas de un sexo contra otro. Dice 
pues asi: « Las mugeres mezclan su natural 
«locuacidad, su verbosidad abundante, a- 
«tropellada, inagotable en cuanto quieren 
ccdecir con cierto énfasis y presunción; y 
«cuando están tocadas de la manía de pasar 
«por sabias, son capaces de amontonar vo- 
« lúmenes sobre volúmenes en cosas de nada, 
«ó si es sobre algún asunto serio lo sumer- 
«gen en tal diluvio de palabras que lo vis- 
ee nen á reducir á poca cosa.» 

Ya ven vmds. que es llamarnos en pro- 
pios términos charlatanas , y repetirnos de 
mil diversos modos que somos unas habla- 
doras. Si no somos literatas , claro es que 
habremos escrito poco, y asi es que no hay 
muchas obras de mugeres; pero los hom- 
bres, cuánto no han escrito, cuánto no han 
delirado, cuánto no han charlado inútil y 
aun dañosamente , pues ellos no pueden 
menos de confesar que sus inmensas bi- 
bliotecas no son por lo general mas que 
magníficas nonadas y muy brillantes erre- 
res. A lo menos es bien cierto que las prin- 
cipales y mas dariosas heregías, y los mas 
extravagantes sistemas filosóficos no son las 
mugeres las que los han inventado; y baste 
por ahora de apología de muestro sexo, qus 



3 09 

puerta del palacio de Júpiter, que las ha- 
bía convidado á un festín i sobre cual en- 
traña la primera. Esta poetisa nació en iSsG, 
y murió en i566. 

Luisa de Lorena. 

Luisa Margarita de Lorena, Princesa de 
Conti , hija de Enrique , Duque de Guisa, 
y muger de Francisco de Borbon, nació en 
Blois en i588, perdió á su esposo en 1614, 
y murió en i63r. Es autora de una novela 
titulada Los amores del gran Alcandro, y 
contienen la historia de los. de Enrique IV, 
con la relación de algunas acciones loables 
y varios dichos agudos de este Príncipe. 

Madama Deshouüeres. 

: Los mejores idilios que se conocen en 
la poesía francesa son los de esta Señora: 
presentan verdaderas imágenes campestres, 
suave y fácil versificación, naturalidad, in- 
geniosas y felices ocurrencias, moral por 
lo común no menos sabia que útil, aun- 
que un poco epicúrea. 

Sin embargo , como los hombres que se 
han apoderado del imperio literario llevan 
ó mal por lo común que les queramos usur- 
par, aunque solo sea una pequeña parte de 
él, no hay autora que no haya sufrido terri- 
bles y á veces injustas críticas de parte de al- 
gunos sugetos, que si bien podían ser muy 



3o8 

en verso : en prosa el 'Tesoro de la ciudad 
de las damas , la Fisión de Cristina , el li- 
bro de las Fa zanas y Caballería 9 y la Pida 
de Carlos V, rey de Francia: esta obra es 
la mas alabada; se estiman sus poesías por 
reinar en ellas mucha sencillez y amorosa 
ternura. 

Verónica Cambara* 

Nació en Brescia en i485, se casó con 
un caballero italiano, y habiendo enviuda- 
do pronto , no quiso pasar á segundas nup- 
cias por dedicarse exclusivamente á su pa- 
sión á la poesía y á la literatura. Tuvieron 
grande aceptación sus versos , pues se han 
hecho muchas ediciones de ellos , siendo 
la última la de 1769 en Brescia. Murió esta 
poetisa en la ciudad de Corregió en i'5.5o* 

Luisa Labbé, 

Se la entendía en León de Francia, su pa- 
tria, por la hermosa Cordelera, porque es- 
taba casada con un rico negociante en cuer- 
das y cables, el cual habiendo muerto sin 
hijos, la dejó por heredera de todos sus 
bienes. Su gabinete estaba lleno de libros 
franceses, españoles é italianos, en cuyas 
tres lenguas versificaba con aplauso de las 
personas inteligentes en poesía. Su mejor 
obra es la Lucha de l amor y la locura, diá- 
logo en prosa. Esta,s dos deidades que de- 
bían estar muy unidas, disputaban á la 



3oy 

contra Domician-o por haber echado de 
Roma á los filósofos, y el otro sobre el 
Amor conyugal: aquel se halla en la colec- 
ción de los Poetas latinos menores (a), y 
ha sido traducido al francés en el Parnaso 
de las Damas por M. Sauvigny : este se ha 
perdido, lo cual debe sernos sensible si no 
es exagerado el elogio que hace de él Mar- 
cial, 

Cristina Pisan. 

El célebre filósofo y astrólogo de Bolo- 
nia Tomas de Pisan, tan estimado del Rey 
de Hungría y de Carlos V> Rey de Francia, 
tuvo una hija llamada Cristina , tan hermosa 
cuanto discreta, que nació en Venecia por 
los años de i363. Habiendo pasado á Fran- 
cia con su padre, siendo aun muy niña, se 
casó con un caballero de no menos mérito 
que ella llamado Estévan Castel, del que 
quedó viuda á la edad de 9.5 años, y enre- 
dada en pleitos y desazones domésticas, no 
teniendo mas consuelo en sus desgracias 
que el estudio y la composición de algunas 
obras agradables , tanto en prosa como en 
verso; por las cuales mereció que el rey Car- 
los VI la señalase una pensión considera- 
ble. Sus principales obras son las Cien His- 
torias de Troya, el Camino de largo estu- 
dio y el libro de las Mudanzas de fortuna, 

( a ) Poetce latini minores, Leyden t 7 3 1 j y tam- 
bién ea el Corpus poétarurn de Maitlaire. 



3o6 

dialecto eolio que los de Píndaro , que lo 
estaban en dórico; y la otra que siendo una 
de las mugeres mas hermosas de su tiempo, 
coma se conoce por sus retratos, su ex- 
traordinaria belleza deslumhró á los jueces 
á su favor. Ello fue que Píndaro apeló dé 
esta sentencia ante la misma Gorina. Soló 
nos quedan algunos fragmentos de sus 
poesías. 

Telesila. 



No menos se ilustró esta muger por su 
talento poético que por su heroico valor en 
defensa de su patria , que lo era la ciudad 
de Argos, en el Pcloponeso, pues como la 
hubiesen puesto sitio los lacedemonios, 
ella al frente de las demaS mugeres acudió 
á combatirlos, con lo que les obligó á reti- 
rarse, diciendo que habia poca gloria eri 
vencer á unas mugeres, y mucha ignomi- 
nia en ser vencidos de ellas; En la colec- 
ción intitulada Versos de las nueve poeti- 
sas (a) hay algunos fragmentos con el nom- 
bre de Telesila, pero se duda sean suyos. 

Sulpicia. 

Por los años de go de nuestra era flo- 
recía en Roma una ilustre dama llamada 
Sulpicia, célebre por dos poemas, el uno 



- 



( a ) Carmina novem Poélammfceminamm. Ham* 
burgo 1734. 



o5 



Corina. 

Basta para el elogio de esta poetisa con 
Saber que fue llamada la Musa lírica. Nació 
en la ciudad de Tanagra, en la Beocia , cuyos 
habitantes no tenían fama de sabios, antes 
bien de lo contrario: estudió la poesía bajo 
las lecciones de Myrtis, muger muy cele- 
brada entonces por su talento é instrucción: 
también asistía á esta escuela Pí-tidarp , al 
cual fue muy útil Corina con sus juiciosas 
observaciones críticas , pues le aconsejaba 
de continuo que no descuidase tanto el co- 
mercio de las Musas, y que emplease en 
sus poesías la fábula que debia constituir el 
fondo principal, pues las figuras de elocu- 
ción y el ritmo solo deben servir de ador- 
no. Procurando Píndaro aprovechar la lec- 
ción compuso una oda, de la que solo nos 
queda el principio, y se la presentó á Cori- 
na, la cual le dijo sonriéndose que debia 
sembrar con la mano , y no vertiendo el cos- 
tal, como hacia en aquellos versos, en los 
que /parecía haberse propuesto reunir todas 
las fábulas, de modo que se vé que huyen- 
do de im defecto cayó en el contrario. 

Cinco veces disputó Corina el premio 
de Poesía á Píndaro, y lo ganó otras tantas, 
aunque todos conviniesen que le era inte- 
rior. Pausanias dice que dos circunstancias 
contribuyeron á esto, la una que el audito- 
rio entendía mejor sus versos escritos en 



3o4 

querido de todas las mugeres: correspondió 
él á varias, y aun parece que por algún 
tiempo á la misma Safo; pero bien pronto 
se cansó y aun fastidió de ella, pues como 
ya hemos indicado no era ni joven ni her- 
mosa , y manifestaba su pasión con mas ex- 
tremos de lo que á muger prudente con- 
viene, alabándole públicamente en sus ver- 
sos, pintando con extraordinaria viveza sus 
ansias y suspiros, recordándole sus pasadas 
delicias, buscándole , persiguiéndole por to- 
das partes, 'cosas todas que causan frialdad 
y fastidio en los hombres lejos de produ- 
cir amor. 

Asi sucedió con Faon: huyó de ella , la 
despreció, la aborreció, y entonces Safo, 
no pudiendo sufrir tal ignominia , ni vencer 
humanamente su violenta pasión, acudió al 
terrible remedio del amor , al salto de Leu- 
cates , que fue feliz á Venus en su pasión 
por Adonis ya difunto , y fatal á cuantas 
mugeres lo intentaron después. 

Consistía este remedio, como es bien 
sabido de los eruditos , en arrojarse al mar 
desde la punta del promontorio Leucates, 
que se perdía en las nubes y estaba en la 
isla Leucadia. Alli acudió Safo, y después 
de haber celebrado los ritos gentílicos en el 
templo de Apolo que estaba en la cumbre, 
se precipitó en las olas del mar , donde ha- 
lló el único remedio que su pasión admitia 7 
cual fue la muerte. 






3ü3 

bitan los Elíseos campos, y escúchame sus 
versos coa religioso silencio. Todos los crí- 
ticos, tanto antiguos como modernos, han 
celebrado la suavidad, la armonía, la ter- 
nura y las innumerables gracias de las poe- 
sías de Salo. Sin embargo no nos quedan 
mas que dos composiciones suyas y algu- 
nos fracmentos, los que lejos de desmentir 
los anteriores elogios aumentan nuestro sen- 
timiento de que se haya perdido lo demás. 

El amor fue su pasión exclusiva , el 
asunto de sus versos , la causa de sus infor- 
tunios; pero si su corazón fue el mas sen- 
sible y amoroso de todos; tuvo la desgra- 
cia de que no correspondía á él su hermo- 
sura : aun dicen que era fea , por lo que 
no la fue posible inspirar la pasión que 
sentía. 

Estuvo no obstante casada con un ciu- 
dadano de los mas ricos de la isla de An- 
dros llamado Cércala, del que tuvo una hija, 
cuvo nombre fue el de Ciéis. 

Después de muchos años de viuda con- 
cibió la pasión mas vehemente por un jó* 
ven de la misma ciudad llamado Faon ; y 
dícese que solo á él amó, y que por él per- 
dió la vida. Era Faon el mas bello joven de 
su tiempo, y su hermosura tenia algo de 
divino; pues como hubiese hecho algunos 
favores á la diosa Venus, agradecida esta le 
dio un vaso de alabastro lleno de un un- 
güento , con el que habiéndose frotado lo- 
gró tener la mas completa hermosura y ser 






du|o mas hombres grandes fue la capital 
Mytilene, la mas floreciente, poderosa y 
poblada de todas , patria en eierto modo 
de las ciencias y de las artes, pues qae lo 
fue de Pitaco, uno de los siete sabios de 
Grecia, del historiador Teofanes, del retó- 
rico Diofanes, de Alceo , uno de los prime- 
ros líricos de la antigüedad, perseguidor 
acérrimo de los facciosos que despedazaban 
á su patria. 

Todos los años había en Mytilene certa* 
menes de poesía, donde los autores leían 
sus obras : habia también escuelas de filo- 
sofía y de elocuencia, y los habitantes pa- 
saban por los primeros músicos de Grecia, 
como se comprueba con el ejemplo de Fri- 
nis, que fue el primero que alcanzó el pre- 
mío en los juegos de las panateneas. 

Pero se les tachaba, como á los demás 
de la isla, de costumbres corrompidas, te- 
niéndose por injuria el ser llamado lesbien- 
se ó mitilense. 

En esta ciudad nació Safo, y ha sido 
la que contribuyó mas á su celebridad; 
pues adelantó tanto en la poesía lírica que 
mereció el renombre de décima Musa: fue 
contemporánea y amiga de Alceo, al que 
alabó mucho: también lo fue de Pitaco. 

Es trabón mira á Safo como á una mu- 
ger prodigiosa r y dice que las mas célebres 
la son sobremanera inferiores: ambos, dice 
Horacio, el primer lírico de los latinos, son 
admirados por las felices sombras, que ha- 



3o i 

Safo. 

Comenzaremos por la muger mas nove- 
lesca en su vida, mas ardiente en su ima- 
ginación, mas sabia en la poesía, cual es 
Safo. 

Una de las principales islas del mar Egeo 
en la costa del Asia menor es la de Lesbos, 
célebre por su fertilidad, sus exquisitos már- 
moles y sus espirituosos y delicados vinos. 
Pero lo que mas la. ilustraba era el ser pa- 
tria de los hombres mas sabios de Grecia, 
sobresaliendo entre ellos los poetas y los 
músicos, pues este arte delicado se cultiva- 
ba allí con el mayor esmero; asi es que se 
aseguraba que después que cortaron la ca- 
beza á Orfeo en Tracia, se la oyó hablar en 
la isla de Lesbos, y es cierto que fue patria 
del famoso Arion, á quien salvó la vida un 
delfín atraído por la suavidad de su lira, y 
de Terpandro, que añadió una cuerda á es- 
te instrumento, fue el primero que alcanzó 
el premio de la música en los juegos car- 
nienses , habiendo logrado cuatro en los pí- 
ricos, y tuvo la dicha de calmar una sedi- 
ción en Lacedemonia cori su melodioso can- 
to. Teofrasto, uno de los mas sabios discí- 
pulos de Aristóteles, que nos conservó sus 
obras , autor de historia natural y de la ex- 
celente y original obra de los (laractercs, 
era natural de la ciudad de Ereso, una de 
las principales de la isla. Pero la que pro- 



)0Ü 

la fafíla que se adquirió por su sabiduría f 
y la cual después de haber cuidado con eí 
mayor esmero á su padre en la prisión, de 
haberle consolado, de haber comprado muy 
caro el permiso de tributarle algunos ho- 
nores fúnebres, adquirió ademas á precio 
de oro del verdugo su cabeza, íue ella mis- 
ma acusada y aherrojada por dos delitos, 
siendo el uno el guardar como reliquia la 
cabeza de su padre; el otro e! haber con- 
servado sus libros y sus obras. Esta heroína 
se presentó intrépida ante sus jueces, se 
justificó con aquella elocuencia que presta 
la virtud desgraciada , se hizo admirar y 
respetar, y pasó lo restante de su vida en 
el retiro , el dolor y el estudio. 

3.° Mugeres artistas y autoras de obras 
de imaginación. 

. Ved aquí el género de literatura en que 
las mugeres pueden sobresalir, y en efecto 
han sobresalido mas ¿ siendo su imagina- 
ción mas pronta^ mas viva, mas delicada 
que la de Jos hombres: las artes que depen- 
den en efecto de ellas les son mas propias, 
y la novela, sobre todo la amorosa, que e& 
hija de la imaginación y de las pasiones, es 
su verdadero género, poique en efecto nues- 
tra vida no suele ser por lo común mas que 
tina novela. 



Duquesa de Relz, que fue célebre hasta en 
Italia , y que admiró á los polacos cuando 
en tiempo de Carlos IX vinieron á pedir 
por rey al duque de Anjou: se sorprendie- 
ron aquellos embajadores de hallar en la 
corte una muger tan instruida y tan joven 
que hablaba las lenguas antiguas con tanta 
pureza como gracia. 

Vemos en Inglaterra á las tres hermanas 
Seymures Ana , Margarita y Juana , sobri- 
nas de una reina é hijas de Eduardo, duque 
de Sommerset y protector del reino , las 
cuales fueron celebradas por su ciencia y 
por io4 dísticos latinos q\ié compusieron 
á la muerte de Margarita de Valois, reina 
de Navarra , de la que ya hemos hablado. 

Juana Cray, que solo parece fue reina 
para subir al cadalso, y la cual antes de 
morir leía en griego el famoso diálogo de 
Platón sobre la inmortalidad del alma. 

María Estuardo, de la que hablaremos 
en artículo particular con la correspondien- 
te extensión, era la muger mas hermosa de 
su tiempo y una de las mas instruidas; es- 
cribía y hablaba seis lenguas, hacia muy 
buenos versos franceses, y siendo muy jo- 
ven pronunció en la corte de Francia un 
discurso latino para probar que el estudio 
de las buenas letras es muy conveniente á 
las mugeres. 

En fin, la hija mayor del famoso can- 
ciller de Inglaterra Tomas Moro, cuyas vir- 
tudes fueron tan sublimes que obscurecían 



sg8 
muerte, acaecida en 20 de febrero de 1778. 

Otras -mugeres sabias. 

En Milán hubo una señorita, de la ilus- 
tre casa de Trivulcio,la cual siendo aun muy 
joven pronunció en latin muchísimos elo- 
cuentes discursos delante délos Papas y de 
los Príncipes. 

En Florencia una religiosa empleaba las 
horas de recreo en cultivar las letras, coa 
lo que á pesar de la obscuridad del claustro 
fue célebre en Italia, Alemania y Francia. 

En Ñapóles hubo una señora llamada 
Sara quia que compuso un poema en elogio 
de Scanderberg, y fue comparada en vida 
al Boyardo y al Taso. 

En Roma sobresalió Victoria Colorína, hi- 
ja de Fabricio y esposa del célebre marques 
de Pescara, D. Fernando Francisco Dávalos, 
natural de Capoles y oriundo de España. Am- 
bos esposos amaron y cultivaron las cien- 
cias y protegieron á los sabios. Victoria 
fue muy útil al marques con sus pruden- 
tes consejos; y habiéndole perdido que- 
dando ella en la flor de su edad , aunque 
se la presentaron excelentes partidos, no 
quiso casarse segunda vez, pasando lo res- 
tante de su vida entre el dolor y el estudio. 
Escribió un poema latino para celebrar las 
hazañas de su esposo. Murió en 1S41. 

Por aquellos tiempos hubo en Francia 
muchas mugeres sabias, entre ellas una 






^97 

tiempo aun de barbarie, y en el que apenas 
comenzaban a renacer las letras, hubo en esta 
ciudad la hija de un caballero que se dedicó 
al estudio de la lengua latina y la jurispru- 
dencia* A la edad de veinte y tres años pro- 
nunció en la iglesia mayor de la ciudad una 
oración fúnebre en latin, no necesitando pa- 
ra que la admirasen el que se atendiese á su 
mocedad ni á su hermosura, sino á su ver- 
dadero mérito literario. A los veinte y seis 
se recibió de doctor, y dio lecciones públi- 
cas en su casa sobre la instituía de Justmia- 
no. A los treinta fue tanta su fama que la 
dieron una cátedra de derecho romano en la 
universidad, á la que acudían muchísimos 
discípulos de todas naciones. 

Éste prodigio se renovó otras dos veces 
en los siglos XIV y XV. 

Laura Basi. 

En la misma ciudad de Bolonia nació , se 
educó y recibió, en 1732, el grado de doctor 
Laura Basi en presencia del Senado y de los 
Cardenales Lambertini y de Poliguac , ilustres 
y sabios testigos de su mérito. La mayor par- 
te de los sabios de Europa , con los cuales se- 
guía correspondencia , admiraban su vasta 
literatura griega , latina, francesa é italiana, 
y no menos las bellas prendas que adorna- 
ban su alma. Su íama se aumentó mucho mas 
con las lecciones de física experimental que 
dio en aquella célebre universidad basta §u 



z 9 6 

XVII de Lucrecia Helena Cornaro-Piscopia, 
que nació en la misma ciudad el año de 1646. 
Su inmensa erudición , junto con su inteli- 
gencia en las lenguas latina, griega, hebrea, 
española y francesa, la hubieran hecho ocu- 
par una plaza entre los maestros de teología 
de la universidad de Padua, si el cardenal 
Barbarizo , obispo de aquella ciudad, no hu- 
biese hallado por conveniente el oponerse á 
aquella novedad, y asi tuvieron que conten- 
tarse los apasionados de Lucrecia con conce- 
derla el grado de doctor en filosofía, cuyo 
bonete y demás insignias recibió con grande 
pompa en la iglesia catedral , pues no cabia 
el inmenso concurso en las salas de la uni- 
versidad. Dícese que fue la primera muger 
que logró esta decoración. 

Esta sabia señora correspondía con la 
pureza de sus costumbres al nombre que te- 
nia de Lucrecia, pues que habia hecho voto 
de castidad desde la edad de doce años , ai 
que añadió luego el de religión , en calidad 
de oblata del orden de S. Benito. Murió en 
1684 : sus obras son un panegírico en italiano 
de la república de Fenecía , y la traducción 
del español al italiano de los Coloquios de 
Jesucristo con el alma devota. 

Sabias boloñesas. 

La ciudad de Bolonia , en Italia , patria 
de muchos hombres célebres, lo ha sido 
también de mugeres sabias. En el siglo XIII, 



2$& 

fue enlas tres lenguas de Homero, Virgilio 
y el Dante, que escribía correcta y elegante- 
mente, tanto en prosa cuanto en verso, po- 
seia tocios los conocimientos filosóficos de su 
siglo y de los anteriores , amenizaba con su 
agradable estilo las cuestiones de teología, 
en la que estaba profundamente instruida: 
sostuvo con sumo aplauso conclusiones pú- 
blicas, regentó cátedras en la universidad de 
Padua, añadió á sus graves estudios los de 
agrado, en especial el de la música; y lo que 
mas la honra fue no menos virtuosa que sa- 
bia , con lo que mereció laestimacion y aplau- 
so, como honor de su sexo, de los papas, 
reyes y hombres sabios, muchos de los cua- 
les vinieron expresamente á Venecia para 
conocerla y tratarla: en fin , para ser admi- 
rable en todo vivió mas de un siglo , pues 
murió de i 01 años el de 1662. 

Modesta di Pozzo di Zorzi. 

En el mismo siglo XVI, y en la misma 
ciudad de Venecia, sobresalió esta Señora, 
la cual compuso muchas obras en verso, ya 
serias, ya festivas, ya heroicas, ya amorosas, 
que lograron mucho aplauso, y algunos (ira- 
mas pastoriles que se llegaron á representar. 

Lucrecia Cornaro. 

La ilustre familia ducal en Venecia de los 
Cornaros recibió nuevo explendor el siglo 

20 



%£ 






Nogarola. 

¡Cuan grande y admirable no debía ser 
la instrucción de Isota Nogarola, natural de 
Verona v cuando el célebre cardenal Besarion 
hizo expresamente un viage á esta ciudad 
para conocerla y tener el gusto de tratarla, 
cuando todos los Soberanos y los hombres 
mas célebres de su tiempo deseaban verla, 
y si no lo podian lograr mantener correspon- 
dencia literaria con ella! Asi es que tuvo re- 
lación epistolar con la mayor parte de los 
sabios, que no podian menos de admirar el 
profundo saber que se manifestaba en sus 
cartas, junto con las gracias de su estilo. En 
efecto , estaba instruida en las lenguas sabias, 
en la filosofía, en la teología y en los Santos 
Padres , siendo asi que no vivió mucho tiem- 
po, pues que murió á los 38 años de edad, 
esto es, el de 1468. 

Esta literata se enredó en una disputa de- 
masiado sutil con un Luis Fóscaro,y fuede- 
Gidir quién habia pecado mas comiendo del 
fruto vedado si Adán ó Eva, defendiendo 
ella á esta como es de pensar, y Fóscaro á 
Adán. 

Casandra Fidele. 

Mucho ilustró á Venecia, su patria, no 
obstante de serlo ademas de grandes hom- 
bres en ciencias, gobierno y armas, esta 
nuiger, uu^ de las sabias de Italia, pues lo 



3$3 

ciaba: amaba los placeres , y los buscaba con 
mas ansia de lo que corresponde á una mu- 
ger sabia. 

Murió de resultas de un parto en el pa- 
lacio de Luneviüe el año de 17/19- 

Se refiere de ella el dicho siguiente. Co- 
mo fuese amiga de Voltaire, notó toda su 
tertulia que este andaba triste y taciturno 
hacia algunos dias; y asi la preguntaron to- 
dos si sabia la causa \ y ella les contexto : la 
s$ en efecto, y seria imposible que lo pu- 
dieseis adivinar. Hace tres semanas que solo 
se habla en Paris del suplicio de un famoso 
ladrón que ha muerto con grande ánimo , lo 
cual mortifica á M. Voltaire, á quien nadie 
habla de su tragedia £ y asi tiene envidia se- 
guramente del ahorcado, 

Agnodice. 

Pero de todos los estudios el que parece 
mas contrario, y aun impropio á nuestro se- 
xo, es el de la medicina; y sin embargo hu- 
bo en Atenas una hermosa joven llamada 
Agnodice, tan inclinada á esta facultad, cu- 
yo objeto es socorrer y aliviar á la humani- 
dad doliente, que se disfrazó de hombre para 
poderla estudiar y ejercer; y como hubiese 
sido averiguado el caso, se hizo á su favor 
una ley particular que derogaba la prohi- 
bición que habia de que las mugeres pudÍQ» 
sen estudiar la medicina. 



2 9 2 

Habiendo hallado que las sublimes qui- 
meras del filósofo alemán no eran mas que 
verdaderos sueños, abandonó su doctrina 
para seguir la de Neuton, cuyos principios 
tradujo al francés, comentándolos; obra qué 
solo se imprimió después de ía muerte de la 
autora, revista y corregida por el célebre 
Clairaut. 

Aunque muger sabia, y que su trato ha- 
bitual era solo con sabios , jamas hablaba de 
ciencias sino con aquellas personas que las 
conocían ó procuraban conocerlas; asi es 
que vivió tratando mucho tiempo con gen- 
tes que ni siquiera sospechaban que fuese 
muger instruida portel cuidado que ponia en 
no parecerlo. Las señoras que jugaban con 
ella en el cuarto de la Reina, estaban muy 
distantes de pensar que se hallasen al lado 
del comentador de Neuton , ni que fuese otra 
cosa mas que una persona muy regular, y 
solo las admiraba la rapidez y exactitud con 
que se la veía hacer cuentas y terminar las 
disputas del juego; pues cuando ocurrían al- 
gunas combinaciones de cálculo, entonces 
no podia desconocerse su profundo saber. 
Sucedió muchas veces que de memoria, y 
sin auxilio alguno, partía nueve números 
por otros nueve delante de diestros mate- 
máticos, que no pudiendo seguirla en sus 
operaciones se quedaban pasmados de aque- 
lla prontitud y exactitud cié cálculo. 

Hablaba bien y con elocuencia, no gus- 
taba de la murmuración, y aun la despre- 



Morata ó Moreta, que nació en Ferrara 
en j5$6, y habiéndose casado con Grunt- 
ler, profesor de medicina en íleidelverga, 
pasó á establecerse en Alemania donde ense- 
ñó públicamente las humanidades y compuso 
varias poesías griegas y latinas que merecieron 
la estimación de los sabios. Murió en i562. 

La Marquesa de Chastelet. 

Aun parece menos propio de nuestro 
sexo el estudio de las matemáticas que el 
de las humanidades, y sin embargo, sin des- 
preciar estas, sobresalió en aquellas la se- 
ñora Gabriela Emilia de Breteuil, hija del 
barón de este nombre, introductor de em- 
bajadores en la corte de Francia, quien la 
dio la mejor educación literaria , siéndola 
familiares desde su niñez los buenos auto- 
res antiguos y modernos. 

Tanto su talento, cuanto su hermosura 
y gracias , fueron causa de que pretendiesen 
su mano las personas mas ilustres de la cor- 
te; pero mereció la preferencia el Marques 
de Ghastelet-Lomont , Teniente general y de 
familia muy distinguida. 

La inclinación principal de la marquesa 
fue á la filosofía y á las matemáticas , dán- 
dose primero á conocer en la república lite- 
raria por una explicación de Leibnitz , con el 
título de Instituciones de física , escritas pa- 
ra su hijo, su discípulo de geometría , y dis- 
cípulo digno de ella. 



en el ib irJd Madama Dacier era modesta! 
Habiendo escrito sus Observaciones- ó do¿ 
mentarlos sobre la Sagrada Escritura ; la: 
instaron mucho para qué las diese al pública 
pero ella contexto constantemente: «que una 
«muger debe leer y meditar los libros $a< 
c< grados para arreglar su conducta á los pre- 
ceptos que contienen; pero que según dice 
«San Pablo f debe ser callada y ínodesta.» 

No obstante^su pedantería y sobré todo 
su genio irascible en la disputa, la hicieron 
el objeto de muchas sátiras, y parece que 
Moliere la representó en su comedia de las 
rrmgeres sabias ofendido ée ella porque le 
dijeron que estaba escribiendo una diser- 
tación para probar que elJmfitrión de Plau^ 
to era superior al suyo; pero lo cierto es* 
qwe no se ^atretió 4 puMicarlav 3 

Verdaderamente era ridículo el' entusias- 
mo, de marido y muger por los antiguos, y 
aun pudo serles fatal, pues de poco no se 
envenenan un dia con un guisote á la grie- 
ga <heclio por una receta de Atheneó. 

Decían de Mr. Dacier que era un mulo 
cargado con todo el bagage de la antU 
güedad. : 

Madama Dacier murió en 1720 á los 69 
años de su edad. 

.... m ■■: ; ■ ■ I ■:.'■ • , 

Olimpia Morata. 



, 



i '• '/ ; í D 7 ¿* a H ¿I* -i • n » : &i'tá'V3 



3 También sobresalió en la inteligencia 
cultiva del griego y el latin Olimpia Fulvia 



/ 

Lamotlie. En esta disputa aquella que era 
realmente mas sabia é instruida, se produ- 
jo como un pedante grosero y feroz, y La- 
mothe¡, aunque no tenia ni erudición ni ra- 
zón contexto cotila mayor dulzura y gracia; 
y así se dijo: que las defensas de este pa- 
recían escritas por una fina y delicada da- 
ma j y las críticas de la otra por un pedante 
de Universidad; y que Madama Dacier ha- 
bía vomitado mas injurias contra los detrac- 
tores de Homero que los héroes dé este 
lanzaron contra los dioses. 

Fuera de estos arrebatos ele su genio que 
ella misma reprobaba, era una muger llena 
de excelentes cualidades y sumamente cari- 
tativa; y como su marido la reprendiese de 
sus pródigas y continuas' limosnas, ella le 
contexto: «no son nuestras riquezas las que 
«nos han de asegurar la vida eterna, sino las 
«buenas obras, única cosa que puede gran- 
«gearnos la amistad del Señor.» 

Se refiere también que como un caballe- 
ro alemán muy sabio la hubiese venido á 
visitar, presentándola su libro de memoria, 
que ellos llaman Album^ para que tuviese á 
Bien poner su nombre v 'alguna sentencia, 
como ella viese allí el nombre de uno de 
los hombres mas sabios de Europa, no se 
atrevió á poner el suyo ; pero vencida de 
las instancias del caballero escribió unos 
versos de Sófocles que dicen: el silencio es 
el ornato de las mugeres. Igual á esta anéc» 
dota es la siguiente, y ambas prueban que 



r¿88 

Su marido la ayudaba en sus trabajos; 
pero cabiendo á ella la mejor parte , y con- 
servando siempre la mas perfjecta unión; 
cosa rara entre literatos y mas teniendo tan 
próximo parentesco. De este enlace forma- 
do por el entendimiento y el corazón^ resul- 
taron obras muy útiles en la literatura y un 
hijo y dos hijas: aquel que daba grandes 
esperanzas y una de estas murieron en tem- 
prana edad, y la otra, hija se iyietió mon- 
ja. El hijo no tenia mas que diez alnos cuanda 
murió, y ya ponocia los mejores autores an- 
tiguos á los ; que juzgaba con el mayor dis« 
cern i m ien to , dicie ndo que Herodoto era úíi 
grao hechicero , y Polibio un hombre de 
sumo juicio» : 

Pero las obras literarias del m aridb>¿ 
que la mayor parte consisten en traduccio- 
nes de los clásicos antiguos, son. inferiores 
á las de su muger : se advierte en elias mu- 
cha erudición y poco gusto, por lo que se 
dijo ingeniosamente de él, que todo lo de 
lo^ antiguos conocía menos la delicadeza y 
la gracia. 

Entre las muchas traducciones de Ma- 
dama Dacier sobresalen las de algunas come- 
dias de Plauto y Terenció, las de Anacreonte 
y Safo, y en especial la de la Iliada y JJlisea 
de Homero con notas profundamente eru- 
ditas. 

Esta traducción fue causa de una de las 
muchas guerras literarias < siendo los prin- 
cipales atletas la misma Madama Dacier, y 



2S7 

pensando en ella y sí en lin hijo á quien 
instruía con sumó cuidado, observó que la 
muchacha que solo tenia once años, procu- 
raba con maña hallarse presente á ías lec- 
ciones ó atender á ellas mientras trabajaba 
en las labores de su sexo. Sucedió un día 
que el muchacho dio mal su lección, y el 
padre observó que la hermana se la apunta- 
ba en voz baja: contento con este descubri- 
miento procuró sacar de él el partido de ins- 
truir á la niña, la cual no se alegró mucho, 
pues tuvo que sujetarse desde entonces á 
un- estudió formal, en el que adelantó en 
tales términos que su padre cada vez mas 
y mas contento se dedicó exclusivamente á 
su instrucción, la cual fue tan completa que 
llegó á excederle, como ya hemos indicado. 

Le Fevre era preceptor de humanidades, 
y tenia por uno de los mejores y mas apli- 
cados discípulos á Andrés Dacier, el cual 
conviniendo en sus estudios é inclinaciones 
con la hija de su maestro, se enamoró bien 
pronto de ella y logró por último su mano 
en el año de i683. 

La primera obra con que se dio a cono- 
cer en la república de las letras la que ya 
llamaremos Madama Dacier, fue su hermosa 
edición de Calimaco con notas y observa- 
ciones. Poco después publicó muy sabios 
comentarios sobre muchos autores antiguos 
en las ediciones que llaman al uso del Del- 
fín, porque lo eran para el del príncipe 
heredero de Francia. 



s86 

mistados, no conviniendo Orestes en una 
franca reconciliación con el santo obispo 
que la solicitaba, el populacho de Alexan- 
dría, cuya imaginación fácilmente se exalta- 
ba, cre}ó que Hipacia, que era pagana co- 
mo el Prefecto, fuese la causa de este ren- 
cor; y así se lo tomó á ella tan violento que 
un día la acometieron al entrar en su casa 
y la mataron tirándola pucheros rotos, la 
despedazaron y quemaron ep un parage lla- 
mado Cesar ion. Sucedió este caso el año/*i5. 
Todos los buenos cristianos y en especial el 
santo obispo Cirilo, se llenaron de pena y 
horror con semejante atrocidad, que no les 
fue posible evitar. 

Ésta sabia muger escribió muchas obras 
que se han perdido. >o 

Madama Dacier. 

Perteneciendo á una familia de sabios 
helenistas fue Ja mas sabia de todos, Su pa- 
dre Tanneguy le Fevre se hizo célebre poi? 
sus profundos conocimientos en el griego y 
en el latin , portas eruditas notas con que 
ilustró los mejores autores en ambas lenguas, 
por sus Vidas de los poetas griegos y por 
otras obras no menos útites que sabias. 

Conociendo las buenas disposiciones de 
su hija Ana, se dedicó á darla la mejor edu- 
cación literaria; y en efecto logró hacer de 
ella un prodigio de erudición. El modo de 
conocerlo fue bastante particula* 1 , pues no 



^85 

Hipada. 

Theon, celebre filósofo y matemático de 
Alexandría, tuvo una hija cuyo nombre era 
Hipacia, en la que competia la extraordina- 
ria belleza con la sublimidad del ingenio: 
dedicóse el padre con tanto esmero á su edu- 
cación científica y ella se aplicó con tanto 
ardor, .que bien pronto sobrepujó al mismo 
Theon en el conocimieuto de las matemáti- 
cas, y principalmente en la geometría, obje- 
to preferente de sus estudios. 

Para perfeccionarse en las ciencias pasó 
á Atenas, donde adelantó tanto que la die- 
ron la misma cátedra que el célebre Fotino 
habia ocupado en Alexandría. Extendióse 
por todas partes su fama, acudiendo mu- 
chas gentes á oir sus lecciones, quedando 
no menos prendadas de su talento que de 
su hermosura, tanto mas apreciable cuanto 
que la acompañaba la mayor modestia y la 
mas rígida virtud. 

Fueron muchos los que la amaron, so- 
licitando el ser correspondidos ; pero ella k 
ninguno amó: el mas locamente apasiona- 
do fue un discípulo suyo; pero Hipacia su- 
po contener la violencia de su pasión, opo- 
niéndole las máximas y reflexiones de su rí- 
gida filosofía. Todos los Prefectos de Egyp- 
to procuraron cultivar su amistad, siendo 
el que la tuvo mas íntima uno llamado Ores- 
tes; y como San Cirilo y él estuviesen ene- 



a84 



CONVERSACIÓN X. 



*~TT"m' "15"" 



/ 



eunidas las damas según costumbre , y 
tomado el té, durante el cual aun se siguió 
hablando de la caballería y de muchos qui- 
jotes antiguos y modernos, doña Joaquina^ 
según se propuso, leyó su tratad^ de las 

MUGE RES SABIAS. 

gú'^&éxn - i \ • 

n.° Mugeres sabias en ciencias y conocí* , 

mienlos sublimes. 

....■« ¡ ■ • * / ...«.■. 

Es preciso convenir en que hallándose 
dotadas las mugeres mas bien de imagina- 
cion qye de reflexión v son mas propias 
para las artes hijas de aquella f que para las 
ciencias abstractas y sublimes que piden en- 
tendimiento profundo r , estudio y meditación* 
continua: las. obligaciones que nos impuso, 
naturaleza , y la educación que para cum- 
plir con ellas recibimos , se oponen tam- 
bién á que cultivemos con feliz éxito el in- 
grato campo ele las ciencias; ^ii)fmbar^o f 
vamos á ver cíue ha habido mugeres no me- 
nos sabias que los hombreSv que han so* 
bresaüdo en los mas largos y penosos es- 
tudios. 



s83 

acababan de jurar. Se disipó la nube, rayó 
la aurora, y amaneció un dia sereno para 
la dicha de los dos amantes , á quienes con 
la acostumbrada pompa casó el capellán en 
la iglesia del castillo. 

Sorprendida Urgela con tantos lances 
acaecidos sin que ella los hubiese llegado 
á sospechar siquiera, dijo que en adelante 
no respondería de ninguna señorita, por 
inocente é ingenua que pareciese. El conde 
suplicó ala señora Matilde qué se dignase 
honrar con su presencia aquella ilustre 
boda. En efecto vino, aunque la pareció 
que la amorosa novela habia procedido con 
demasiada rapidez, según los rigurosos prin- 
cipios de la verdadera caballería ; pero no 
pudo menos de convenir con Mdebran,.que 
las circunstancias lo habían exigido asi. Los 
vasallos de ambos condes acudieron solíci- 
tos á rendir homenage á los. novios: hubo 
baile por la noche y abundante cena. Luego 
que todos se hubieron recogido se puso á 
pensar Ildebran en la dicha que habia alcan- 
zado su hija, y á desear que la señora Mar 
tilde se dignase mudar de sistema, consin- 
tiendo en que se contasen sus amorosos 
obsequios por di as y no por años. 

Doña Cártota suspendió aquí su lectura, 
y las anécdotas y cuentos de la andante 
caballería llenaron lo. restante de la tarde* 






a8u 

ria: huyen desordenadamente los que -pue- 
den , y los persigue el intrépido amante. 
Vuelve pronto triunfante y lleno de gloria.... 
pero cual es su pena y su sorpresa á uu 
tiempo, cuando reconoce que el caudillo de 
los enemigos vencidos que acababa de ren- 
dirse es..*, el conde Balduino su padre , y 
contra el que acaba de combatir. Con la 
obscuridad no pudo reconocer su pendón. 

En efecto , Isvan era hijo único del Con- 
de Balduino; pero como no participase de 
su odio y enemistad- hacia Ildebran , no con- 
cebia ninguna esperanza de unirse con Isau- 
ra, á quien adoraba desde el instante en 
que la víó en un torneo. Para vencer aque- 
llos obstáculos, se habia alejado del castillo 
de su padre, introduciéndose en el de Il- 
debran disfrazado de trobador, como ya di- 
jimos. En vano querríamos pintar %> que 
pasó en el corazón de los tres guerreros 
cuando llegaron á conocerse. Balduino ven- 
cido y prisionero: Ildebran vencedor, pero 
por el esfuerzo de aquel mismo que des- 
honraba á su hija: Isvan á los pies de su 
padre, avergonzado de su propia victoria, 
sin atreverse á levantar los ojos sobre nin- 
guno de los dos. En fin, la amable é inte- 
resante Isaura vino á terminar con sus lá- 
grimas escena tan tierna. Ildebran abrazó 
é Balduino y le concedió la libertad: am- 
bos padres convinieron en el casamiento 
de Isvan con Isaura, como vínculo indiso- 
luble de la amistad de ambas familias que 



*8f 

ga á tocar las almenas y salta sobre íá mu- 
ralla. Ildebran , á quien aun no había po- 
dido ver, va á herirle.* . 'pe .to un movimien- 
to secreto detiene el brazo del colérico pa- 
dre.... Quiere ver hasta donde se extenderá 
el arrojo de aquel insólenle, y si es culpada 
su hija.... Sigue, escondiéndose, á Isvan hasta 
la puerta del cuarto de lsaura, que le está 
esperando.... Entonces aparece Ildebran co- 
mo terrible y vengadora deidad. Cae des- 
mayada lsaura. Isvan no puede valerse de 
la espada que traia oculta bajo las ropas de 
trobador. En lugar de defenderse, la rinde 
á los pies del padre de sii amada; pero ni 
aan por esto se calma el furor de lldebran. 
En aquel mismo instante resuenan por 
todas las bóvedas del castillo espantosos gri- 
tos, suena la campana de alarma, corren 
las guardias.... A las armas , á las armas, 
gritan todos, que asaltan el castillo. Acude 
el conde volando á la muralla: sígnele Isvan, 
y ambos se ponen al frente de los pocos 
soldados qué había. Comienza la lucha, que 
se hace terrible. Isvan , que nunca se separa 
del lado del conde, hace prodigios de valor, 
eon los que logra salvarle la vida por dos 
veces. La obscuridad de la noche, aumenta- 
da con la tempestad, ni aiín siquiera per- 
mite distinguir el enemigo contra quien se 

cómbate. 

En fin, después de haber luchado dos 
horas, Isvan hace una feliz salida, corta li 
retirada á los enemigos, y decide la victo- 



ja8o 
le; y teme que sus centinelas, asustadas con 
la tempestad , abandonen el puesto.... Se le- 
vanta, se arma, camina á lento y silencio- 
so paso para hacer su ronda. Pues precisa- 
mente la comienza por el parage donde el 
corto número de soldados que tenia no le 
permitían poner centinelas, y por lo tanto 
era el que le parecía mas expuesto á una 
sorpresa.... 

Relumbra un relámpago y ve la escala: 
su primer movimiento fue el de dar la alar- 
ma; pero reflexionando luego en la forma 
de la escala y en su poca consistencia , co- 
noce que mas debe servir para sorpresa de 
un amante que de un guerrero.... Sale bien 
pronto de sus dudas, porque no siendo na- 
da imposible al amor, aguantando Isvan la 
tempestad, reunió en -pocos instantes un 
buen montón de pedruzcos , con el que 
formó un cerrito , desde el que pudo al- 
canzar á la escala. 

Representémonos ahora por un lado á 
nuestro amante impaciente y tierno, colga- 
do de una débil cuerda, juguete de los vien- 
tos queje separan déla pared, y por otro 
á Tldebran bramando de cólera sobre la mu- 
ralla esperándole con la lanza én ristre para 
pasarle de parte á parte.... 

Al mismo tiempo Isaura tiembla del lan- 
ce, y considerando el furor del viento y de 
la tempestad, teme qué suceda alguna des* 
gracia á su amante. Isvan, mas veloz que 
la tempestad misma que no le intimida , lie* 



V9 

Que perturbarás mi dicha: 
¿No ves que á medias suspiro, 
Y escondo la pena mia? 

Pero como ya hubiese tiempo que ha- 
bía dado la hora, iba perdiendo las espe- 
ranzas , cuando de pronto , á beneficio de 
algunos rayos de luz que rompían por en- 
tre las nubes, vio bajar la escala. La alegría 
le enagena; bendice á Isaura y al amor; se 
acerca á la muralla: pero, ah! qué hará? 
qué partido tomará? No habia calculado 
bien la altura del muro, y de consiguiente 
siendo muy corta la escala no podia alcan- 
zar á ella. ¡Considerad su desesperación vien- 
do cuan inútiles son todos sus esfuerzos! 
En vano brinca; por mas que salte no pue- 
de agarrar la escala, ni encuentra alli cerca 
un árbol, ni halla agujeros entre las pie- 
dras para trepar por ellas.... Y para mayor 
desgracia , la nube que hasta entonces le 
habia sido favorable, presagiaba ya terrible 
tempestad. Verificóse bien pronto; cae so- 
bre el castillo un mar de agua, rasgan los 
relámpagos el cielo, retumba el trueno, y 
se repite sordamente á lo lejos.... 

Dejemos á Lsvan en tal aprieto, en tanto 
que Isaura se deshace en llanto ; y vamos á 
ver qué hace en esto el conde, el cual, 
habiéndole dispertado los truenos, como 
activo y prudente guerrero, teme que su 
vecino y mortal enemigo el conde Balduino 
se aproveche de la ocasión para sorprender- 
ía 



278 

no obstante sobre las murallas: titubea otra 
vez, pone la escala, la retira: la habitación 
de lldebran estaba al otro lado del castillo, 
y sin embargo ella cree estarle viendu y 
ser vista, y maldice la luna que puede des- 
cubrirla. En fin, temblando siempre, iba á 
volverse, dejando á Isvan suspirar y deses- 
perarse al pie de la torre. De pronto se nu- 
bla la luna, y renace con esto la confianza 
en el corazón de Isaura. Vuelve de puntillas, 
cuelga la escala á la almena, huye, vuelve 
aun otras dos veces para asegurarse de que 
está bien sujeta la cuerda , y no pudiendo 
casi resollar, vuelve á subir rápidamente, 
dejala puerta entre abierta, se coloca fren- 
te á la trémula luz de una débil lámpara, 
después cae como involuntariamente de ro- 
dillas y levanta los ojos y las manos al cielo. 
Cualquiera puede adivinar fácilmente que el 
feliz trobador hacia mucho tiempo que es- 
taba al pie de la torre contando los minu- 
tos y los instantes. Y de este modo, ha- 
blando con la noche , cantaba con tímida y 
suave voz: 

De mi bien en esta torre 
Los ocultos pasos guia; 
Y mas que el sol, noche oscura, 
Diré que para mí brillas. 

O tórtola, no te quejes, 
Que el sueño á los celos quitas; 
Ama, y protege á mi hermosa, 
Como tú tierna y sencilla, 
r i JNo murmures tanto , arroyo, 



^77 

noche , y el mismo padre era el que al en- 
tregarla la carta la había dicho: lee, ama á 
quien te escribe, haz lo que te encarga, que 
tu padre es quien te lo manda. Pues bien , co- 
sa inaudita, sin que ella pudiese compren- 
der lo que significaba aquello, no se engañó 
por eso en lo que la agradaba hacer. Otra lo 
habría errado á fuerza de astucias , pero Isau^ 
ra es sencilla é ingenua, y conoce que en es- 
ta aventura lo único que á ella la importa 
€S la cita. 

Irá ó no? irá: ocultará con cuidado el 
billete , nada preguntará á su padre , y si es- 
te la pide que le lea la carta, dirá que la ha 
perdido. Todo esto se ejecutó exactísima- 
mente. En esto se acercaba el instante, que 
era á las nueve de la noche , hora demasiado 
tardía para aquellos tiempos : Isaura tenia 
que poner una escala de cuerdas á una ai- 
mena de la torre del castillo: temblaba la 
pobre criatura cuando llegó á oir las ocho 
en la campana grande : ya estaba acostado 
el Conde , Urgela dormía , roncaba el secre- 
tario, las escuchas hacían la ropda por las 
almenas, pero no llegaban al parage por don- 
de debia ser la cita. Ladraban dos disformes 
mastines en el patio interior, pero no po- 
dían trepar á la muralla , desde la que se pa- 
saba á la habitación de Isaura sin tropezar 
con ellos. 

Lucia claramente la luna, reinaba el ma- 
yor silencio por todas partes: en esto dan 
las nueve.... Dudosa aun Isaura, se hallaba 



dre lecciones de modestia , de fortaleza y de 
moral 

Cualquiera temblará de la imprudencia 
que va á cometer Isvan : esteno ignora que 
el conde no sabe leer : la carta de Matilde, 
que casualmente halla á sus 'pies-, se parece 
mucho á la suya ; y qué hace , la cambia por 
esta y se la da á Ildebran, quedándose él con 
la de Matilde. Contento el conde con haber 
hallado su carta, le da gracias, y aun se re- 
cuerda de haberle visto otra vez, con lo que 
le convida á que venga á pasar algunos días 
al castillo. El sagaz trobador se rehusa y aleja 
de alli lleno de inquietud ; pero no descon- 
tento de cuanto habia hecho. Llegó el conde 
al castillo , gozoso de haber triunfado en ei 
combate, y de traer la carta de Matilde, que 
le permitía por aquella vez dejar de valerse 
de su penosa elocuencia. 

Toma, dijo á su hija, entregándola sin 
saberlo la carta del trobador: léela con aten- 
ción : penétrate bien de las máximas que 
contiene ese escrito : ama á quien te lo di- 
rige: haz cuanto te encarga, que asi te lo 

manda tu padre Dicho esto la deja para 

irse á quitar sus armas. Hallándose ya sola 
Jsaura abre el billete de Isvan y tiembla , no 
pudiendo entender cómo ha logrado servirse 
de su mismo padre para mensagero de su 
amor. 

Jamás habia sido tan tierno el estilo de 
Isvan, jamas había alegado razones tan fuer- 
tes para la cita que solicitaba para aquella 



2j$ 



íiorita no podía permitir, sino pasados mu- 
chos años, el que se la hablase ele amores; y 
tenemos ahora que á los quince días se la 
atreven á pedir una cita. Por otra parte era 
cosa chistosa el ver al conde desesperado en 
secreto de los rigores de Matilde repetir gra- 
vemente los sermones que había tenido que 
aguantar de su dama, y que mal ó bien ex- 
plicaba á Isaura; pues se tiene por cierto que 
era mas diestro en la pelea que en el ha- 
blar. ¿Qué resultaba de esto? que Isaura es- 
cuchaba á su padre, y solo creia á Isvau; 
pero sin embargo aquello de la cita la hacia 
temblar. Su amante la indicaba un medio 
para dar la respuesta, y ella no quería decir 
no, ni se atrevía á pronunciar sí De cual- 
quier modo que sea no contexto: pasáronse 
muchos dias con gran desconsuelo de Isvan 
y no menor pena de su dama. 

Quiso el amoroso trobador escribir de 
nuevo; pero no sabia como hacerlo. Una as- 
tucia repetida nada vale. Mucho tiempo ha- 
cia que andaba rondando en derredor del 
castillo meditabundo, apenado, con la carta 
en la mano sin saber de qué medios valerse 

para entregarla De súbito oye un gran 

ruido, vuelve la cara y ve á Ildebran que lu- 
chaba contra unos bandoleros, á los que iba 
poniendo en vergonzosa fuga. Acércase Isvan 
y advierte que el conde, en el ardor de la pe- 
lea, habia perdido y andaba buscando una 
carta que Matilde escribia á Isaura, dándola 
en estilo mas elocuente del que usaba su pa- 



Sucedió todo como estaba previsto? Isau? 
ra conoció ai instante á Isvan, pero Urgela? 
no tuvo la mas ligera sospecha: al contrario, 
como era muy golosa, tenia los ojos fijos en 
la fruta, que á propósito se había tráido pa- 
ra tentarla:, No estaba ella acostumbrada á 
regalos tan finos, pues el conde no tenia mas 
que unas malas cerezas en su huerta; y es- 
tas frutas eran ías mas exquisitas peras. U ré- 
gela no veía mas que la fruta, é Isaura no veia 
mas que la carta...;.. Tornad^ tomad, dijo el 
supuesto aldeano, y la una tomé una her- 

m« >a pera, y la otra el amoroso billete ,. 

Qué es lo que os debo, buen anciano? dijo* 
"Urge la. — Lo que queráis darme , buena se- 
ñora, contexto él , poique estas frutas son de 
mi huerto y nada me cuestan : ahí tenéis 
la cesta. 

La buena dueña le da algún dinerillo ^ y 
la tíujida Isaura le echa una amorosa mirada. 
Con pena se separa de allí el supuesto an- 
ciano : en tanto que Urgela abre una gran al- 
hacena, su señorita finge asomarse á la ven- 
tana , pensando solo en la querida carta que 
lee y relee tres veces seguidas antes de que 
la dueña , con sus gafas puestas , haya con- 
tado y vuelto á contar sus peras, que luego 
encierra cuidadosamente: pues k nada me-* 
nos se dirigía el billete que á pedirla una cita 
para poderla hablar. Imaginémonos el efecto 
que semejante súplica debió producir en 
Isaura, pues que tanto su padre como la 
dueña la repetian continuamente que una se- 



que cantaba á solas noche y dia, y princi- 
palmente los que siguen porque la gustaban 
mucho. 

Tío temas, mi dulce bien, 
Créeme, de amor los males: 
Nunca da heridas mortales; 
Si hiere , sana también. 

Le irritas si resistieres , 
Y penarás deseando ; 
Cede, y en secreto amando 
Con penas habrá placeres. 

Defender nunca podrás 
Tu pecho aunque mas blasones: 
Si de él fias , no te expones 
A su ira , y feliz serás. 

Hacia bastante tiempo que el conde y 
Urgela habían olvidado á Isvan; pero Isaura 
pensaba siempre en él , y no podia ser otra 
cosa, pues el amante trobador se valió de 
sus mañas para no ser olvidado. 

Como nada de lo que les tiene cuenta se 
escapa á la perspicacia de los amantes , notó 
muy bien el trobador que Urgela era muy 
corta de vista , bien asi como de talento. No 
le fue difícil estar acechando el instante en 
que el conde salia; y en efecto, le vio ya en 
camino. Disfrazóse de aldeano, fingiéndose 
viejo, y llevando un cesto de delicadas fru- 
tas al hombro , y una carta oculta en el pe- 
cho, se introdujo en el castillo durante la 
ausencia de Ildebran* 



272 
Amaré ó no? Si se apone 
La razón \ quiere el deseo. 

¡ Ay que este vence! Si erré, 
Gustoso estoy en mi yerro. 
Sabia discurre la mente, 
Mas solo amar sabe el pedio. 

Mi amor solo es mi cuidado; 
De noche le adoro en sueños: 
Despierto, la imagen huye, 
Mas dura siempre el recuerdo. 

En especial este último verso estaba de 
continuo en la memoria de Isaura; pues es 
bien cierto que el trobador lo había cantado 
con toda aquella expresión que penetra á 
quien escucha de la fuerza con que se pinta 
la imagen» Y bien, ¿quién era este trobador? 
Lo sabremos en el discurso de la historia, 
contentándonos por ahora con saber que se 
llamaba Isvan, que era joven, hermoso, bien 
formado, y que tenia bellos ojos, con gran- 
des párpados , que graciosamente abria y 
cerraba cantando. Añádase á esto una voz 
suave y amorosa, un corazón apasionado, 
oculto bajo el exterior mas dulce y tímido; 
en una palabra , tenia las cualidades que de 
seguro agradan en todo tiempo y lugar. 

Agradó por cierto á Isaura , y después de 
haber prolongado su permanencia en el cas- 
tillo del conde, fingiéndose enfermo, partió 
dueño ya del corazón de la señorita, deján- 
dola tiernos recuerdos, amorosas expresio- 
nes que ella repetía de continuo , y versos 



2*1 

J 



tan ingenua que esta cualidad podía serla 
contraria ó favorable, según el giro que to- 
masen las cosas. Urgela, rigurosa y pedantes- 
ca, todo lo conocía menos el corazón hu- 
mano: habia sabido inspirar temor mas no 
confianza á Isaura, la cual no temiendo nada, 
á todo se exponia por su misma inocencia. 

Ya he dicho que en aquel tiempo habia 
trobadores, que asi bien como los caballeros 
llevaban una vida andan tesca y vagamunda, 
con solo la diferencia de que los unos can- 
taban y los otros guerreaban: los unos ser- 
vían á las damas y los otros solian seducir- 
las secretamente; y si los caballeros asalta- 
ban y defendían los castillos, los trobadores 
se introducían en ellos para que los hospe- 
dasen, regalasen y obsequiasen, y partían 
luego con regalos manifiestos y favores se- 
cretos, mientras que los caballeros habían de 
retirarse llagado el corazón de amor, y muy 
mas llagado el cuerpo con heridas , de las que 
difícilmente curaban. 

Dice pues el manuscrito antiguo que co- 
pio, queuuo de estos trobadores vino al cas- 
tillo de Ildebran, el cual, según su usanza, 
le recibió, obsequió, escuchó y casi no en- 
tendió sus canciones y trobas; mas no asi 
Isaura, que por casualidad sin duda las com- 
prendió muy bien todas. Ved aqui una de las 
que mas la gustaban. 

Cuando viene amor, le siguen 
¡Esperanzas y tormentos. 



con la educación v cuidado de Isatira, si es* 
ta adelantaba en el estudio de las obligacio- 
nes de las damas, según el nuevo sistema 
caballeresco; pues si el buen conde se que- 
jaba algunas veces eerCa de Matilde de la 
exageración de estos principios de honor, 
los sostenía con fuerza en cuanto á su hija 
Isaura. Estos principios le parecían un pre- 
servativo seguro del honor de su familia, 
y le tranquilizaban en las frecuentes ausen- 
cias que hacia, ya por sus negocios, ya por 
su amor* Urgela grave y sabiamente daba á 
Ildebran cuenta exacta de todo lo sucedido, 
y hacia repetir á su discípula algunos pre- 
ceptos de honor y de virtud. Isaura besaba 
respetuosamente la mano á su padre, el cual 
¿se retiraba luego, hacia la ronda de las al- 
menas, ponía escuchas, mandaba alzar el 
puente levadizo, y después de haber rezado 
las oraciones acostumbradas con el capellán 
y toda la familia, se iba á echar un buen 
sueño en una muy mala cama,, pensando 
siempre en su amada Matilde. 

Es cosa cierta que Urgela habia dicho 
al conde todo lo que habia pasado durante 
su ausencia, ó á lo menos cuanto ella sabia; 
¿pero Isaura no tenia algún pensamiento 
oculto? Antes de que dejemos adivinar ai 
lector si lo habia dicho todo, ó no, debe- 
mos hablar del carácter de ambas; pues e$ 
precisamente lo que se nos h# olvidado de- 
cir. Isaura tenia diez y ocho años, era her- 
mosa como un ángel > suave, cariñqsa , y; 



rer aquella noche para volverse a su casa 
unas seis leguas por caminos que mas bien 
eran trochas y despeñaderos. 

Y habia mas , pues muy á menudo le su- 
cedía tener que luchar dos ó tres veces en 
el camino, ya con los bandidos, ya con los 
que insultaban a algún sacerdote, ó maltra- 
taban á alguna dulcinea, ó no pronuncia- 
ban con todo el debido respeto el nombre 
de la sin par Matilde. 

En esto ocupaba la vida el conde Ilde- 
bran; pero si dijésemos que algunas veces 
no entraba en su castillo mal humorado 
contra las severas leyes de la caballería, me 
parece que sería exagerar la paciencia de 
nuestro buen paladín. 

Cuando no llegaba herido ó á lo menos 
rendido del cansancio (pues en aquel tiem- 
po mas que en ningún otro no era fácil lo- 
grar una victoria sin salir bien aporreado 
el vencedor), sabia gravemente á la habita- 
ción de su hija Isaura y se informaba de- 
tenidamente si durante su ausencia el con- 
de Arturo, su vecino y mortal enemigo, no 
habia hecho alguna tentativa en su daño, 
ya acometiendo al castillo, ya estragando su 
hacienda, ó ya en fin amenazando al honor 
de su hija; en una palabra si no habian su- 
cedido algunas de aquellas pequeñas des- 
gracias harto frecuentes en aquellos caba- 
llerescos tiempos. 

Asegurado ya el conde por esta parte, 
preguntaba á la dueña Urgela, que corría 



a6"8 

Bueno será advertir que la dama Matil* 
de ,. objeto de sus ansias, era una de Jas mas 
firmes columnas de la caballería andante en 
su mas rigurosa reforma , y que tenia tal 
actividad y fuego de imaginación que no 
podía menos de comunicarlo á cuantas per- 
sonas trataba íntimamente; por manera que 
era muy adecuada para asegurar el preemi* 
líente poder de su sexo, atormentando al 
nuestro. Hermosa, entendida, orgullosa, tan 
noble de pensamientos cuanto de sangre, 
mas decidida que ninguna otra muger á 
elevar su sexo, á sostener aquellas excelen- 
tes leyes de honor y galantería encumbra- 
da que la proporcionaban el hacer el mas 
brillante papel. Si el conde lldebran se hu- 
biese enamorado de cualquiera otra se- 
ñora, tal vez no habría sido tan fuerte su 
pasión; pero seguramente habría sido mas 
dichosa. A cada instante, cuaudo se hallaba 
á los pies de su dama, se olvidaba de que 
€ra un andante y comedido caballero, y ti- 
raba a conducirse como apasionado aman- 
te; pero bastaba para contenerle con una: 
sola palabra de Matilde: arrepentido enton- 
ces de su audacia, recibía, en lugar de fa^ 
\ores, una lección de cartilla, pues ya de- 
letreaba medianamente, escuchaba un capí- 
tulo de las obligaciones del caballero con 
Dios, ei honor y las damas; lograba á fuer- 
za de sumisiones el besar humíldísimamen- 
te la mano de la señora de sus pensamien- 
tos, y se retiraba 3 teniendo solo que cor- 



s6y 

pre armados y encastillados, aguardando 
casi al mismo tiempo que algún vecino 
viniese á acometerlos, ó que su dama les 
diese vina buena lección de política y civi- 
lidad, 6 que un (.robador se presentase ai 
puente levadizo para hospedarse en el cas- 
tillo por muchos dias , robándoles secreta- 
mente el corazón de su hermosa hija, de- 
jándole en prendas las canciones con qua 
había embobado á todos. 

Para dar una idea de tan raras costum- 
bres voy á referiros una historieta que he 
hallado en un libro antiguo. 

Isaura , novela caballeresca. 

Tenia el conde Ildebran nna hija únicar 
llamada Isaura: era poseedor de un feudo 
en la Bretaña superior, del que dependía» 
muchos señores que le prestaban vasalla- 
ge, y hacia muchos años que estaba viudo. 
Era diestro en los combates, y se tenia por 
buen cristiano en obras y pensamientos: 
amaba á una dama de las cercanías llama-' 
da Matilde , costándole mucho trabajo ei 
elevar sus amorosas ideas á la sublimidad 
del nuevo sistema caballeresco, que hacia 
mucho tiempo comenzaba á hacerse de mo- 
da. Ildebran no «ra en realidad mas que 
un guerrero casi feroz en sus costumbres, 
arrebatado, violento, enamorado, impetuo- 
so, de cortos alcances, de poca imagina- 
ción, sin entender de delicadezas ni do 
ardorosas quimeras. 



%6& 

trobadores. Es cierto que los germanos al 
conquistar la Europa trajeron consigo á sus 
bardos ; pero estos primeros poetas venían 
á estar en la misma relación con los tro- 
badores que se les siguieron, como las pri- 
meras ideas caballerescas del Norte con la 
verdadera caballería perfeccionada por las 
mugeres. Sus sucesores gozaron de suma 
consideración, y su vida errante les era en 
extremo agradable y cómoda. 

Era por cierto cosa notable el ver á 
aquellos buenos y francos guerreros, siem- 

■ — --■ — ■ ■ — — — -- '■ .*■■-...,. , -_■■ . . — . m n i 1 

á las buenas costumbres, cuanto que se ejecutaban 
puntualmente, iban haciendo menos importante las 
ideas del honor, y daban muchas veces á los vicios 
de las *mugeres una aprobación peligrosa. De este 
nuevo imperio provino el que se fuesen debilitan- 
do y decayendo todas las instituciones del siglo. Por 
otra parte las mugeres suavizaron la ferocidad de 
aquellos tiempos góticos, y fueron preparando el 
entendimiento para recibir las luces que bien pron- 
to después se extendieron por toda Europa. 

Por aquella época aparecieron los primeros tro- 
badores que dedicaban exclusivamente su musa á 
celebrar la hermosura, cuyo ejemplo dio en 1071 
Guillermo, conde de Poitiers y duque de Aquitania. 
Siguiéronle otros muchos, y pronto se fue ilustran- 
do mas y mas esta noble profesión, contando en el 
numero de estos poetas á emperadores , reyes y prín- 
cipes ; y no hay duda alguna en que los trobadores 
contribuyeron á mudar las costumbres de su siglo, 
el cual por desgracia , perdiendo parte de su bar* 
barie , perdió también muchas virtudes* 



í>6 



•des mas difíciles, y hasta la religión misma. 
Se establecieron las justas y torneos, y 
pareció como qne el honor y el amor ha- 
bían hecho un tratado cimentado por la be- 
lleza. Se fundaron los tribunales llamados de 
amor, y {á) comenzaron á presentarse los 



[a) No están de acuerdo los historiadores en 
cuanto ai origen de los Tribunales de amor ; pero 
es cierto que la primera reunión que tuvo alguna 
celebridad se formó en Provenza. Si atendemos ahora 
á que los reyes de Ñapóles gobernaron por mucho 
tiempo aquella parte meridional de Francia, y que 
las crónicas antiguas hacen subir la existencia de los 
tribunales de amor al tiempo del buen Rey Renato, se 
persuadirá cualquiera de la verdad de lo que acabamos 
de decir. En el año de 1 1 56 se reunió un Tribunal 
de amor en la ciudad de Arles, y la historia de Pro- 
venza nos ha conservado los nombres de las seño- 
ras que lo compusieron , y fueron nueve, todas ellas 
princesas y grandes damas. 

Este tribunal que entendía en los delitos de amor, 
influyó mucho en las costumbres de aquel siglo, y 
tai vez fue causa de que decayese el espíritu caballe- 
resco con sus ridiculas sentencias que convertían mu- 
chas veces á los guerreros en pastores de Arcadia. 
La inconstancia y la indiscreción eran miradas coh- 
ibo delitos graves , naciendo las penas de la natu- 
raleza del mismo crimen. Un caballero que incurría 
en alguna grosería , era sentenciado a no poder lle- 
var arma alguna durante cierto tiempo; un amante 
á no poder nombrar siquiera á su dama hasta que 
hubiese hecho bastante penitencia del ultrage come- 
tido. Estas sentencias que eran tanto mas dañosas 



* 



^64 

las mugeres tienen disposiciones para per- 
feccionarse mas prontamente que los hom- 
bres; y con esto no podremos menos de con- 
venir que desde que nacen tienen un como 
sentido físico y moral que no poseen los 
hombres. 

Si llegáis á una nación salvage hallaréis 
en sus mugeres aquella inclinación á la 
civilidad, aquellas primeras intenciones de 
dulzura y de sociabilidad que bajo el gueiv 
rero aspecto de sus costumbres distinguen 
siempre á su sexo del de los hombres. 

¡Qué importa saber cual fue el objeto que 
las mugeres se propusieron al perfeccionar 
la andante caballería! Electrizando las almas 
de nuestros buenos abuelos, produjeron al- 
gunos bienes, haciendo que contribuyesen 
a perfeccionar las costumbres, tanto por el 
amor que se las tenia , cuanto por el amor 
propio de los mismos caballeros. La grada- 
ción con que se formaba este nuevo siste- 
ma, aunque era lenta y variada, indicaba la 
sagacidad de los entendimientos de quienes 
provenia* 

Aquellos amables errores de amoroso 
entusiasmo, de exageración sentimental , que 
reemplazaron prontos y groseros placeres 
con largos años de cuidados, constancia y 
sacrificios, habrían sido demasiado débiles 
para poderse sostener por sí mismos: se 
tuvo pues el arte de unir á tan encanta- 
doras ilusiones los verdaderos principios de 
honor, la práctica; necesaria de las virtu- 



M | 



%G3 

combatían, oraban , servían á sus damas sin 
finura ni delicadeza alguna, gobernaban a 
sus vasallos sin leyes positivas, y seguían las 
del honor mas por instinto que por refle- 
xión. 

Mientras que los hombres viven en el 
estado de ignorancia y barbarie solo cono- 
cen la belleza en las mugeres cuando se ci- 
vilizan; quieren multiplicar las sensaciones 
agradables, y no bastándoles ya los sensua- 
les placeres, buscan en la compañía y con- 
tinuo trato de una muger amable placeres 
mas puros y duraderos. 

Todo esto lo calcularon las mugeres, ó 
á lo menos lo adivinaron por instinto. Le- 
jos de alejar á los hombres de aquellas ideas 
caballerescas, los afijaron á ellas mas y mas, 
exaltaron su valor, elevaron sus ideas, di- 
rigieron su secreta inclinación á la lealtad, 
al honor, á un nuevo género de amor que 
excitaron en sus almas, y aprovechándose 
de esta ocasión decisiva para ellas, se colo- 
caron en el pensamiento de sus .amantes y 
de sus esposos entre el cielo , el trono y 
el altar. 

Tío era por cierto cosa extraordinaria el 
ver á los hombres tan atrasados en aque- 
llas nuevas ideas, y á las mugeres tan ade- 
lantadas, que aquellos parecian discípulos 
de escás. Debemos atender en primer lugar 
que su propio interés las hizo extender mas 
prontamente sus conocimientos; y que en 
etíto hallamos ademas una prueba de que 

18 



ele negarlo; pero todo el brillo de este sis- 
tema caballeresco tuvo otra causa ademas, 
como ya indiqué antes. Por poco que se 
siga con exactitud el movimiento secreto 
del talento de las mugeres en aquella época 
interesante* se verá que sin que se pudiese 
notar , este sexo sagaz y dominador por ca- 
rácter formó entonces una como inocente 
y oculta liga para asegurarse un lugar pre- 
ferente en el nuevo orden de cosas que se 
iba preparando. 

Consideremos por un instante el estado 
en que se hallaba Europa para poder cono- 
cer el plan que las mugeres formaron, las 
esperanzas en que se apoyaba , y los me- 
dios de que se vahan para realizarlo. Cono- 
cieron que se necesitaba una mudanza en 
las costumbres, una especie de institución 
que fortificase «con sus agradables formas 
las leyes que se hubiesen establecido y no 
observado. 

Veamos qué género de hombres eran 
aquellos á quienes ellas tenían que agra- 
dar. Por una parte los descendientes de los 
barbaros del Norte, los cuales apenas civi- 
lizados habian no obstante traído de las 
selvas de donde salieron una especie de res- 
peto religioso acia las mugeres: por la otra 
valientes, leales y nobles caballeros, los 
cuates en sus torreones tan distantes de la 
corrupción de la antigua Roma, cuanto de 
la elegante civilidad á que los destinaban, 
no sabiendo siquiera ni leer ni escribir. 



26 1 
guerreras , que producían á un mismo tiem- 
po efectos bastante contradictorios. Un 
amante , por el mismo sentimiento que le 
enlazaba con su dama, se creia como obli- 
gado á batirse con el que tenia el atrevi- 
miento de echarla una sola mirada. En mu- 
chas partes no estaba segura ninguna pro- 
piedad ni ningún asilo, y las mugeres mas 
bien se veian perseguidas que obsequiadas; 
pero enmedio de estos desórdenes se adver- 
tían algunas ideas de razón y de justicia, 
porque todos se cansaban de una anarquía 
cruel donde cada uno por sí se apoderaba 
de todo sin poderse creer seguro de nada. 
Esta lucha interior del deseo de la paz y del 
orden con la licencia y el estado habitual 
de la guerra , se parecía á lo que cuentan 
los filósofos del trastorno espantoso de la 
naturaleza , que fatigada del caos y choque 
de los elementos procuraba separarlos, po- 
niendo las cosas en su lugar*. 

Algunos nobles ociosos y guerreros pen- 
saron en formar ciertas confederaciones 
para que la fuerza de las armas supliese la 
debilidad de las leyes. Ai principio no tu- 
vieron mas objeto que el proteger al débil 
y ai inocente, combatir contra los moros 
en España, contra los sarracenos en Orien- 
te, y contra los tiranos de los castillos en 
Alemania, limpiando los caminos de Francia 
de los ladrones que los infectaban. Tal fue 
según algunos historiadores la noble insti- 
tución de la caballería. Estoy muy distante 



26a 



CONVERSACIÓN IX. 



«<»g» 



XJLabiéndose serenado el tiempo, y vuelto 
un poco caluroso, se tomaba el té en el 
jardín , y allí se continuaban los agrada- 
bles coloquios de las damas : esta tarde era 
el turno de Doña Carlota para la lectura de 
su manuscrito , que decía asi: 

La Caballería. 

Mientras que adelantaba en Europa la 
galantería del Norte, las conquistas de los 
árabes extendían por el Asia la esclavitud 
de las mugeres. 

Dejemos al Asia y á las mugeres sin es- 
peranza, resignándose á su suerte, y pase- 
mos á tratar de tiempos en que su situa- 
ción presenta un cuadro mas lisonjero con 
el establecimiento que nuestros antepasados 
hicieron de la caballería. 

Si fastidiados los turcos de su antiguo 
culto, \ no teniendo ninguna idea fija de 

Í eolítica y de religión adoptaron fácilmente 
a secta de Mahoma, se puede decir que 
esta movilidad de principios era bastante 
frecuente en aquellos tiempos. 

En Europa se notaba por lo común cier- 
ta mezcla de ideas amorosas? devotas y 



*$9 

ejecutó un baile á la romana , logrando am- 
bos hacer desternillar de risa á los con- 
currentes. ¡ 

Con esto se concluyó la tertulia d« aque- 
lla tarde* 



■ 



r 2$8 

«maá que nuestra Academia y la Sorbona 
«juntas. Es muy inteligente en pinturas-, 
«corno también en las demás artes, y está 
«mas enterada que yo mismo en, las intri- 
« gas de nuestra corte. Creo no, haber ^ol vi* 
«dado nada de su retrato, mas que el que 
«lleva a veces una espada y una. especie de 
« coselete de piel de biífalo*» 

% ahora para concluir la lectura de esta 
tarde, dijo Doña Joaquina, quiero referir 
á vmds. una anécdota curiosa sacada de las 
memorias dé esta Reina. 

Entre los muchos eruditos, unos mas¿ 
otros menos sabios, que formaban la corte 
de Cristina, habia un médico franúes llama- 
do Bixrdelot, hijo* de un barbero de la mis^ 
ma nación. Este médico carecía de verda- 
dero mérito, pero tenia el de algunas ocur- 
rencias chistosas que divertían á la Reina¿ 
Una de ellas fue la siguiente. Otros dos eru- 
ditos bastante pedantes, llamados Meibo- 
mió y Naudeo, habían compuesto el prime- 
ro, unas Investigaciones sobre la música de 
los antiguos, y el segundo otras sobre los 
bailes griegos y romanos. Rurdelot aconse- 
jó á la Heina que pidiese á tan profundos 
intérpretes de la antigüedad que aclarasen 
mas sus opiniones con algunos ejemplos 
prácticos; y en efecto conviniendo ellos 
por agradar á la Reina, el muy grave y ve- 
tusto Meibomio cantó con trémula y apa- 
gada voz una canción á la griega , y el> pe- 
sadísimo Naudeo con paso vacilante y débil 



2,5j 



«dos: creyó que valia mejor vivir con hom- 
«bres que piensan, que mandar á hombres 
«sin talento ni instrucción. Habia cultivado 
«todas las artes en un clima en el que en- 
«tonces eran desconocidas. $n inclinación 
«la llevaba á Roma, patria y emporio de 
«ellas. Agradó k la Corte de Francia, don- 
cede no se hallaba ninguna muger que se 
«la pudiese igualar: el Rey la vio, la dis- 
« pensó grandes honores; pero por corte- 
edad apenas se atrevió á hablarla» 

Habiendo tenido el encargo el duque 
de Guisa de sabría á recibir cuando entró 
en Francia , escribió lo siguiente de ella. 

«Esta princesa no es alta, pero sí re- 
ahecha: tiene hermoso brazo, y manos 
«blancas y bien formadas, aunque mas de 
«hombre que de muger: es bastante carga* 
«da de espaldas, defecto que disimula mu- 
«cho con la rara hechura de sus ropas. 
«Tiene la cara larga, sin por esto ser fea: 
«sus facciones son grandes y bastas, la na- 
«riz aguileña, la boca ancha pero no des* 
«agradable, bellos ojos y muy vivos, el cu- 
«tis delicado y de buen color, aunque con 
«hoyos de viruelas. Muchas veces lleva 
«sombrero y calzado de hombre, cuyo tono 
«de voz y modales tiene, afectando cierto 
«aire de amazona. Ostenta tanta arrogancia 
«y orgullo cual pudiera su padre el gran 
«Gustavo. Es muy atenta y cariñosa, ha- 
«bla ocho lenguas, y principalmente la fran- 
«cesa como si hubiese nacido en Taris. Sabe 



ü 
«se oponen á todo lo grandioso. 

«Para conocer el extraordinario talento 
« de esta reina basta con leer sus cartas. En 
«una que escribe á Chacuet, embajador de 
«Francia cerca de su corte, se expresa asi: 
«Poseí sin fausto,, y dejo con facilidad. Sur 
« puesto esto nada temas por 1 mí ; mis bre- 
te nes no dependen de la fortuna.» 

Escribía lo siguiente al príncipe de 
Conde : « Tanto me horlra vuestra estirna- 
«cion cuanto la corona, que ceñí. Si después 
«de haberla dejado me creéis menos digna 
«de ella, convendré en que el descanso que 
«tanto he deseado me cuesta caro, pero no 
«me arrepentiré de haberle comprado á eos-, 
«ta de una corona, ni con tan cobarde ar- 
« repentiniiento mancharé una acción que 
«me ha parecido excelente; y si condenáis es- 
«ta acción, no os daré mas excusa que la, 
«deque no habria abandonado los bienes 
«que la fortuna me dio si hubiese creido 
«que eran necesarios para mi dicha, y que 
«hubiera trabajado por lograr el imperio de 
« todo el Norte si hubiese estado tan segura 
«de lograrlo ó de morir como lo estaria el 
«gran Conde.» 

« Tal era el alma de esta persona tan sin-, 
«guiar, tal su estilo en la lengua francesa.. 
«Llamaba á Suecia á cuantos podian ilus- 
«trarla. El sentimiento de no hallar ningún, 
«hombre instruido entre sus vasallos la 
«habia hecho mirar con desagrado á un 
« pueblo que no producía mas que sóida- 






,55 . 

«de su adorno personal, que es la princi- 
«pal ocupación de las demás mugeres. No 
«tenia ni el rostro, ni la bel eza; ni las in- 
«clinaciones de muger: en lugar de baeer 
«morir á los hombres de amor, los hacia 
«morir de vergüenza, porque los excedía en 
«las mismas cualidades que por lo común 
«distinguen á su sexo del nuestro, porque 
«las ciencias sublimes eran para ella lo que 
«la aguja y la rueca para las demás mu- 
« geres. 

«Las cartas que esta reina escribió al 
«duque de Orleans, regente de Francia, á 
«su esposa y al primer ministro, comprue- 
«ban lo que acabamos de decir.» 

Otro la retrata en estos términos. 

i 

«Francia vio un ejemplo bien notable 
«del desprecio de una corona; pues vino á 
«Paris Cristina, reina de Suecia , en la que 
«se admiró una reina joven, que á la edad 
«de veinte y siete años habia renunciado la 
«soberanía, de la que era digna, para vivir 
«libre y tranquila: había tenido esta idea á 
«la edad de veinte años, y la habia estado 
«pensando siete. Esta resolución tan supe- 
«rior á las ideas vulgares , y meditada por 
«tanto tiempo, debía hacer callar á los que 
«la acusaron de ligereza y de que habia 
«abdicado contra su voluntad. Una de es- 
atas acusaciones destruye la otra; pero su- 
cede siempre que los talentos pequtños 



que la condujo al sepulcro el 19 de abril 
de 1 689, á los sesenta y tres años de su edad. 
Dejó dispuesto que Solo se la pusiese el si- 
guiente epitafio. 

Vivió Cristina sesenta y dos años (1). 

Se han publicado las Memorias de esta 
reina en cuatro grandes volúmenes ., y en 
ellas se contienen dos obras suyas , la pri- 
mera: Obras de entretenimiento z ó Máxí*- 
mas y: sentencias , unas triviales, otras in- 
geniosas., linas ó de ideas fuertes y subli- 
mes; la segunda: Reflexiones sobre la vida 
y acciones de Alejandro Magno, con el cual 
gustaba esta princesa que se la comparase, 
aunque no se la halla ninguna semejanza 
con el héroe macedonio. Hay otras muchas 
obras sobre esta Reina. 

Los principales rasgos con que la re- 
presentan los que hablan de elia¿ son los 
siguientes : 

Retrato de Cristina. 

«Esta reina, dice Mr. de la Hode, autor de 
« la Historia de Luis XIF, no necesitaba de 
«ministros, porque todo lo hacia y man- 
ee daba por sí: el tiempo que no ocupaba 
«en el estudio lo empleaba en los negocios 
« de estado , y de lo que menos cuidaba era 



">, ' <mm 



(1) D. O. M, Yisit Cbsi&tiiia, ani*. LXIL 



^53 

lacho protestante , y la Reina con la tropa 
de su guardia acometió á los alborotadores; 
y habiéndolos ahuyentado usó de caridad 
con ellos dándoles dinero para que se cu- 
rasen las heridas. Cuando en 1669 volvió á 
Roma , el Papa la correspondió dándola 
también magníficas fiestas. 

Juan Casimiro, rey de Polonia, que se 
habia visto obligado á abdicar esta corona, 
quería recobrarla; pero á pesar de las in- 
trigas de Cristina que le favorecía, y el po- 
deroso influjo del Papa , el respeto y amor 
á la antigua sangre de los Jagellones, hizo 
que fuese elegido Miguel-Koributo Wies* 
nowcki el 19 de junio de 1669. 

En el congreso de Nimega solicitó Cristi- 
na que se la cediesen para formar un nuevo 
reino las provincias que habia conquistado 
durante su mando; pero apenas se la dio 
oidos. Y esta muger que no podia lograr 
lina corona para sí , habiendo muerto el 
Papa Clemente X r quiso proporcionar la 
tiara al cardenal Conti; pero como su suer- 
te fuese la de intentarlo todo y no lograr 
nada, salió electo el cardenal Odescalchi con 
el nombre de Inocencio XI. No pudiendo 
pues influir en nada en los negocios de Eu- 
ropa , procuró pronosticarlos, sucediendo 
que raras veces dejaba de acertar, porque 
se habia ocupado toda su vida mas en pen- 
sar que en obrar. 

Cuando se hallaba formando nuevos pro- 
yectos fue acometida de una fiebre maligna 



2,5 2 

TOO lo era ; y como la quisiesen prohibir 
el ejercicio de su religión , no pudo menos 
de quejarse agriamente de tan injusto ri- 
gor y de volverse á Roma, después d*í ha- 
ber convertido á la fe católica á muchos 
protestantes de Alemania. Aqui volvió á de- 
dicarse al estudio de las ciencias y de las 
artes , y hubiera sido feliz si el deseo de 
influir en los negocios políticos de Europa 
xio hubiese venido á turbar el sosiego de 
su vida. 

La república de Hamburgo rehusaba á 
su banquero el título de su residente que 
ella le habia concedido , y no obstante esta 
afrenta fue á establecerse alü por estar mas 
cerca de su patria. No por eso descuidaba 
el estudio; pero el deseo de recobrar el 
trono se aumentaba cada ves mas y mas 
en ella ; y asi es que habiendo tropezado 
casualmente un dia con la medalla de su 
abdicación la arrojó enfadada. Para conso- 
larse hacia el papel de reina en tragedias, 
y óperas; pero estas diversiones solo ser- 
vían para descubrir y no para satisfacer 
Su ambición. 

Volvió á presentarse en Suecia r y volvió; 
á sufrir afrentas y desprecios por su firme 
adhesión á la fe catóÜca, por lo que se vio 
obligada á regresar á Hamburgo. Acababa 
de morir el Papa Alejandro VII, quien tuvo 
por sucesor á Clemente IX, por cuya exal- 
tación quiso Cristina hacer regocijos pú- 
blicos en Hamburgo: alborotóse el popu- 



25 1 

cida á la humillación de pedir, y muchas 
veces á la vergüenza de sufrir el que se la 
rehusase lo que solicitaba. 

Entonces se cumplió la predicción del 
canciller de Oxenstiern ; entonces, dice el 
historiador Nani, conoció Cristina que una 
reina sin reino es una deidad sin- templo, 
cuyo culto cesa bien pronto* 

No quedándola ya mas recurso que el 
de empeñar sus muebles y tomar fiado, 
envió á su secretario de Avison cerca del 
Rey de Suecia , el cual , antes de pagar las 
rentas vencidas de la Reina, quiso exigir 
que abjurase el catolicismo, que había abra* 
zado á ejemplo de su soberana. Fuélvete , 
le escribió Cristina; pero vuélvete sin ka* 
ber hecho ninguna bajeza. Aunque no me 
quedase mas que un pedazo de pan lo par- 
tiría contigo ; pero si el temor te acobarda 
en términos de hacerte faltar á tus mas sa- 
gradas obligaciones , ten por. cierto que cas- 
tigaré tu cobardía , y que todo el poder del 
Rey de Suecia no te libertará de la muerte 
que sabré darte aunque te ampares de su 
propia persona. 

Pero una circunstancia del mayor inte- 
rés vino á mudar la faz de los negocios. 
Tal fue la muerte de Carlos Gustavo, que 
dejaba un hijo en, muy tierna, edad y un 
reino ensalzado y arruinada también con 
sus propias victorias. Cristina, movida sin 
duda po* un deseo secreto de recobrar el 
trono, volvió á Suecia; pero católica, co^ 



vea obligada á reclamarla contra un criado 
traidor , de cuya perfidia y crimen tengo 
pruebas positivas en mi mano , escritas y fir- 
madas por él mismo ? — Verdad es, replicó 
el religioso , pero V. M. es parte interesada. 
• — No, no , padre mió, contesté la Reina, yo 
se lo diré al Rey; y vos volved y cuidad de su 
alma, como os lo tengo dicho, pues en con- 
ciencia no puedo acceder a lo que me supli- 
cáis. Entonces s-e retiró la reina, el religioso 
auxilió al marques, y tres hombres armados 
le mataron á estocadas. 

Esta sangrienta escena en una corte don- 
de los placeres de la galantería contribuían 
á suavizar las costumbres, hizo odiosa á 
Cristina, la cual conociéndolo bien clara-* 
mente, resolvió refugiarse á Inglaterra. Pero 
esta isla no era entonces la mas agradable 
morada, para la filosofía^ pues que en ella 
dominaba Cromuel; y este tenebroso tira- 
no, que habia usurpado el trono valiéndo- 
se del regicidio, no podía estimar á tina 
reina que habia descendido de él por mo- 
tivos muy despreciables á ios ojos de un 
ambicioso. Obligada pues la hija de Gustavo 
á volver á Italia, donde no la pagaban sus 
rentas, convertida en una persona particu- 
lar de Roma, obligada á vivir á expensas 
.del Papa, olvidada por la corte de Suecia, 
donde con tanto explendor habia reinado, 
despreciada por aquel mismo príncipe á 
quien ella había puesto la corona en la fren- 
te ; la hija del gran Gustavo se veia redun 



^9 

mámente comprometida, é infamemente ul- 
trajada. 

Cristina pudo interceptar esta correspon- 
dencia, y entonces, hallándose en Fonlene- 
bló, sitio Real de Francia, y habiendo toma- 
do todas sus disposiciones, hizo venir el 10 
de noviembre de 1657 ^ un re ligi° s ° que 
tenia un paquete de cartas que ella misma 
le habia entregado y eran las originales del 
marques, con las que reconvino á este, sin 
que él pudiese dar satisfactoria excusa á las 
fundadas reconvenciones de la Reina, que 
le escuchó con el mayor sosiego y paciencia. 

Entonces la Reina dijo al religioso : padre 
mió, ahí os dejo este hombre, preparadle pa- 
ra su último instante y y cuidad de la salva- 
ción de su alma. — El religioso no pudo me- 
nos de decirla : Señora , por el honor y buen 
nombre que V. M. se ha adquirido en este 
reino la suplico muy humildemente que con- 
sidere que esta acción , aunque sea justa por 
parte de V. M. , será mirada en general como 
violenta y precipitada. Es mucho mejor que 
V. M. haga un acto de generosidad y mise- 
ricordia perdonando á este pobre marques, 
ó que lo entregue á la justicia del Rry para 
que se le forme legalmente c tusa, con lo que 
V. M. será plenamente satisfecha , y conser- 
vará el título de admirable que la han ad- 
quirido todas sus acciones. — Entonces la 
Reina respondió al religioso. — ¿Es posible^ 
padre, que yo que debo ejercer una justicia 
soberana y absoluta sobre mis vasallos a me 



<*48 

amables virtudes de su sexo por seguir ca- 
prichos que solo servían para hacerla una 
muger extraordinaria. 

También asistió á una sesión de la aca- 
demia francesa y á muchas reuniones de 
las que los sabios tenían en casas particula- 
res , entre ellas en la del duque de Guisa, 
dopde Gilbert leyó una comedia que habia 
compuesto en verso, en la que se notaban 
algunas expresiones bastante libres que cri- 
ticó Chapelain , autor de la Poncela , por lo 
que dijo la Reina con chiste que á la cuenta 
quería que todo lo fuese. Después que Cris- 
tina hubo visto lo mejor y mas curioso que 
habia en Paris, y admirado á los sabios con 
su profundo saber , al retirarse de Francia 
quiso visitar á la célebre Ninon, que habi- 
taba en Senlis , y era la única muger á quien 
manifestó estimación , sin duda porque como 
ella era mas hombre que muger. 

La buena acogida que tuvo en Francia la 
movió á volver segunda vez en el año de 1657. 
Entonces fue cuando hizo asesinar á su ca- 
ballerizo mayor el marques Monaldeschi, ac- 
ción de la que todos los historiadores , y 
hasta los que la son parciales, la acusan: el 
caso pasó asi : 

Este señor, que habia logrado toda su 
confianza, y que se sospechaba fuese su 
amante, tuvo ó la imprudencia ó la desgra- 
cia de humillar su orgullo, escribiendo á 
otra muger, á la que parece amaba mas que 
á la Reina , cartas en que esta se hallaba su* 



que ofendía con violentos sarcasmos, hu- 
yendo de su trato, y mirando á todas como 
á unas tontas, y asi decia: «Me agradan los 
«hombres , no porque son hombres., sino 
«porque no son mugeres:» en lo cual, hu- 
millando á nuestro sexo , no ensalzaba por 
eso al otro. 

En Paris trató igualmente á los muchos 
sabios que ilustraban á aquella nación , co- 
mo á M. a Dacier y al célebre Menage, que 
hacia como de introductor de las personas 
distinguidas que venian á saludarla; y como 
este al presentárselas se valiese siempre de 
esta fórmula.; «EsF. hombre de mérito,» 
cansada un dia la reina de tantas visitas y 
de tan molesta repetición, dijo: ¡Cuántas 
gentes de mérito conoce este señor Menage ! 

Fue cumplimentada en Paris por todos 
los tribunales , academias y demás cuerpos 
ilustres del Estado, y á todas estas arengas 
contexto de repente con suma elocuencia y 
con la dignidad propia de un soberano. Un 
doctor de teología, que presidia á los de su 
clase , la dijo en latín ( i ): naciste Cristina en 
Suecia, Roma te hizo cristiana, llagante las 
Galias cristianísima. Seguramente que era 
el cumplimiento mas delicado que se la po- 
dia hacer; pero era inverosímil el que un 
Rey joven se enamorase de una muger entra- 
da ya en edad, y que había despreciado las 



(i) Suecia te Christwam fecii y Roma christianam f 
fciaat te Caliia cht Utianissitnam. 

*7 



^46 

dedicó Cristina á su pasión exclusiva. Rodea- 
da de los sabios mas eminentes y de los mas 
célebres artistas, á todos ios dejaba admira- 
dos con la extensión y profundidad de sus 
conocimientos literarios. Empleaba casi to- 
do su tiempo en recorrer los monumentos 
públicos, las iglesias, las academias, los ga- 
binetes de los particulares, los museos y 
colecciones de pinturas y escultura, y en es- 
te primer encanto de unos placeres que con 
tanto ardor habia deseado, Cristina, libre y 
feliz en el seno de las nobles artes, no echa- 
ba de menos el explendor de la alta clase 
que habia sacrificado á su natural inclina- 
ción. Era aquel el instante de la ilusión, y 
aun no habia llegado el de su arrepenti- 
miento. 

Habiéndose declarado la peste en Roma, 
y movida ademas por su genio inquieto, ó 
su insaciable deseo de verlo y saberlo todo, 
hizo un viage á Francia, desembarcando en 
Marsella , donde le hicieron los mayores ho- 
nores y obsequios, lo mismo que en las de- 
nías ciudades por donde pasó hasta llegar á 
Paris, donde la corté la recibió con toda la 
distinción correspondiente auna Soberana. 
Las damas y los petimetres no fueron capa- 
ces de conocer y admirar el talento que. bri- 
llaba en ella, y solo notaron que era una 
muger que gastaba peluca, se vestia medio 
de hombre, bailaba mal, trataba con aspe- 
reza á los aduladores, despreciaba los pren- 
didos y las modas, y mas aun á su sexo, ai 



á una princesa que con tanta facilidad se 
despoja de una corona por la que nosotros 
combatimos , / tras la cual corremos toda la 
vida sin poderla alcanzar. 

Lograron verse ambos en Amberes en 
casa de un comerciante donde Cristina se 
alojó , habiendo vuelto á tomar sus ropas de 
muger. Algunas formalidades del ceremonial 
impidieron el que Conde la hiciese una visi- 
ta; pero se presentó un dia entre los corte- 
sanos que llenaban la cámara de la reina , y 
pocos dias después se vieron y hablaron co- 
mo casualmente, y entonces Cristina le dijo: 
« Primo j quien hubiera creído hace diez años 
«que nos hubiésemos encontrado de este 
xx modo tan lejos de nuestro pais.» Y en cuál? 
podia haber añadido: donde el padre de Cris- 
tina y el mismo Conde por otra parte lo ha- 
bían llevado todo á sangre y fuego. 

Pero adonde Cristina deseaba llegar y es- 
tablecerse era á Italia, centro de las artes, y 
de consiguiente de la dicha de la reina. An- 
tes de entrar en ella abjuró solemnemente 
la heregía en Inspruck, lo que dio motivo á 
la mayor pompa y á las mas brillantes fiestas 
que agradaron mucho á Cristina. Mayores 
fueron las que se hicieron en Roma á su lle- 
gada, pues Alejandro VIH, que entonces ocu- 
paba la cátedra de S. Pedro , la admiraba no 
menos que la estimaba, y asi su entrada en 
la capital del mundo cristiano, y en el ma- 
yor emporio de las artes, fue una especie de 
magnífico triunfo. Concluidas las fiestas se 



^44 

Impaciente de gozar de aquella libertad, 
por la que acababa de hacer tan asombroso 
sacrificio, despidió á todas sus damas y de- 
mas servidumbre, se vistió de hombre, y 
después de haber dado un gran banquete á 
sus amigos partió de Upsal entre las once y 
las doce de la noche, diciendo á cuatro gen- 
tiles hombres que la acompañaban: hice 
mi papel, partamos pronto que no quiero ver 
reinar á otro donde he sido soberana: indi- 
cación tal vez de su pronto arrepentimiento. 

Libre en fin de las que ella miraba como 
preocupaciones de su edad, de su sexo y de 
su clase viajaba en los estados comarcanos á 
los que acababa de abandonar, recibiendo 
sin manifestar emoción alguna los elogios y 
las críticas que se hacían de su abdicación, 
mostrando en esto una filosofía superior á la 
que la habia movido á descender del solio. 

De este modo recorrió Dinamarca, Ale- 
mania y los Países Bajos , y hallándose en 
Bruselas se hizo católica. En esta ciudad la 
corte de Francia procuró proporcionarla to- 
do género de placeres , por manera , que los 
festines, los bailes, ^s partidas de caza y los 
torneos llenaban el tiempo en que descansa- 
ba de sus estudios. Aqui permaneció bas- 
tante tiempo deseosa de conversar con el 
gran Conde, el único hombre de Europa 
que por su brillante fama era digno de ex- 
citar su noble emulación. También el prín- 
cipe deseaba conocer á una muger tan ad- 
mirable , pues decia: conviene tratar de cerca 



s43 

«deeiesén.» Y añadió, «aunque me dieseis 
«otra corona ademas de la que renuncio, 
«no continuaría mi reinado un minuto mas 
a de lo que me he propuesto.» Entonces ha- 
biendo hecho que un senador leyese en voz 
alta el acta de renuncia, por la cual absol- 
vía á sus vasallos del juramento de fideli- 
dad, lo firmó. Los magnates se acercaron 
silenciosamente al trono para recibir las in- 
signias reales, y como el conde Pedro Brahe 
se hubiese reusado á quitarla la corona, ella 
misma se la entregó, sin que nadie de cuan- 
tos fijamente la miraban hubiese notado la 
menor alteración en su semblante. 

Aliviada Cristina al parecer del pesó que 
tanto la abrumaba, se quedó con una ropa 
interior de raso blanco, y asi bajó hasta la 
última grada del trono , y alli ostentando 
aquella elocuencia que con tanto esmero 
habia cultivado, hizo á los Estados una aren- 
ga tan patética que casi todos los circuns- 
tantes se enternecieron hasta deshacerse en 
lágrimas, y aun añade el historiador de su 
vida que muchos se tiraron al manto Real 
y le hicieron pedazos, queriendo conservar 
alguna cosa que hubiese pertenecido á reina 
tan amada. 

Quiso Cristina ademas que se celebrase 
el dia de su abdicación con fiestas y con toda 
aquella magnificencia que su pasión á las 
nobles artes habia introducido en el reino , é 
hizo ademas acuñar una medalla, cuya leyen- 
da era que el varnaso vale mas que el trono. 



losestados en lai ciudad de UpsaU La reina 
precedida por todo un pueblo que lloraba 
hiendo iba á perder una soberana joven que 
podía hacer floreciente una nación á la que 
su padre había hecho antes formidable, ro- 
deada del brillante y numeroso acompaña- 
miento de embajadores y ministros extran- 
geros, que acostumbrados á asistir á la co- 
ronación de los príncipes, iban por prime- 
ra vez & ser testigos de una ceremonia del 
todo contraría^ adornada con todas las de- 
coraciones ide lai magestad pasó á las siete 
de ía mañana al salón del palacio: en tanto 
que á las afueras de él solo se oían los gri- 
tos de pena -y descontento del pueblo, los 
oradores de los tres brazosde!' estado redo- 
blaban sus^ ardientes súplicas ^contra la r^ 
nu ociar El oraxlm del estado plebeyo se 
acercó a la reina,* se arrodilló á sus pies, la 
tomó la mano éjf la besó repetidas veces siia 
hablar una sala palabra: levantóse luego, y 
enjugando sus lágrimas , Aééü salió apresura- 
damente del palacio. Conmovida por un ins- 
tante Cristina al verse tan tiernamente ama- 
da de sus vasallos, consideró que era una 
especie de heroísmo el triunfar de aquella 
sensibilidad, que á su parecer se confundía 
con la debilidad del ánimo. Empleando aun. 
aquella autoridad de que iba á despojarse*, 
declaró á los estados reunidos, «que no tra- 
te taba de sujetar á su deliberación el pro* 
«yecto que había formado, sino que les da- 
«ba una orden que quería respetasen y obe- 



^4i 

cuya gloría ya no podía aumentar mas ; la 
necesidad de dar á un reino agotado con 
sus prodigalidades un soberano que le res- 
tableciese de tanto desorden; el orgulloso 
placer de admirar á los soberanos de Eu- 
ropa con una acción cuya novedad y extra- 
ñeza lisonjeaba su amor propio ; el deseo 
cada dia mas fuerte de separarse del mane- 
jo de los negocios, cuya uniformidad la fas- 
tidiaba, para gozar en el seno de las bellas 
artes la libertad que prefería a todo : tales 
parece fueron los motivos del peligroso par* 
tido que tomó, ;.. 

Por otra parte el interés de la nación, 
las frecuentes representaciones de los esta- 
dos del reino, los consejos de su sabio mi- 
nistro el conde de Oxenstiern , el cual con- 
sideraba juiciosamente que algún dia se ar- 
repentiría la* reina de su determiiiacion, to- 
do se oponía al cumplimiento de sus deseos*. 

Temióse que Cristina^ riéndose lison- 
jeada, atormentada, cumplimentada y fas- 
tidiada, llegase á perder el seso v aun la vi- 
da. Los obstáculos que se oponían á des- 
cender del trono la condujeron á aquel mis- 
mo estado fatal de 'melancolía que devora 
al ambicioso desesperado de no poder al- 
canzar hasta 'él. Esta muger singular hasta 
en sus expresiones r decia al venir sus mi- 
nistros al despacha: ¿cuándo me veré libre 
de estas gentes que me parecen unos dia- 
blos? Llegó en fin aquel dia tan deseado de 
Cristina, y se reunió la asamblea general de 



^4o 

tracción , recibía los homenages de los so- 
beranos mas jóvenes de Europa qne solieír 
taban á porfía la mano de una princesa que 
poriia disponer de una corona; pero que sú 
orgullo no tá permitía dividir con otro. 

En vano la asamblea de los estados re- 
novaba sus representaciones para qué se 
dignase escoger un esposo. Quiero mejor*, con^ 
texto, daros un sucesor capaz de manejar 
con gloria las riendas del gobierno , que el 
verme oh ligada á casarme: no me instéis á 
ello , puesiXan fácil sería el que tuviese por 
hijo á un Nerón como á un Augusto, k 
consecuencia de esta respuesta dispuso que 
el Senado confirmase la elección que hafó& 
hecho de §Uí primo CárlosnGustavo , quien 
recibió de imillas la corona de manos de-la 
reina, pero i qu£ nunca se atrevió á ponei 
en^su presenciad til y, . 

Como éada di|* la dominase mas su pa- 
sión al estudio , comenzaba* á- sacrificar á cil& 
los interesen de una nación á la que antas 
ha|iia/heeho florecer : murmuraban los súb-* 
ditos viendo consumirse las reilta> en eom- 
prar bibliotecas,^ manuscritos, estatuas y: 
otros rnonúrnéutos de lascarles. El emba- 
jador de Inglaterra se quejaba ; de que no. 
veía en sus audiencias mas> que gramáticos 
y filósofos. 

Desde entonces Cristina , que no sufría 
la contrariasen en nada, formó el proyecto 
de renunciar la corona. El temor de obscu* 
recer el expiendor político de un reinado 



a£5g 

estado llano se levanta y dice: ¿quién es 
esa hija de Gustavo ? leámosla pues que no 
la\ conocemos. El mariscal fue volando á 
buscar á la princesa, á la que tomando en 
brazos, levantó en medio de la asamblea. 
Se acerca el aldeano y deshecho en lágrimas 
exclama: s¿, es ella, ved ahí la nariz, los 
-ojos y la frente del gran Gustavo: quere- 
mos que sea nuestra soberana. Ei\ aquel 
mismo instante resuenan los aplausos por 
¿oda la sala, mientras que los magnates pos- 
trados á ios pies de la augusta niña la reco- 
nocen por reina, y decoran las gradas del 
trono con los trofeos ganados á ios enemi- 
gos en la fatal jornada de Lützen. 

Habiéndose hecho á poco la paz con los 
daneses, la Suecia podia reunitf todas sus 
fuerzas contra los imperiales, ¡cuyo gran po- 
der inquietaba á los príncipes de Europa* 
Torstenson, maestro y amigo de Turena, 
contribuia con sus brillantes victorias v y el 
canciller Salvio con sus diestras negociación 
nes á que Cristina fuese arbitra en la pa¿ 
general que igualmente deseaban todas las 
potencias beligerantes, y que -llegó k firmar- 
se en el mes de octubre de 1648: esta es la 
famosa paz de Westfalia que llegó á mirarse 
como la base del derecho público de Europa. 

Puesta Cristina al frente de una nación 
que se había hecho temible por la rapidez 
de sus victorias, adorada del Senado al que 
admiraba no menos con sus sabios conse^ 
jos, que con su profunda y universal ins- 



a3S 

á toda ocupación de su sexo y su inclinación 
á las fatigas de la caza y á los trabajos y 
riesgos de la guerra; y era tan fuerte su án-. 
tipatía á cuanto dicen y hacen las imigeres, 
que repetia á menudo que la naturaleza se 
liabia engañado haciéndola muger; por lo 
cual, procurando adquirir las cualidades que 
mas ennoblecen ai hombre í, renunciaba á 
las gracias propias de nuestro sexo. Bada 
una idea del carácter de tan particular mu~ 
ger, sigamos el orden de los principales su- 
cesos de su vida. 

Herido Gustavo por desconocida mano 
de un flechazo en la batalla de Lutzen, aca- 
baba de morir en el seno de la victoria, y 
su muerte hacia temer se renovasen los hor- 
rores de la anarquía: una nina de seis años 
era el único recurso de la Nación amena- 
zada por todas partes. Dinamarca renovaba 
sus antiguas pretensiones al tronó de Sue- 
cia, manifestadas desde la unión de Calmar 
en j 3g5 : Polonia, indignada siempre de una 
paz que la habían hecho admitir con las ar- 
mas en la mano: Moscovia ansiosa por re-^ 
cuperar las provincias que la habían quita- 
do, y mas deseosa de adquirir otras nuevas; 
todos se preparaban á disputarse una coro- 
na que parecía deber pertenecer al que tu-* 
viese la dicha de apoderarse de ella. 

Se juntaron los Estados de Suecia, según 
ley, y el mariscal de la Dieta no se detuvo en 
proponer el que se coronase á la joven prin- 
cesa. Entonces un aldeano ó diputado deL 



£t37 

escribió á la reina, la cual tuvo la desgra- 
ciada no poderle hacer venir á Suecia, con 
la que perdieron mucho la física y las ma- 
temáticas en sus adelantamientos , á los que 
es de creer se hubiese dedicado alli exclusi- 
vamente. Cartesio, cuyas obras eran desco- 
nocidas en Francia, perseguidas en Holan- 
da y admiradas en Suecia , se dejé persua- 
dir para pasar a esta corte á gozar en ella 
de honores a los que se conocía acreedor. 
De este modo rodeaban el trono una mu- 
chedumbre de eruditos; por lo que algunos 
extrangeros poco aficionados á Cristina di- 
jeron que los gramáticos y los pedantes 
iban á mandar en Suecia; mas no fué asi, 
pues la reina supo gobernar muy bien por 
si sola. 

Era por cierto un espectáculo poco co- 
mún ver á una reina joven levantarse á las. 
cinco de la mañana en el áspero clima de 
Suecia para discutir con un filósofo las mas 
abstractas cuestiones de metafísica. Deseosa 
de merecer la admiración de los sabios en 
una edad en que las demás mugeres ape- 
nas saben si los hay, mantenía correspon- 
dencia seguida con Salmasio, el mas eru- 
dito como también el mas orgulloso pedan- 
te, con el teólogo Vossio, con madama Da- 
cier y con otros sugetos ilustres en las letras. 

Ño contenía aun con las luces que pres- 
taba á su entendimiento la educación de Ate- 
nas, quiso unir á ella los penosos ejercicios 
de la de Esparta, de lo que provino su odio 



2,36 

porta y esta niña me valdrá tanto coma un 
hombre, y acertó mejor que sus astrólogos» 

Su nacimiento se verificó en 18 dq di* 
ciembre de 1626, y según él plan que; for- 
mó su mismo padre, que se siguió exacta- 
mente aun después de su muerte, recibió 
la mejor educación, tratándola como si no 
debiese ser reinau \:v- : 

Desde su niñez manifestó no entendi- 
miento muy claro y penetrante: aprendió 
ocho lenguas, y cuando los demás niños 
apenas saben deletrear, yp leia ella en el 
original griego á Tucídides y^Pofibio: Car- 
tesio la enseñaba ai mismo tiempo los ele- 
mentos de su nuevo sistema de filosofía y 
llevando muy á mal que se escapase algu- 
nas veces del caos de sus torbellinos por 
ocuparse en el estudio de las lenguas, que 
fniraba como .árido y seco. Grguílosa con 
su erudición casi enciclopédica^ ansiosa de 
aumentarla mas y masv rodeada: de estatuas, 
manuscritos y medallas, procuraba atraer 
á su corte con hoiiores y grandes recompen- 
sas á los hombres mas sábimt que ilustra- 
ban entonces Europa. Grocio , compañero, 
amigo y defensor del virtuoso Barneveld, 
á quien acababan de cortar la cabeza en su 
patriad la edad de setenta y dos años, traja 
á Suecia , habiendo escapado de la prisión 
y aun del cadalso, talentos, virtudes mo- 
rales, y grande nornbradia. Pascal, que aca- 
baba de perfeccionar la polea en Paris, bus- 
caba eja el Norte aprobadores de su obra: 



s35 

márgenes del rio Sena: su conducta fué ya 
mas arreglada , ocupándose en ejercicios 
de piedad,- y sirviéndola de honesta distrac- 
ción el trato de los sabios. 

Nació en i.55a, se casó en 1372, se di- 
vorció en 1699, y murió en 161 5 á los G3 
anos de su edad, siendo la última princesa 
de la casa de Valois, pues todos los prín- 
cipes de ella murieron sin dejar sucesión. 
Publicó varias poesías, algunas de ellas dig- 
nas de aprecio, y también Memorias histó- 
ricas que comprenden diez y siete años 
desde el de 1 565: al de 1682; están escritas 
•con .agradable -y sencillo estilo, y llenas de 
curiosas y divertidas anécdotas. 

_ . ! " ! • 

Cristina , rema de Pitecia. 

El carácter particular y las extrañas 
'aventuras de esta princesa merecen que 
J10S detengamos bastante en la relación de 
su vida. 

Vencedor el gran Gustavo Adolfo de tres 
principales potencias de Europa que habían 
intentado muchas; veces invadir sus estados, 
.gozando en fin el fruto de sus admirables 
hazañas, solo faltaba para completar su gloT 
ria el tener un heredero á quien transmi- 
tirla y que fuete capaz de sostenerla. Se* 
gun la costumbre de aquel tiempo, los as- 
trólogos pronosticaron que la reina daria 
á luz un varón; pero se engañaron, pues 
fué hembra, á lo que dijo Gustavo: jSo ím> 



y.s 






Margarita de Francia. 



Era bastante- común en los siglos XV y 
XVI el que las mugeres cultivasen las bue- 
nas letras , y que se dedicasen al estudio 
de las lenguas sabias, casi de todo punto 
olvidadas en el día. 

La Margarita de que aqui hablamos es 
celebrada por su inteligencia en el griego 
y en el latin: relevaban su mérito literario 
las virtudes que adornaban su alma, me- 
reciendo la estimación de su esposo y la 
veneración de sus pueblos. Fue hija de 
Francisco I, rey de Francia, llamado el 
Padre de las letras, y á su ejemplo pro- 
tegió á los sabios. Nació en i5a3", y en i55íj 
se casó con Emanuel Filiberto, duque de 
Saboya. Murió en 1074 á los 5i de su edad. 

Otra Margarita de Francia. 

Fue hija de Henrique II y esposa de 
Henrique IV cuando solo era príncipe del 
Bearn$: muger hermosa y agradable, pero 
se la acusa df costumbres demasiado libres, 
y de aventuras poco decorosas: los dos es- 
posos no se amaban; tuvieron serias des- 
avenencias, y acabaron por divorciarse , ha- 
biendo sido declarado nulo el matrimonio 
por el Papa. 

Desde entonces vivió en París en un her- 
moso palacio con espaciosos jardines en las 



a33 

piadosas ó autos sacramentales , llamados 
misterios en francés , el triunfo del Cordero, 
poema largo é insípido : Lamentos por un 
prisionero, que seria Francisco I, poema 
menos malo que el anterior. Pero la obra 
mas conocida, y la que debería serlo me- 
nos , es la que publicó en prosa con el tí- 
tulo del Heptameron, ó las Novelas de la 
reina de Navarra, obra obscena, impropia 
de una muger, y mas de tan gran señora. 

La ansia, ó mas bien mania de saberlo 
todo , la hizo tratar con algunos teólogos 
protestantes que la inficionaron en los er- 
rores de su secta, según se manifiesta en 
la obra que publicó en i 533 con el título 
de Espejo del alma pecadora, y la cual in- 
currió en la censura de la Sorbona; pero 
al fin de sus dias abrió los ojos á la verdad 
de la religión, y murió sinceramente con- 
vertida en 1 549 á los 07 de edad. 

Esta señora fué hija de Carlos de Or- 
leans , duque de Angulema , hermana de 
Francisco I, rey de Francia, muger de Car- 
los , último duque de Alenzon, primer prín- 
cipe de la sangre, y condestable de Fran- 
cia, y luego de Ilenrique de Albret, rey 
de Navarra, y por él abuela del gran Hen- 
rique IV. 

Cuando su hermano fué hecho prisio- 
nero por los españoles en la batalla de Pa- 
vía, como le amase tiernamente, vino á 
Madrid á consolarle y cuidarle, pues se ha- 
llaba gravemente enfermo. 



* 



que para dar una idea podríamos tradu- 
cir asi": 

Yace aquí Margarita, 

La gentil damisela, 

Que tuvo dos maridos 

Y falleció doncella. 

Tero como el príncipe D. Juan -muriese 
a poco, casó en i5o8 con Filiberto II, duque 
de Saboya, de quien no tuvo hijos. 

Habiendo quedado viuda á los tres años, 
se retiró á Alemania con su padre. Luego 
fué nombrada gobernadora de los Países 
Bajos, donde se hizo estimar por su pru- 
dencia y vigor en el mando. Murió en Ma- 
linas á ios cincuenta aiios de edad el de i53o* 

Margarita de Falois. 

Sus composiciones en verso no muy ele- 
gantes y un poco de adulación la hicieron 
dar el renombre de la Décima Musa, y tam- 
bién dijeron sus apasionados que era una 
Margarita que excedía en valor á las per- 
las orientales. Lo cierto es que fué muy afi- 
cionada á las buenas letras, en las que no 
dejó de sobresalir, advirtiéndose un estilo 
natural y fácil en sus composiciones, tanto 
en prosa como en verso : estas se hallan 
reunidas en una colección que con el ridí- 
culo título de Las Margaritas de la Mar- 
garita de las princesas publicó un criado 
suyo: en ella se contienen cuatro comedias 



93 l 



Margarita de Austria. 

Varias reinas y princesas de este nom- 
bre se han dado á conocer en la literatura 
por sus obras , de las que haremos men- 
ción , comenzando por esta princesa, que 
fue hija única del emperador Maximiliano I 
y de María de Borgoña, y guació en i48o. 
Compuso varias obras en prosa y en verso, 
entre ellas el Discurso de sus desgracias y 
de su vidaj que en efecto fue bastante agí* 
tada. ; 

Muerta su -madre, y habiendo quedado 
de muy corta edad, fue enviada á Francia 
para criarse con los hijos de Luis XI, y á 
poco tiempo se trató su desposorio con 
el Delfín, que fue Rey coii el nombre de 
Carlos VIH ; pero habiéndose casado este 
en 1 49 1 con Ana, heredera de Bretaña, sin 
haber consumado su matrimonio con Mar- 
garita por su tierna edad, fue devuelta á 
su padre. 

En r 497 la pidieron los reyes católicos 
de España Fernando é Isabel para su hijo 
el príncipe D, Juan; y como viniese embar- 
cada para unirse con su nuevo esposo, es- 
tuvo para perecer en una terrible tempestad. 

Se dice que tuvo bastante serenidad de 
ánimo, en medio del peligro, para compo- 
ner el siguiente jocoso epitafio en francés: 
>Ci-gü Margóte la gente demoiselle , 
Queut deux maris el si mourut pucelle, 

jG 



s3ó 



imperio , se sublevó , y apoyado en un 
poderoso partido , venció á Irene; y ha- 
biéndola hecho prender, la confinó en la 
isla de Lesbos , donde murió á poco, con 
lo que quedó dueño absoluto del imperio. 

u4ita Comneno. 

Fue hija del Emperador Alejo I Com- 
neno ^ por cuya muerte, acaecida en 1118, 
conspiró para, privar de la corona á su 
hermano Juan Comneno , y dársela á su ma- 
rido Nicéforo Brienna, que era tan débil 
como una muger, al paso que Ana mani- 
festaba el vigor y firmeza de un héroe : asi 
fue que la indolencia y flojedad de aquel 
destruyó la obra de esta. 

> Se había dedicado Ana desde su niñez 
al estudio de las ciencias, y principalmente 
de la historia , sin faltar por eso á las obli- 
gaciones de su sexo, estado y clase; pues 
mientras los cortesanos se entregaban á los 
placeres y distracciones , ella se ocupaba 
útilmente en conversar con los sabios de 
Constantinopla , en cuyo número era con- 
tada. 

Publicó la vida de su padre Alejo, obra 
apreciable por su brillante y animado esti- 
lo, y por las curiosas noticias que con* 
tiene. 



a las armas; pero la sirvieron de poco, pues 
sus tropas fueron vencidas en la Calabria el 
año de 788. 

Gelosa defensora de la religión , y sólida- 
mente instruida en sus verdaderos funda- 
mentos, procuró la celebración del segundo 
Concilio de Tíicea , séptimo de los generales, 
en el que se acabó de confundir y abatir á 
loshereges iconoclastas, que andaban orgu- 
llosos con el favor y poder que b.abian lo- 
grado en los anteriores reinados : se retrac- 
taron en él casi todos los sectarios, con lo 
que se restableció el debido respeto á las 
imágenes de los santos. 

En esto , habiendo llegado Constantino á 
su mayor edad , quiso recobrar el mando y 
la libertad, pues que de ambas cosas le pri- 
vaba su ambiciosa madre, teniéndole como 
encerrado en lo interior del palacio, sin tra- 
to ni poder alguno: lo logró al principio, 
encerrando á su madre; pero á muy poco, 
mas mañosa y valiente esta, escapó de la 
prisión, reunió á sus partidarios, que era 
el mayor y principal número de los pode- 
rosos , y para asegurarse en el imperio co- 
metió la atrocidad de quitar la vida á su pro- 
pio hijo* 

No quedó sin castigo tan horroroso cri- 
men, bien que fuese por medio de otro, 
pues en tan borrascosos y corrompidos 
tiempos no era la virtud sino el vicio quien 
vencia y castigaba al vicio mismo; pues 
que INicóforo, patricio y gran tesorero del 



El Emperador Justiniano vengó á Ama- 
lasonta, á la que tenia suma estimación y 
respeto, enviando á Italia al célebre Belisa- 
rio para castigar á Teodato , el cual en efecto 
fue vencido, puesto en fuga y asesinado en 
ella, 

Irene. 

En la serie de los emperadores de Oriente 
se cuenta á esta Princesa célebre por su her- 
mosura, su talento, su sagaz política y su 
carácter obscuro y particular, compuesto de 
virtudes y vicios, puesto, que estos, y sobre 
todo una insaciable ambición , dominasen en 
ella. 

Era natural de Atenas , patria de tantos 
hombres y mugeres ilustres. En ei año de 
«760 se casó con el Emperador León IV, por 
cuya muerte, acaecida en 780 , habiendo ga- 
nado con suma astucia la voluntad de los 
magnates del imperio, se hizo proclamar Au- 
gusto con su hijo Constantino V Porfiroge- 
netes , que solo tenia nueve años de edad. 
El asesinato y los crímenes la sirvieron para 
establecer su supremo poder: habiendo ur- 
dido dos hermanos de su marido una cons- 
piración para privarla del mando , les hizo 
dar muerte. 

Cario Magno imperaba entonces en Oc- 
cidente, y amenazaba al Oriente con su supre-^ 
mo poder; pero Irene con sus caricias y sus 
fingidas promesas le entretuvo, hasta que 
habiendo juntado fuerzas suficientes acudió 



Z2J 

¡e comenzaron á suavizar con la benignidad 
leí clima, y mas aun con el trato de los ro-» 
manos. Para ganarse la voluntad de estos, y 
que no les fuese pesado el yugo de la con- 
quista > Teodorico , Rey de los ostrogodos , y 
primer dominador del pais , adoptó sus usos 
y costumbres, y protegió las ciencias y las 
artes, puesto que fuese tan ignorante en ellas 
que ni aun escribir sabia. No asi su hija 
Amalasonta, á la que hizo dar una educación 
esmerada, instruyéndola en las lenguas de 
los diferentes pueblos que habian invadido 
el imperio , por lo que podia conversar con 
todas aquellas gentes sin necesidad de in- 
térpretes. 

Muerto su padre Teodorico, recayó la 
corona en su hijo Athalarico II ^ á quien ella 
habia hecho educar al modo de los romanos* 
lo que desagradaba á los godos. Como fuese 
Athalarico de solos ocho años de edad* ella 
reinó en su nombre , manteniendo sus esta* 
dos en paz, protegiendo á los sabios, y ha* 
ciendo florecer los conocimientos útiles á la 
felicidad de los pueblos. Llena de talento* 
de valor y de prudencia reunía todas las cua- 
lidades de un gran rey, y merecía mandar á 
gentes menos feroces y en época no tan des- 
graciada. 

Como su hijo hubiese muerto de la peste 
en temprana edad, ella colocó en el trono á 
su primo Teodato , quien pagó el beneficio 
calumniándola de adulterio, y haciéndola 
ahogar en el baño. * 



2tó6 

ciónes que ilustraron el reinado de Trajáno 
y áiin el de Adriano, pues que éste lleno de 
agradecimiento la conservó una autoridad 
igual á la que h^bia gozado en tiempo de su 
marido. 

- Murió en 1 29, y fue contada en el núuíe- 
ro de las diosas , según la^i tapia costumbre 
de los gentiles. 

Julia 0ümeUa Sulonina. 

Extraña ocurrencia tuvo por cierto es» 
ta Emperatriz , llevada de sii demasiada afi- 
ción á la filosofía , y fue la de lindar una 
ciudad llamada PlatonopoUs , perqué según 
el plan de su amigo él filósofo Plotino debia 
gobernarse conforme á las leyes dé la soñaba 
república de Piaron: mas esto quedó casi en 
proyecto. 

Era muger del Emperador Galienoy a 
quien acompañó en todas sus campañas con 
grave riesgo, pues que estuvo á pique dé que 
fa hiciesen prisionera los godos; y por últi- 
mo , sufrió la cruel suerte de ser asesinada 
una noche con su marido, todos sus hijos y 
familia. Sucedió esto el 20 de marzo de 268 
á las puertas de la ciudad de Milán, ocupa^ 
da por el rebelde Aureolo» 

Amalasontti* 

• Cuando los ostrogodos se establecieron 
en Italia , sus feroces y bárbaras costumbre* 



22.5 

emperatrices desgraciadas citaremos á Julia 
Sabina, sobrina segunda del célebre Traja- 
no. Plotina, muger de est&, y favorecedora 
de Adriano ¿ la casó con él para facilitarle la 
sucesión al imperio; pero este casamiento., 
corno, nacido del interés y, de la intriga 5 fue 
e$, extremo desgraciado; A^si que Adriano 
ascendió á la suprema dignidad comenzó á 
despreciar á la misma á quien se la debía, 
tratándola cprno miserable esclava. Julia, do- 
tada de la elevación de alma que no podian 
menos de id#rla su hermosura, su talento, 
si^s gracias y su ilustre nacimiento , se que- 
jaba agriamente á su esposo, y aun se jacta- 
ba de que no había querido tener hijos de él 
por no dar á luz monstruos aun mas odiosos 
que su padre, y 

En fin , llegó á tal punto el odio de Adria- 
no contra ella , que hallándose acometido de 
sú última enfermedad , quiso que ella le pre- 
cediese en la muerte: mandósela dar con 
un veneno. 

Plotina. 

Mucho han alabado los filósofos , y en es- 
pecial Plinio, á esta Emperatriz; pero algunos 
historiadores, como Dion Casio y Eutropio, 
la acusan de su amistad con Adriano, que 
miran como sospechosa, y aseguran que su 
adopción por Trajano fue un sagaz artificio 
de Plotina, muerto ya su marido. Pero no 
puede negarse que fue muger de excelentes 
prendas , y que éontribuyó á las grandes ac- 



baras costumbres; pero en extremo apegado 
á ellas el príncipe Alexos contrariaba las dis- 
posiciones de su padre, y au n se dijo que 
conspiraba contra él, y que le ayudaba su 
propia madre; lo cierto es que esta se escapó 
del convento. El Emperador se manifestó 
sobre manera severo contra los delincuen- 
tes ó que se sospechaban tales. Hizo espirar 
en el tormento de la rueda al arzobispo de 
Rostof, mandó formar causa á su propio hijo 
Alexo?, y los jaeces le condenaron a la pena 
capital; pero cuando le leyeron la sentencia 
lá acometieron tan terribles convulsiones 
que espiró á poco : á Glebof, supuesto amante 
de la Emperatriz , le hicieron sufrir inaudi- 
tos tormentos, y acabaron con él empalan* 
dolé vivo: hasta el último instante dio firme 
testimonio de la virtud de Eudosia, claman- 
do que de ningún modo mancharía la ino- 
cencia y el honor de una señora, en la que 
no hallaba mas delito que el de haber amado 
demasiado á un marido que tan bárbara é in- 
justamente la perseguía. . 

Por último, Eudosia estuvo muy cerca de 
sufrir también la pena capital; pero se logró 
que el Czar se contentase con encerrarla de 
nuevo en otro convento cerca del lago La-*, 
doga, con orden deque dos religiosas la hi- 
ciesen sufrir todos los dias la disciplina. 

Julia Sabina. 
Y pues que estamos en el artículo de las 



223 

gran parte en Asia y en Tracia cayó en po- 
der de los turcos. 

Por lo que hace á Eudosia llevó su des- 
gracia con cristiana resignación , rnanifes-, 
tanda -en la clausura las virtudes de una ver- 
dadera religiosa , después de haber ostenta- 
do en el trono las cualidades de una gran J 
Princesa. Cultivó ademas la literatura con fe- 
liz éxito , y aun nos queda de ella una obra 
manuscrita que se halla en la Biblioteca Real 
de Paris y trata de la Genealogía délos dio- 
ses >• héroes, y heroínas , obra que supone 
muy vasta lectura^ y en la que se halla 
cuanto se sabe de mas curioso acerca de los 
delirios del paganismo. Eudosia dejó de rei- 
nar en el año de 1071, 

Eudosia Lapuchin* 

Aunque esta muger no pertenezca pro- 
piamente á este artículo, haremos mención 
de ella en comprobación de que todas las de 
este nombre pasaron por muy extrañas aven^ 
turas. Fue la primera esposa de Pedro el 
grande , Gzar de Rusia y madre del Príncipe 
Alexos. Acusada injustamente de haber teni- 
do trata ilícito con un Señor de la Corte lla- 
mado Glebof , el Czar la repudió é hizo en- 
cerrar en un monasterio. Dotado el Czar de 
gran talento, y de muy mas elevado carác- 
ter, trabajaba con el mayor tesón por civi- 
lizar á la Rusia y elevarla al mayor grado de 
poder, mudando en todo sus antiguas y bar- 



-¿-* ¿i* J» 

del trono; pero descubierta la conjuración 
fue condenado á muerte. Habia oido hablar 
Eudosia de su extraordinaria hermosura, y 
asi túvola cuYiosidad de verle antes de que. 
se ejecútasela sentencia; mas quedó tan 
prendada de él, que no solo le perdonó, sino 
que le nombjó generalísimo de todas sus 
tropas, cojavírtiendo con tan generosa ac- 
ción á Su enemigo en su mas celoso defen- 
sor, pues que reparó sus faltas anteriores, 
con heroicas acciones. 

Cada vez mas enamorada de Romano, 
creyó que no podría hallar mejor esposo, 
para ella, mejor padre para sus hijos, ni me- 
jor emperador que remediase las desgracias 
del Estado que él; y asi le dio su mano, 
puesto que ya le habia dado su corazón. 

Eran entonces los turcos los enemigos 
mas temibles del Imperio, al que amena- 
zaban de su completa ruina: para evitarla 
sostuvo Romano tres campañas contra ellos; 
pero en la última le cupo la infeliz suerte 
de ser hecho prisionero. 

Asi que llegó esta noticia á Constanü- 
nopla el Cesar Juan Ducas, heralano de 
Constantino, valiéndose de un poderoso par- 
tido , hizo encerrar á Eudosia en un monas- 
terio , y declarar por único emperador á Mi- 
guel, hijo mayor de EudQsia y dt? Constan- 
tino , como ya dijimos. 

Era este Miguel un Príncipe cobarde, in- 
dolente y sin talento alguno, con lo que fue 
muy mayor la decadencia del Imperio , cuya 



221 

de la Emperatriz , la obligó á casarse con él. 

Irritada ella de tan ignominiosa -violen- 
cia, se vengó llamando en su auxilio á Gen- 
sérico, rey de los Vándalos, el cual, ha- 
biendo pasado á Italia con poderoso ejér- 
cito, lo llevó todo á sangre y fuego , saqueó 
á Roma, y cruel hasta con Eudosia se la 
llevó cautiva al África, pues Máximo fue 
despedazado por los suyos , habiendo dis- 
frutado el imperio solo tres meses. 

Siete años duró el cautiverio de Eudo- 
sia, al cabo de los cuales fue enviada á 
Constantinopla , su patria, donde acabó su 
vida ocupada en ejercicios de piedad cris- 
tiana. Ha merecido grandes elogios de los 
historiadores por haber sobrellevado los vi- 
cios de Valentiniano con el mayor ánimo y 
resignación , amándole cual si este esposo, 
infiel y abandonado á todo género de diso- 
luciones , hubiese sido el mas constante y 
honrado. Se asegura igualmente que solo 
empleó sus riquezas y poder en el alivio y 
socorro de los desgraciados , demasiados en 
número en tiempos tan calamitosos y re- 
vueltos cual fueron aquellos. 

Eudosia , muger de Constantino Ducas. 

Muerto este en el año de 1067 se hizo 
proclamar Emperatriz de Oriente, con sus 
tres hijos Miguel, Andrónico y Constantino, 

Uno de los potentados del imperio lla- 
mado Romanp Diógenqs quiso despojarla 



220 

cías malamente empleadas en contentar su 
insaciable ambición y su< implacable ven- 
ganza. 

Era francesa é hija del conde Bauton, 
uno de los generales mas célebres del gran 
Teodosio. Habiendo sabido ganarse la gra- 
cia del eunuco Eutropio , que tenia absolu- 
to predominio sobre el emperador Arcadio, 
llegó por su medio á casarse con este; y 
como lograse luego gobernar exclusiva- 
mente á su marido, pagó el beneficio per- 
diendo á quien se lo debia ., con lo que que^ 
do sola en el mando según, con venia á su 
ambición. 

Como S. Juan Crisóstomo se opusiese á 
las injusticias con que reunia inmensos te- 
soros , y hubiese predicado contra el lujo, 
la vanidad y las profanaciones de las mu- 
geres, en todo lo cual ella se creia indica- 
da , le hizo desterrar y perseguir. Esta Em* 
peratriz murió de parto el año 4°4-. 

Eudosia lAcinia^ 

Advertiremos que todas las emperatriz 
ees de este nombre se distinguieron por 
muy extrañas aventuras. La de que aquí 
hablamos fue hija de la primera Eudosia y 
y de Teodosio. II, y muger de Valentinia- 
no III , á quien dio muerte Petronio Máxi- 
mo por usurparle el imperio. Este tirano, a 
por asegurarse en el mando , ó porque estu- 
viese enamorado de las excelentes prendas 



<¿vg 

De poco nos serviría el estudio de las 
ciencias si noj nos diese valor para tole- 
rar las desgracias , haciéndonos superiores 
á ellas: asi sucedió á Eudosia, la cual se 
retiró á la Palestina, hallando en el cultivo 
de las ciencias el remedio contra los golpes 
de la fortuna, y en la práctica de las virtu- 
des cristianas la paz del alma, que tal vez 
no gozó en el explendor del .trono. 

Es cierto quecayó en la heregia de Eu^ 
tiques; pero salió bien pronto de su error 
volviendo á la fe de la iglesia, movida por 
las cartas de S. Simeón Estilita, y los sabios 
discursos del abad Eutimio. 

Esta Princesa publicó una traducción 
en versos exámetros de los ocho primeros 
libros de la sagrada Escritura, y aun se la 
atribuye una obra particular y rara que se 
halla eh la Biblioteca de los Sanios Padres, 
y es la que se titula Centón de Homero, 
por contener la vida de nuestro Señor Jesu- 
cristo compuesta de versos tomados de este 
Padre de la poesia griega. 

Eudosia murió en Jerusalen el año de 
/|6o protestando con los mas sagrados ju- 
ramentos, que era inocente de los crímenes 
de que l:a había acusado su esposo, 

i - . . 

Otra Elia, Eudosia :•»- 

Poco antes de la época de que acabamos 
de hablar, se habia hecho célebre otra Elia 
Eudosia por su hermosura, talento y gra^ 






porcionó que se casase con el emperador. 

JLuego que esta tan no esperada fortu- 
na llegó á noticia de los hermanos de Eu- 
dosia, temiendo su justa venganza, huye- 
ron; pero ella mas admirable aun por su 
alma generosa que por su belleza y talento, 
cualidades que á pesar de los sarcasmos de 
la miserable envidia suelen andar juntas, se 
mostró digna del supremo rango á que ha- 
bía ascendido, mandándolos buscar , reci- 
biéndolos con el mayor cariño, y eleván- 
dolos á las primeras dignidades del Imperio. 

Gozando cerca de su esposo de todo el 
influjo que debian concederla sus excelen- 
tes prendas, y conociendo cuanto ilustran 
á las naciones los verdaderos sabios , reunió 
cerca del trono á los mejores que halló en 
el Imperio, colmándoles de honores y ri- 
quezas. Paulino, que sobresalía entre ellos, 
tanto por su mayor instrucción cuanto por 
su carácter amable , fue también el mas pre- 
ferido y estimado de la Emperatriz, y en 
tales términos que llegó á causar celos al 
Emperador , los que se manifestaron de un 
modo terrible con motivo de algunas fru- 
tas que Eudosia regaló á Paulino. 

Fue esta inocente expresión la verdade- 
ra manzana de la discordia , pues el Empe- 
rador mandó quitar la vida á Paulino , echó 
de palacio á todos los sabios y empleados 
<le Eudosia, y creyéndola altamente culpa- 
da , la repudió reduciéndola á la qomua 
clase de que la habia sacado. 



217 

buido á la felicidad de nuestro sexo , desti- 
nado ó condenado, si se quiere, á la obscu- 
ridad y medianía en todo, fue el principio 
y motivo de la asombrosa fortuna de Elia 
Eudosia ó Eudoxía, 

Nacida eu Atenas , emporio de las cien- 
cias y las artes , por cuya razón se la dio el 
nombre de Atenaida ó Ateríais que mudó 
en el de Eudosia en el bautismo, fue hija 
del filósofo Leoncio, quien se dedicó con 
el mayor esmero y con el mas feliz éxito á 
darla una instrucción universal en las cien- 
cias v en las artes, formando de ella un fi- 
lósofo, un gramático y un retórico. 

Como ademas de esto la viese perfecta- 
mente hermosa, poruña extravagancia pro- 
piamente filosófica, que contra lo regular 
le salió bien , creyó que con tanto mérito 
no podria menos de ser afortunada, y que 
no necesitada de xiquezas, por lo cual la 
desheredó. 

Mas como ella no se conformase con la 
resolución de su padre, muerto este, re- 
clamó de sus hermanos la parte que debia 
correspondería en la herencia; pero ellos 
tuvieron la ingratitud de negársela, y ved 
aqui el principio de toda su dicha, según 
la intención del filósofo. 

Viéndose Eudosia sin recurso alguno, 
parte á Constantinopla á pedir justicia á 
Pulquería, hermana del Emperador Teodo- 
sio lí , la cual admirada no menos de su feliz 
ingenio que de su grande hermosura , pro- 



£i6 

soluciones con sus consejos é influjo: mu- 
chas han venido á reinar en nombre de sus 
esposos débiles ó poco inteligentes: otras 
con su suavidad y dulzura han templado la 
extremada fortaleza de sus genios, y mu- 
chas les han guiado con sus luces en las 
ocasiones mas difíciles y delicadas, contri- 
buyendo al explendor y dicha de sus rei- 
nados, y participando de su gloria , como 
asi bien de la estimación y agradecimiento 
de sus pueblos. 

No hay nación antigua y moderna que 
no cuente entre sus soberados mugeres dig- 
nas del mayor elogio por sus virtudes, ta- 
lento y prudencia: ha habido no pocas, que 
enmedio de los cuidados y graves ocupa- 
ciones del supremo mando , han sabido 
cultivar las ciencias y logrado sobresalir 
en ellas; y aun como Cristina de Sueciá, 
que deseosa de dedicarse exclusivamente 
al estudio, han descendido de la grande- 
za del trono para hacer la vida libre de un 
particular. 

No solo en este artículo sino en otros 
varios presentaremos historias dé Reinas y 
Princesas célebres: sea la primera ahora 

Ateríais ó Elia Eudosia. 

El amor á las ciencias que muchas ve- 
ces ha sido causa de la pobreza y desgra- 
cia de los que se han dejado arrastrar de 
tan moble pasión, y que pocas ha contri- 






ái5 



EL TE DE LAS DAMAS* 

CUADERNO JIÍ. 



« B H # K É» 



CONVERSACIÓN VIIL 



vjontinuando Doña Joaquina en su lectu* 
ra, pasó á tratar de 

Las Mugeres sabias. 

Este artículo lo dividiremos, dijo, ¡eil 
otros tres, y serán: i.° Reinas, princesas y 
grandes señoras que se han ilustrado en 
las ciencias : i.° Mugeres sabias en ciencias 
abstractas y conocimientos sublimes: 3.° Mu- 
geres que han sobresalido en Poesía y obras % 
de imaginación* 

i .° Reinas y Princesas sabias. 

Cuando las mugeres han reinado solas 
han manifestado no menos talento y pru- 
dencia que los hombres eue\ arte difícil de 
gobernar. Gomo esposas y amables compa*- 
ñeras de los soberanos , han contribuido 
poderosamente á sus felices y acertadas re* 

1 5 *** 



¿ 1 4 

edad el de io56¿ acabando en ella la fami- 
lia de Basilio el Macedonio. 

Aun hay otras Teodoras célebres ; pero lo 
fqeron solo por sus vicios, y de consiguiente 
tío me toca hablar de ellas. 

Dicho esto se terminó la tertulia. 



■• 









■ 
- 



■ 



• 



2l3 

Saladas ( y en seguida asoció al imperio á es- 
te infame asesino, del que no tardó en can- 
sarse , y como dispusiese el darle también 
muerte f él ge le anticipó matándole á puña- 
ladas 5 estando beodo en un festín ; y con es* 
to le sucedió en el imperio , que aunque usur- 
pado, supo conducir con mas acierto. 

Otra Teodora emperatriz. 

Después de terribles y largas revoluciones, 
desórdenes y asesinatos en la familia imperial 
de Basilio el Macedonio, de quien acabamos 
de hablar , vino á recaer el imperio en Teo- 
dora, hija tercera de Constantino VIH , la 
cual habia sufrido antes grandes persecucio- 
nes por los que á fuerza de crímenes se dis- 
putaban el supremo mando, pues por mucho 
tiempo la tuvieron encerrada en un con- 
vento. 

Pero en fin, muerto Constantino IX el 
Monómaco en 1054 ascendió pacíficamente y 
sola al imperio , después de haberlo gober- 
nado antes con su hermana Zoé, 

Los historiadores ensalzan sobremanera la 
gloria de su gobierno 9 pues mantuvo en paz 
á sus pueblos , escogió ministros hábiles , hi- 
zo florecer el comercio y las artes , dismi- 
nuyó los impuestos , y por medio de esforza- 
dos generales, se hizo temer de los enemigos. 

Murió de ua cólico á los 76 años de 



212 

eido León Isaurico , y la cual desde entonces 
no habia dejado de despedazar el seno de la 
Iglesia , en especial la de Oriente. 

Renovó ademas el tratado de paz que ha- 
bia hecho con Bógoris , rey de los búlgaros, 
volviéndole su hermana que* tenia prisionera, 
y la cual habiéndose hecho cristiana, convir- 
tió á su hermano , y extendió la fe por todo 
el pais. 

Fue admirable el gobierno interior del Es- 
tado, atendiendo con igual cuidado á todos los 
ramos de él, haciendo observar las leyes y res- 
petar su soberana autoridad. 

Pero en lo que principalmente se ocupa- 
ba , era en la buena educación de su hijo, 
procurando vencer sus perversas inclinaciones 
y evitar los males que cayeron después sobre 
él y sobre el imperio, que muy bien preveía* 
Sus cuidados en esta parte no tuvieron el fe- 
liz éxito que en las demás ; pues dejándose 
llevar su hijo de los pérfidos consejos de su tio 
Bardas , la hizo encerrar en un convento con 
$us hijas , donde acabó santamente sus dias. 

Dejó el tesoro Real al perder el mando 
colmado de considerables riquezas, fruto de 
su buen orden y rigurosa economía , y el Es- 
ttado floreciente y en paz ; pero asi que faltó, 
godo fue miseria , confusión y desorden. Mi- 
tuel abandonó las riendas del gobierno á su 
ío para entregarse sin freno á sus torpes vi- 
cios; poco después ., movido por sus caprichos, 

higo (jue Basilio el Macedonio le matase á pu- 



2 I I 

decisión en sus particulares desavenencias. > 
Esta princesa murió en París á los 76 años 
de edad , el de ia85. 

Quiero concluir mi lectura y nuestra ter- 
tulia de esta tarde, dijo doña Joaquina, con la 
historia de dos emperatrices del nombre de 
Teodora, aunque no pertenezcan propiamen- 
te á este artículo. 



Teodora Despuna, 

Deseando Teófilo, emperador de Oriente, 
escoger esposa digna de reinar con él , mandó 
venir á su corte las jóvenes mas hermosas , de 
mas talento y de mas fina y mejor educación 
del imperio : entre tantas mugeres de sobresa- 
liente mérito mereció la preferencia Teodora 
Despuna , natural de Paflagonia , é hija de un 
tribuno militar. 

Las virtudes con que ennobleció el trono 
manifestaron cuan acertada habia sido la elec- 
ción, pues que contribuyó poderosamente con 
su superior talento á que el Emperador hicie- 
se florecer el comercio , favoreciese á los sa- 
bios y adornase á Constan tinopla con nuevos 
y suntuosos edificios. Habiendo quedado viu- 
da en 84a , gobernó el imperio por la menor 
edad de su hijo Miguel - III, durante quince 
años. Restableció el culto de las imágenes, ex- 
tinguiendo enteramente la heregía de los Icor- 
nocLaatas, que 120 años antes habia introdu- 

7 



21 O 

pre á su lado , y que si los enemigos se lle- 
gaban á apoderar de la ciudad, la degollase 
al instante para no caer viva en sus manos. 
Prometióla el caballero que asi lo haría, y 
aun añadió, en la sencillez y franqueza propia 
de aquellos tiempos , que antes de que se lo 
digese ,' había pensado él en hacerlo. 

Tal era, dice un autor moderno, el respe- 
to que en aquellos tiempos que alijamos como 
bárbaros, se tenia á la virtud, y el horror que 
causaba cuanto podia dañarla , aun cuaudo 
fuese involuntariamente. Si no podemos menos 
de reprender el exceso que en esto hubiese, 
muy mas reprensible es el extremo contra- 
rio, tan bajo cuanto dañoso á las buenas cos- 
tumbres. 

Tuvo la dicha la virtuosa reina de que los 
enemigos no sorprendiesen la ciudad ; mas el 
dia mismo de su parto las tropas de los ge- 
noveses y písanos , que guarnecían la plaza, 
quisieron abandonarla , porque no las paga- 
ban; pero Margarita reanimando su valor, hi- 
zo venir al lado de su lecho á los principales 
caudillos de aquellas tropas, y no con lágri- 
mas, sino con tono firme y varonil les habló 
con tal elocuencia , que les obligó á desistir de 
su cobarde intento. 

Cuando habiendo logrado su esposo la li- 
bertad , volvieron á Francia , le fue muy útil 
con sus sabios consejos : y era tal la fama que 
se adquirió por su rectitud y prudencia , que 
muchas veces los príncipes se refirieron á su 



20 9 

ver de su marido , abriendo para ello el se- 
pulcro. Apenas le vio abierto cuando descepe- 4 
rada se arrojó en él , y haciendo un extraordi- 
nario esfuerzo , llevó tras de sí la lápida que 
lo cubria 5 la cual la dio pronta muerte. Su- 
cedió este trágico suceso, superior sin duda al 
de Lucrecia , el año de 12,33. 

Margarita, esposa de san Luis rey 

de Francia. 

La historia de esta nación nos presenta 
otro egemplo notable de amor conyugal y de 
castidad heroica. 

Margarita , hija mayor de Raimundo Be- 
rengario , conde de Provenza, era una de las 
mas hermosas y discretas princesas de su tiem- 
po. Habiéndose casado en 1234 con Luis IX, 
rey de Francia, que veneramos en los altares, 
siguió á este en la Cruzada á Tierra Santa con- 
tra los infieles. Hallándose en la ciudad de Da- 
miata , recibió la fatal noticia de que su espe- 
so había sido hecho prisionero : tres dias des- 
pués dio á luz un < niño al que puso el nom- 
bre de 1 Vistan , por la triste ocasión en que 
vino al mundo. 

El mal estado de la guerra y la desgracia 
de su esposo perturbaron en tales términos su 
imaginación , que creyendo ver entrar á cada 
instante á los feroces sarracenos , mandó á un 
caballero de ochenta años que estuviese siem- 



2o8 

EGEMPLOS DE CASTIDAD HEROICA. 
Blanca de Pádua. 

Con razón colocaremos á esta muger entre 
las heroicas víctimas de la castidad y del amor 
conyugal. Tomó por esposo á un ciudadano de 
Pádua , llamado Porta, el cual siendo gober- 
nador de Basano. fue muerto defendiendo la 
plaza que sitiaba el feroz Acciolino; Blanca 
no menos valiente que virtuosa , continuó re- 
sistiendo al enemigo hasta el último extremo, 
y como ni aun entonces entrase en capitula- 
ciones , fue hecha prisionera. Sus gracias y su 
aire noble y magestuosp hicieron tan fuerte 
impresión sobre el brutal vencedor, que al ins- 
• tante quiso satisfacer sus infames deseos, no 
teniendo ella mas arbitrio para escapar del 
riesgo que el de arrojarse por una ventana. 
Aunque esta caida no le causó la muerte como 
ella tal vez deseaba, quedó tan estropeada, que 
hubo de tardar mucho tiempo en su curación, 
sin que durante él cediese en nada la pasión 
de Acciolino ; al contrario empleó cuantos me- 
dios pudo de seducción y amenazas para lo- 
grar su intento \ y como todos saliesen inúti- 
les , acudió al de la violencia , haciéndola 
amarrar al lecho. 

Disimuló Blanca tan cruel ultrage, y solo 
pidió el favor de que la dejasen ver el cada- 



207 

Las ciudadanas de Munich. 

El emperador Conrado III, después que 
hubo tomado la ciudad de Munich ,' dispuso 
que todos los hombres fuesen pasados á cu- 
chillo , permitiendo á las mugeres que saliesen 
libres y se llevasen lo que mas quisiesen. En- 
tonces ellas cargaron con sus maridos al hom- 
bro , diciendo que era lo que mas querían; 
agradó tanto esta acción al emperador, que 
perdonó á todos los habitantes , y aun al mis- 
mo príncipe, á quien habia resuelto destruir 
enteramente. 



La Condesa de H. 



# « # 



A fines del siglo pasado se hizo célebre en 
París por su amor conyugal. Habiendo perdi- 
do á su esposo en el ano de 1769, abandona- 
da al mas amargo dolor , imaginó todos los 
medios posibles de sostenerlo , lejos de buscar 
los. de disiparlo. No solo levantó á su memo- 
ria un suntuoso mausoleo , sino que mandó 
vaciar en cera la -fisura del conde, resultando 
tan propio como el natural, le hizo vestir con 
la batí que usaba dentro de casa y sentarle en 
un sillón al lado del lecho nupcial, á donde 
iba muchas veces al dia á encerrarse para con- 
servar con esta inanimada imagen la constan- 
cia de su amor y la fuerza de su pena. 



2oS 

ría hacerse . dispuso éste cm^ se diese libertad á 
aquella Señora, la cual al msrame pasó á Fran- 
cia en seguimiento de su marido. 

Pero este egemplo es harto común en la 
historia , y aun le hemos visto repetido en nues- 
tros días. 

La esposa de un oficial Ginebrino. 

Carlos Manuel , Duque de Saboya, intentó 
á fines del siglo diez y siete apoderarse por 
sorpresa de la ciudad de Ginebra : para esto la 
hizo escalar de noche; pero no logró su fin, 
pues habiéndose dado el alarma en la ciudad, 
acudieron todos los ciudadanos á su defensa, y 
rechazaron al enemigo: los que cayeron en sus 
manos fueron condenados á muerte ignominio- 
sa ; entre ellos habia un oficial, cuya esposa 
habiendo sabido su desgracia y estando en cin- 
ta , va Volando al parage del suplicio, y pi- 
de con las mavores instancias la permitan abra- 
zar á su marido por la última vez i rehusá- 
ronla este favor, y ahorcaron al oficial, sin 
que ella hubiese podido tener el consuelo de 
acercarse á él. No obstante siguió al cadáver 
de su marido hasta el parage donde habían 
dispuesto colgarle para escarmiento público. 
Sentóse allí sin querer tomar alimento alguno, 
con ios ojos fijos en tan amargo obgeto de 
dolor, hasta qi^e la muerte , que con ansia de- 
seaba , vino á acabar con su tormento. 



2o5 

Miladi JSilhtisdale. 

Después de la desgraciada expedición que 
el rey Jacobo hizo para conquistar el trono de 
Inglaterra, los Señores ingleses que habian se- 
guido su partido fueron sentenciados á morir 
en un cadahalso, lo cual se egecutó el 16 de 
Marzo de 171 6. El Lord Nilhtsdale estaba sen- 
tenciado al misino castigo; pero logró liber- 
tarse por medio de un ardid que el amor dic- 
tó á su esposa. La víspera del suplicio se per- 
mitió á todas las mugeres irse á despedir de 
sus maridos. Milady Nilhtisdale entró en la pri- 
sión sosteniéndose sobre dos criadas, cubierto 
el rostro con un pañuelo , como una muger 
en extremo afligida ; luego que estuvo en la 
habitación del marido , el cual era de su mis- 
ma talla , le obligó á que tomando sus vesti- 
dos saliese en los términos que ella habia en- 
trado, diciéndole que allí cerca hallaria su co- 
che, que le llevaría hasta las orillas del Tá- 
mesis ¡> donde todo estaba pronto para que em- 
barcándose huyese á Francia. Salió bien ei ar- 
did, y Milord Nilhitsdale se halló á las tres de 
la mañana bueno y salvo en Calais. A aquellas 
mismas horas fue un sacerdote á la cárcel pa- 
ra asistir á los reos que debían salir a\ supli- 
cio; pero se quedó admirado al hallarse con 
una muger en lugar de un hombre: extendió- 
se la noticia al instante, y habiendo consultado 
la justicia al Soberano acerca de lo que debe- 



2C>4 

» muerte no podia ser mas gloriosa. Recibid 
cestos adornos, que deben acompañarle en el 
^sepulcro , y estas víctimas que van á inmo- 
larse en su honor. Procuraré elevar á su rne- 
»moria un monumento que la eternice. Pan- 
?>thea , no te abandonaré , profeso el mayor 
^respeto á tus virtudes y á tus desgracias, 
"solo te pido me indiques el pais que quie- 
bres habitar." 

Panthea le aseguró que lo sabria pronto; 
el príncipe se retiró. Panthea hizo apartar á 
sus eunucos , y maridó que viniese su nodri- 
za : "Cuida , la dijo , cuando mis ojos se cier- 
»ren para siempre , de cubrir con un mismo 
«velo el cuerpo de mi esposo , y el mió." La 
esclava quiso ablandarla con sus ruegos; pero 
como no lograba mas que irritar su dolor , se 
sentó á su lado, deshaciéndose en lágrimas. 
Entonces Panthea cogió un puñal , se hirió el 
pecho , y tuvo aun fuerza al espirar para re- 
costar su cabeza en el seno de su esposo. 

Sus criadas , y toda su comitiva lanzaron 
al instante gritos de dolor y desesperación. Tres 
eunucos se inmolaron por sí mismos á los ma- 
nes de su Soberano : y Ciro , que había vuel- 
to á la primera noticia de esta desgracia, llo- 
ró de nuevo la suerte de los dos esposos , y 
les hizo elevar un sepulcro donde se confun- 
dieron sus cenizas. 






2u3 

tropas, no se había detenido en acometer con 
el mayor valor á la íalange Egipcia, que ha- 
bia sido muerto después de haber visto espi- 
rar á su lado á todos sus amigos , que Pan- 
thea había hecho conducir su cuerpo á las 
orillas del Pactólo, y que se ocupaba enton- 
ces en erigirle un sepulcro. 

Ciro traspasado de dolor, manda al instan- 
te que se conduzcan á aquel parage los funera- 
les que destina al héroe: él mismo los precede, 
llega; y vé á la desgraciada Panthea sentada en 
el suelo, al lado del ensangrentado cuerpo de su 
marido. Sus ojos se arrasan en lágrimas : quie- 
re apretar la mano que acaba de combatir por 
ella: pero queda entre las suyas: el cortante 
acero, la habia derribado en lo mas fuerte de 
la pelea. Redobla el dolor de Ciro : Panthea 
lanza despedazadores gritos. Vuelve á coger la 
mano, y después de haberla cubierto de abun- 
dantes lágrimas, y de ardientes besos, procu- 
ra unirla al brazo, y pronuncia en fin estas 
palabras , que espiran en sus labios. cr Ciro, ya 
»veis la desgracia que me persigue, ¿ por qué 
«queréis ser testigo de ella? por mí, por vos 
«ha perdido la vida. ¡Ah! cuan insen s ata era 
«yo: quería que mereciese vuestra estimación: 
"demasiado fiel á mis consejos , ha cuidado 
"mas de vuestra gloria, que de su vida ; ha 
«muerto en el cúmulo del honor:, lo sé, pe- 
«ro en fin ¿ ha muerto y aun vivo yo? " 

Ciro la respondió después de un largo 
llanto: ír La victoria ha coronado su vida ; su 

*4 



202 
*>ha quitado: que estaba expuesta á ser in- 
dultada, y que él me ha defendido : acordaos 
??por último que le he quitado á su amigo, y 
»que ha creído , fiado en mis promesas , ha- 
«llar uno mas valiente, y sin duda mas fiel, en 
«mi querido Abradates." 

El príncipe admirado de oir estas pala- 
bras , extendió la mano sobre la cabeza de su 
esposa, y levantando los ojos al cielo, exclamó: 
cc Supremos Dioses, haced que me muestre hoy 
«digno amigo de Ciro, y sobre todo digno es- 
»poso de Panthea." Al instante sube en su 
carro , sobre el cual la desconsolada princesa 
. solo tuvo tiempo de estampar su trémulos la- 
bios. Arrebatada por la agitación de su espí- 
ritu le siguió precipitadamente en la llanura. 
Abradates lo advierte; la pide que se retire, 
y se arme de valor. Entonces se acercaron sus 
eunucos y sus criadas , y la ocultaron a las 
miradas de la multitud ,1a jpual las tenia tan 
fijas en ella , que no habia podido contemplar, 
ni la hermosura de Abradates, ni la magnifi- 
cencia de sus vestidos. 

Se dio la batalla junto al Pactólo. El egér- 
cito de Creso fue enteramente derrotado : se 
derrocó en un instante el vasto imperio de los 
Asirios: el de los persas se elevó sobre sus rui- 
nas. Al dia siguiente á la victoria , Ciro admi- 
rado de no haber visto á Abradates, pidió 
noticias con inquietud , y uno de sus ofici des 
le dijo que este príncipe , abandonado casi ai 
principio de la acción por una parte de sus 



201 

ses , y de una gran parte del Asia , estaban al 
frente del egéreito de Ciro. Abradates debía 
acometer á la terrible falange Egipcia : su suer- 
te le habia colocado en tan peligroso parage: 
él mismo lo deseaba , aunque los demás gene- 
rales no querían cedérselo. 

Iba á subir á su carro, cuando Panthea 
vino á presentarle las armas que ella misma 
le habia preparado en secreto , y en las cua- 
les se advertían los adornos que ella llevaba 
mas de continuo ; me has sacrificado hasta tu 
propio adorno, le dijo el príncipe todo enter- 
necido. ¡Ah! respondió ella, no quiero nin- 
gún otro: mis deseos son que aparezcas hoy á 
los ojos de todo el mundo, como siempre apa- 
reces á los míos. Mientras decia estas palabras» 
le cubría con sus brillantes armas , y sus ojo* 
derramaban lágrimas, que en vano procuraba 
ocultar. 

De que le vio coger las riendas de los ca- 
ballos, mandó á todos que se retirasen , y le 
habló en estos términos : cr Si alguna muger ha 
mamado mas á su esposo que á sí misma , es 
»la tuya sin duda: sus acciones lo probarán 
» mejor que sus palabras. Apesar de la violen- 
cia de esta pasión querría mejor, lo juro por 
»los sagrados lazos que nos unen, querría 
»mejor espirar contigo enel campo del honor, 
«que vivir con un esposo que me hiciese com- 
pañera de su ignominia. Acordaos délas obli- 
gaciones que debemos á Ciro : acordaos que 
»)0 estaba sujeta con cadenas, y que él me las 



200 

Este Soberano habló con la mayor dulzu- 
ra á su vasallo % le hizo ver con su propia ex- 
periencia lo falso de su disputa , y para cu- 
rarle de su mal , le envió al instante al egér- 
cito enemigo con una comisión secreta. 

De que Panthea supo la retirada de Aras- 
pes, envió á decir á Ciro que ella podía pro- 
porcionarle un amigo mas fiel, y tal vez mas 
útil que el joven favorito. Este era su mari- 
do Abradates 5 al cual ella quería separar del i 
servicio del rey de Asiria , con el que tenia 
motivos de estar descontento. Ciro convino en 
esta negociación. Abradates se presentó en el 
campo Persa, al frente de dos mil soldados de 
á caballo, y Ciro le mandó conducir al instan- 
te á la habitación de Panthea. En este desor- 
den x de ideas y sentimientos que produce una 
felicidad lograda casi sin esperanza , le hi- 
zo la relación de su cautiverio ,; de sus penas, 
de los proyectos de Araspes, y de la genero- 
sidad de Ciro. Su esposo , impaciente por de- 
mostrar su agradecimiento , corrió en busca 
de este príncipe, y apretándole la mano, le 
dijo: cr Ciro, no puedo pagaros cuanto os debo, 
«sino ofreciéndoos mi amistad , mi vida , y , 
«la de mis soldados \ pero estad seguro de que 
»sean cual sean vuestros proyectos, Abradates 
»los sostendrá con la mayor firmeza." Ciro 
recibió sus ofertas con el mayor gozo , y 
tomaron de concierto las disposiciones de la 
batalla. 

Las tropas de los Ashios, de los Lidien? 



de nuestros compañeros procuraba consolarla: 
sabemos, la dijo, que vuestro esposo ha me- 
recido vuestro amor por sus brillantes cuali- 
dades;, pero Ciro, para quien se os destina , es 
el mas perfecto príncipe del Oriente. Al oir estas 
palabras rasgó su velo, y sus sollozos mezclados 
con los gritos de sus criadas , nos pintaron to- 
da su horrorosa situación. Tuvimos entonces 
lugar para mirarla despacio, y os podemos 
asegurar que el Asia no ha producido una her- 
mosura que se la iguale ;, pero pronto juzga- 
reis por vos mismo. No, dijo Ciro, vuestra 
relación es para mí un nuevo motivo de evi- 
tar su presencia : si llegase á verla una vez, 
querria verla siempre , y me expondría á ol- 
vidar en su compañía el cuidado de mi glo- 
ria , y de mis conquistas. ¿Y pensáis, replicó 
el joven Medo, que la belleza egerce su poder 
y su imperio con tanta fuerza, que pueda se- 
pararnos de nuestra obligación , si no que- 
remos? 

Entonces se movió una sabia disputa en- 
tre el monarca y su amigo , sobre el poder 
irresistible del amor. Ciro , que como se ve, 
estaba persuadido á ello, se contentó con de- 
cir al joven , al separarse : Araspes , no veas 
muy amenudo á la princesa. 

No hicieron estas palabras la mayor irti* 
presión en el joven Medo. Cayó en los lazos 
del amor: cedió á él: se descubrió á la prin- 
cesa, y ésta se vio obligada, para librarse de 
sus molestas expresiones , á quejarse á Ciro, 



i 9 8 



CONVERSACIÓN VIL 






Tocando el turno esta tarde á doña Joa- 
quina , la empleó leyendo historias de muge- 
res célebres por su heroismo y sus admirables 

virtudes. 

i 

EGEMPLOS DE AMOR CONYUGAL. 
Panthea y Ahr adates. 

JJespues de la batalla que el gran Giro ganó 
á los Asirios , se dividió el botín , y se reser- 
vó el príncipe un pavellon soberbio y una 
cautiva que aventajaba en hermosura á todas 
las demás. Esta era Panthea, reina de la Su- 
siana* Su esposo Abradates habia ido á la Bac- 
triana á buscar socorros para el egército de 
los Asirios. Ciro se reusó el verla y confió su 
guardia á un joven medo , llamado Araspes, el 
cual se habia criado con él. Araspes pintó la 
abatida situación en que se hallaba Panthea 
cuando se ofreció á su vista. 

Estaba , dijo , en su tienda sentada en el 
suelo , rodeada de sus mugeres , vestida como 
una esclava 9 la cabeza caida y cubierta de un 
velo. La mandamos que se levantase: todas sus 
criadas se levantaron al mismo tiempo. Uno 



*97 

aborrecía 3 y al instante la hizo cortar las na- 
rices , los pechos , las orejas , los labios y la 
lengua, tirándolo todo á los perros para que 
lo devorasen en presencia de la infeliz vícti- 
ma; bien es cierto qne en ningún pais fueron 
tan corrompidas las costumbres de las muge- 
res como en Persia. 

La repentina llegada de algunas Señoras, 
que no eran de la tertulia , hizo interrumpir 
la lectura, que se dejó para continuarla al si- 
guiente dia. 



iq6 

las diferentes naciones del Asía acerca de las 
mugeres, veremos que ninguna es tan celosa 
como los persas ¡ ni trata con tanta severidad 
como ellos á las mugeres, pues que ni un solo 
instante de libertad las dejan. 

Los turcos permiten á lo menos á sus mu- 
geres que vayan por algunas horas al baño, y 
según corresponde á su clase las conceden cuan- 
tas joyas y alhajas de adorno desean; pero en 
Persia es extremado el rigor aun en esta parte, 
aunque por otras no tengan motivo de quejarse. 

En la China, el emperador puede tomar 
por esposa á la muger que le agrade, aunque 
sea hija del hombre mas bajo , y no por eso 
deja de gozar ella de los honores que corres- 
ponden á su superior rango. Según aseguran 
algunos autores , en este pais las mugeres no 
pueden gozar de propiedad alguna, pues el 
objeto de esta ley es que la elección de esposa 
sea efecto del amor , y no de interés alguno. 
Parece, según la relación de algunos viageros, 
que las mugeres de la China tienen un exte- 
rior muy modesto, sin dejar por eso de ser 
sumamente agradables y amorosas. 

Aunque los bramines tienen á sus muge- 
res rigurosamente encerradas, las tratan con 
tanto carino y atención, que imitan las pura^ 
costumbres de sus esposos. 

Una costumbre antigua de Persia hacía que 
la reina obtuviese del rey el favor que le pe- 
dia en el dia de su cumpleaños. La reina Ames- 
tris pidió que se la entregase una muger que 






rida esposa. Los padre* de ésta ocupaban lu- 
gar inmediato al de la familia del monarca, y 
tuvieron entrada en las habitaciones secretas 
del serrallo. 

Parece que en toda el Asia las leyes que 
oprimen á las mugeres dejan como cierto re- 
mordimiento en el corazón de los hombres, lo 
cual se manifiesta en varias ocasiones , en que 
les vemos tributar á este sexo un respeto que 
parece hallarse en contradicción con la cruel- 
dad con que las tratan. Si el Gran Señor aban- 
dona al cordón fatal de los mudos al sugeto 
que debe castigar , se sigue la confiscación de 
sus tesoros ; pero no se toca ni á su serrallo 
ni á cuanto pertenece á sus mugeres. 

En la India se tiene tanto respeto á las 
mugeres , que enmedio de los furores de la 
guerra jamas los soldados extienden sus vio- 
lencias hasta ellas. La victoria se contiene á la 
puerta de los harenes , y hasta los mismos ban- 
doleros que van á asesinar á un indio , pasan 
respetuosamente por delante de la habitación 
de las mugeres. Esta notable mezcla de home-« 
nages y de persecución , de respeto y de tira- 
nía pinta la grosera barbarie de aquella parte 
de la tierra. Todos los países , donde las mu- 
geres no ocupan en el orden social el puesto 
á que las destinó naturaleza , están mas distan- 
tes del estado de civilización , que los mismos 
salvages , los cuales si no respetan á las muge- 
res, á lo menos no las esclavizan. 

Si atendemos ahora á las costumbres de 



194 

métrica colocación de ciertas flores, y esto no 
solo ha servido para correspondencias amoro- 
sas , sino también para descubrir conspiracio- 
nes formadas en lo interior de los serrallos. 

Si las mugeres turcas se enamoran de al- 
gún esclavo se lo manifiestan por medio de un 
ramo de flores que colocan de un modo par- 
ticular: el esclavo responde en el mismo len- 
gnage enigmático , y de este modo \ sin el au- 
xilio de las letras, se sigue la corresponden- 
cia. Ademas de esto tienen colores que desig- 
nan la esperanza, la desesperación, el deseo, 
3a ocasión, &c. v las letras iniciales de los 
nombres de las flores sirven igualmente para 
componer un alfabeto , formar palabras y fra- 
ses , mudando sucesivamente v con maravillo- 
sa rapidez la colocación de los canastillos. No 
puede menos cada pais de presentarnos alguna 
muger célebre. En la misma Asia , que pare- 
ce el sepulcro de la libertad de nuestro sexo, 
hallarnos á Noork-Jheus , esposa favorita de 
Ishorgere , la cual adquirió sobre él todo el 
ascendiente del amor y la ternura , tan poco 
conocido en lo interior de los harenes. Llegó 
esta muger á tan alto grado de favor , que 
distribuyó todos los empleos entre sus parien-. 
tes , y extendió de tal modo la afición al lujo 
y la prodigalidad, que según refiere un histo- 
riador, solo se pensaba en la capital en fies- 
tas , juegos, músicas , iluminaciones y fuegos 
de artificio por la noche. La moneda tenia en 
el curio el busto del emperador y de su que- 



i 9 3 

lidad de nuestro sexo, que las mugeres de 
Ulahabad recostadas blandamente entre flores, 
ni aun siquiera se sienten con fuerzas para 
alargar sus brazos é impedir que sus criaturi- 
tas pequeñas , sean pisoteadas por los caballos 
en su rápida carrera. 

¿Y es posible el que mugeres tan débiles y 
voluptuosas, se pongan á pensar si son ó no 
esclavas ? No conocen por cierto mas dueño 
que el placer , y el olvidarse hasta de sí mis- 
mas constituye su mayor dicha. Tales son el 
carácter y las inclinaciones de los indios. Pero 
los mahometanos tienen mas actividad , pasio- 
nes mas violentas, y algunas veces vence en- 
tre ellos la ambición al amor. En Alepo , en 
Trípoli y en Constantinopla , las mugeres, que 
por lo común son menos indolentes que las in- 
dianas , son también mas mañosas y diestras 
en buscar medios de sacudir el yugo ó hacerlo 
mas suave. 

Mucho tiempo hace que se ha observado- 
que en ninguna cosa son mas sagaces las mu- 
geres que en buscar amorosos artificios , en lo 
cual nos exceden sobremanera. Las mahome- 
tanas careciendo de medios para escribir á sus 
amantes , suplen con una infinidad de arbitrios, 
con los que les manifiestan los secretos de su 
corazón. Muchas veces el simétrico arreglo de 
un canastillo ó vaso de flores sirve para indi- 
car una cita , y esto es lo que se llama formar 
un celam^ siendo muy antigua en el oriente 
la costumbre de hablarse por medio de la si- 



J 9 2 

del Ganges y los amenos valles del Indostan. 
El suave perfume de las flores embalsama el 
aire la mayor parte del año: las mas exquisi- 
tas frutas presentan fresco y saludable alimen- 
to , y se goza de deliciosa y profunda sombra 
bajo espesos árboles, cuyas ramas son impe- 
netrables á los ardientes rayos del sol. La na- 
turaleza parece que convida á los habitantes 
de aquellos felices climas á que busquen el 
placer , y asi es que viene á ser la única cosa 
en que se ocupan , siendo uno de los mas agra- 
dables para ellos el descanso y la inacoion. Di- 
ce uno de sus autores , y parece que su dicho 
se ha hecho como proverbio vulgar. cc Vale mas 
restar sentado que andar, dormir que estar 
sjdespierto; pero la muerte es la suprema di- 
3>cha." ¡Fatal error, culpable indiferencia á la 
\ida, y exceso ridículo ele dejadez y pereza ! 

Y si los indios se abandonan deliciosamen- 
te á tan voluptuosa ociosidad :, ¡cuánto mayor 
no debe ser la de un sexo naturalmente débil, 
y que póv lo mismo se presta mas á la varie- 
dad y delicadeza de las sensaciones. Una mu- 
ger indiana, sumamente sensible, como em- 
briagada por el perfume de las flores , irritada 
su fibra con el influjo de clima, viene á pasar 
su vida en un perpetuo delirio; el descansó 
del placer constituye como el placer mismo, y 
y la suave dejadez que se sigue á la tierna agi- 
tación de los sentidos tiene tan fuerte dominio 
sobre ella, que se asegura, lo cual no querre- 
tóos creer como repugnante á la primera cua- 



gozan en los países mas civilizados ele Europa, 
El árabe franco, noble y de carácter suave, 
tenia todas las cualidades necesarias para esti- 
mar á un sexo , al cual solo llegó á esclavi- 
zar por medio de una secta supersticiosa. Tu- 
vo Mahoma que proceder con suma lentitud 
para hacer esclavas á las mngeres en la Ara- 
bia , y después de su muerte hubo muchas que 
ocuparon los solios de Persia y de Tartaria; 
pero el establecimiento de una secta que en- 
sañaba á considerarlas solo como esclavas des- 
tinadas á los placeres caprichosos de sus amos, 
destruyó en menos de un siglo todo el edifi- 
cio de su poder, y redujo este sexo al esta- 
do de humillación, en que hoy vemos á las 
mahometanas. Esta especie de esclavitud que 
oprimía hasta sus pensamientos, tal vez ha de- 
pendido de la indolencia que es como natural 
en los habitantes de aquellos climas, y la cual 
forma el placer mas delicioso de ambos sexos. 

No hay cosa mas opuesta en esta parte que 
los hábitos, carácter é inclinaciones de los In- 
dios y de los Africanos: mientras que éstos es- 
tan acechando , á la manera de tigres , la oca- 
sión de robar y matar , el habitante de la In- 
dia, contento con un poco de arroz , y con las 
mas simples producciones de la naturaleza, re- 
posa al pie de una palmera , no para meditar 
un crimen , sino para gozar de la paz y del des- 
canso , y tal es el influjo de tan suave clima. 

Es superior á la mas delicada pintura el 
magnífico espectáculo que presentan las orillas 



la embriaguez, prohibiendo el uso del vino, 
no le sería tan fácil triunfar del amor; pero 
tuvo arte para oponerle el placer sensual, en- 
cerrando á las mugeres , permitiendo la plu- 
ralidad , haciéndolas esclavas de los caprichos 
de los hombres, y no dejando á la hermosu- 
ra mas imperio que el material de los senti- 
dos , poder sin peligro , mando demasiado in- 
cierto , y cuya duración es momentánea. 

No pudo resistir toda la sagacidad de Jas 
mugeres al genio tiránico de Mahoma , pues 
que su suerte ha continuado siendo la misma 
en aquellas partes del globo donde se profe- 
sa su falsa creencia. 

En los demás paises su dulzura natural ha 
llegado á amansar hasta á los hombres mas bár- 
baros , habiendo llegado á dominarlos por me- 
dio de sus atractivos y sagacidad. Pero como 
ya he manifestado, solo en el Asia quedaron 
sujetas á la esclavitud , sin esperanza alguna 
de mejor suerte, y asi allí para hallar algunos 
ligeros rastros de su carácter, solo se pueden 
citar algunas intrigas secretas en lo interior de 
los serrallos, y esto solo para hacer su suer- 
te menos dura. Es cierto que algunas sulta- 
nas ambiciosas adquirieron un poder momen- 
táneo , pero fue para ellas solas , pues el se- 
xo en general no logró beneficio alguno. 

Sin embargo debemos hacer justicia á los 
Árabes, pues que antes de que se establecie- 
se la secta de Mahoma , gozaban entre ellqs las 
mugeres de privilegios casi iguales á los que 



i8 9 



BE LA SUERTE DE LAS MUGERES EN ASIA. 

Religión de M ahorna* 



& 



Casi al mismo tiempo que la unión de las 
primeras ideas caballerescas con las leyes del 
cristianismo presentaba á las mugeres en Eu- 
ropa la seguridad de una mudanza total en 
su suerte , se levantaba una falsa religión que 
consagró para siempre la esclavitud doméstica 
de un sexo al que los orientales al mismo 
tiempo que adoran , oprimen. Mientras que 
las revoluciones políticas y religiosas han he- 
cho variar sucesivamente la suerte , carácter y 
costumbres de las mugeres en Europa, no po- 
demos menos de advertir.que los habitantes dq 
los paises orientales han permanecido siempre 
en el mismo estado. En vano su patria ha mu- 
dado muchas veces de Señor ; en vano se ha 
visto alternativamente sujeta á las armas y le- 
yes de diferentes conquistadores : ninguno de 
ellos pensó en romper las cadenas de un sexo 
desgraciado, ó á lo menos en disminuir el ri- 
gor de su esclavitud. 

Si Mahoma no manda , como Brama , á las 
mugeres que se quemen en la pira de sus ma- 
ridos , este falso profeta , cuya política no de- 
jaba de ser profunda, las hizo perpetuas vícti- 
mas de su ambición. Queriendo apagar todas 
aquellas pasiones que fuesen bastante fuertes, 
para contrariar el influjo que quería egercer 
$obre las almas , conoció que si podia impedir 



i88 

»amo: por lo tanto, mi querida hija , declaro 
«que es mi voluntad el que entres á partes 
"iguales con tus hermanos en mi herencia." 

Las costumbres de los escitas eran menos 
corrompidas que las de las otras naciones bár- 
baras; pero como hubiesen estado por mucho 
tiempo ocupados en Asia en expediciones mi- 
litares, sus mugeres , durante tan larga ausen- 
cia , se unieron con los esclavos , que habían 
quedado en su custodia. Cuando volvieron los 
escitas quisieron los esclavos disputarles sus 
propiedades y aun sus mugeres , por lo que 
hubieron de venir á las manos, quedando in- 
decisa por largo tiempo la suerte de las ar- 
mas. Pero indignados los escitas de esta resis- 
tencia , acometieron de nuevo á los esclavos, 
no con armas , sino con palos y látigos. La 
vista sola de estos instrumentos de su esclavi- 
tud, les intimidó en tales términos, que arro- 
jaron las armas y echaron á correr. 



l8 7 

la que habría pagado si el insulto hubiese he- 
cho á un hombre de igual clase. 

Son infinitas las diosas de la mitología an- 
tigua. Los fenicios adoraban á la diosa Astar- 
te , los escitas á Appia , y los escandinavos á 
Riga, esposa del gran Odin. 

Cuando los bárbaros del Norte que no co- 
nocían ni freno, ni moral alguna, se ocupa- 
ban solo en conquistas y rapiñas, las mugeies 
vivían encerradas mas por precaución y pru- 
dencia, que por celos, pues no se 'atrevían á 
dejarse ver temiendo el ser ultrajadas ; pero 
cuando tenían un marido ó un amante , salían 
sin miedo, pues que le llevaban á su lado pa- 
ra defenderlas y hacerlas respetar, y de aquí 
nacieron las primeras ideas caballerescas , se- 
gún las cuales el Valor se ocupaba en ampa- 
rar á la Hermosura. Entre casi todos los pue- 
blos del Norte, las mugeres no tenían derecho 
alguno á la herencia paterna , pues parece que 
en aquellos tiempos de barbarie no se creia 
que una criatura por su naturaleza débil de- 
biese poseer lo que no podía defender : sin em- 
bargo los burguiñones y algunas otras nacio- 
nes se separaron de esta costumbre. 

Entre los francos si un padre quería que 
su hija heredase al igual de sus hijos , la lle- 
vaba á la presencia del juez , y la decia : < cr Mi 
"querida hija, por una antigua y bárbara cos- 
tumbre , te hallas excluida de mi sucesión; 
»pero corno igualmente debo á la divina Pro- 
evidencia todas mis hijos, á todos igualmente 

*3 



i86 

grados. Entre los escitas había una ley que 
condenaba á los hijos del reo á sufrir el supli- 
cio con su padre, pero se exceptuaba á las hi- 
jas, Eníre los germanos las mugeres heredaban 
la corona, y entonces los mas temibles guer- 
reros no tenian á menos el combatir bajo las 
banderas de una muger , y obedecer sus ór- 
denes. Cuando los galos huían de sus enemi- 
gos, las mugeres se arrojaban a sus pies , y las 
súplicas de aquellas á quienes tanto amaban, 
les hacian volver animosos al combate. Las 
leyes de los godos obligaban á los que sedu- 
cían á una doncella á casarse con ella si era dé 
su clase, y si de inferior á dotarla competen- 
temente. También respetaban mucho los bre^ 
tones á las mugeres , pues que habiendo sufri- 
do todas las vejaciones de los romanos, se re- 
velaron cuando éstos se atrevieron á insultar 
á las solteras recogidas y honestas , y á sus 
mismas reinas, ultrage que ya les pareció in- 
sufrible. Entre los germanos era ilimitada la 
autoridad de los maridos. Cuando una muger 
resultaba culpada de adulterio, el marido ha- 
cia veces dé acusador , de juez y de egecutor 
de la sentencia: pues tenia facultad para reu- 
nir la familia , y cortar delatKe de ella los ca- 
bellos á la esposa infiel; después la despojaba 
de sus mejores ropas, y dándola terribles azo- 
tes la echaba de la población. 

Las leyes inglesas fijaban la tarifa de los 
insultos é injurias , y siempre pagaba doble 
cantidad el que insultaba á una doncella do 



i85 

aprovechar el instante favorable que puede li- 
bertarlas de su esclavitud , supieron valerse de 
la debilidad de los vencidos y del heroísmo de 
los vencedores para establecer un bomenage de 
amor, de lealtad, de honor y de valor, mu- 
cho mas puro que las primeras instituciones, 
de que tomaron la idea : estas poderosas leyes 
las cimentaron con las máximas mas santas de 
religión, y asociando á ellas todas las virtudes, 
su mano fue por lo común la recompensa de 
aquellos caballeros , que para merecerla de- 
bían ser á un mismo tiempo leales, religiosos, 
virtuosos y fieles. 

Pero antes de observar el espectáculo que 
las mugeres presentan en esta brillante época 
de su historia, añadiremos aquí algunas noti- 
cias sueltas sobre las costumbres de aquellos 
tiempos, examinando en seguida la revolución 
que produjo la religión de Mahoma , y corno 
su política y su culto fundaron para siempre la 
esclavitud de este sexo en una tan gran parte 
de la tierra. 

Costumbres de los Bárbaros. 

Las mugeres de los Escandinavos fueron 
las primeras que por sus buenas costumbres y 
su instrucción lograron en Europa el ser su- 
mamente respetadas. Entre los drusos del mon- 
te Líbano eran las mugeres las que tenían el 
cargo de conservar el depósito de los misterios 
y preceptos que se contenían en sus libros sa- 



y hermosas, á que hiciesen lo mismo; y lue- 
go que se hubieron desfigurado de un modo 
tan horrible, esperaron á que llegasen aquellos 
desenfrenados vencedores^ los cuales para ven- 
garse de no haber podido satisfacer su brutal 
apetito, pusieron fuego á la abadía, haciendo 
que pereciesen en las llamas aquellas infelices 
víctimas de la castidad. 

Tales eran las costumbres , ideas y carác- 
ter de aquellas naciones , pues que en esta par- 
óte se semejaban todas con muy corta dife- 
rencia. 

Podemos juzgar del efecto que debió pro- 
ducir la mezcla de estos bárbaros conquistado- 
res con los pueblos que esclavizaron: por un 
lado fuerza , valor , aspereza , molicie ,< depra- 
vación , debilidad , costumbres suaves , pero 
corrompidas ; por otro, reunión monstruosa, 
de la que solo debia nacer y nació el desorden. 

Pero los vencedores adoptaron la religión 
cristiana que profesaban los vencidos, y esta 
fue la primer base de amistad y unión, cal- 
mando los odios, y conteniendo el cruel der- 
ramamiento de sangre. 

Uniéronse luego los vicios de los romanos 
con la ferocidad de los bárbaros, resultando 
de aqui insensiblemente nuevas costumbres. A 
esta época refiero el establecimiento de la an- 
tigua caballería, y debemos notar que las mu- 
geres contribuyeron en gran parte á esta tan 
notable mudanza. Siendo conciliadoras por su 
naturaleza, su interés y sus ideas , sagaces en 



i83 

cariño de este joven guerrero venimos á ha- 
llar el carácter distintivo de aquella primera 
caballería del Norte y del resto de Europa á 
que dio origen, y de la que hablaremos en el 
curso de este capítulo. Si en aquellos primeros 
tiempos en que el Norte salia apenas de la bar- 
barie, los hombres eran valientes y enamorados, 
lasmugeres por su parte eran virtuosas y mo- 
destas : en especial se distinguieron por su de- 
cente conducta las anglo-sajonas. Un autor in- 
glés (i) asegura que hubo algunas , cuyos 
principios de modestia fueron tan extremada- 
mente severos, que se reusaron á tener co- 
mercio con sus maridos, queriendo vivir en 
perpetua virginidad, como Eteldrea, muger de 
Egfrido, rey de Northumberlandia , la cual 
aunque estuvo casada dos veces , vivió y mu- 
rió virgen, moviendo á otras mugeres á que 
siguiesen su egemplo. 

Pero para perpetuo honor de las sajonas, 
debemos citar el singular egemplo de valor y 
de modestia , que dieron la casta Ebbá , aba- 
desa de Coddingham , y las monjas de este mo- 
nasterio. Los crueles daneses sitiaban con sumo 
rigor aquella abadía. La abadesa viendo que 
iban á apoderarse del edificio á viva fuerza, 
tomó un cuchillo, se despedazó hs narices, se 
cortó los labios, y con sus enérgicas razones 
decidió á las demás monjas , que eran jóvenes 



M*j 



(i) tfose bloult , Cuadro (k las Costumbres, 



1 82 

ideas caballerescas, la cual, contenida después 
en mas racionales límites, produjo la urbani- 
dad y galantería que por mucho tiempo for- 
mó parte de nuestras costumbres. Este como 
primer impulso de galantería caballeresca en 
los pueblos del Norte , estaba muy distante de 
tener toda aquelja delicadeza , todo aquel agra- 
do que adquirió después en Europa con la 
reunión de la ternura española, de la elegan- 
cia francesa y del novelesco brillo de los mo- 
ros. Se concebían, pero no llegaban á desple- 
garse estas primeras ideas : respeto al bello se- 
xo, amor, sacrificios , entusiasmo de gloria, 
constancia , que todo lo referia á un solo ob- 
geto. Estaban ya puestas estas bases, pero cu- 
biertas de cierta rustiquez, que hasta en los 
medios de agradar manifestaba una como sel- 
vática ternura, descubriéndose en ellas mas el 
guerrero que el amante. 

Escuchemos las quejas de Haroldo, joven 
danés , p$ra formarnos idea de los medios 
de que se valian aquellos héroes del Norte pa- 
ra hacerse amar. cr ¡Ah! decia , sé hacer ocho 
»egercicios diferentes: combato con denuedo, 
«me tengo firme á caballo, me he acostumhra- 
wdo á nadar , sé correr patines y manejar una 
» lanza, soy hábil en remar, y sin embargo 
«aun puede despreciarme una doncella rusa." 

No hay duda en que el valiente Haroldo 
tenia muchas apreciabies cualidades , pero es 
dudoso el que pareciesen seductoras á nuestras 
amables jóvenes. En las mismas expresiones de 



i8i 

recorrer las mas distantes regiones para hacer 
famoso su nombre. Los continuos robos y ra- 
piñas exponían á cada instante al débil á im- 
previstos ataques , y hacían que necesitase de 
quien le defendiese. Todo joven guerrero, an- 
sioso de fama , se encargaba de la noble ocu- 
pación de defender á nuestro sexo, y seguia su 
inclinación abrazando una carrera de aventuras. 

Cierto es que la estimación y la admira- 
ción hacia cualquier objeto se redobla en ra- 
zón de lo que nos cuesta. Por lo tanto uno de 
aquellos caballeros , después de haber sosteni- 
do mil combates y hecho mil penosas cam- 
panas en obsequio y servicio de la hermosu- 
ra , \a respetaba, la adoraba mas y mas , y se 
daba por sumamente contento y satisfecho si 
lograba en premio una favorable mirada. Con- 
sideremos qué sublimidad de ideas no debia 
resultar de semejantes procederes. 

Por su parte las mugeres adquirieron cier- 
to orgullo , cierta grandiosa opinión de su po- 
der , se ennoblecían á sus propios ojos, y se 
acostumbraban á creerse tan útiles á la gloria 
de los hombres, como necesarias á su dicha. 
Llanas de aquellas ideas de pundonor, no de- 
jaban mas camino seguro, para llegar á agra- 
darlas, que el del valor y la nombradla, des- 
preciando por lo tanto á los que pasaban su 
mocedad en obscura y muelle ociosidad. 

Aquellas nubes de escandinavos que se fi- 
jaron en Francia , en España , en Inglaterra y 
en Italia trajeron consigo esta inclinación á las 



i8o 

los celtas , veremos que su principal dogma 
consistía en hacer intervenir la deidad hasta 
en las cosas mas menudas, estableciendo co- 
mo positivo que los fenómenos de la natura- 
leza no eran mas que modos con que los dio- 
ses manifestaban su voluntad : de consiguien- 
te las visiones , los movimientos involuntarios, 
los repentinos é imprevistos deseos , eran otras 
tantas advertencias de los dioses , mereciendo 
el respeto de los que los representaban y ser- 
vian de oráculo. 

Las mugeres, que por lo común parece 
que no tanto obran por reflexión , cuanto por 
natural instinto , parecieron á estos pueblos, 
como digimos antes, destiuadas mas bieu que 
los hombres á cumplir con tan honorífico mi- 
nisterio, y sobre esta idea venia á fundarse la 
base principal de su grande influencia. Los 
guerreros las llevaban en sus expediciones, se- 
guían sus consejos, buscaban hasta en sus mi- 
radas motivos de exponerse á todos los peli- 
gros , y mas temian sus reprensiones cuan- 
do eran vencidos , que la espada de los ene- 
migos. No se necesitaba mucha penetración 
para hallar en esta sencilla y rápida noticia de 
las relaciones de las mugeres con los hombres 
en aquellas bárbaras naciones , las primeras 
ideas caballerescas que el Norte extendió en 
Europa al inundarla con sus feroces gentes. 
La inclinación á las aventuras heroicas , el 
deseo de gloria, habían conducido desde muy 
antiguo á muchos guerreros escandinavos á 



i79 

del Norte tenian á las muge res ; y debemos 
advertir que en las asambleas públicas de los 
galos i las jóvenes solteras daban su voto antes 
que los ancianos. 

Pero entre todos estos pueblos, los escan- 
dinavos fueron los que llevaron al mas alto 
grado este tierno entusiasmo á favor de nues- 
tro sexo, por lo que muchos escritores han 
creído que el Norte fue como la cuna de la an- 
tigua caballería. 

Si en las naciones del Mediodia las costum- 
bres asiáticas hadan infelices á las mugeres, 
si estos pueblos, alternativamente esclavos y 
tiranos, tenian pasión á las mugeres, sin es- 
timarlas nada, si pasaban de pronto de la ado- 
ración al desprecio, de un amor como idóla- 
tra á los arrebatos de inhumanos celos ; al 
contrario en el Norte, los escandinavos y los 
celtas trataban á las mugeres como iguales y 
compañeras, y procuraban merecer su esti- 
mación con acciones de valor y generosidad; 
y asi es que estas naciones contribuyeron mu- 
cho á extender por Europa este espíritu de 
equidad, moderación y urbanidad , que forma 
el carácter distintivo de nuestras costumbres. 

Si queremos buscar la causa , la hallare- 
mos en que entré los escandinavos las rique- 
zas eran moderadas y distribuidas con cierta 
igualdad, y las costumbres sencillas, las pa- 
siones solo se manifestaban en la edad ya de 
la razón, moderándose ademas con lo rigoro- 
so del clima. Y si observamos la religión de 



nos estirados , como especie ele tambores , de- 
lante de sus carros, con cuyos movimientos 
apresuradas ó lentos ? según las circunstancias, 
animaban á los combatientes. 

Acabamos de ver á los bretones , á los cel- 
tas y á los teutones, dar á las mugeres un lu~ 
gar preferente y muy lisongero para su amor 
propio en los asuntos de religión y valor , lo 
que nos manifiesta la suma confianza que te- 
man en ellas. 

Elsiguiente pasage comprueba la alta con- 
sideración á que hablan llegado las- mugeres 
entre los antiguos galos. 

En todos tiempos las mugeres de éstos fue- 
ron miradas como iguales á sus esposos en 
grandeza de alma "y en valor; pero antes de 
que los galos invadiesen la Italia , se habia 
encendido entre ellos una guerra civil. En el 
instante mismo en que habiéndose encontrado 
ambos partidos en un ancho valle , iban ya á 
venir á las manos, sus mugeres se arrojan en- 
tre sus furiosos esposos , los separan y hacen 
amigos. Desde entonces se las admitió siempre 
en los consejos de la Nación, y este tan memora- 
ble suceso quedó consignado en la memoria con 
un acto de veneración hacia ellas , y aun se 
dice que en el tratado que hicieron con An- 
nibal , se convino que si ocurria alguna con- 
textacion por parte délos cartagineses, la deci- 
dirían sus gefes v pero si era por parte de los 
galos se suíetarían éstos á la decisión de sus 
mugeres. Tai [era el respeto que las naciones 



177 

tas se creían altamente dotadas del espíritu 
profético, del de adivinación y del don de ha- 
cer milagros : el pueblo las tenia en grande ve- 
neración, las consultaba como oráculos infali- 
bles, y las daba el título de Sene, ó Mugeres 
venerables. Mela describe uno de sus conven- 
tos situado en una isla del mar británico : el 
número de mugeres allí reunidas era de nue- 
ve, en lo cual parece había cierto misterio, y 
se crei^ generalmente que entre otras cosas 
asombrosas que egecutaban, tenian la facultad 
de mover tempestades y transformarse en to- 
do género de animales. 

La segunda clase se componía de mugeres 
casadas ; pero dedicadas únicamente á las ocu- 
paciones religiosas , muy raras veces trataban 
con sus maridos. 

La tercera clase la formaban unas como 
criadas, pues que su obligación era el servir á 
las demás. Leemos en las crónicas antiguas que 
los cimbrios y los teutones llevaban en sus 
egércitos sacerdotisas ancianas , que iban con 
los pies desnudos, y sobre sus ropas un velo 
blanco sujeto con corchetes y un ceñidor de 
oro. 

Acabado el combate , salian corriendo con 
un puñal en la mano en busca de los prisio- 
neros , á los 9uales llevaban á rastra al cada- 
halso, donde los degollaban , recogiendo su 
sanare en grandes vasiias.de bronce. Estas n.u- 
geres mientras duraba el combate, no cesaban 
desacudir graneles golpes sobre unos pergami- 



176 

géres, porque ellos trataban á las mugeres en 
general con aquella aspereza y rustiquez pro- 
pia de los habitantes de las selvas; pero por 
uñar contradicción no fácil de explicar, creían 
que las mugeres eran de una naturaleza que 
se semejaba mas á la divina que la suya, y 
asi es que ponían á su cuidado los asuntos 
de su falsa religión. 

Mas en esto parece venían á convenir con 
algunos pueblos civilizados , , pues que vemos 
que los oráculos hablaban por boca de las mu- 
geres entre los griegos, y que los romanos tu- 
vieron sus sibilas, á las que respetaban sobre- 
manera. Pero sin hablar de los diferentes pue- 
blos del Norte, me contentaré con citar algu- 
nos, que podrán con muy ligeras variaciones 
dar idea de los demás. 

Los bretones tenian druidesas , que parti- 
cipaban de las ceremonias religiosas , de los 
honores y emolumentos del sacerdocio. Cuan- 
do Snetonlo desembarcó en la isla de Angle- 
eey , se llenaron de terror y espanto sus sol- 
dados al ver ciertas mugeres consagradas á las 
falsas deidades del pais, las cuales corrían por 
entre las filas de sus soldados, llevando antor- 
chas encendidas en las manos, y cabellos "eri- 
zados •,• y con sus espantosos gritos parecían in- 
vocar la cólera celeste contra los invasores de 
la Bretaña. Se cree que este cuerpo de sacer- 
dotisas estaba dividido en tres clases. La pri- 
mera , sujeta al voto de castidad, vivía en co- 
munidad ¡> guardando rigurosa clausura j y es- 



175 

mayor grado de corrupción, venia á parecer- 
se á aquellos monumentos de las artes que 
aun nos recuerdan bellas y antiguas formas, y 
los cuales elevados sobre una base ocultamen- 
te minada , se sostienen por solo el peso de su 
masa, puesto que no podrán menos de caer 
al primer empuje. De pronto las naciones 
bárbaras se arrojan sobre este imperio desde 
las orillas del Báltico, y las selvas del Norte. 
Los Escandinavos, los Anglo -Sajones , los Bre- 
tones y los Germanos, se precipitan como un 
torrente, llevando por todas partes el terror, 
el saqueo y la desolación. Destruyen el imperio 
romano , y durante unos cuatro siglos renue- 
van sus terribles invasiones , á las cuales una 
nueva civilización no puede poner límites sino 
después de cinco siglos de crímenes y atroci- 
dades. 

¿Quién podria creer que unos hombres fe- 
roces, embriagados, por decirlo asi, en sangre, 
traerian consigo los primeros elementos de la 
galantería, que por tan largo tiempo ha rei- 
nado en Europa, y de la cual ya no ngs que- 
dan mas que algunos agradables recuerdos? 
Para buscar las causas de esto, es necesario 
que entremos en pormenores históricos tan su- 
cintos como lo exige el plan que nos hemos 
propuesto. Y debemos no olvidar que los fran- 
cos se fijaron en las Galias, los lombardos en 
Italia , y los godos en España. 

Muy particulares eran las relaciones de ca- 
si todos estos bárbaros del Norte con ¿us mu- 



i;4^ 

i) san Balrñont ¡j pero la señora de Bálmont es 
«la que tiene el gusto de volveros vuestra es- 
«pada , y la que os aconseja que en lo suce- 
sivo procuréis no despreciar las fundadas 
aquejas de las damas.' 5 Dicho esto, "le dejó 
avergonzado y confuso en tales términos , que 
no se le volvió á ver en aquel pais. 

Celebraron mucho las Señoras esta ocur- 
rencia , y después de haber referido algunas 
otras semejantes, sé retiraron á la hora acos- 
tumbrada. 
.• 

CONVERSACIÓN VI. 

. , ... 

Doña Carlota continuó su lectura en estos 
términos : 



s. 



Irrupción de los Bárbarbs. 



uspendí el hilo de mi obra para hablar de 
los Salvages y de los Sármátas , y ahora con- 
tinuaré el orden dé los sucesos desde los úl^ 
timos emperadores romanos. Llegamos á la 
época de la revolución mas inesperadayy tal 
vez la mas singular en sus efectos sobre la 
suerte de las mugeres, y es la irrupción que 
los bárbaros del Norte hicieron en la parte 
meridional de EuVopa. 

Habiendo llegado' el imperio romano á su 



*7 3 .. 

contra los turcos , que lo sitiaban valiente y 
obstinadamente, pero los cuales no pudieron 
tomar la plaza mientras los dos esposos , estu- 
vieron en ella , pues si obstinado era el. ata- 
que , mucho mayor la resistencia. Mas ha- 
biendo muerto Brunoro durante el sitio, lue- 
go que su mnger le hubo dado honorífica se- 
pultura, volviendo á Venecia de orden de! Se- 
nado , murió en el camino el año de 1A66 en 
una ciudad de la Wíorea , dejando dos hijos de 
su feliz matrimonio. 

Terminaremos, dijo doña Joaquina , si á 
vmds. place, el artículo y la lectura de esta 
tarde con la breve historia de. .. 

La condesa de Balmont. 



':"•■" ■v.-atj 



Esta señora, que se hizo célebre por su 
virtud y valor, pertenecía á una de las casas 
nías ilustres de Lorena. Teniendo fundados 
motivos de quejas de un oficial de caballería, 
que habiendo estado de partida en sus estados, 
no había observado una conducta arreglada, 
no obstante las reflexiones y aun quejas de la 
condesa , le envió un cartel de desafio firma- 
do el caballero de san Balmont. El oficial no 
dejó de asistir al parage que se le indicaba , y 
donde la condesa le estaba esperando vestida 
de hombre. Se batieron, y la condesa logró 
vencerle y aun desarmarle, y entonces le dijo 
con la mayor delicadeza y finura : "Habéis 
«creído, Señor, batiros con el caballero de 



volver á las armas , y Bonna fiel á su amante, 
le acompañó en sus campanas. 

Gomo entonces hubiese muchos esforzados 
guerreros en Italia que sin pertenecer a na- 
ción ó partido alguno , combatían libremente, 
ya por unos, ya por otros , según donde .(euiaa 
roas ocasión de distinguirse ó mejor ios paga- 
ban, Brunoro, que era uno de estos guerreros 
independientes, combatió á favor de Alfonso, 
rey de Ñapóles, y luego de Francisco Esfor- 
cia> su enemigo, sin que su Dama, cual nue- 
va amazona, se separase de su lado. 

No menos hábil Botina en las negociacio- 
nes que en las armas , logró que el Senado de 
Venecia nombrase á su amante general de las 
tropas de aquella república con el sueldo de 
veinte mil ducados : agradecido Brunoro á tan 
reiteradas pruebas de fidelidad y de amor, no 
se detuvo en hacerla su esposa, y ella, con es- 
te nuevo motivo, redobló las demostraciones de 
su ánimo esforzado y generoso , distinguién- 
dose como el mas valiente soldado , y el mas 
diestro capitán en la guerra que sostuvo la re- 
pública contra el mismo Francisco Esforcia, á 
quien ella y su marido habian servido antes. 
Entre sus mas valientes hechos de armas se 
cuenta el de haber dado un asalto al frente de 
sus tropas al castillo de Pavano, que logró to- 
mar á viva fuerza. 

Con esto teniendo el Senado de Venecia no 
menos confianza en ella que en su marido, les 
envió á ambos á la defensa de Negroponto 



I 7 I 

riendas del gobierno, quedándola el recuerda 
de sus heroicas acciones, el amor y respeto 
del pueblo hasta su muerte, acaecida el año 

de 1 3oo. < 

Una conducta firme y adaptada á las cir- 
cunstancias, un genio igual, una severidad di- 
rigida por la equidad y nunca por la vengan- 
za , su valor en las desgracias , su modestia en 
la prosperidad la dan un lugar distinguido en- 
tre las mugeres célebres , y aun entre los hom- 
bres grandes. 

Bonna de la Váltelina. 

Pasando Pedro Brunoro , ilustre guerrero 
parmesano, por un ameno prado déla Valteli- 
na , encontró una pastorcita que apacentaba su 
ganado : agradóle sobremanera su natural in- 
genio y despejo, y cierto aire de nobleza y 
valentía que no parecía corresponder á sü hu- 
milde estado: tampoco desagradó á la pastor- 
cita el esforzado militar, y asi se convino á 
seguirle: hízola al instante aprender á montar 
á caballo, y los demás egercicios marciales, ea 
los cuales adelantó admirablemente manifes- 
tando no míenos esfuerzo que inteligencia, por 
manera que parecía haber nacido y ' criádose 
en ellos. Durante la paz se entretenían en la 
caza , que es una imagen de ¡a guerra, endiv 
reciendo ademas el cuerpo para las fatigas de 
esta. Bien pronto se presentaron ocasiones de 

12 



170 

I • i « 

Otra Margarita de Dinamarca. 

Antes de la época de la Semíramis del 
Norte , había ilustrado el trono de Dinamarca 
otra Margarita, hija de ún duque de Poniera- 
nia , y esposa de Cristóbal I „ rey de Dina- 
marca. Dicen los historiadores de esta nación, 
que sobresalía en todos los egercicios milita- 
res, y en especial en los torneos, donde lucha- 
ba como el hombre mas valiente. Su fisonomía 
manifestaba su ánimo varonil, pues era, mo- 
rena i <le aspecto áspero, y de presencia no-* 
ble. Tuvo mucha parte en las turbulencias que 
agitaron el reinado de su esposo \ al que jamas 
pudo inspirarle el valor que la animaba. 

Muerto Cristóbal, fue regenta* del reino 
durante la menor edad de su hijo Eríco Vil, 
por sobrenombre Glipping , y supo hacer res- 
petar su autoridad de los descontentos .y re- 
voltosos. Reusó dar la investidura del ducado 
deSleswick á Erico, príncipe Sueco, pues co- 
nocía cuan peligroso era permitir la entrada 
en el reino á aquel extrangero. Con este mo- 
tivo fue necesario acudir á la guerra , en la 
que Margarita se presentó al frente de su 
egército ; pero habiéndola hecho traición sus 
generales , fue vencida y hecha prisionera jun- 
to con su hijo el año de 1262. 

Gomó luego hubiese alcanzado su libertad, 
mandó cortar la cabeza á los traidores, y cuan? 
do $u hijo llegó á mayor edad, le entregó las 



l6 9 

cuidado tanto los intereses del comercio, cuan- 
to el genio é índole de las tres naciones qne 
gobernaba, prefería á los daneses acostum- 
brando decir á su sucesor Erico : cc La Suecia 
»te dará para comer, la Noruega para vestir, 
»y la Dinamarca para defenderte." Esta Sobe- 
rana murió de repente á bordo de un buque 
en que pasaba del Holstein á Dinamarca el año 
de 141 i , á los 59 anos de su edad, y fue en- 
terrada en la iglesia de Roschild , donde su su- 
cesor Erico la hizo erigir un magnífico mau- 
soleo. 

La gloria de su reinado , su valor , su ta- 
lento, la protección que ooncedia á las cien- 
cias y las artes , el respeto que inspiró á las 
naciones comarcanas de la suya, la inmensa 
extensión de sus estados que supo conquistar 
con sus beneficios y conservar con la fuerza 
de sus armas y su sagaz política la merecieron 
el renombre de la Semíramis del Norte. Gran- 
de en sus planes, sin descuidar los pormeno- 
res, juzgando á los hombres al primer aspec- 
to y bien, gobernando casi sin ministros, unien- 
do convenientemente la paciencia con la acti- 
vidad , eludiendo con maña las pretensiones 
inoportunas , negándolas con agrado cuando 
titubeaba su autoridad , y con firmeza cuando 
se hallaba con poder suficiente para ello, Mar- 
garita fue un prodigio para su sexo, y aun lo 
hubiera sido para el nuestro. 



i68 

política de coronar como colega á su sobrino 
Erico Uratislao , duque de Pomerania-, prín- 
cipe niño y de carácter débil, que en nada 
podía contrariarla. 

Al mismo tiempo no desistiendo Alberto, 
rey de Suecia , de sus pretensiones á las dos 
coronas, reunía el escudo de armas dé las tres 
en el suyo, y levantando tropas y equipando 
escuadras trataba de despojar á Margarita de 
Dinamarca y Noruega, mas sucedióle lo contra- 
rio , pues que perdió su reino en pocos meses 
quedando prisionero él y su hijo en la batalla 
de Falkoping ? viéndose obligado mas tarde 
para recobrar su libertad á renunciar á todos 
los derechos que tuviese ó pudiese tener á la 
corona de Suecia, y á pagar ademas sesenta mil 
marcos de plata por su rescate. 

Pacífica poseedora Margarita de las tres co- 
ronas, trató de confundirlas en una, y tal fue 
el efecto de la célebre Union de Calmar , don- 
de se juntó la nobleza de los tres reinos, y lo- 
gró la reina se arreglase que el rey sería ele- 
gido alternativamente por uno de los tres rei- 
nos, que residiría sucesivamente, y en épocas 
fijas, en cada uno de ellos;, que éstos se gober- 
narían como hasta entonces por sus leyes par- 
ticulares, sin que se hiciese innovación alguna 
en ellas. Temiendo Margarita que á su muer- 
te se apoderasen del reino los descendientes 
de su rival Alberto, trató de asegurar la su- 
cesión en su sobrino Enco, lo que logró feliz- 
mente; y como hubiese estudiado con suipo 



U u i 



l(Í7 

^.e uu conociéndola el rey* se prendo sobre 
manera de su belleza: el íruto feliz de este 
error fue Margarita, la cual nació el ano 
de i353. 

Desde muy temprana edad admiró á todos 
por su talento y valor, y su padre previen- 
do la afortunada suerte que la esperaba , de- 
cía : cc La naturaleza se ha engañado , pues 
vquiso hacer un héroe , y no una muger." En 
edad competente se casó con Haquin , rey de 
Noruega, del cual tuvo por hijo á Oiao V, 
entre los reyes de Dinamarca , quien sucedió 
á su abuelo Valdemaro en esta corona, bajo 
la tutela de su madre Margarita, por tener 
entonces solos once anos de edad , y muerto 
luego su padre, también heredó la corona de 
Noruega, que unió á la anterior. Por la tem- 
prana muerte de Oiao fue preferida para las 
dos coronas, que venían á ser electivas, en com- 
petencia con Henrique de Mecklemb.urgo, hi- 
jo de Alberto, rey de Suecia , y en efecto ha- 
biendo gobernado con la mayor prudencia co- 
mo regenta , todos conocieron que serian fe- 
lices obedeciéndola como reina. 

Mas no obstante, se levantaron muchos par- 
tidos que se opusieron á su elección } pero ella 
se apoderó con la mayor astucia y serenidad 
délas plazas fuertes, llenó la Noruega de tro- 
pas, contuvo á una parte de sus enemigos con 
el terror de sus armas , y ganó á la otra, con 
sus beneficios, y como los daneses llevasen á 
mal el ser mandados por una muger, tuvo la 



1 66 

coronadas , que se dejan gobernar. A poco de 
haber llegado á la corte de Inglaterra, se hi- 
zo patente á todo el mundo su superioridad 
de talento, y fue tanto mas admirada, cuan- 
to qne no habia muger que mejor cumpliese 
las obligaciones de una enamorada esposa que 
ella , estimando sobremanera la persona y es- 
tados de su esposo, olvidándose de que era 
francesa para atender solo á que era reina de 
Inglaterra, y teniendo siempre presente que 
si reinaba , era por la elección y preferencia 
que la habia concedido el Rey '. asi fue que 
se llegó á adquirir desde los principios tantb 
imperio sobre su corazón, qne en poco tiem- 
po logró ser la que diese los empleos y dis- 
pensase las gracias. 

Margarita de Waldemaro , ó la Se- 
míramis del Norte. 

Esta muger extraordinaria lo fue hasta en 
las circunstancias de su nacimiento. Valdema- 
ro 111, rey de Dinamarca, conocido por sus 
extremados zelos , habia hecho encerrar en el 
castillo de Soburgo á su muger Heduvigis; 
pero como un dia perdiese el camino andan- 
do de caza , hubo de pasar la noche en aque- 
lla fortaleza, única habitación que halló por 
aquellos contornos. 

Presentáronle como una singular y des- 
conocida hermosura a su misma esposa; pero 
disfrazada de nombíe y de trage , por manera 



i65 

historia ele esta reina, que presenta unidos el 
interés de la novela y de la verdad de la his- 
toria, y la cual, si continuasen nuestras reu- 
niones, tal vez sirva para algunas lecturas; 
pero ahora quiero presentar á vmds. para com- 
pletar el articulo algunos rasgos principales 
del retrato que de ella han hecho los historia- 
dores. 

Retrato de Margarita de Anjou. 

Inglaterra, dice el P. Orleans (i), no hahia 
visto reina mas digna del trono que Margari- 
ta de Ánjou: ninguna muger la excedía en 
hermosura , y pocos hombres la igualaban en 
valor: parecía que el cielo la habia formado 
expresamente para suplir lo que faltaba á su 
esposo para ser un gran rey. Comparando los 
autores ingleses á ambos, dicen que el uno 
era devoto, y la otra mundana; y en efecto, 
él era mas dado á la oración \ pero ella sa- 
bia mejor hacerse respetar , manejar los nego- 
cios del estado, decidirse en los casos arduos, 
alejar de sí á los que podían dañarla, y em- 
plear á los que la eran útiles : viva , activa, 
cuidadosa de todo, estimaba en poco el ser 
reina si no egercia libremente el mando, y mi- 
raba á la corona por un oprobio de las testas 



(i) Revolulions d'Anglelerre par le P. <TOr- 
leans. 



*64 

fo á san Álbano , labando de este modo la 
afrenta de su anterior desgracia. 

Los partidarios habian reconocido por rey 
de Inglaterra, con el nombre de Eduardo 1% 
al conde de la Marche, hijo del de Yorek, con 
lo que Margarita se vio mas obligada aun en 
tan desigual lucha. Los dos egércitos vinieron 
bien pronto -á las manos en Tawnton , en los 
confines de la provincia de Yorck. Fue esta 
una de las batallas mas sangrientas de cuantas 
han despoblado á Inglaterra , y la mas fatal 
para Margarita , pues Warwiek logró [sobre 
ella una victoria completa, asegurando la co- 
rona á Eduardo. 

'Viéndose Margarita enteramente abando- 
nada en Inglaterra, pasó á Francia á implo- 
rar el auxilio de Luis XI, quien se lo reiisó; 
pero no por eso desistió ella de su propósito, 
pues volviendo de nuevo á Inglaterra, da otra 
batalla en Exham. Habiéndola perdido, se re- 
fugió á los estados de su padre , y no desis- 
tiendo jamas de su empresa, tercera vez vuel- 
ve á Inglaterra, sostiene mas y mas comba- 
tes | pero tan desgraciada, cuanto animosa, 
cae prisionera. 

En fin , después de haber sostenido en do- 
ce batallas campales los derechos de su mari- 
do y de su hijo al trono de Inglaterra, mu- 
rió el año de 1482. , siendo la reina , la espo- 
sa y la madre mas desgraciada de Europa , pe- 
ro también la mas valiente y heroica. 

El célebre abate Prevost ha escrito una 



i63 

na , y con esto comenzó la mas terrible y san- 
grienta guerra civil que ha despedazado á In- 
glaterra , y la cual se conoce con el nombre 
de la Rosa blanca , y la Rosa encarnada , ó 
de las dos casas de Yorck y de Lancastre. Ha- 
biendo librado el de Yorck batalla á Henri- 
que en san Albano,le venció é hizo prisionero. 

Margarita intentó ponerle en libertad, pa- 
ra conservar ella la suya con su imperio , pues 
su valor era sobremanera superior á sus des- 
gracias. Asi pues levanta nuevo egército, aco- 
mete al contrario, liberta á su marido , y al 
frente de sus tropas, á las que mandaba en 
persona, exponiéndose á todos los riesgos de la 
guerra , entra triunfante en Londres. No me- 
nos tenaces que ella eran sus contrarios, y asi 
pronto se dio segunda batalla en Northampton, 
en la cual fue vencida Margarita por el conde 
de "Warwick , viéndose obligada á huir pre- 
cipitadamente por no sufrir la dura suerte de 
su marido hecho segunda vez prisionero. 

Incapaz de ceder su ánimo esforzado , no 
obstante de ver que entre sus enemigos se con- 
taba al parlamento y á toda la ciudad de Lon- 
dres , recorrió las provincias para formar nue- 
vo egército \ y en efecto habiendo reunido diez 
y ocho mil hombres, corre en persecución del 
duque de Yorck, le alcanca en Wakefield , la 
acomete , le vence y mata : sin tomar descan- 
so, conociendo cuan importante es la celeri- 
dad en la guerra , revuelve contra Warwick, 
y también logra derrotarla completamente juu- 



1 62 

»ié como el hombre mas esforzado : montaba 
9>á caballo, y lo manejaba con admirable des- 
95 treza : era diestra en la esgrima, y en todo 
^egercicio militar \ con el mayor denuedo aco- 
«metia y destruía cualquier cuerpo enemigo 
»que la saliese al encuentro : y su inteligen- 
cia , valor y serenidad no menos sobresalía 
»en los combates de marque en los de tierra. 
»Se la veía recorrer con espada en mano 
a?sus estados qué había invadido su competi- 
sjdor Carlos de Bloís. No solamente sostuvo 
s?dos asaltos sobre la brecha de "Hennebon, ar- 
mnada de pies á cabeza, sino que habiendo 
«rechazado á los enemigos ¿ cayó sobre su cam- 
>?pamento al frente de quinientos soldados , lo 
«puso fuego y redujo á cenizas." 

Margarita de Anjou. 

Hija de Renato de Anjou , rey de Sicilia, 
fue una muger de las mas valientes, firmes en 
su propósito, y animosas en los combates de 
que nos habla la historia: poseyó en muy al- 
to grado la ciencia del gobierno y las virtu- 
des guerreras. Casada con Henrique VI, rey 
de Inglaterra, adquirió tanto imperio sobre su 
corazón por la superioridad de su alma fuerte 
é inteligente , que vino á reinar en su nonir 
bre. Irritados los ingleses de esto se subleva- 
ron , 'y puesto al frente de los revoltosos, Ri- 
cardo duque de Yorck , quiso sostener con las 
armas \ los derechos que creia tener á la coro- 



i6i 

comenzaron á desanimar. Las mngeres acu- 
diendo armadas de picos y de chuzos renuevan 
la pelea. Entre ellas se distinguía como la mas . 
esforzada Juana Lainé ., á la que se entiende 
por Háchete , la cual habiendo arrojado al fo- 
so á un capitán burguiñon que acababa de 
plantar su estandarte en lo mas alto de la mu- 
ralla , excitó de tal modo la emulación y el va- 
lor de los sitiados, que lograron rechazar á los 
enqmigos, obligándoles á levantar el sitio. 

En memoria de tan glorioso suceso Luis XI 
mandó que todos los años , el dia 10 de julio, 
qne fue en el que se verificó , se hiciese una 
procesión de acción de gracias , en la cual 
las mugeres precederían á los hombres , como 
también al ofertorio de la misa. No contento 
el rey con esto, concedió varios privilegios á la 
ciudad, y casó muy bien á la Juana, libertán- 
dola á ella y sus descendientes de impuestos. 

Esta heroína conservó en su casa por toda 
su vida el estandarte que habia arrancado al 
enemigo, y todos los años iba con él al frente 
de las demás mugeres en la procesión , y des- 
pués de su muerte lo colocaron sobre su se- 
pulcro. 

La Condesa de Montfort. 

Hablando de esta Señora un autor antiguo 
francés , dice lo siguiente : cf La condesa de 
"Montfort 8 en Bretaña , era el honor de su se- 
»xo por su acendrada virtud : era tan vahen- 



i6o 

do de lo alto de una almena , habiéndola co- 
gido al caer, la acusaron de esto como de un 
nuevo delito, y la condenaron á ser quemada 
viva ¡ llevándola al suplicio , para mayor ig- 
nominia, en una jaula de hierro. 

Juana manifestó una constancia superior á 
la tiranía de sus jueces : incapaz de temor , su- 
be á la fatal pira, mirando con dulzura hasta 
al verdugo mismo que iba á ponerla fuego. 
Dio gracias al Señor de su suplicio como se las 
habia dado de sus victorias. Bendito sea Dios, 
dijo, cuando vio levantarse la llama , y estas 
fueron sus últimas palabras. Hasta los mismos 
ingleses se dice que lloraron su muerte, aver- 
gonzándose luego de su inicuo suplicio, y un 
autor francés asegura que sus jueces tuvieron 
después desgraciado fin. Este trágico suceso 
acaeció el año de 143 r. Posteriormente el pa- 
pa Calixto JII rehabilitó su buena memoria, 
declarándola: Mártir de su religión , de su pa- 
tria y de su rey. 

Juana de Háchele. 

Carlos el Temerario, duque de Borgoña, 
que casi siempre estuvo en guerra con Luis XI, 
rey de Francia, habia puesto sitio á la ciudad 
de Beauvais, en el año de 1472 : cuando su 
artillería hubo abierto buena brecha en la pla- 
za, mandó dar el asalto: con el mayor valor 
se defendieron los sitiados durante tres horas; 
pero siendo grande el número de enemigos, se 



l5 9 

la envidia comenzaba á perseguirla con encar- 
nizamiento. Con esto intentó de nuevo el re- 
tirarse , pero el rey no se lo permitió , que- 
riendo que le acompañase para socorrer á Com- 
pieñe que sitiaban los enemigos , lo que fue 
su perdición. 

Con su ánimo esforzado pudo entraren la 
plaza para sostener el valor de las tropas. No 
permitiéndola sus brios el combatir al abrigo 
de murallas, hizo una salida al frente de seis- 
cientos hombres , con los que por dos ve- 
ces arrolló á los enemigos hasta sus últimos 
atrincheramientos; mas habiéndose reforzado 
los ingleses , se vio precisada á retirarse : sea 
por traición ó por miedo, halló que la habiau 
cerrado las puertas de la ciudad. Entonces con- 
virtiéndose en furor su esfuerzo , hace frente 
á los enemigos causándoles grande pérdida; 
pero habiéndola muerto el caballo que monta- 
ba, hubo de rendirse prisionera. 

Los ingleses la llevaron al instante á Roan 9 
acusándola de hechicera, por lo que la for- 
maron causa , en la que ella procedió con 
tanta nobleza , juicio y decoro, como bajeza y 
maldad sus inicuos jueces. Reconviniéndola 
por qué se ha I na atrevido á asistir á la con- 
sagración de Carlos con su bandera , contex- 
to que era justo que quien habia tenido parte 
en los trabajos la tuviese en el honor. 

Fue condenada primero á ayunar á pan y 
agua en una prisión perpetua , y como ella 
para huir de este tormento se hubiese arroja- 



i5& 

en ia cmüaa, siempre preceaiuu pui id xuu- ; 
cela. 

Al día siguiente se verificaron las ceremo- 
nias de la coronación, á las que asistió Juana 
con su estandarte en la mano: cuando vio ya 
al rey con la sagrada diadema, no pudiendo 
contener sus lágrimas , se arrojó á sus pies , y 
los abrazó manifestando de aquel modo el go- 
zo que sentia su alma. Agradecido el sobera- 
no, la colmó de distinciones y honores, man- 
dando se acuñase una medalla que represen- 
taba por un lado su efigie, y por otro una 
mano con una espada, y por leyenda : Con- 
firmada con el consejo de Dios: la enriqueció 
con cuantiosos bienes, ennobleció á ella , á 
toda su familia , y á toda su descendencia, 
tanto por línea de varón, cuanto de hembra, 
y la dio un escudo de armas que no podia 
ser ni mas noble , ni mas significativo , pues 
consistía en dos flores de lis en campo azul, 
una espada de plata con el puño dorado, la 
punta para arriba sosteniendo una corona : le 
permitió mudar su apellido del Arco en el de 
Lis, y al pueblo de su nacimiento le libertó 
para siempre de toda carga ó impuesto. 

Habiendo cumplido con los dos objetos de 
su misión , quiso retirarse, pero no lo consin- 
tió ni el rey ni su egército. Se siguieron rin- 
diendo casi sin resistencia otras muchas ciuda- 
des , con lo que se pudo pasar á poner sitio á 
París , donde no fue feliz la Poncela por la 
obstinada resistencia de los sitiados ,. y\ porque 



i57 

humana cnanto animosa , aborrecía el derra- 
mar sangre, se exponía á la muerte, mas no 
la daba. Jamas se sirvió de la espada > bastán- 
dola con su estandarte para espantar á los in- 
gleses, pues decía: "Quiero ecfiar de Francia 
ȇ los enemigos del Rey \ pero no quiero dar 
»muerte á nadie" 

Por todas partes abandonaban los ingleses 
sus enfermos, sus víveres, su artillería y ba- 
gages. Cuando precipitadamente hubieron de 
levantar el sitio de Orleans, los franceses que- 
rían perseguirlos, pero ella dijo: "Dejémoslos 
»huir¡ y pues que hemos logrado nuestra em- 
»presa¿ ¿á qué derramar inútilmente la sangre?" 

Viéndose victoriosa Juana , fue en buspa 
del rey , y poniendo á sus pies sus laureles, 
le dijo : Vamos volando á Reims á coger otros 
nuevos. 

Casi toda la Champaña estaba en poder del 
enemigo ; pero nada era ya imposible , pues 
ningún obstáculo podia detener á la animosa 
Poncela : bastaba con solo nombrarla para que 
huyese el enemigo mas valiente , y se volvie- 
se un soldado intrépido el francés mas co- 
barde. 

Aprovechándose el rey de tan felices dis- 
posiciones, la entrega el estandarte Real, y si- 
gue sus triunfantes pasos. Tres plazas fuertes 
de la Champaña se la entregan sin ser sitiadas. 
Los que defienden á Reims huyen antes que 
ella llegue á sus puertas , y no viendo ya ei 
rey ni enemigos , ai rivales , entra triunfante 



i5b 

dotes que van cantáridos himnos, que los sol- 
dados repiten animosos y confiados en el Dios 
de las batallas. Temen los ingleses : penetra por 
en medio del egército sitiador, llega á la vista 
de Orleans, el valiente Dunois que la defiende 
sale al frente de otro cuerpo de sus mejores 
tropas , reúnense ambos egércitos, y la Ponce- 
la cumple la primera parte de su promesa, 
entrando triunfante en Orleans, sin que se lo 
impidiese un flechazo que recibió en la espal- 
da atacando un fuerte. Entonces dijo: ü/e cos- 
tará alguna sangre esta empresa , pero los in- 
gleses no escaparán de la mano de Dios, y al 
instante trepó sobre la muralla enemiga y plan- 
tó allí mismo su estandarte. 

La phza continuó recibiendo socorros, pro- 
tegidos por la Poncela , que tenia la campaña 
entre los ingleses y la ciudad. En fin , huyen 
atemorizados los enemigos temiéndola como á 
un rayo ó una muger animada de los espíri- 
tus infernales : los franceses al contrario, mi- 
rándola siempre como inspirada ó divina, acu- 
den bajo sus órdenes, y siguiendo su egemplo 
acometen los mayores peligros: de este modo 
recobra bien pronto todas las plazas fuertes del 
Orleanés, y gana una batalla decisiva, que la 
cubre de gloria. 

Considerareis sin duda, dice un autor fran- 
cés , á la Poncela en medio de tanta carnice- 
ría, con las manos manchadas en sangre, dan- 
do muerte á cuantos se la resisten ; pero es 
todo lo contrario 9 pues aquella heroína 5 tan 



1 55 

]o cual parecía casi imposible , pues era nece- 
sario atravesar cuarenta leguas de pais ocupa- 
do por los enemigos. 

Para asegurarse de la verdad de su misión, 
pareció que sería necesario averiguar si real- 
mente era doncella , y se comprobó por el exa- 
men y declaración de matronas inteligentes. Se 
consultó luego á los hombres doctos, y éstos 
opinaron en que era muger inspirada , no ha- 
biendo duda en que el Señor podía valerse de 
una joven y tímida doncella para ejecutar pro- 
digiosas hazañas que en el orden común de las. 
cosas parecen exigir todo el valor del hombre 
mas esforzado. Pasó el asunto ademas al Par- 
lamento , el cual puso algunas dudas, y pa- 
ra disiparlas quiso hiciese un milagro , mas 
ella respondió: Lo haré en Orleans. 

Vistiéronla al instante de una pesada ar-r 
madura de hombre, y por sí sola montó á ca-r 
bailo, cuando los mas fuertes caballeros nece- 
sitaban les ayudasen á subir. Tomó la espada 
que pidió de un caballero qus hacia mas de 
un siglo se guardaba en su sepulcro. Su entu- 
siasmo se comunicó á todo el egército y al pue- 
blo , y asi se le juntó mucha gente, segura de 
la victoria. Entonces enarboló su bandera, que 
representaba al Señor saliendo de entre las 
nubes , teniendo un globo en las manos. 

Pveúnese un cuerpo considerable de tropas 
en Blois con el comboy que debe socorrer á 
la plaza; pónese al frente la Poncela, la acom- 
paña un batallón sagrado compuesto de sacer- 



IX 



1 54 

que eran dueños ademas de la capital : el rey, 
legítimo Carlos VII no tenia mas refugio que 
el Delfinado, y algunas plazas fuertes jentue-, 
dio de los enemigos , siendo la principal la de 
Orleans, sitiada ya muy rigurosamente, cer- 
cana á perderse , y con ella todo el reino. En 
tan triste y como desesperada situación, se 
aparece una pobre doncella de solos diez y 
ocho años , hermosa, valiente , resuelta, que 
se dice inspirada por el Señor, por medio del 
Arcángel san Miguel , titular de Francia, para 
salvar á la nación, echar de ella á los ingleses 
y consagrar al Rey. 

Esta muger extraordinaria se llamaba Jua- 
na del Arco, y era natural de un pueblecito 
de la Lorena, llamado Domremi : sus padres 
eran unos pobres aldeanos, y ella habia ser- 
vido hasta entonces en un mesón, donde por 
el trato continuo con la gente de guerra ha- 
bia aprendido á montar á caballo y á mane- 
jar las armas, entendiendo bastante del estado 
de los negocios políticos, por ser la conversa- 
ción que generalmente oia á los pasageros. 

Su arrojo 9 la seguridad con que procede, 
la firmeza con que habla, los prodigios que 
acompañan á su misión, todo la hace mirar 
como sobrenatural ó divina. 

Habiendo logrado que la presenten al Rey, 
lejos de intimidarse , le habla con la mayor in- 
trepidez delante de la Corte, y le promete ha- 
cer que los ingleses levanten el sitio de Or- 
leans , y llevarle luego á consagrar á Reim$> 



i53 

especial en abrir cómodos caminos , y cons- 
truir acueductos y canales para proveer de 
aguas á los parages que carecían de ellas. 

Hizo ademas grandes conquistas en Etio- 
pia , pero perdió su egército en la expedición 
que temerariamente emprendió contra la India. 

Como su hijo Ninias que habia tenido de 
Niño conspirase contra ella , tuvo la genero- 
sidad de cederle la corona ■, acordándose de un 
oráculo de Júpiter Ammon, que la predijo que 
cuando su hijo la armase asechanzas, estaba 
muy cercano su fin. Algunos autores aseguran 
que se retiró de la vista de las gentes para go- 
zar de honores divinos, y en efecto la adora- 
ron luego los Asirios bajo la forma de una pa- 
loma i porque esto significa su nombre en len- 
gua Siriaca , el cual tomó dice la fábula , por 
haberla criado estas aves; pero es mas verosi- 
mil la opinión de los que sostienen que su hi- 
jo la hizo dar muerte. 

Juana del Arco ó ta Poncela de 

Urleans. 

La aventura de esta heroína es uno de Io« 
mas particulares sucesos históricos, pues los 
anales de ninguna nación presentan muger 
tan extraordinaria, ni hazañas tan increibles 
al mismo tiempo que ciertas. 

En el año de 1428 un rey de Inglaterra 
ocupaba el trono de Francia , pues casi todo 
*l reino estaba invadido por lo* ingleses , los 



152 

el Almirante enemigo, y le abordó: abate, des- 
truye, derriba cuanto se le opone al paso. Un 
solo guerrero se le resiste, y por un instante 
hace dudar de la victoria. Alfon indignado, 
reúne sus fuerzas , y derriba de un golpe, y 
hecho piezas, el casco de su contrario, y reco- 
noce á su dama en el valeroso guerrero que 
acaba de vencer. Alfon se echa á sus pies, y la 
pide no se oponga á su felicidad. Al vida se 
rinde á sus ruegos, y dos veces Vencida , una 
por el amor , y otra por la fortuna de las ar- 
mas, consiente en dar la mano á un héroe tan 
digno de ella, 

Serhiramis. 

Nació en Ascalon, ciudad de Siria, y se casó 
con uno de los principales caudillos del egér- 
cito de Niño : ciegamente enamorado éste de 
su hermosura, talento y valor, la tomó por 
muger , muerto ya su primer esposo, y como 
slla sobreviviese también á Niño, y éste la 
hubiese^ dejado el gobierno de sus estados, lo* 
mantuvo en paz con su sabia política , los hi- 
zo felices con su inteligencia , y los engrande- 
ció y ensanchó con sus conquistas debidas á 
su valor. Se asegura que fundó á Babilonia, la 
ciudad mas magnífica del universo, y cuyas 
murallas, palacios, jardines y puentes fueron 
la admiración del orbe:, recorrió su vasto im- 
perio dejando en todas partes monumentos só- 
lidos de su magnificencia , distinguiéndose ea 



i5i 

padre se disponía su himeneo con la mayor 
pompa, se escapa seguida de una tropa de jó- 
venes doncellas , y bajo la armadura guerrera, 
va á buscar aventuras. 

Los mares estaban entonces cubiertos de 
piratas: se sabe que esta ocupación no era 
deshonrosa en el Norte , y que muchos jóve- 
nes caballeros la tomaban para distinguirse con 
alguna acción brillante. Otros se ocupaban, por 
el contrarios en limpiar los mares de estos pi- 
ratas. 

Alvida y su tropa hallaron en la ribera del 
mar unos piratas que acababan de dar sepul- 
tura á su gefe, y que lloraban aún su pérdi- 
da. Alvida se ofreció á servirles , y les rogó 
le permitiesen á ella y á sus compañeras par- 
ticipar de la gloria de sus hazañas. Estos bar- 
baros, movidos de la bella presencia y de las 
gracias del extrangero , le ofrecieron el mando. 
No tuvieron en lo sucesivo que arrepentirse de 
su elección. Alvida les hizo conocer en todos 
los encuentros, que era digna de la clase á que 
la habian elevado. 

Alfon habia equipado al mismo tiempo una 
flota , y procuraba distraerse con los comba- 
tes, del sentimiento que le causaba la pérdida 
de su dama. Siguiendo el curso de sus expedi- 
ciones, entró en un golfo, á donde acababa 
de retirarse una flota de piratas. Los dos par-¿ 
tidos vinieron á las manos : se combatió con 
el mayor valor por una y otra parte. En lo 
nm fuerte de la pelea se encontró Alfon con 



1 5o 

"tooso/ Presentáronse muchos pretendientes; pe- 
ro el Rey quiso probar el esfuerzo y ánimo de 
cada uno. 

Encerróla en una torre muy fuerte que 
estaba guardada por dos monstruosas serpien- 
te^. Para llegar á la habitación de Al vida , era 
necesario matar a los dos monstruos. Alfon, hi- 
jo ele Sigardo , rey de Dinamarca , oyó hablar 
de ia hermosura de la princesa deGothlandia. 
Era este un joven temerario, que en cualquie- 
ra empresa peligrosa, solo miraba á la gloria 
que le podia resultar de ella. Los peligros con 
que le amenazaron, solo sirvieron para irritar 
su valor. Probó la aventura, y tuvo la dicha 
de dejar muertas á sus pies las dos serpientes. 

El viejo Sivardo complacido de su valor, 
iba á darle su hija. Ella aceptaba su esposo con 
secreta alegría. Las gracias de este joven, y 
especialmente su valor, habían hecho en ella 
la mayor impresión. No creyó debérselo ocul- 
tar á su madre ■• pero esta mnger demasiado se- 
vera, se indignó de su confesión, juzgando que 
su sexo , antes del matrimonio, no debia cono- 
cer, ó á lo menos confesar el amor. Dio pues 
una amarga reprensión á su hija. Desespera- 
da ésta de haber perdido^ la estimación de su 
madre, resolvió hacerla Ver, que aunque su 
pasión fuese muy grande , era capaz de ven- 
cerla, y juró reparar, en lo que la quedaba de 
vida, un instante de flaqueza ó debilidad. 

En efecto , renunció para siempre al casa- 
miento , y mientras que en el palacio de su 



*49 

correr, y cuyo cuerpo estaba cnbierno de lar- 
gas crines. Palefato viene á explicar estas fá- 
bulas , diciendo que las Gorgonas reinaban en 
tres islas del Occéano , y que solo tenían un 
ministro, que pasaba de una isla á otra , y es- 
te es el ojo que se prestaban mutuamente, que 
Perseo, que navegaba por aquellos mares, le 
hizo prisionero al paso , y pidió por su resca- 
te la Gorgona, que era una estatua de Miner- 
va, de cuatro codos de alto, que aquellas rei- 
nas tenían entre sus joyas, y como Medusa se 
reusase á ello, la dio muerte. 

Y siguiendo en nuestro propósito 9 quiero 
hablaros de algunas mugeres de las que mas 
se han distinguido en la guerra por su inteli- 
gencia, valor, denuedo, y aun temerario ar- 
rojo. 

Mugeres guerreras. 

Para pasar del dominio de la historia fa- 
bulosa al de la verdadera ó de mayor certeza, 
concluiré con dos de aquella clase, siendo la 
primera la de 

Alvida, ó las Amazonas del Norte. 

Al vida era hija de Sivardo , rey deGothlan- 
dia. Corrían á la par en esta princesa , el va- 
lor, la virtud y hermosura. Sivardo queria ca- 
sar á su hija con un príncipe digno de ella. 
Como entonces todo el mérito consistia en el 
valor, deseaba darla por marido al mas ani- 



*48 

no, con los centauro?, las harpías y los demás 
monstruos de la fábula. 

Diodoro Sículo dice que las Gorgonas eran 
tinas mugeres guerreras que habitaban en U 
Libia cerca del lago Tritónides y del pais de 
las Amazonas con las que de continuo traían 
guerra , y que fueron vencidas por Hércules 
reinando Medusa. 

Ateneo dice que eran unos animales terri- 
bles , que mataban con solo mirar. <c Hay, di- 
?5ce este autor, en la Libia un animal al qus 
?>los nómades llaman gorgona , muy semejante 
vi la oveja, pero cuyo hálito es tan ponzoño- 
so, que caen muertos de repente cuantos á 
jsél se acercan. Cubre sus ojos una larga, es- 
» pesa y tan pesada crin , que cuesta mucho 
55trabajo al animal el sacudirla de encima pa- 
jara ver los objetos que tiene cerca ; pero si 
??lb logra , mata á cuantos mira , como suce- 
»dió á los infelices soldados de Mario en la 
«guerra Yugurtina , pues habiendo tropezado 
«con, una gorgona é intentado matarla, ella 
»pudo mirarlos antes y dejarlos sin vida. Pe- 
»ro algunos numidasde á caballo lograron cer- 
dearla y acabar con ella tirándola flechas des- 
ude lejos." 

Algunos autores aseguran que eran unas 
mugeres que dejaban pasmadas y como petri- 
ficadas á las gentes por su extraordinaria her- 
mosura , según unos , ó por su horrible feal- 
dad según otros. Pliüio dice que eran muge- 
res salvages, mas ligeras que las aves en el 



i^7 

de sus aliarlos , los cuales las volvieron á su 
antiguo pais. 

Muerta Oritia la sucedió Pentes'Oea , la cual 
en la guerra entre griegos y troyanos se de- 
claró á favor de estos, y habiendo dado gran- 
des pruebas de valor, tuvo la desgracia de ser 
vencida y muerta por Aquiles. Aquí acabó to- 
do el poder y gloria de las Amazonas , pues 
después ya no se vuelve á hablar de ellas, zz: 
Está muy bien la historia ó fábula de las Ama- 
zonas, digeron algunas señoras, pero para com- 
pletarla quisiéramos que vmd. nos diese algu- 
na noticia de las Gorgonas.zrzLo haré con gus- 
to contexto doña Joaquina. 

Las Gorronas. 

Eran tres hermanas, hijas del dios marino 
Forco y de la ninfa Ceto : se llamaban Medusa, 
Estenio y Enríales , y según Hesiodo habita- 
ban mas allá del Occeano, á la extremidad del 
mundo, cerca de la región de la noche. Entre 
todas ellas no tenían masque un ojo y un dien- 
te mayor que el colmillo del mas grande ja- 
valí, y se servian de ambos una después de 
otra: sus manos eran de bronce, y llevaban 
serpientes en lugar de cabellos; bastaba con 
una mirada del espantable ojo para convertir 
en piedra ó matar á la gente. Habiendo sido 
vencida su reina Medusa , dice Virgilio que 
fueron á habitar junto á las puertas del iníier- 



i46 

la mayor parte de las nwgeres ni aun tuvie- 
ron tiempo para armarse, con lo que unas 
fueron muertas, otras hechas prisioneras, y po- 
cas pudieron escapar. En el numero de las pri- 
sioneras se contaba á la misma reina Antiope, 
la cual dio Hércules por esposa á Teseo , de 
cuyo enlace rfació el desgraciado Hipólito. Lle- 
gó la noticia de esta derrota á Oritia: cr qué im- 
»porta, dice al saberla, que hayamos subyu- 
gado al Ponto y al Asia, si sufrimos que los 
»griegos vengan á nuestro pais , no tanto á 
«hostilizarnos cuanto á hacernos prisioneras del 
wmodo mas ignominioso." Al instante implo- 
ra el auxilio de Sogilo, rey de los escitas, re- 
cordándole que las Arüazonas descienden de 
ellos, y que si ellas en otro tiempo habian to- 
mado las armas fue por vengar la muerte de 
sus maridos. Le hizo saber ademas el motivo 
y éxito de las guerras que habian concluido 
con tanta gloria, y que con su marcial esfuer* 
sohabian logrado el que las mugeres escitas 
tuviesen la fama de ser tan valientes como los 
hombres mas esforzados del mundo. 

Excitado este Rey por la gloria de su na- 
éion , las envió un refuerzo considerable de 
caballería mandada por su propio hijo Panaso- 
goro ; pero habiendo ocurrido grandes desa- 
venencias entre todos antes de darse la batalla, 
abandonaron á las Amazonas, las cuales pri- 
vadas del auxilio con que contaban fueron ven- 
cidas por los atenienses *, sin embargo encon- 
traron amparo para su retirada en el campo 



1 45 

historia pertenece á los tiempos heroicos ó 
de los semidioses ; pero haremos mención de 
ellas para completar el artículo. 

Las dos primeras fueron Lampeto y Mar- 
tesia, que reinaron juntas, y con tanta inte- 
ligencia y valor, que se dice conquistaron los 
mejores paises de Europa, y muchas ciudades 
del Asia, donde fundaron otras, entre ellas la 
célebre de Efeso. Lampeto aseguraba ser hija 
de Marte. Martesia murió desagraciadamente en 
un combate contra los bárbaros , dejando el 
cetro á su hija Oritia, que era la admiración 
de las gentes, no solo por su valor é inteli- 
gencia en el arte militar, sino también porque 
supo conservar inviolablemente su virginidad. 
Su valor ensalzó tanto el nombre de Amazo- 
nas y le hizo tan terrible , que Euristeo rey 
de Mieenas, que tenia siempre ocupado á Hér- 
cules fuera de sus estados en muy peligrosos 
y difíciles trabajos, creyó que el mas impo- 
sible que le podia mandar efa el de traerle las 
armas de la reina de las Amazonas. Acompa- 
ñado Hércules de los jóvenes mas valientes de 
Grecia, partió para esta expedición, embarcan- 
do su gente en nueve naves. Oritia tenia por 
com pañera en el trono á su hermana Antio- 
pe , v á la sazón gobernaba esta sola el pais, 
pues Oritia se hallaba ocupada en lejanas gner- 
ras. Cuando Hércules llegó á desembarcar, ha- 
lló desprevenida á Antiope, como que no espe- 
raba la fuesen á acometer en lo interior de sus 
estados, por lo que la venció fácilmente, pues 



hacían que los hombres trabajasen en las la- 
bores domésticas, por manera que estos venían 
á hacer sus veces en la sociedad. 

Entre las varias guerras que tuvieron, las 
principales fueron con las Gorgonas, otras mu- 
geres guerreras que habitaban en la Libia, y a 
cuya reina Medusa venció Hércules. 

Los viageros modernos nos hablan de otras 
naciones de Amazonas como las de la América 
meridional á las orillas del rio de su nombre, 
y cuya historia, ó mas bien fábula, es muy 
semejante á la que acabamos de referir de las 
antiguas. En las islas Filipinas se dijo haberse 
hallado una república de mugeres guerreras, 
á las cuales los maridos trataban solo una vez 
al año, llevándose consigo los* hijos varones 
que nacían en el intermedio. 

S e nos dice igualmente que hay Amazonas 
á las orillas del Niío, y que de ellas saca sus 
mejor es tropas el emperador del Monomotapa. 

Thevenot y otros viageros aseguran que 
en la Mingrelia , junto al Monte Caucaso,hay 
otra nación de mugeres guerreras que hacen 
frecuentes incursiones en el país de los mos- 
covitas, y un autor del siglo XI nos habla de 
otras Amazonas junto al mar Báltico. 

Oritia y Pentesilea. 

Fueron tan célebres entre los antiguos las 
Amazonas , apesar de su fabulosa existencia, 
que se hace mención de varias Reinas , cuya 



i43 

cayendo sobre las rodillas, dejando descubier- 
to el lado derecho del cuerpo. Cuando iban á 
la guerra la Reina y las demás caudillos usa- 
ban de un coselete hecho de escanutas de hier- 
ro , y de un casco adornado con su penacho, 
consistiendo sus armas ofensivas en arco, fle- 
chas, javalinas, y una hacha de armas que di- 
cen inventó su reina Pentesilea. Su broquel 
tenia la figura de media luna, y como pie y 
medio de diámetro. Después que estas muge- 
res guerreras hubieron hecho muchas conquis- 
tas , sujetando la Crimea y la Circasia , y ha- 
ciendo tributarias la Iberia, la Colquide y la 
Albania, conservando su gran poderío por mu- 
chos siglos fueron casi exterminadas por Hér- 
cules , quien habiendo hecho prisionera á su 
reina , se la cedió á Teseo en premio de su 
Valor. 

No están de acuerdo los autores en cuan- 
to al pais que habitaban , pues unos dicen era 
en la Capadocia , á las orillas del Termodon- 
éé; otros cerca del reino del Ponto \ cuáles que 
mas allá de la Albania, al pie de los montes 
Ceraunios , ó en las fronteras de Hircania. 

También dicen que hubo Amazonas en 
África, que habitaban en una isla llamada Hes- 
peria , situada al poniente del lago Trkónide; 
estas mugeres tenian obligación de permane- 
cer doncellas hasta cierta edad, y entonces po- 
dian casarse para tener sucesión. Al mismo 
tiempo que ellas eran las que todo lo gober- 
naban , formando ademas la milicia del pais, 



i4^ 

gfraron exterminar á todos los varones de aque- 
lla nación revoltosa. 

Para vengar las mugeres la muerte de sus 
maridos y atender á su propia segundad, es- 
tablecieron cierta forma particular de gobier- 
no, eligiendo una reina, y resolviendo excluir 
de la nación á todo hombre, absteniéndose por 
lo tanto de casarse. Siguiendo esta feroz idea 
dieron muerte á los pocos hombres que habían 
quedado entre ellas; pero para perpetuar esta 
nueva y extraña sociedad , todos los años sa- 
lian á las fronteras de su pais, donde por cier- 
to tiempo tenian comunicación con los hom- 
bres % pero esta libertad solo se concedia á la 
que hubiese muerto antes tres enemigos. A las 
niñas que resultaban de este momentáneo en- 
lace, las criaban cuidadosamente, pero á los va-; 
roñes, dice Justino que los mataban; Diodoro 
Siculo que se contentaban con estropearlos de 
modo que no pudiesen servir para la guerra; 
y en fin Quinto Curcio asegura que los en- 
viaban á sus padres para que los cuidasen, lo 
cual parece mas natural y probable. 

Cuando las niñas llegaban a la edad de 
ocho años , las quemaban el pecho derecho, ó 
lo comprimían de modo que le impedían cre- 
cer , para poder manejar mejor el arco y las 
flechas ; y asi es que la palabra Amazoua en 
griego significa privada de un pecho. 
* Se vestían estas mugeres con las pieles de 
las fieras que mataban en sus cacerías , y las 
llevaban prendidas sobre el hombro izquierdo, 



f 4 I 

pafíándolos en la guerra. Los Sármatas habla- 
ban la lengua de los Escitas, pero jamás con 
pureza, porque las Amazonas nunca llegaron 
á hablarla bien. Establecieron también la fe- 
roz costumbre de que una doncella no se pu- 
diese casar, si no habia muerto antes algún 
enemigo ; por lo que habia algunas que no 
podiendo cumplir con la ley morían solteras, 
y muy ancianas. Tal fue el origen de los Sár- 
matas , nación tan feroz cuanto guerrera. 

Aquí suspendió doña Carlota su lectura, 
y doña Joaquina pasó en seguida á dar no- 
ticia de 

Las Amazonas. 

Enriéndense por tales una nación compues- 
ta de mugeres guerreras , cuya existencia han 
dado por fabulosa Estrabon, Arrianp y algu- 
nos modernos; pero sin tomar parte en esta 
disputa , diremos lo que generalmente se re- 
fiere de ellas. 

Después de la muerte de Niño , que fue 
el fundador del imperio de Asiría , y el ven- 
cedor de los escitas , su muger y sus dos hi- 
jos Hiño y Escolopitas , que descendían de la 
sangre real de los Escitas, viéndose excluidos 
de la sucesión al trono, se retiraron con sus 
partidarios á la Sarmacia asiática, mas allá del 
Caucaso, y se establecieron allí en cuerpo de 
nación , haciendo correrías en los paises cerca- 
nos al Ponto Euxino. Cansados los habitantes 
de sufrir tales hostilidades, se reunieron y lo- 



^ninguna de las labores propias de nuestro se- 
»xó. Vuestras compañeras solo se ©cu pan en 
aellas , y asi no se separan de sus cabanas am- 
^bulantes, y nunca van á caza: por lo tanto 
"no es fácil el que podamos permanecer en 
» buena unión. Pero si queréis que seamos 
» vuestras esposas y proceder con equidad, id, 
«hablad con vuestros padres, y pedidles la par- 
óte de bienes que os corresponda , volved aqui 
lluego con ella, y viviremos juntos , pero en 
wparages distantes de estos." 

Persuadidos con estas razones los jóvenes 
Escitas , hicieron lo que lqs aconsejaban sus 
mugeres , y habiendo reunido sus patrimo- 
nios, ellas les hablaron en estos términos: cr Ha- 
"biéndoos separado nosotras de la compañía 
»de vuestros padres, y causado ademas gran- 
el des daños en estas tierras desde nuestra He- 
lgada, debemos temer alguna venganza si per- 
wmanecemos mas tiempo aqui , y pues que- 
bréis que seamos vuestras mugeres, vamos to- 
ados en buena unión á establecernos al otro 
vlado del Tañáis." 

Convinieron en ello los Escitas y pasaron 
el rio. Despnes de haber caminado tres dias 
hacia el oriente, y tres desde la Laguna Meó- 
tide hacia el norte, llegaron al pais en que 
actualmente habitan, donde se fijaron; y de 
aquí resulta que las mugeres de los Sármatas 
conservan aun sus costumbres antiguas. Mon- 
tan á caballo, y van á caza , ya solas, ya con 
sus maridos, vistiendo su mismo trage, y acom- 



i3 9 

ta orden, con lo que habiendo llegado á en-» 
tender las amazonas que no intentaban hacer- 
las daño, también procedieron del mismo mo- 
do. Asi pues los dos campamentos se fueron 
acercando el uno al otro. Los jóvenes Escitas, 
bien asi como las Amazonas no tenían mas que 
sus armas y caballos, viviendo ambos campa- 
mentos de la caza y del botín que podian ha- 
cer sobre sus enemigos. Á la hora del medio 
dia , las amazonas salian de su campamento 
solas ó dos á dos, y habiéndolo notado los Es- 
citas hicieron lo mismo, hasta que algunos 
mas atrevidos entraron en comunicación con 
ellas, las que los recibieron bien , con lo que 
por ambas partes se fueron tratando y contra- 
yendo amistad , puesto que solo se pudiesen 
entender por señas. Acabaron pues los dos cam- 

{^amentos por formar uno solo casándose los 
íscitas con las Amazonas : aquellos no pudie- 
ron aprender la lengua de sus esposas , pero 
éstas aprendieron bien pronto la de sus mari- 
dos, y cuando ya pudieron entenderse, los 
Escitas las hablaron asi. 

r Tenemos padres y amigos , de los que no 
^debemos separarnos;, venida uniros con ellos, 
»pues que no pensamos tener mas raugeres 
»que vosotras. Imposible no es., replicaron las 
» Amazonas , el vivir en compañía'de las mu- 
>;geres de vuestro pais, pues que sus costum- 
bres en nada se semejan á las nuestras. Tira- 
»mos flechas, manejamos la azagaya, monta- 
»mos á caballo , perp no hemos aprendido 

1Q 



1 38 

vegacion , ni de hacer uso de las velas, ni del 
timón , viéndose solas se dejaron ir á merced 
de las olas llegando á abordar a Genncs que 
está en la laguna Mtótides, en el pais de los 
Escitas libres. Habiendo desembarcado las ama- 
zonas en este parage , se metieron tierra aden- 
tro , y habiéndose apoderado de los primeros 
caballos que encontraron , los montaron sa- 
queando los aduares ú hordas de los Escitas. 
No podian estos comprender quienes fuesen 
aquellos enemigos, cuya lengua y trage les 
era desconocido. Creyeron al principio que 
todos eran mancebos de la misma edad , y en 
esta inteligencia les presentaron batalla; pero 
por los muertos que quedaron en su poder, 
vinieron en conacimiento de que eran mu- 
geres. 

Habiéndose deliberado entre los principa- 
les caudillos sobre el caso, resolvieron no ma- 
tar ya á ninguna de ellas , sino enviar un es- 
cuadrón de la gente mas joven , en número 
igual al que conceptuaban habria de muge- 
res, mandándoles que acampasen cerca de ellas, 
que hiciesen lo que las viesen hacer, y que 
nunca combatiesen contra ellas aun cuando les 
probocasen y acometiesen , sino al contrario 
que huyesen , volviendo luego á acamparse 
cerca de ellas, cuando se cansasen de perse- 
guirlos. 

Habían tomado esta resolución los Escitas 
porque querían tener hijos de tan belicosas 
mugeres. Siguieron ios jóvenes exactamente es- 



l3 7 

Una muger salvagé que se vé demasiado per- 
seguida , demasiado infeliz , puede huir á los 
bosques, valerse de la fuerza, de la astucia, 
para hacerse menos desgraciada , para escapar 
de sus tiranos, en lugar de que una muger apri- 
sionada en un serrallo , sujeta á aquellas in- 
fames guardias que se vengan de su desgracia 
con la de sus víctimas , me parece mucho mas 
desgraciada aún en medio del lujo que osten- 
ta. La otra carece de todo , pero á lo menos 
nadie la sujeta. 

No dejarían vmds., Señoras, de acusarme 
con motivo, sí pasase en silencio á las Ama- 
zonas. Según opinan algunos autores, su exis- 
tencia es del todo fabulosa , pero otros son 
de opinión contraria;, mas yo sin meterme á 
decidir la cuestión, y dejando á doña Joaqui- 
na el cargo de que nos dé noticia de lo prin- 
cipal que se ha escrito acerca de estas terri- 
bles heroinas, me contentaré con citar un pa~ 
sage que he hallado en Herodoto. 

Origen de los Sármatas. 

Luego que los griegos habiendo combati- 
do contra las Amazonas en las orillas del Ter- 
modonte , las hubieron vencido, se dice que 
á todas las que habian hecho prisioneras se 
las llevaron en tres navios. Hallándose ellas 
en alta mar se sublevaron contra los. vence- 
dores, á los que á su vez pudieron vencer y 
matar; pero como no entendían nada de na- 



i36 

ahogar sus penas interiores , presentarle siem- 
pre aspecto sereno y risueño, decirle solo co- 
sas agradables y cariñosas; jamas quejarse 

El marido tarde ó temprano volverá á casa. Si 
su genio es duro, si se considera culpado con 
su muger, y de consiguiente teme sus recon- 
venciones, viene ya preparado á burlarse de 
su llanto , á corresponder con desagrado , en- 
fado , y aun amargas burlas á sus fundadas 
quejas. 

Pero i cuan grande es su admiración, 
cuando vé que sin querer se ablanda su fero- 
cidad no hallando ya contradicción ni desagra- 
do alguno, antes bien cariño y suavidad !'< 

El hombre de quien venimos hablando co- 
mienza á salir mas tarde de casa por la ma- 
ñana , y á volver mas temprano á la noche. 
Siendo la pereza la base mas común del ca- 
rácter de los hombres, pronto sucede que pre- 
fieren placeres mas suaves , y que cuesta me- 
nos trabajo el adquirirlos: luego la dicha aca- 
ba por vencer al placer, y gracias á las bue- 
nas cualidades de una muger sensible, juiciosa 
y entendida, el hombre mas bárbaro se ablan- 
da , y el mas inconstante se hace leal. 

Sin extenderme mas en tratar acerca de la 
suerte de las mugeres salvages, se vé por lo 
que acabo de decir que entre casi todas las 
tribus bárbaras, nuestro sexo ni tiene ni es- 
pera tener mas que una cadena continua de ¡ 
penas y dolores ; pero á lo menos entre ellos 
las mugeres no están encerradas como en Asia. 



i35 

¿No es cosa verdaderamente honorífica pa- 
ra nuestro sexo , el que aun entre tan bárba- 
ras naciones haya llegado á inspirar algunas 
ideas de respeto y estimación? El salvage , que 
trae una vida errante por los bosques, ama ai 
sexo en general sin tener predilección por nin- 
ouna muger de las que se le presentan á la 
vista. Si piensa en asegurarse el sustento pa- 
ra otro dia , lo cual manifiesta ya algunos pa- 
sos hacia la civilización, comienza á pastorear 
un ganado; se va formando la sociedad, en la 
cual las mugeres pueden trabajar por ejercer 
algún imperio, pues sus medios de domina- 
ción se verifican en el estado de sosiego y paz. 
Por lo tanto no podemos menos de observar 
con el mayor interés que los progresos del 
poder y el influjo de las mugeres se aumen- 
tan ó disminuyen en razón del mayor ó me- 
ñor grado de civilización. 

No tienen poder , ni influjo alguno sobre 
los hombres que viven errantes por las sel- 
vas; pero lo adquieren muy grande cuando 
comienzan á levantar algunas chozas, aunque 
sea solo para recogerse de noche. Grande lec- 
ción es esta para algunas mugeres que son in- 
felices en las naciones civilizadas , pues en 
efecto hay en ellas maridos que se conducen 
como verdaderos salvages , sin tener atencio- 
nes , ni miramientos con sus mugeres tratán- 
dolas con la mayor dureza y ferocidad. ¿Qué 
debe hacer entonces la esposa? Procurar que 
la vida doméstica sea agradable al marido, 



1 34 

carezca de nacía según ellos dicen. Entre todas 
las naciones que conocemos, esta es la única 
en la que este sacrificio impuesto á las muge- 
res en la India, se verifique con los hombres. 

Según un viagero , hay en América una 
nación llamada de los Reconeros , en la cual 
cuando una muger enviuda, tiene obligación 
durante un año de llevar víveres sobre el .se- 
pulcro de su marido , y pasado este término, 
debe reunir sus huesos, lavarlos, echárselos 
al hombro, y tenerlos á su lado en [ su lecho: 
barbarie que cuesta repugnancia el creer. 

En algunas partes de la costa de Guinea 
las mugeres tienen voto deliberativo en las 
asambleas ó juntas de gobierno. En la tribu 
de los Foleis, en las orillas del rio Niger, las 
mugeres gozan de todos los placeres y con- 
sideraciones sociales. Es permitido á los salva- 
ges el repudiar una muger y tomar otra, pe- 
ro casi nunca tienen muchas á un tiempo. 

En el norte de América las mugeres son 
las que hacen sufrir los suplicios á los prisio- 
neros de guerra; y no es posible imaginar la 
barbarie con que lo ejecutan , en especial 
si sus maridos han muerto en la pelea , pues 
entonces es extremada su crueldad con los pri- 
sioneros. En los paises salvages en los que la 
castidad de las mugeres es como una virtud 
necesaria , son por lo común inviolablemente 
fieles á sus maridos. Al mismo tiempo que es 
implacable su venganza , tampoco tiene lími- 
tes su agradecimiento. 



i33 

Sin embargo se asegura que en algunas na- 
ciones salvages se las tiene una especie de ve- 
neración. Es verdad que son como esclavas en- 
tre los Hurones, pero las respetan mucho 
cuando llegan á ser madres, pues las dan en- 
trada en sus juntas ó consejos, siendo ellas las 
que deciden de la paz y de la guerra. Cuando 
una matrona, sea por aplacar los manes de sus 
parientes muertos en la guerra , sea por reem- 
plazar á los prisioneros , quiere que un guer- 
rero á quien apenas conoce, tome las armas, 
le envia un collar de conchas, con lo que se 
entiende que el salvage se ve tan obligado á 
complacerla , como cuando en tiempo de la 
antigua caballería enviaba la dama á algún ca- 
ballero su divisa. 

Las mugeres árabes y tártaras son bastan- 
te felices ; como aman en extremo las galas y 
adornos, sus maridos se complacen en propor- 
cionárselos , y asi es que un árabe venderá 
cuanto tiene , menos su caballo 9 por comprar 
joyas á su muger. 

Parece que entre los indios Natchez son 
las mugeres las que reinan. Como estos salva- 
ge- adoran al sol , creen que su reina descien- 
de directamente de este astro, y que su ma- 
rido no es mas que un mortal, y por lo mis- 
mo le escoge en una clase de las mas inferio- 
res , para poder gozar sin contestación alguna 
de su superioridad. Cuando llega á morir, es 
preciso que su marido y todos sus criados la 
acompañen al otro mundo, para que allí no 



1 3 2 

«mas bien á la hija que pare J que librarla de 
cestos trabajos, sacarla de esta esclavitud, peor 
»que la muerte : ¡ojalá vuelvo á decir, padre 
«mió , que mi madre me hubiera hecho el ca- 
«nño de su amor, enterrándome luego que 
«nací; con eso no tuviera mi corazón tanto 
«que sentir i ni ruis ojos tanto que llorar!' 5 

Y el mismo autor añade : cr y lo peor del 
«caso es , que todo cuanto a*egó , y mucho 
« mas que hubiera alegado, si su dolor se lo 
«hubiese permitido , todo es verdad; y para 
«mí muy cierto que no hay en el mundo muge- 
«res mas desdichadas que las indias gentiles; y 
«al paso que no hay trabajo personal, que se 
« pueda comparar con el suyo, tampoco hay tra- 
«bajo tan mal pagado, ni tan mal agradecido." 

Es bien cierto que entre los salvages es 
por lo general horrorosa la suerte de las mu- 
geres. En la costa de Guinea hay algunos 
aduares de salvages, en los cuales los hombres 
no permiten á las mugeres estar en su presen- 
cia, si antes no los saludan poniéndose de ro- 
dillas. Bien sabido es que en la Circasia los pa- 
dres crian con mucho esmero á sus hijas, pa- 
ra poderlas vender luego con mayor ganancia: 
y también hay otras tribus salvages que venden 
sus hijas á los extranjeros. Cuando nuestros 
españoles desembarcaron en la América meri- 
dional, eran tan desgraciadas aquellas mugeres,, 
que los recibieron casi como á sus libertado- 
res, prefiriendo la incertidumbre de su suerte 
con ellos, á su horrorosa situación en su patria. 



i3i 

«y otro sobre el canasto : ellos se van á fle- 
«char un pájaro, ó un pez , y nosotras caba- 
»mos, reventamos en la sementera : ellos á la 
«tarde vuelven á casa sin carga alguna, y 
«nosotras , fuera de la carga de nuestros hi- 
«jos, llevamos las raices para comer, y el maíz 
«para hacer su bebida: ellos, en llegando á 
«casa se van á parlar con sus amigos, y noso- 
«tras á buscar leña , traer agua , y hacerles la 
«cena : en cenando ellos, se echan á dormir; 
«mas nosotras casi toda la noche estamos mo- 
fliendo el maiz para hacerles su chicha. ¿Y 
«en qué pata este nuestro desvelo ? Beben la 
» chic ha , se emborrachan , y ya sin juicio , nos 
«dan de palos, nos cogen de los cabellos, nos 
«arrastran y pisan. Ah , mi padre, ojalá que 
«mi madre me hubiera enterrado luego que 
«me parió. Tú bien sabes que nos quejamos 
«con razón , pues todo lo que he dicho lo ves 
«cada dia ■; pero nuestra mayor pena no la 
«puedes saber, porque no la puedes padecer. 
«¿Sabes, padre , la muerte que es ver que la 
«pobre india sirve al marido, como esclava, 
«en el campo sudando , y en casa sin dormir, 
«y al cabo de veinte años toma otra muger 
«muchacha sin juicio? A ella la quiere; y aun- 
«que les pegue y castigue á nuestros hijos, no 
«podemos hablar, porque ya no nos hace ca- 
«so, ni nos quiere: la muchacha nos ha de 
«mandar, y tratar como á sus criadas; y si ha- 
«blamos, con el palo nos hacen callar : ¡ cómo 
»se sufre todo esto! No puede la india hacer 



1 3o 

dente que daba de despreciar á las mugeres* 
En fia, la suerte de nuestro sexo es tan 
desgraciada en muchos aduares salvages , que 
ha llegado al extremo de hacer que una ma- 
dre mire con tanta insensibilidad á la hija que 
da el pecho, considerando los males que la es- 
peran , que muchas veces la mata. 

El padre José Gumilla , en su Orinoco ilus- 
trado hablando de la bárbara costumbre que 
suelen tener muchas indias de matar lo que 
paren si es hembra, dice, que reprendiendo 
á una que habia tenido noticia de haber co- 
metido esta atrocidad , ella le respondió con 
estas expresiones que literalmente , dice el pa- 
dre, traduzco de la lengua Betoya al castella- 
no. cc ¡ Ojalá mi padre! ¡Ojalá que cuando mi 
»> madre me parió me hubiera querido bien , y 
«me hubiera tenido lástima , librándome de 
«tantos trabajos, como hasta hoy he padecido 
«y habré de padecer hasta morir: si mi ma- 
«dre me hubiera enterrado luego que nací, hu- 
«biera muerto \ pero no hubiera sentido la 
» muerte, y con ello me hubiera labrado de la 
«muerte, que vendrá , y me hubiera escapa- 
ndo de tantos trabajos, tan amargos como la 
«muerte \v quién sabe cuantos otros sufriré 
«atnes de morir! Tú, padre, piensa bien los 
«trabajos que tolera una pobre india entre 
»>estos indios : ellos van con nosotras á la la- 
«brauza, con su arco y flechas en la mano y 
«no mis: nosotras vamos con un canasto de 
» trastos a la espalda, un muchacho al pecho, 



I2Q 

tar de la época en que la Europa fye destrui- 
da por los bárbaros del Norte, podría colocar 
antes de tan asombrosa revolución algunas no- 
ticias, las cuales por su naturaleza misma de- 
ben hallarse á una gran distancia del cuadro 
de las naciones civilizadas. En .estas, las mn- 
geres con sus gracias y su astucia poseen mil 
medios para mantener entre Vos dos sexos la 
balanza del poder •, pero como los salvages 
groseros y taciturnos no tienen idea alguna 
social , viven sin esperanza de mejor suerte; 
no hay apoyo que sostenga su debilidad, y su 
vida al lado de los hombres es un suplicio con- 
tinuo. Es verdad que los viageros nos presentan 
algunas excepciones :, pero si hablan de buena 
fe , habrán de convenir en que por lo general 
es desgraciada la suerte de una muger entre 
los salvages. ¿ Citaré la costumbre atroz de los 
hotentotes? Entre ellos las mugeres cuidan de 
la educación de sus hijos varones hasta que 
llegan á la pubertad. Entonces salen de esta 
especie de tutela,, y su entrada en la compa- 
ñía de los hombres , se celebra con muchas 
ceremonias. Concluidas estas el joven hotento- 
te se aprovecha de la primer ocasión que tie- 
ne de volver á la choza de su madre ñ para 
golpearla del modo mas bárbaro manifestán- 
dola con tan mal tratamiento que ya no- está 
bajo su dominio. Luego se va alabando de 
ello j y si su pobre madre se atreviese á que- 
jarse á los hombres \ estos alabarían el arro- 
jo de su joven compañero > y la prueba evi- 



1^8 

afian á la misma muerte ¡ la piden, y no cui- 
dándose de lo presente anhelan golosas por la 
\ida eterna, 

Vea protegida y amparada su debilidad 
por el culto á que se sacrifican ; hallan esta- 
blecidas en él nuevas y sublimes ideas é insti- 
tuciones profundamente sabias: se las presenta 
un nuevo y mejor orden social: ocupan en éi 
un lugar mucho mas decente y del todo inde- 
pendiente de los hombres. Si permanecían en 
el mundo, una ley sagrada las unia firmemente 
con el esposo 9 si se consagraban á los altares, 
solo de Dios dependian: por manera que de es- 
clavas que antes eran, ahora se hallaban libres. 

Terminado esto , la mayor parre de las Se- 
ñoras se despidieron por tener negocios que 
las impedían permanecer mas tiempo , y las 
demás se retiraron á poco, 

CONVERSACIÓN Y, 

v^ontinuó doña Carlota la lectura de su ma- 
nuscrito en los términos siguientes. 

Los Salvages, 

Para dar á vmds. una ligera idea de la 
suerte de las mugeres en los feroces aduares 
de los salvages , he creído que llegando á tra- 



en una compasión dulce y consoladora. La ne- 
cesidad de hacer felices á los demás , de so- 
correr á los desgraciados se apoderó, por de- 
cirlo asi de su exaltado espíritu. Establecieron 
y protegieron asilos sagrados en favor de los 
infelices, llegando hasta servir en tan caritati- 
vos oficios : la debilidad y la conmiseración 
triunfaron de la repugnancia que debía inspi- 
rarlas un espectáculo asqueroso. Se aliviaron 
los males , fueron oidas las quejas del dolor, 
y enjugadas las lágrimas del infortunio. Se vio 
en fin á las mugeres , ornato precioso del mun- 
do, ser el amparo de la desgracia y el recurso 
de la indigencia. Hasta las mismas persecucio- 
nes contra los cristianos sirvieron á las mu- 
geres para desplegar sus virtudes. La religión 
sosegada y triunfante había enternecido sus 
corazones ; pero cuando fue perturbada, ame- 
nazada , proscripta, exaltó su valor , elevó sus 
sentimientos: arrastradas por su santo celo, sos- 
tenidas por la divina gracia, fueron las pri- 
meras á arrojarse á las hogueras que encen- 
dían los tiranos. De este modo, gracias á tan 
santo culto y á una moral tan sublime, el cris- 
tianismo , aun en aquello que tiene de mis- 
terioso y sobrenatural , exaltó fioas y mas á 
un sexo sensible y fácil á recibir toda impre- 
sión. Aquellas mugeres que poco antes en me- 
dio de los obsequios y homenages, hacian bri- 
llar sus gracias y hermosura al par que sus 
galas y adornos, cubiertas ahora del cilicio, ol- 
vidando sus atractivos , y su debilidad , des- 



126 

marón lazos indisolubles : el casamiento que 
antes solo había sido una unión convencional, 
se elevó á ser un vínculo sagrado , solemne, 
santificado por el altar, y protegido por las 
leyes: una moral no menos sencilla que pura 
se presentó como amparo de la desgracia, co- 
mo defensa de la debilidad y de la inocencia. 
Ahogando los odios y prohibiendo las vengan- 
zas, pareció qne la paz habia descendido á la 
tierra para obligar á los mortales á que se 
amasen y se favoreciesen mutuamente ; y la 
religión, uniendo en santa amistad á todas las 
almas, vino á formar una inmensa cadena que 
tocaba con el trono del Altísimo. En este nuevo 
cultp todo debia agradar á las mugeres , pues 
no solo restablecía una balanza mas igual en- 
tre ellas y nosotros , sino que favorecía en 
cierto modo la principal inclinación del sexo 
de dominar y de ejercer su poder (i). 

Inglaterra , Francia ¿ una parte de Alema- 
nia , Baviera, Hungria , Bohemia, Lituania, 
Polonia, Rusia, y por algún tiempo Persia 
vinieron á recibir el Evangelio de manos de 
las mugeres, pues que ellas contribuyeron 
mucho á la conversión de estas naciones. Bien 
pronto la sensibilidad que tan natural es á las 
mugeres, y la cual el amor suele mudar en 
pasión, se convirtió por medio de la religión 

(i) San Agustín fue convertido por su madre, 
y san Gerónimo dedicó gran parte de sus obras á 
algunas santas mugeres. 



res fueron en muchas ocasiones las primeras á 
admitir los dogmas religiosos, que correspon- 
diendo con los movimientos secretos de su co- 
razón , con su natural alecto , con la compa- 
sión , el amor y los sacrificios voluntarios, jas 
presentaban la ocupación mas interesante v 
útil , placeres puros y legítimos que no deja- 
ban remordimiento alguno. Difícil es de pin- 
tar la revolución que todo esto produjo en las 
costumbres de las mugeres. 

El cristianismo severo en sus principios, 
aunque ai mismo tiempo nos manda ser in- 
dulgentes con los demás \ reemplazó el reina- 
do de los sentidos ¿ por el que llamaremos es- 
piritual ó de las almas. Si la política y la filo- 
sofía habían hecho que todo se refiriese al in- 
terés de las sociedades , "la nueva legislación 
hizo que se mirase al mundo como una nada> 
de la cual todo debia desprendernos , y la vi- 
da futura como el único fin de nuestros pen- 
samientos y de nuestras esperanzas. Todo se 
purificó. Causó rubor la licencia y. desorden 
de las costumbres : mas modestas ya las mu- 
geres , recobraron con toda su fuerza su natu- 
ral pudor , se impusieron á sí mismas grandes 
sacrificios , y se humillaron para ensalzarse: 
la necesidad y obligación de acusarse á sí mis- 
mas hizo disminuir las faltas. Todas quisieron 
poner un freno á sus deseos y á sus pasiones: 
las mismas obligaciones vinieron á ser otros 
tantos placeres ; se restablecieron las mas sa- 
bias instituciones : se hicieron votos ; se for- 



124 

monia , á la curiosa espectacion de los hom- 
bres , y víctimas de una fría y culpable filo- 
sofía que las degradaba sacándolas del deco- 
roso lugar que las corresponde. En los prime- 
ros tiempos de la república Romana, hicieron 
un papel mucho mas decente ; pero después 
expuestas y como abandonadas á la seducción 
y á todos los peligros, se las vio seguir la de- 
cadencia del pueblo romano, destruirse y cor- 
romperse con él. Tales habian sido los pasos 
de las costumbres y de la suerte de las muge- 
res hasta el reinado de /Tiberio. 

En fin , el cristianismo vino á presentar á 
los hombres la verdadera y segura senda de 
moral, que conduce á la dicha presente y á 
la eterna; por gloria, la comunicación inme- 
diata con el Ser Supremo; y por objeto, dul- 
ces consuelos en la tierra ; y por recompensa, 
el descanso eterno en el cielo. 

Hasta entonces las mugeres, indecisas en 
sus deseos, sujetas aun en sus pensamientos, 
y no conociendo mas luz que la pasagera y fa- 
laz del placer, vivían sin verdadera esperanza 
de mejor suerte. Pero cuando llegan á ser cris- 
tianas, dominan á sus sentidos, y á su débil 
razón r abrasadas en pura y celestial llama , se 
elevan hasta clamor divino, y gozan de aque* 
lia dicha anticipada que la religión nos procura 
en medio mismo de las mayores adversidades. 

La fé de nuestro Señor Jesucrito egerció 
poderosamente su influjo sobré aquellas tier- 
nas y candorosas almas. En efecto, las muge- 



123 

EL TÉ DE LAS DAMAS. 

CUADERNO II. 



CONVERSACIÓN IV. 



JL/oña Carlota continuó en la lectura de su 
manuscrito en los términos siguientes: 

Plomeros tiempos del Cristianismo. 

Bien han podido vmds. observar hasta 
aquí el influjo de los gobiernos y las leyes en 
las costumbres de las mugeres. Pero pasados 
muchos siglos , se hizo una mudanza notable, 
que vino á perfeccionar sobremanera la mo- 
ral de este sexo demasiado débil para resistir 
al torrente de una casi general corrupción. 

Sucesivamente vieron los siglos y hemos 
tenido motivo de observarlo por nuestra par- 
te 3 á las mugeres, entre los antiguos patriar- 
cas , reducidas meramente á la simple ocupa- 
ción de ser madres de familia \ entre los egip- 
cios ser tratadas con mas consideración • en 
Grecia ya obscurecidas como en Atenas , ya 
presentadas sin velo alguno como en Lacede- 



122 

bíese eluda de su virginidad , y eran guarda- 
das con tanto cuidado y clausura , que era co- 
mo imposible el que su honor sufriese man- 
cha alguna , pues que no se las permitía tra- 
to ni comunicación con personas de fuera, ni 
hombres, ni mugeres. Sin embargo, si á pesar 
de todas las precauciones, entre tantas vírge- 
nes hubiese alguna que faltase, á su obliga- 
ción, dicen los historiadores, la ley disponía 
que fuese enterrada viva, y su amante ahor- 
cado. Pero porque se tenia en poca cosa el dar 
muerte á un hombre solo por una falta tan 
grave cual era la de violar á una virgen con- 
sagrada al Sol, su Dios, y padre de sus revés, 
disponía la ley , que sufriesen la misma pena 
que el culpado su muger, sus hijos, sus cria- 
dos, sus parientes y todos los habitantes del 
pueblo en que viviese, hasta las criaturas de 
pecho, y que fuese arrasado, dejándolo de- 
sierto y maldito, no permitiendo que entrase 
en su recinto ningún viviente. Por fortuna que 
nunca llegó el caso de verificarse tan bárbara 
y extravagante ley. 

Como la lectura de doña Joaquina hubiese 
durado mas de lo regular, la conversación que 
á ella se siguió fue corta , y se retiraron las 
damas quedando aplazadas para el siguiente 
día. 






121 

á Claudio el que hiciese su triunfal entrada en 
Roma, que habia emprendido ya sin su con- 
sentimiento, intentaron acometerle en medio 
de ella y derribarle del carro $ pero como le 
fuese siguiendo su bija Claudia que era Vestal, 
acudió en su auxilio y se metió en el carro 
en el instante mismo en que los tribunos iban 
á derribar á su padre, y poniéndose entre és- 
te y aquéllos detuvo sus atropellamientos, pues 
todo su furor no pudo menos de ceder al su- 
mo respeto que se tenia á las Vestales. Con 
esto Claudio subió triunfante al Capitolio , y 
su hija al templo de Vesta , sin que se pueda 
decidir á quien eran debidos mas aplausos, si 
á la victoria del padre , ó á la piedad de la 
hija. 

Las Préstales del Perú. 

Una de las cosas mas notables que se ob- 
servaron en el descubrimiento de las Améri- 
cas fue el haber hallado en el imperio de los 
Incas un establecimiento muy semejante al d© 
las Vestales de Roma, sin que los historiado- 
res hayan dado hasta ahora explicación con- 
vincente del modo como haya podido suceder 
esto. 

Habia en el Cuzco, antigua capital del Pe- 
rú, una especie de convento donde habitaban 
las jóvenes vírgenes consagradas al Sol , las 
cuales debian ser de la sangre real de los In- 
cas. Entraban allí muy niñas para que no hu- 

9 



I2D 

salado se encerraron en la ciudad para animar 
al pueblo á la común defensa. En tan general 
trastorno , las Vestales después de haber deli- 
berado acerca de lo qqe harían para libertar 
á los dioses y á las riquezas del templo de la 
■violencia y rapacidad de los enemigos , escon- 
dieron cuanto las íne posible bajo de tierra, 
cerca de la casa del sacerdote que presidia á 
los sacrificios , y lo demás lo cargaron sobre 
sus débiles hombros , huyendo por una calle 
que iba desde el puente de madera al Ja- 
nículo. , 

Un plebeyo llamado Albino seguía el mis- 
mo camino en su fuga , con toda su familia 
que llevaba en un carro. Lleno de compasión 
y respeto al ver en tan triste estado á las Ves- 
tales , creyó que sería ofender á la religión el 
permitir que aquellas sacerdotisas , y como los 
dioses mismos caminasen á pie , y asi hizo ba- 
jar del carro á su muger y á toda su familia, 
y que subiesen en él no solo las Vestales, sino 
también los pontífices que las acompañaban, y 
aun hizo mas, pues que se apartó de su cami- 
no para llevarlas á la ciudad de Cere , que era 
su dirección , y donde fueron recibidas con 
tanto respeto, como en los mas felices tiem- 
jpos de la república. La memoria de tan san- 
ta hospitalidad, dice Valerio Máximo, se ha 
conservado hasta nuestros dias , y del nombre 
de esta ciudad han tomado los sacrificios el 
de ceremonias. 

Queriendo los tribunos del pueblo impedir 



,T 9 

se dejaba morir. Apenas había bajarlo al sepul- 
cro, se quitaba la escalera y amontonando mu- 
cha tierra á la boca , la cerraban dejándola á 
pi-o llano. 

Este terrible castigo no fue tan frecuente co- 
mo por lo dicho podría creerse, pues habiendo 
durado el orden de las Vestales unos once si- 
glos , en tan larga época solo hubo veinte con- 
vencidas de incesto, trece fueron enterradas 
vivas, y las otras siete murieron del suplicio 
que quisieron escoger ó por librarse de él se 
dieron muerte, como Capáronla que se ahorcó, 
según asegura Eutropio. 

El orden de las Vestales llegó en tiempo de 
los emperadores á su mayor grado de explendor; 
pero como la luz pura de la verdadera reli- 
gión fuese poco á poco desterrando las tinieblas 
del paganismo, hasta disiparlas del todo, deca- 
yó y concluyó enteramente esta tan anticua 
superstición , de la cual podríamos decir que 
comenzó y acabó con el imperio. 

Para completar el articulo, añadió doña 
Joaquina, quiero referir á vmds. dos anécdo- 
tas que prueban el respeto y veneración que 
el pueblo romano tenia á las Vestales. 

Los galos habían llegado victoriosos hasta 
las puertas mismas de Roma , con lo que el 
pueblo estaba en la mayor consternación; los 
mas esforzados mancebos subieron al Capitolio 
para defender en él á los dioses y á los hom- 
bres : aquellos venerables ancianos que habían 
obtenido ya los honores del triunfo y del con- 



n8 

populares, y á este género ele suplicios, y m 
era llamado campo execrable. 

El camino era muy largo ¡ teniendo que 
pasar la Vestal por muchas calles y por la pla- 
za mayor, adonde acudía curioso y azorado 
el pueblo para ver tan triste espectáculo , cui~ 
dando al mismo tiempo no encontrarse con el 
acompañamiento, por lo que se apartaban del 
paso, siguiéndola solo á lo lejos con profun- 
do y melancólico silencio. Según Dionisio de 
Halicarnaso, asistían los parientes y amigo? de 
la Vestal derramando copiosas lágrimas. Ha^ 
hiendo llegado al parage del suplicio, el ver- 
dugo abria el ataúd y desataba á la infeliz mu- 
ger : el pontífice levantaba las manos ai cielo, 
y en voz baja hacia oración á los dioses , sin 
duda en favor del imperio , cuya suerte se 
hallaba expuesta ?por la incontinencia de la 
Vestal. En seguida la cogia de la mano, es- 
tando siempre muy cubierta con su velo, y la 
llevaba hasta la escalera ele mano por donde 
había- de bajar á la sepultura para ser enterra- 
da viva. Entonces la abandonaba al verdugo, 
la volvía la espalda y precipitadamente huia de 
allí con toda la comitiva. 

La sepultura venia á ser una cueva bastan- 
te honda , donde ponían pan , agua , leche y 
aceite, con una lámpara encendida , y un le- 
cho en lo mas interior. Estas conveniencias y 
provisiones eran 'misteriosas , y como para sali- 
var el honor ele la religión hasta en el castigo 
de la Vestal , pudiéndose decir que ella misma 



ii7 

hallaba en estado de sentencia, se pronunciaba 
esta á pluralidad de votos en el colegio de los 
pontífices. Llegado el dia del suplicio, cesaban 
todos los negocios, tanto públicos como par- 
ticulares , reinando el terror y la consterna- 
ción en la ciudad : veíanse desconsoladas las 
mugeres, reunido el pueblo en corrillos, du- 
doso y agitado entre el temor y la esperanza 
por la suerte del imperio , cuyo bueno ó nial 
éxito dependia del suplicio de la Vestal , según 
que había sido justa ó injustamente sentencia- 
da. Los pontífices presididos, por el Máximo, 
iban en procesión al templo, donde despojaban 
á la Vestal culpada de sus ornamentos sagra- 
dos, quitándolos sucesivamente sin ninguna 
ceremonia religiosa , aunque la presentaba el 
velo para que lo besase, poniéndola luego ro- 
pas lúgubres correspondientes á su situación. 
Su dolor, sus lágrimas, por lo común su ju- 
ventud y belleza , la proximidad del terrible 
suplicio, tal vez aun la naturaleza misma del 
delito , excitaban sentimientos generales de 
compasión , que en algunos podían contrar- 
restar los intereses mismos de la religión y del 
estado. 

Pero el resultado era que la encerraban en 
una especie de ataúd atada y envuelta de tal 
modo , que era dificil oir sus gritos y lamen- 
tos , y la llevaban desde el colegio de Vesta á 
la puerta Colina , junto á la cual habia un cer- 
ro destinado por una extraña contradicción á 
la mayor parte de los juegos y espectáculos 



ii 6 

se hacia reuniendo sus rayos en un vaso cíe co- 
bre ancho de boca, y estrecho en lo hondo : ba- 
jo de este vaso que tenia un agugerito habia 
varias materias combustibles que ardian con 
los rayos del sol reunidos de aquel modo. 

Aun mas severamente castigadas, que las 
que habian dejado apagar el fuego sagrado, lo 
eran aquellas que habian violado su voto de 
castidad. Numa las condenó á morir apedrea- 
das , y según Festo , por otra ley posterior se 
las cortaba la cabeza. Se cree que Tarquino el 
anciano estableció el uso de enterrarlas vivas: 
á lo menos en su reinado fue cuando por pri- 
mera vez se verificó este bárbaro suplicio que 
se siguió en lo sucesivo ; aunque sufrió cier- 
tas excepciones, pues habiendo sido convenci- 
das de incesto dos hermanas de la familia de* 
los Ocelates, obtuvieron de Domiciano laliber- 
tad de escoger su suplicio. 

Solo los pontífices tenian derecho de juz- 
gar de las acusaciones contra las Vestales, las 
cuales podían defenderse ó por sí solas ó por 
medio de abogados. Se presentaban en el co- 
legio sagrado presidido por el pontífice Máxi- 
mo, para responder á los cargos que las ha- 
ciau , carearlas con los acusadores, y sufrir 
nuevas y nuevas confesiones. Aunque según el 
derecho civil de los romanos , no era permi- 
tido el dar tormento al esclavo para deponer 
contra su amo, la ley autorizaba este rigor con 
los de las Vestales , y aun á veces se daba tor- 
mento también á estas. Cuando el proceso se 



1 1 5 

rumpían las mas importantes ocupaciones, has- 
ta qué se castigaba el delito, se purificaba el 
templo y se renovaba el fuego. 

La Vestal (pie por su descuido era causa 
de tan gran desastre, sufría en un parage obs- 
curo y toda cubierta de un finísimo velo la 
pena de azotes de mano del Suido Sacerdote. 
Dionisio llalicarnaso, nimiamente crédulo sin 
duda , refiere que una Vestal llamada Emilia 
ge durmió una noche habiendo encargado • á 
una joven educanda que cuidase del fuego, 
mas esta también se rindió al sueño, con lo 
que llegó á apagarse: lo que sabido al otro dia, 
causó el mayor trastorno. Los pontífices cre~ 
yeron que este mal provenia no solo de des- 
cuido, bino de que Emilia hubiese violado el 
voto de castidad; y como esta infeliz no pu*- 
diese ablandar el corazón de sus jueces con lá- 
grimas y súplicas en las que protestaba de su 
inocencia, recurrió, dice el autor, á Vesta , y 
desgarrándose un pedazo del velo, le echó so- 
bre el hogar , con lo que se renovó al instan- 
te el fuego. 

En el orden natural este se renovaba con 
ninv grandes ceremonias , pues según nos di- 
ce Festo , se verificaba agugereando cen una 
especie de taladro una tabla hecha de madera 
fácil de inflamar, y entonces las Vestales po- 
liian en una vasija el fuego que provenia de 
aquel rápido frote, y le llevaban al altar: se- 
gún Plutarco, solo con el fuego del sol se po- 
cha reanimar ritualaiepte el de Vesta > y esto 



Ya hemos dicho que la ocupación maá Im- 
portante y esencial de las Vestales Ja que exígia 
toda su atención , era cuidar del fuego sagra- 
do, que debia arder noche y día , pues la su- 
perstición de los romanos les hacia temer las 
mas terribles consecuencias si se llegaba á apa- 
gar , por lo cual parece que se relevaban las 
unas á las otras en la guardia, según las horas 
que tenián señaladas. Entre los griegos el fue- 
go sagrado se conservaba en lámparas , á las 
que solo una vez al año se echaba aceite; pe- 
ro las Vestales romanas se Servían para ello de 
ciertas estufillas ó fogones que tenían sobre el 
altar de Vesta. 

Ademas de esto se ocupaban en ciertas 
oraciones y sacrificios que sé egecutaban aun 
de noche : corrían por su cuenta los votos pú- 
blicos de todo el imperio , y á sus oraciones 
se acudía en los mayores apuros como á úl- 
timo recurso. 

La opinión de que el Resplandor del fuego 
era de feliz agüero , exígia necesariamente la 
idea contraria cuando llegaba á apagarse. Esta 
supuesta desgracia acaeció muchas veces en 
Roma, en especial durante la segunda guerra 
púnica : consternóse toda la ciudad. 

Tito Livio pinta con los colores mas vivos 
el supersticioso desconsuelo de los romanos 
entonces, pues acostumbraban suspender los 
negocios, y si era de noche se noticiaba al 
instante al público : tocios dejaban el sueño, se 
poniaa alerta y se juntaba el Senado: Be ínter- 



n3 

blan tenido trato ilícito por mucho tiempo con 
tres Vestales. Domiciano hizo casti&ar otras 
tres por su incontinencia. Antonino Cara cala 
mandó dar muerte á cuatro. Lucio Casio hizo 
enterrar vivas á tres que se habían abandona- 
do á los mayores desórdenes, y las cuales que- 
riendo complicar en su delito un número con- 
siderable de ciudadanos de buena opinión, lle- 
naron de inquietud á toda la ciudad. Hablan- 
do Minucio Félix de las Vestales , decia , que 
si la mayor parte se libertaban del suplicio, no 
provenik de que fuesen mas castas que las de- 
mas, sino que mas felices en sus delitos habian 
tenido maña para ocultarlos. 

Dionisio de Halicarnaso refiere que en el 
consulado de Pinario y de Furip habiendo un 
gran numero de prodigios consternado al pue- 
blo, pues las mugeres sufrían una enfermedad 
contagiosa , en especial las que se hallaban em- 
barazadas, las cuales parían las criaturas muer- 
tas, y ellas morian también á poco, declara- 
ron los adivinos que estos males no podian me- 
nos de provenir de que el ministerio de los 
altares se ejercía por gentes impuras y culpa- 
das. Y como aunque se hiciesen públicos sa- 
crificios y expiaciones á los dioses, no por eso 
cesase aquella calamidad , un esclavo acuj-ó á 
la Vestal Urbinia de que con impuro cuerpo 
se atrevía á sacrificar á los dioses en favor del 
pueblo. Arrancáronla al instante de los altares, 
y habiéndola puesto en juicio, resultó convic- 
ta, por lo que se la castigó con pena capital. 



112 

qué las acompañase un lictor con ks haces. 

Su ropage no tenia nada de austero ni tris- 
te , al contrario era rico y gracioso, pues con- 
sistía en una especie de gorra ó turbante que 
solo las cubria la cabeza, y se ataba bajo la 
barbilla con cintas: luego dejaban crecer los 
cabellos, que peinaban de mil modos capri- 
chosos como las demás ñau ge res. Sobre sus ro- 
pas interiores llevaban un como roquete de te- 
la finísima, y sumamente blanca, y lue2;o un 
gran manto de púrpura , que regularmente 
penrlia de solo un hombro , y dejaba libre el 
otro brazo que llevaban enteramente desnu- 
do. En los dias festivos anadian algunos ador- 
nos particulares con lo que aumentaban su 
dignidad, sin disminuir la gracia. Hubo mu- 
chas Vestales que casi solo atendían á su ador- 
no, haciendo gala de su magnificencia , aseo y 
delicado gusto en sus trages. Sus literas eran 
riquísimas : salían á la calle con gran fausto, 
y subian al Capitolio en magníficos carros acom- 
pañadas de innumerables criadas y esclavos. 

Minucia se vestia tan profanamente y te- 
nia un aire tan libre , que dio motivo á graves 
sospechas acerca de su conducta : á otras se las 
acusaba de conversaciones indiscretas y dema- 
siado jocosas, y aun hubo algunas que llega- 
ron á componer versos en extremo amorosos. 

Asi es que Marcial , Estacio y otros auto- 
res miraron su castidad como fingida y apa- 
rente. Butecio , esclavo de un caballero roma- 
no , declaró que su amo y otros jóvenes ha- 



III 

der sus obligaciones, los otros diez en practi- 
carlas, y los últimos en enseñar á las demás: 
concluido el tiempo podían casarse y aun al- 
gunas lo hicieron; pero si querían permanecer 
en el colegio ó casa podian hacerlo, y seguían 
gozando de todos los privilegios y honores; 
mas según algunos autores ya no podian eger- 
cer su ministerio. Tácito dice expresamente 
lo contrario , asegurándonos que Occia go- 
bernó las Vestales durante cincuenta y siete 
años , presidió las ceremonias de la diosa con 
mucha inteligencia y dignidad, y que solo des- 
pués de su muerte se la dio una sucesora en 
aquella presidencia que egercia siempre la de 
mayor edad. 

Ya hemos visto los honores y privilegios 
que las Vestales gozaban en Roma : ademas de 
esto disfrutaban de toda libertad y de muchas 
riquezas, y tomaban parte en las diversiones y 
placeres. Vivían en el lujo y la molicie: asis- 
tían á los espectáculos del circo y del teatro, 
donde Augusto las designó luego un banco sepa- 
rado enfrente del de el Pretor, asiento sin elu- 
da el mas distinguido, pues que el Senado cre- 
yó honrar á Livia concediéndola un puesto en 
el banco de las Vestales. Salian amenudo á co- 
mer con 6U parientes: los hombres tenian li- 
bertad para visitarlas durante el dia. Asi fue 
que retirándose tarde de noche una Vestal , fue 
acometida y violada por unos jóvenes diso- 
lutos que no la conocieron , ó fingieron no 
conocerla , y con este motivo se mandó 



no 

La ley Papia disponía que el Sumo Pon- 
tífice, no habiendo Vestales voluntarias, esco- 
giese veinte jóvenes romanas, lasque le pare- 
ciese , y de ellas sacase por Suerte las que fal- 
tasen. Al instante que se recibía una Vestal, se 
la cortaban los cabellos, que se colgaban al ár- 
bol ó planta llamado lotos, que quieren sea el 
almez; y que tan celebrado fue en lo antiguo 
por las ficciones de Homero. 

Numa solo estableció cuatro Vestales : Ser- 
vio Julio añadió otras dos, y en este número 
se fijaron sin que se aumentase ni disminuye- 
se durante el imperio. 

Para que pudiesen mantenerse con toda 
conveniencia y explendor las asignó haciendas, 
derechos y rentas. En lo sucesivo se aumenta- 
ron sus bienes con herencias , legados y piado- 
sas fundaciones, con tanto mayor motivo en 
los que las hacían , cuanto cjue los bienes de 
las Vestales eran un recurso seguro en las ne- 
cesidades públicas. Cornelia, según nos dice Tá- 
cito , habiendo entrado á ocupar el puesto de 
una Vestal, recibió una donación de cerca de 
ochocientos mil reales. Augusto que se aplicó 
á aumentar la magestad de la religión, creyó 
que lo que mas podia contribuir á ella, era 
el aumentar al mismo tiempo la digtiidad y las 
rentas de las Vestales. 

Las sacerdotisas de Vesta en Alba hacían 
voto de virginidad por toda su vida; pero Ña- 
ma solo lo exigió de las de Roma por treinta 
años ; los diez primeros los pasaban en apren- 



io 9 

conveniente á una princesa de su propia sangre. 

Desde el principio ostentó este orden en 
Roma el mas augusto aparato. Según algunos, 
Numa las dio habitación en su propio pala- 
cio ; y las hizo en extremo respetables al pue- 
blo, por las ceremonias que puso á su cargo, 
y por el voto de virginidad que exigió de ellas; 
y aun hizo mas, pues las confió el guardar 
el Paladio , y mantener el fuego sagrado que 
siempre debia estar ardiendo en el templo de 
Vesta , y era el símbolo de la conservación del 
imperio. 

Según nos dice Plutarco , Numa no podia 
depositar la substancia del fuego que es pura 
é incorruptible j sino en personas sumamente 
castas; y como este elemento sea estéril por 
su propia naturaleza, su imagen mas sensible 
debia ser la virginidad. Cicerón decia que el 
culto de Vesta solo debia tributarse por vír- 
genes libres de pasiones y de los cuidados del 
mundo. Numa prohibió el que se recibiesen 
Vestales que bajasen de seis años ó pasasen de 
diez, para que siendo de tan tierna edad , no 
se sospechase de su inocencia, ni se hiciese 
equívoco el sacrificio. 

Aunque eran grandes los honores que dis- 
frutaban las Vestales, no se encontraban fá- 
cilmente por las muchas circunstancias que se 
exígian, y porque los padres temian el soli- 
citarlo, no solo por amor á sus hijas, sino tam- 
bién porque si éstas faltaban á sus obligacio- 
nes, su suplicio deshonraba á toda la familia. 



1 08 

globo, no para significar, dice Plutarco, que 
Vesta fuese el globo de la tierra ; sino para 
denotar todo el universo , en medio del cual 
suponían hallarse el fuego ó Vesta. Estaba 
abierto todo el dia , durante el cual todas 
las personas podían entrar "en él, pero nin- 
gún hombre pasar allí la noche , ni aun pe- 
netrar en lo interior del templo. 

Eneas y sus troyanos trageron de la Frigia 
á Italia, el culto de Vesta, el cual ellos habiaft 
recibido de otros pueblos orientales. El héroe 
Frigio conservó con sumo cuidado el fuego sa- 
grado de su hogar , y asi fue luego , que to- 
dos los ciudadanos ea Roma mantuvieron el 
fuego de Vesta á las puertas de sus casas , de 
donde parece viene el nombre de Vestíbulo. 

Entre todos los establecimientos religiosos 
de Ñama Pompilio, uno de los mas dignos de 
atención , es sin duda el de las Vestales, el cual 
tomó de la ciudad de Alba donde era muy an- 
tiguo : pues vemos que Amulio después de ha- 
ber echado á su hermano Numitor de sus es- 
tados, creyó que para gozar con sosiego de su 
usurpación , sería conveniente sacrificar toda 
su familia. Comenzó porEgestes, hijo de aquel 
infeliz rey, al que hizo asesinar andando de 
caza. En cnanto á su sobrina, hija también de 
Numitor, llamada Rhea, Silvia ó Ilia, se con- 
tentó con hacerla entrar en el orden de las Ves- 
tales , con loque no solo lograba el impedirla 
contraer ninguna alianza que le pudiese ser 
perjudicial 5 sino que la colocaba de un modo 



io7 

ta de ellas, como lo esperamos, pues que nos 
son poco conocidas. 



La institución de las Vestales, dijo doña Joa- 
quina, es una de las mas notables de la anti- 
gua Roma. 

La diosa Vesta , muger de Urano , y ma- 
dre de Saturno, fue tenida también por la tier- 
ra , y se la intituló unas veces Cibeles j y otra 
Pales. Los filósofos pitagóricos la entendieron 
por el universo al que daban un alma, única 
deidad á la que tributaban adoración , bajo el 
nombre de Pan , que significa el Todo ó de 
Monas, que significa Unidad. 

La Vesta virgen , hija del mismo Saturno 
y de Rhea , era la diosa del fuego \ ó el fuego 
mismo, pues el nombre de Vesta es sinónimo 
de fuego ú hogar entre los griegos. Esta dei- 
dad era una de las mas antiguas del paganis- 
mo, y tenia templos en toda la Grecia, sien- 
do mirado como ímpio el que no la hacia sa- 
crificios, comenzando y acabando por lo co- 
mún los que se ofrecían á las demás deidades, 
por el suyo: pues su nombre se invocaba an- 
tes del de los otros dioses. 

Su principal culto consistía en guardar el 
fuego sagrado , cuidando de que nunca se lle- 
gase á apagar, y esta era, como veremos, la 
obligación primera de las Vestales. El templo 
de Vesta en Roma tenia casi la figura de un 



io6 

tuviese la libertad de verle en la cárcel donde 
le tenían estrechamente encerrado , discurrió 
el arbitrio en su amor filial , de alimentarle 
con la leche de sus pechos. Como el carcelero 
notase que Cimon vivia mas del término natu- 
ral i, procuró averiguar la causa \ y sabida dio 
parte á los jueces, los que admirando la pie- 
dad de la hija , perdonaron en favor de ella al 
padre , al mismo tiempo que el pueblo roma- 
no, admirador de las acciones virtuosas , qui- 
so perpetuar la memoria del caso, mandando 
abrir una medalla que lo representaba , otros 
dicen que era un cuadro, y bien pudieron ser 
ambas cosas. Valerio Máximo habla con admi- 
eion de él , y dice que hacia tanta impresión 
en los que lo veian , como si tuviesen presen- 
te el original. Este cuadro ó medalla se colocó 
en un templo que con este motivo erigió Ma- 
nió Acilio Glabrión á la Piedad y en honor de 
la hija de Cimon. 

Tenemos en los tiempos modernos un cua- 
dro de Andrés del Sarto que representa el caso, 
y es muy alabado de los inteligentes. 

Las Vestales de Roma. 

Terminaremos la lectura, dijo doña Joa- 
quina, que se va haciendo demasiado larga, con 
la noticia de las Vestales , que tampoco podrá 
ser corta. 

Por tal la tendremos, contextaron algunas 
señoras si es agradable , y nos dá noticia exáo- 



io5 

su laclo, como que era su único contentamien- 
to y placer ; pero para no excitar sospechas 
y cuidar de los negocies de su casa , la era 
preciso salir, procediendo con la mayor pre- 
caución y reserva. Con esto pudo lograr el que 
el caso estuviese oculto por nueve años, du- 
rante los cuales tuvo dos hijos gemelos que dio 
á luz y crió en el subterráneo. Mas al cabo del 
tiempo tuvieron la desgracia de ser descubier- 
tos por las frecuentes entradas y salidas de 
Eponina. Toda la familia fue llevada á Roma, 
cargada de cadenas. La infeliz esposa con sus 
dos hijos nacidos en el subterráneo , se echó á 
los pies de Vespasiano implorando con lágri- 
mas el perdón: mantúvose inexorable el Em- 
perador, y la hizo dar muerte junto con su es- 
poso. Esta acción mancha por su odiosidad la 
buena memoria de Vespasiano, y es tanto mas 
notable, cuanto que siempre manifestó senti- 
mientos compasivos. 

El mutuo amor de estos dos infelices es- 
posos ha presentado un argumento de trage- 
dia á varios poetas, 

Cimon, ó la piedad Romana. 

Entre las penas con que los antiguos Ro- 
manos castigaban los delitos t una de ellas era 
Ja llamada del agua y del fuego , que consis- 
tía en impedir que nadie diese al reo alimen- 
to alguno. Un anciano llamado Cimon , fue 
sentenciado á este castigo ; pero como su hija 



tener su rebellón; pero bien pronto fue cierro-* 
tado y puesto en vergonzosa fuga por las tro- 
pas del emperador. Temiendo Sabino que si 
caía en sus manos pagaría con la muerte su 
atentado, se valió de la siguiente estratagema. 

Retiróse á una casa de campo fingiendo * 
que desesperado iba á darse muerte, y á aban- 
donar su cuerpo á las llamas, para no sufrir 
la afrenta del castigo, ni aun privado de la vida; 
por lo cual dio libertad á sus esclavos, y des- 
pidió á la demás familia, quedándose con so- 
los dos libertos, en los que tenia entera con- 
fianza. Hecho esto puso fuego á la casa para 
que el engaño fuese completo, y se escondió 
en una profunda y espaciosa cueva , solo de 
él y sus libertos conocida. 

Extendióse la noticia de su muerte, y co- 
mo pronto llegase á oidos de Eponina su es- 
posa que tiernamente le amaba, fue tan extre- 
mado su dolor que pasó tres dias enteros sin 
tomar alimento , resuelta á no sobrevivirle. Sa- 
bedor de ello Sabino, no pudo menos, para 
impedir que fuese víctima de su amor , de 
avisarla donde se hallaba. 

i Cuan grande no sería el gozo de la espo- 
sa al saber que era vivo aquel que lloraba 
perdido para siempre. Corre desalada á sus 
razos , le consuela en aquella especie de se- 
pulcro, pues que hasta le era negado el ver 
la luz de 1 dia. 

Bien hubiera querido ella acompañarle , y 
en efecto pasaba la mayor parte del tiempo á 



io3 

den de Nerón para que la impidiesen morir, 
conteniendo la sangría ; pero aunque vivió al- 
gunos años después, su extremado dolor, su 
suma debilidad y la gran palidez de su rostro 
atestiguaban el heroismo de su amor conyugal. 

Epicaris. 

Entre las muchas mugeres que habiendo 
tornado parte en esta conspiración, manifesta- 
ron un valor varonil luego de descubierta, se 
distingue Epicaris, la cual sostuvo el rigor de 
losinas crueles tormentos, sin declarar ninguno 
de los cómplices; pero considerando que al otro 
dia se renovarían, v temiendo ceder á su fuer- 
za se ahorcó. Hablando de ella Tácito , dice: 
"Este egemplo de valor es tanto mas notable 
» cuanto que Epicaris era de una clase común, 
*> y que á muchos de los sugetos de que se 
i3 trataba apenas los conocía, ni aun tenia re- 
» lacion alguna con ellos: cuando al mismo 
h tiempo se veían caballeros romanos, y aun 
» senadores apresurarse á descubrir, sin ver- 
» se apremiados , hasta á las personas que mas 
» deberian estimar. " 

E ponina y Sabino. 

Al principio del reinado de Vespasiano, 
uno de los principales señores de las Galias, 
llamado Julio Sabino , se atrevió á tomar el 
título de César , y juntar un egército para sos- 



IQ2 

Paulina 9 esposa de Séneca. 

Uno de los hombres mas sabios de Roma 
tuvo por discípulo al mayor monstruo del 
mundo. Séneca el filósofo fue maestro de Ne- 
rón : bien es cierto que mientras éste siguió 
sus consejos, se condujo de modo que fue el 
amor del pueblo romano % mas se hizo aborre- 
cible , cuando los abandonó guiado por las in- 
fames lecciones de Popea y de Tigelino. Como 
las virtudes de Séneca fuesen una continua 
censura de sus vicios , intentó envenenarle va- 
liéndose de su liberto Cleónice, el cual no 
pudo lograr su intento , porque receloso el 
filósofo solo se alimentaba de frutas y de agua. 
Insistiendo Nerón en deshacerse de él , halló 
motivo en la conspiración de Pisoneen la que 
realmente se cree que tuviese parte \ aunque 
no se le pudiese probar del todo. 

Con esto se le condenó á muerte , deján- 
dola á su elección , y él escogió la de desan- 
grarse. Habia entrado también en la conjura- 
ción su virtuosa muger Paulina , y aunque no 
se la dio orden de morir , quiso imitar á su es- 
poso. La sangre de este, helada con los años, 
corría lentamente; y como el tribuno encar- 
gado de presenciar la ejecución y de dar cuen- 
ta de ella ? le apresurase á terminarla, Séneca 
se metió en un baño caliente, cuyo vapor le 
ahogó á poco. 

En cuanto á Paulina prontamente vino ór- 



101 

hacerse amar entrañablemente de Augusto , el 
que se la quitó á su marido , y aunque á la 
sazón se hallaba embarazada , no por eso se 
detuvo en casarse con ella, con consentimiento 
de los sacerdotes ele Roma , mas temerosos del 
poder del triunviro que rígidos observadores 
déla ley y de las reglas de la equidad. 

Unida con Augusto , se hizo tan dueña de 
su corazón, que llegó á mandarle en un todo, 
sirviéndole de vínico placer y consuelo. Tan 
ambiciosa , cuanto disimulada, no contenta con 
ser esposa de un emperador, aspiró á ser ma- 
dre de otro , y para esto indujo mañosamente 
á Augusto á que adoptase corno hijos á los que 
ella habia tenido de su primer marido. Y co- 
mo aun hubiese otros que tenian mas derecho 
á la sucesión , se asegura que les hizo dar 
muerte, y aun al mismo Augusto, temerosa 
de que designase por su heredero á Agripa 
Postumo su nieto, é hijo adoptivo, con el cual 
también se dice acabó del mismo modo. 

Esta muger mala para todos , y únicamen- 
te buena con su hijo Tiberio, aun mas mal- 
vado que ella , recibió en lugar de agradeci- 
miento el condigno castigo de sus crímenes; 
pues que ningún caso la hizo , y aun la mal- 
trató durante su larga vida de ochenta v seis 
anos. A su muerte no cuidó de los convenien- 
tes funerales, anuló su testamento, y prohibió 
el que se la hiciese honor ninguno. 



IOO 

óo, pues el pueblo gritaba que si escapaba del 
Senado, no escaparía de sus manos, -se quitó á 
sí propio la vida; Solo logró con esto Agripina 
el vengará su esposo, pues por lo demás cre- 
ciendo la envidia y el óriio de Tiberio contra 
ella , la desterró á una isla, donde la hizo 
morir de hambre. Es notable que de un ma- 
trimonio tan virtuoso naciesen dos mons- 
truos, cuales fueron Calígula , y la segunda 
Agripina, madre de Nerón , de la cual nos 
hablará á su tiempo la amiga doña Mar- 



garita. 



Livia Drusila. 



No por sus grandes virtudes , sino por su 
profunda y malvada política se hizo célebre 
Livia Drusila, muger de Augusto, y madre 
del Tiberio,- de quien acabamos de hacer men- 
ción. Esta muger, dotada de un genio vivo y 
alegre, y de un carácter tan amable, cuanto 
falso, era hija de Livio Druso Calidiano, y se 
casó con Tiberio Claudio Nerón, del que tu- 
vo dos hijos: el uno el emperador Tiberio, y el 
otro Druso, por sobrenombre Germánico. Aquel 
fue bien parecido á su madre en la falsedad y 
en su malvada política , éste sobresalió por su 
valor, su bondad y muchas excelentes prendas, 
y mereció su sobrenombre por haber vencido 
á los galos y á los germanos. 

Como al mismo tiempo que sumamente 
sagaz fuese Livia en extremo hermosa ? logró 



99 

ganza, lo que todos y en especial su esposa 
prometieron. 

Aunque Agripina estaba entonces embara- 
zada , y muy distante de Roma , no se detuvo 
en embarcarse con sus ocho hijos, y la urna 
que contenia las cenizas de su esposo. El mas 
lisongero triunfo para esta heroína, fue su lle- 
gada á Italia, y su entrada en Roma : pues los 
pueblos la salían al encuentro derramando sin- 
ceras lágrimas , tomando parte en su 'dolor y 
tributándola los mayores obsequios. 

No asi Tiberio, el cual envidioso de una 
gloria tan pura que no podia obtener, porque 
no sabia merecerla, anduvo sumamente parco 
en las fiestas fúnebres y en los honores á las 
cenizas de su sobrino, lo que aumentó el odio 
del pueblo hacia él, y su amor á Agripina. 

Animada esta con tan universales y since- 
ras pruebas de afecto, no se detuvo un instan- 
te junto con los amigos de su esposo en acu- 
sar á Pisón en el senado , por medio de Vite- 
lio Veranio. Jamas hubo negocio que mas fija- 
se la atención y el interés publico. Los enemi- 
ges de Pisón desplegaron la mas fuerte elo- 
cuencia contra él; pero los que se intitula- 
ban sus amigos ¡ le defendieron débilmente; 
pocos medios habia en verdad para hacerlo 
mejor. 

Todo el mundo y hasta el mismo Tiberio 
que asistió aquel dia al Senado y comenzó pe- 
rorando de un modo equívoco, acabó por de- 
clararse contra él ; por loque viéndose perdí- 



9 8 • 

piano en vida y la causa de llanto y luto uni- 
versal á su muerte. Habiendo adoptado Tibe- 
rio á Germánico, y siendo sobrino de Augus- 
to, esperaba Roma que volvería á gozar de 
tiempos tan felices bajo su imperio. 

Ocupado en continuas guerras , su esposa 
Agripina abandonando los placeres y comodi- 
dades de Roma, le siguió constante en sus 
campañas de Alemania y Siria. Tiberio abor- 
recía á Germánico, envidioso de sus virtudes, 
de su mérito y del amor que el pueblo le ma- 
nifestaba; y no pudiendo resistir á la fuerza de 
tan vil pasión, se asegura que le hizo dar ve- 
neno por medio de Pisón , cuando se hallaba 
en la flor de su edad , pues solo tenia treinta 
y cuatro años , y en el colmo de su gloria por 
el amor de su ejército y sus grandes victorias 
sobre los enemigos de Roma. 

"Fueron célebres sus funerales, dice Tá- 
cito , no por las imágenes y la pompa del 
acompañamiento, sino por la general alabanza 
y la grata memoria de las virtudes del héroe. 5 
Tanto fue su mérito, que este mismo autor no 
duda en compararle á Alejandro 9 y aun en ha- 
cerle superior. 

En sus últimos instantes dirigiéndose á su 
esposa y amigos , suplicó á ésta moderase su 
demasiado orgullo para no irritar mas y mas 
á Tiberio , de donde provenian las desgracias 
de su familia : manifestó sus fundados récelos 
de haber sido envenenado por Pisón y su mu- 
ger Plancina , y les pidió cuidasen de su ven- 



97 

sus falsas caricias que se decretase la muerte 
de Octavia , que se verificó desterrándola de 
nuevo á una isla, donde la abrieron las venas 
para que se desangrase, y luego la cortaron 
la cabeza, que presentaron á la cruel Po- 
pea. 

La infeliz víctima apenas había cumplido 
entonces veinte años. 

Popea. 

No tuvo mejor fin esta cruel y desenvuel- 
ta muger, pues que á poco tiempo Nerón en 
uno de sus frecuentes arrebatos de furor , la 
mató de una patada , que estando embarazada 
la dio en el vientre. 

Era Popea de las mas ilustres familias de 
Roma , pues que descendía de Poj eo Salino, 
que mereció los honores del triunfo. Su pri- 
mer marido fue Rufo Crispino, del que tuvo 
un hijo: Othon favorito de Nerón , y luego 
emperador, se la quitó á Rufo, y se casó coa 
ella. Pero como Othon la alabase de continuo 
á Nerón, éste se la quitó á él también , y re- 
pudiada Octavia, se casó con ella , teniendo á 
poco una hija , cuyo nacimiento le llenó de 
gozo , con lo que tanto á la hija como á la ma- 
dre las concedió el título de Augustas. 

/igripina , esposa de Germánico. 

Ambos fueron las delicias del pueblo ro- 

7 



9 6 

hubiera tributado honores divinos á su memo- 
ria , si Augusto no hubiese tenido la cordura 
de impedirlo. 

Muy mas desgraciada , aunque no menos 
querida del pueblo romano , fue otra Octavia, 
cuya virtud formaba el mas notable contraste 
con las maldades y vicios de su familia , pues 
basta decir que fue hija del emperador Clau- 
dio y de Mesalina , y muger de Nerón. Este 
monstruo de crueldad y lujuria no tardó en 
repudiarla pretextando que era estéril; pero en 
realidad para casarse con Popea. 

~ No contenta estacón ocupar su lugar cerca 
del Emperador, trató de perderla , acusándo- 
la falsamente de que había tenido trato adul- 
terino con un esclavo. Para probarlo acudie- 
ron al bárbaro arbitrio de dar tormento á sus 
criadas, algunas de las cuales no teniendo bas- 
tante fortaleza para resistirlo , convinieron en 
la falsa declaración; pero la mayor parte se 
mantuvieron firmes atestando de su inocencia. 

m No obstante, la infeliz Octavia fue dester- 
rada á la Campa nía ; pero corno aun no se hu- 
biese perdido del todo el amor y respeto á la 
virtud en Roma , las quejas y descontento del 
pueblo obligaron á hacerla volver , celebrán- 
dose su vuelta á la ciudad con inexplicable 
alegría , fiestas y regocijos voluntarios , tribu- 
tándola los mas lisongeros honores. 

Conoció Popea que era segura su ruina si 
no verificaba la de su rival, y asi arrojándose 
á los pies de Nerón , logró con sus lágrimas y 



9 5 . 

pero la infeliz halla en premio de su puro amor 
el mas frió recibimiento , y la orden fatal de 
Volver á Roma. ; 

Irritado Augusto de esta afrenta , jura ven- 
garla \ Octavia tan extremada en sus virtudes, 
cual Antonio en sus vicios \ procura eseusarle 
y aun defenderle, no desesperando de poder 
reconciliar á dos personas que tanto amaba; pero 
fueron inútiles sus mas activas diligencias, pues 
Antonio corria desbocado á su ruina , que bien 
pronto se verificó dándose sangrienta muerte 
él y la reina de Egipto. 

Viuda ya Octavia, vivió con Augusto go- 
zando de su paternal cariño, de los respetos 
del pueblo romano y de los honores debidos á 
su mérito, dedicada exclusivamente á comple- 
tar la feliz educación de su hijo Marcelo, á 
quien se miraba como ai heredero presuntivo 
del imperio, siendo sobrino del emperador, y 
habiéndose casado ademas con su hija Julia, 
Fundábanse sobre él las mas lisongeras espe- 
ranzas, pero se desvanecieron cual vana som- 
bra por su temprana muerte, llorada de los 
buenos ciudadanos. 

Fue tan grande la pena que su madre sin- 
tió, que perdió á poco la vida, lo que causó luto 
y llanto general en todo el imperio: Augusto 
pronunció su oración fúnebre que vino á ser el 
panegírico de sus virtudes. Los yernos de Oc- 
tavia llevaron el féretro, y el pueblo romano 
tan extremado en su amor , cuanto en su odio, 
y que unia la superstición á todas sus pasiones, 



lidár la paz entre éste y Pompeyo , haciéndola 
tan duradera como su propia vida: ahora va- 
mos á ver á una resobrina del mismo, y her- 
mana de Augusto, casarse con Marco Antonio 
para formar el nudo principal de aquel funes- 
to triunvirato que después de mil horrores, 
concluyó destruyéndose á sí mismo y á la re- 
pública, para que naciese el brillante imperio 
de Augusto. - 

Llamábase esta muger Octavia, y se dudaba 
cual era lo que en ell^ sobresalía mas , si la 
hermosura ó las excelentes prendas de su alma, 
perfeccionadas con la mas cuidadosa educación. 
Estuvo primero casada con Claudio Marcelo,, 
del que tuvo un hijo, al que puso él mismo* 
nombre, educándole con su ejemplo y sus sa- 
bias lecciones para que algún dia pudiese ser 
las delicias del romano pueblo. Convino á la 
sagaz política de Augusto el que se casase luego 
con su colega Marco Antonio, hombre cuyos 
abominables vicios obscurecían, y aun hacian 
inútiles, sus excelentes cualidades de valor, in- 
teligencia, generosidad y celo por sus amigos. 
En este matrimonio vernos contrapuesta la vir- 
tud de Octavia á los desórdenes de su esposo: 
resalta en ella el amor conyugal , al que él cor- 
responde con infidelidades y desprecios. Frené- 
tico de amor por la reina de Egipto Cleopatra, 
que le acarrea al fin su total ruina , abandona 
á su casta esposa , por correr en pos de aque- 
lla artificiosa y disoluta muger. Sígnele Octavia 
deseosa de arrancarle de tan funestas cadeneas, 



9 3 

el que sufrió el castigo , perdiendo la vida. 

Órgullos;i Julia con triunfo tan decisivo, se 
abandonó segura á sus desórdenes ¡> pero ha- 
biendo muerto desgraciadamente su confiado 
esposo, tuvieron límites sus detestables place- 
res. Sus dos hijos , uno de los cuales habia 
intentado varias veces asesinar al padre, se ma- 
nifestaron irreconciliables enemigos el uno del 
otro: sedientos de su sangre, á cada instante se 
estaban amenazando de muerte, hasta que en 
fin Garacala', que vino á ser el vil asesino del 
padre , lo fue también de Geta , y esto en los 
brazos de su propia madre, la cual, ¡qué hor- 
ror ! si hubiésemos de creer £ Esparciano , ca- 
yó en la abominación de prostituirse á su hijo 
Caracala. 

Perdóneme pues doña Carlota que la diga, 
que no puedo seguirá su autor en el extraordi- 
nario elogio que hace de esta muger , que de- 
beremos mirar como la mayor afrenta de nues- 
tro sexo. 

Las dos Octavias. 

Si los desórdenes y atrocidades nacidos de 
ilimitada ambición y de amor desenfrenado á 
los placeres, hubieran podido tener remedio 
en Roma , se habria debido á dos mugeres vir- 
tuosas , nacidas en aquella misma familia que 
despedazaba á la república con su ambición, la 
admiraba con su talento y la escandalizaba con 
sus infames vicios y desórdenes. 

Hemos visto á Julia , hija de César , conso- 



9 2 

do los negocios y las armas; pero muerta '.Ju*- 
lia, renació la enemistad, y se siguieron los 
terribles bandos entre los dos rivales que inun- 
daron de sangre al mundo* y solo concluyeron 
con la desastrada muerte de Pompeyo. 

Doña Carlota ha hablado de otra Julia, mu- 
ger del emperador Septimio Severo, en la cual 
se admiraron brillantes cualidades , aunque 
manchadas con infames vicios: por lo que mas 
bien tocaria tratar de ella á su tiempo á do- 
ña Margarita que á mí; pero como haya otras 
mugeres malas del mismo nombre de Julia, se 
las reservaremos , contentándome con dar una 
ligera noticia de ésta. 

Julia Donna. 

Nació en la Fenicia , en la ciudad de Eme- 
sa, y era hija de un sacerdote del SoVHabiéñ- 
dose casado con el emperador Septimio Severo, 
que estaba en extremo enamorado de su her- 
mosura , de sus gracias y de su sobresaliente 
ingenio , le dominó por medio de esta pasión, 
burlándose de él , y aun de su propio honor, 
pues que se abandonó sin freno alguno á la 
mavor disolución de costumbres. 

Plaucio , que gozaba de mucho favor cerca 
del Emperador, manifestó á éste todas sus in- 
famias, deseoso de perderla; pero cuan poco 
debia conocer cuan despótico es el imperio 
que una muger ejerce sobre un hombre cuan- 
do es ciegamente amada: no ella, sino él fue 



9 r 

»¡Cuán diferentes son los sentimientos de Ca- 
99 ton de los del apóstol San Pablo! Éste desea 
» la muerte para unirse con Dios ; pero no se 
» reusa á vivir ni á soportar con verdadero 
9> valor las persecuciones y tormentos cuan- 
» do redundan en gloria del Señor y prove- 
ía cho del prógimo. " 

Arria. 

Ved aqui un ejemplo de heroísmo feroz. 
Habiendo sublevado Escribonio la Uiria con- 
tra el emperador Claudio, tomó parte en la 
conspiración Cecina Peto, y como fuese éste 
cogido y condenado á muerte , entendió su es- 
posa Arria , que era preferible el que se la diese 
él mismo , y para animarle con su ejemplo, se 
clavó un puñal en el pecho, y luego se lo dio 
diciéndole : Peto^ no duele. 

Julia , muger de Pompeyo. 

Por la muger mas virtuosa de Roma fue 
tenida Julia, hija de César y de Cornelia. Tu- 
vo primero por marido á Cornelio Ce pión, pe- 
ro obligada por su padre se divorció de él pa- 
ra casarse con Pompeyo , con el cual interesa- 
ba mucho á la ambición de César el formar 
estrecha alianza. Fue en efecto la hija un lazo 
tan firme de ella, que no se rompió durante 
su vida , pues Pompeyo la amó con tanta ter- 
nura, que ocupado solo en complacerla, olvi- 



9 °, 

mas ella conociéndolo , hízose de intento ante 
su esposo una muy grave herida, lo que gran- 
de admiración causó á Bruto, mas ella le sa- 
tisfizo diciéndole: <c quiero que conozcas pal- 
» pablemente qué ánimo tan constante no ten- 
» dria para darme muerte, si la conspiración 
» saliese mal, acarreándoos vuestra total rui- 
» na." Sabido es el éxito de aquel atentado 
que sumergió en nuevas y sangrientas guerras 
civiles á Roma ; pero Porcia no quiso sobre- 
vivir á su esposo?, que cual Catón se dio tam- 
bién muerte á sí mismo: sus parientes cuida- 
dosos de su vida se opusieron á tan funesto 
propósito , ocultando todo instrumento con que 
pudiese verificarlo; mas ella se dice, pues pa- 
rece difícil de creer, que se procuró ía muer- 
te tragándose unos carbones hechos ascua, mo- 
do raro y espantoso de suicidio* 

Este acto cíe desesperación que los genti- 
les miraban como de valor y heroísmo; los 
cristianos no podemos menos de reprobarlo co- 
mo un crimen , contra el autor de la vida y 
contra la misma sociedad, siendo mas bien hi- 
jo de cobardía, que de heroico valor. Hablan- 
do un moralista moderno del atentado de Ca- 
tón contra sí mismo se explica así: fc Cuan no- 
» table diferencia no se advierte entre Catón y 
)>un cristiano. Sabe éste muy bien que Dios es 
» el único dueño de su vida , y que habiéndola 
» recibido de él , el darse muerte á sí mismo 
«es cometer un crimen igual al del centinela 
» que deja su puesto sin orden de su gefe¿ 



8 9 

Agradecidos los romanos á las mngeres, ele* 
varón en el mismo parage de su triunfo un tem- 
plo á la Fortuna femenina. Sin embargo esta 
condescendencia culpable para con los Vols- 
cos, costó la vida á Coriolano , pues por ella 
le dio muerte aquel pueblo, y las damas ro- 
manas manifestaron su sentimiento llevando 
luto seis meses. 

Porcia. 

Privadas las naciones antiguas ó gentílicas 
del conocimiento de la verdadera Religión, ca- 
recían por lo tanto de una idea exacta de la 
verdadera moral, y asi tenian por virtudes cier- 
tas acciones, que aunque las admiremos por 
el valor , arrojo ó constancia que suponen, no 
nos es lícito aplaudirlas ni presentarlas como 
ejemplos de verdadera virtud , contentándonos 
con tenerlas por heroicas , en el sentido que 
comunmente se da á esta palabra. Tales son 
algunas de las que tenemos que hablar , y en 
especial la siguiente: 

El célebre Catón de Útica , que se quitó la 
vida por no ceder á la tiranía de César , tuvo 
una hija de ánimo tan resuelto y feroz como 
él. Llamábase Porcia, y fue muger primero 
de Bíbulo , y luego de Bruto. Cuando éste an- 
daba tramando con otros senadores la conjura- 
ción contra César, ocultábase de ella, temero- 
so de que fuese poco precavida en el hablar, 
ó no tuviese ánimo para tan grande empresa; 



88 

hecho mención : para lo cual estoy entendida 
que viene preparada. 

Convino en ello dona Joaquina, y comen- 
zó su lectura. 

J^eturia. 

Coriolano , uno de los patricios mas ilus- 
tres de Roma, asi llamado por haberse hecho 
dueño con su valerosa intrepidez de la ciudad 
de Corioles , se convirtió de libertador en el 
enemigo mas terrible de su patria, por no ha- 
ber podido obtener el consulado , haber sido 
acusado de tiranía y desterrado por lo mismo 
de la ciudad. Bien pronto le vio ésta á sus 
puertas al frente de un egército de Volscos, 
que eran sus mas implacables contrarios. Ba- 
bia conquistado rápidamente todo el terreno 
de la república, y la capital no tenia suficien- 
tes fuerzas para resistirle : por lo que el se- 
nado hubo de acudir á las humillaciones y sú- 
plicas , enviándole primero una diputación de 
varones consulares:, y como ésta nada hubie- 
se alcanzado, otra de pontífices adornados con 
sus vestiduras sagradas. 

Pero lograron con él las mugeres lo que 
no habian podido obtener ni el poder civil, 
ni el de su falsa religión ; esto es, lo mas res- 
petable de Roma. Echáronse á sus pies lloro- 
sas Veturia su madre y Volumnia su esposa, 
acompañadas de las mas respetables matronas, 
con lo que cediendo el héroe , se retiró sin co- 
meter en el camino hostilidad alguna. 



87 

Un hombre solo puede corregir las malas 
costumbres, pero no lo lograrán muchas mur 
geres virtuosas , aun procediendo de acuerdo. 
No hay duda en que los primeros romanos 
debieron una parte de su heroísmo y de sus 
virtudes á las apreciables cualidades de sus mu- 
geres; pero para que éstas eleven el alma de 
los hombres , y los exciten á grandes hechos es 
necesario que la opinión general tenga una in- 
clinación decidida á lo bueno. Cuando el im- 
perio decaia rápidamente, ¿qué influjo podían 
ejercer en Roma las Porcias y las Arrias? No 
exijamos de las mugeres sino lo que podemos 
esperar de ellas. 

Tienen viveza de ingenio, mas no profun- 
didad de talento: siendo demasiado irritable 
su fibra , no pueden menos las mas veces de 
obrar por pasión: dominando en ellas la ima- 
ginativa, carecen de aquella reflexión profun- 
da que se necesita para dictar leyes; por lo 
cual su mayor esfuerzo consiste en sujetarse á 
ellas. Mover á la persona que aman al amor á 
la gloria, sacrificar hasta sus propios sentimien- 
tos á su honor y á su obligación : ser las que 
nos aconsejen, sostengan y consuelen en nues- 
tras penas , la fuente de nuestros goces mas 
puros , tales son las principales cualidades de 
que las dotó naturaleza. 

Suspenderé aquí por ahora mi lectura, 
dijo doña Carlota , suplicando á mi amiga do- 
ña Joaquina que tenga á bien darnos noticia 
mas extensa de las mugeres célebres de que he 



86 

ro el elogio de Popea , pronunciado por un 
emperador , y aplaudido por los romanos, ma- 
nifestó que la corrupción habia llegado al ma- 
yor exceso. " 

¿ De qué causa naeia la disolución en que 
Roma había caido entonces ? ¿Debemos acusar 
alas rnugeres ?¿ Eran ellas por ventura las que 
hacian las leyes? ¿Podian por sí solas conte<- 
ner el ímpetu de los vicios que á manera de 
un torrente inundaban todas las clases del es^ 
tado? 

Bien sé que es muy común el que las rnu- 
geres formen las costumbres públicas; pero no 
son ellas solas las que las pueden sostener en 
toda su pureza. Se las ha visto animar á la vir- 
tud , y aun inspirarla \ pero siendo como son 
naturalmente débiles , ¿pueden á un mismo 
tiempo combatir y ocuparse en contener una 
corrupción fina y sagaz qyie para hacerse agra- 
dable toma mil formas sumamente lisongeras? 
Debemos ser justos y convenir en que hacien- 
do siempre las rnugeres un papel secundario, 
sin esperanza alguna de adquirir fama, solo 
pueden asociarse á la nuestra. A los hombres 
corresponden las grandes hazañas, y á las rnu- 
geres el mover é incitar á ellas. Desgraciadas 
serán si se establece un orden vicioso , pues no 
podrán menos de corromperse con nosotros, ó 
permanecer puras individualmente en medio 
de la depravación general , sin poder reformar 
el orden social ? ni oponerse á la invasión de 
los vicios. 



85 

mo influjo en el reinado de sn hijo que el que 
había tenido en el de su marido. 
i Pero apesar de tanto talento y de tan es- 
celentes prendas , como careció del principal 
mérito del sexo, y que aunque dada á la filo- 
sofía, no por eso fue mas virtuosa, se la tri- 
butaron mas lisongeras y brillantes alabanzas, 
que respeto y veneración. 

¡ Podemos, dice M. Tomas , olvidar á aque- 
lla Zenobia , tan digna de las lecciones de Lon- 
g'mo, que supo igualmente agradar , escribir 
y vencer, la cual soportando sus desgracias con 
tanta filosofía , como grandeza de alma, halló 
en los recursos que la prestaba su ilustrado en- 
tendimiento todas las satisfacciones que per- 
dió descendiendo del trono, como habréis po- 
dido advertir en la completa noticia que de la 
vida de esta reina nos ha dado doña Joa- 
quina 1 

El mismo M. Tomas , haciendo una obser- 
vación tan exacta como ingeniosa , presenta en 
su Ensayo sobre las mugeres la serie de los 
sucesos, y determina casi las épocas de la al- 
teración de las costumbres en los elogios délas 
mugeres de los respectivos tiempos honradas 
en la tribuna romana. 

cc El elogio de Junia, hermana de Bruto, y 
muger de Casio , fue el de la austeridad que 
aun se conservaba en las costumbres. El se- 
gundo , en el que se celebraba á Livia, madre 
de Tiberio , fue el paso de las costumbres aus- 
teras á otras mas suaves y de menos rigor. Pe- 



84 

Porcia muere con todo el valor de su pa- 
dre Gaton. Arria ayuda á su marido á qui- 
tarse la vida, siendo la primera en herirse coa 
el puñal que ella misma le presenta. La san- 
gre de Paulina se confunde con la de Séneca. 
Agripina, muger de Germánico , no teme á 
Tiberio, ni aun en el destierro á que la con- 
dena , y triunfando de las depravadas costum- 
bres de su siglo , pasa lo restante de su vida 
llorando á su esposo. Gloriosa muerte recibe 
Eponina de la cobardía de Vespasiano , y pa- 
ra cumulo de gloria , todas las mugeres ilus- 
tres de aquellos tiempos merecen el eterno ho- 
nor de ser celebradas por la pluma de Tá- 
cito. 

La señora doña Joaquina en su noticia de 
las raugeres célebres , nos hablará de las que 
no citaré aqui. Sin embargo hay una que no 
puedo pasar en silencio, y es la emperatriz 
Julia, muger de Septimio Severo , y á la cual 
pronosticaron que ascendería al soliq. 

Como manifestase los mayores talentos po- 
líticos, mereció la confianza de su esposo, quien 
aunque no la amaba , siguió siempre sus con- 
sejos en los asuntos de gobierno. Cultivó las 
ciencias, y pasó toda su vida instruyéndose en 
ellas: dividiendo su tiempo entre los placeres 
y los negocios , tratando con los hombres mas 
sabios en su gabinete, con los mas amables de 
Roma en su palacio , y de los grandes intere- 
ses del estado en el trono, llegó á adquirirse 
una bien merecida fama , conservando el mis- 



83 

preveer todos los grados del crimen , fueron 
demasiado débiles contra él : cuando quisie- 
ron acudir al remedio fue tarde, y atemoriza- 
das fundadamente con el inmenso número de 
culpados, y la calidad de ellos, hubieron de 
enmudecer por no multiplicar, tal vez inútil- 
mente, los castigos. Desde entonces se rompie- 
ron los diques del pudor , y para acallar los 
remordimientos de hoy, se prepararon nuevos 
crímenes para mañana. 

Jamas gozaron las mugeres de mas liber- 
tad, de mas explendor, ni de menos imperio 
sobre los hombres. Cuando interesan solo a los 
sentidos, ¿ á qué viene á reducirse su poder ? 
á un mero atractivo natural tan poco lisonge- 
ro de inspirar como de sentir, que en su corta 
duración nos figura el fastidio de un placer rá- 
pido y fugaz. Nada vale despojándole de todo 
aquel atavío de amor y de modestia, verdade- 
ro contentamiento del alma, sensación delicio- 
sa del corazón, que en los mismos placeres, 
nos ofrece una fuente peremne de entusiasmo 
y de gracias. 

Sin embargo en medio de aquella general 
disolución , se encontraban aun mugeres que 
sobresalían por sus excelentes cualidades. 

Octavia, esposa de Marco Antonio, y herma- 
na de Augusto, rival tan tierna y virtuosa de 
Cleopatra,fueuna de aquellas mugeres que la na- 
turaleza parece producir para probar quesean 
cuales fuesen las costumbres públicas, se hallan 
siempre algunas nacidas para honor de su sexo. 



«2 

En esta incertidumbre halló el arbitrio de 
fingir qne aquella muger había sido una diosa 
llamada Cloris por los griegos, y Flora por 
los latinos, y que habiéndose casado coa Zéfiro 
tuvo el imperio de las flores. 

Con esta estratagema tan vil en su objeto, 
cuanto ridicula en su forma, se decretó la fies- 
ta que se llamó floreal , y se celebraba el pri- 
mer ¿lia de mayo, con la mayor disolución: 
pues se dice que se presentaban en ella las cor- 
tesanas desnudas, cantando canciones deshones- 
tas, todo lo cual manifestaba hasta qué punto 
habia llegado la corrupción de las costumbres 
públicas. 

Época dé los Emperadores. 

Hemos visto á las mugeres gobernadas por 
diferentes leyes en diferentes climas, triunfar 
de los caprichos de los hombres acabando por 
adquirir ya mas ya menos influencia sobre ellos, 
hasta en medio de la esclavitud á que su des- 
potismo las tenia reducidas. 

Pero llegamos á aquella época en que Ro- 
ma encenagada en todos los vicios, solo mira- 
ba á las mugeres como cómplices de ellos. No 
hubo tal vez otra; mas ignominiosa para un $e- 
xó que todo lo pierde cuando desprecia la mo- 
destia y traspasa los limites del pudor. 

Ya no tuvo freno alguno el desorden : ca- 
da dia se inventaba un nuevo género de des- 
envoltura. Las leyes que no habían podido 



8i 

tamente con los magistrados y los mas valientes 
guerreros , ni aquellas heroínas que después 
de la fatal derrota de Cannas dieron al estado 
«us alhajas y pedrerías. 

En lugar de aquellas mugeres de tan aus- 
teras costumbres, solo se veían otras de talento 
ligero, de fútiles ideas, ocupadas en adornos y 
devaneos, en satisfacer sus caprichos, en lla- 
mar la atención con sus modas , cuidándose 
poco de estimación y de gloria, con tal que 
lograsen agradar. Pero para pintar hasta qué 
punto, aun antes déla época de los emperado- 
res , se habian depravado las costumbres, aun 
entre los mismos que ejerciendo un mando su- 
perior debian de ser los que diesen el mejor 
ejemplo , citaremos la anécdota siguiente , la 
cual manifestará también de qué modo, según 
algunos autores, se introdujo por la primera 
vez el nombre de Flora en el inmenso catálogo 
de las deidades gentílicas. 

Cierta cortesana, llamada Flora , murió de- 
jando inmensas riquezas, gracias al frenesí de 
sus amantes : en su testamento nombró por su 
heredera á la república , pero con la condición 
de que todos los años se celebraría una fiesta 
en su honor. Como el senado hubiese empo- 
brecido el erario público con todo género de 
rapiñas, se halló perplejo en este caso: pues por 
una parte queria admitir tan rica herencia, 
y por otra no podia menos de conocer que era 
la mayor ignominia el expedir un decreto para 

adorar á una cortesana. 

6 



8o 

burras de leche para bañarse en ella todas las 
mañanas. También nos dice un autor que in- 
ventó cierta composición que se endurecía so- 
bre la piel, pudiendo quitarse luego fácilmen- 
te con leche, y dejando el cutis de una blancu- 
ra sumamente lustrosa. Esta especie de afeite 
se hizo al instante de moda. 

Las túnicas de las damas romanas eran 
de finísima laña l pues las camisas de lienzo no 
comenzaron á usarse hasta el tiempo de los 
emperadores. También fue muy escasa y de 
consiguiente cara la seda , y tanto que el em- 
perador Justiniano respondió á su esposa que 
le instaba porque la comprase un manto de 
esta tela : Me guardaré muy bien de cambiar 
una libra de oro por una de seda. 

En semejante época de lujo y desorden ya 
nadie se acordaba de aquella célebre Veturia 
que aplacó la cólera de su hijo y mereció en 
recompensa un decreto público para que los 
hombres cediesen el paso á las mugeres en to- 
das partes : no se hacia mención de Porcia, 
hija de Catón , ni de Julia , muger del gran 
Pora peyó , que murió de dolor al contemplar 
la túnica de su marido teñida en su propia 
sangre \ ni de la joven Romana que alimentó 
con la leche de su pecho á su padre preso en 
una*"cárcel. 

Ya no se encontraban aquellas mugeres que 
en tiempo de Brenno libertaron á la patria, 
ofreciendo todo su oro , cou lo que merecie- 
ron el ser alabadas en la tribuna pública, jun- 



79 . « 

distinguiéndolas con el mayor aprecio. Pero 
cuando la nación llega á ser poderosa, faltan- 
do la resistencia ó vencidos ya los obstáculos, 
ge signe naturalmente la pereza. El descanso, 
la misma paz que tanto se deseaba , y las ar- 
tes que de ella nacen para hacerla mas delei- 
tosa y amable, acaban por corromperla, por 
triunfar de las leyes , siempre fuertes en los 
peligros y débiles en la seguridad. 

La época en que las damas de Roma co- 
menzaron á presentarse en público fue un mo- 
mento fatal y muy notable en la historia., Has- 
ta entonces habian vivido retiradas en el seno 
de sus familias. Tentólas el lujo y las sedu- 
geron los homenages que s© ¿tributaban á su 
hermosura y á sus gracias : no tanto procura- 
ban ser amadas , cuanto se ocupaban en agra- 
dar: corrieron ansiosas tras los placeres, se ol- 
vidaron de sus obligaciones, y con esto el arte 
vino á ocupar el lugar de la naturaleza. 

El tocado de las damas romanas era muy 
semejante á los que se usan en el dia : suge- 
taban los cabellos , y los daban formas capri- 
chosas con alfileres y peine3 guarnecidos de 
sortijas, de piedras preciosas y de cintas blan- 
cas ó de color de púrpura ; y parece también 
que entre estos peinados los habia que indica- 
ban la virtud y la modestia, y otros que ma- 
nifestaban la coquetería y aun la disolución. 

Valíanse también de todos los medios po- 
sibles para suavizar el cutis, y asi es que la 
famosa Popea, rnuger de Nerou, tenia cincuenta 



7 8 

los senadores por haber dado un beso á su es- 
posa delante de su hija. Despreciaban á las mu- 
geres disolutas y concedían los mayores hono- 
res á aquellas en cuya conducta no se hallaba 
la menor mancha. Teniendo, tanto los prime- 
ros griegos como los primeros romanos, muy 
poca comunicación con las mugeres ¡ resultó 
que conservaron por mucho tiempo su agres- 
te grosería. Los romanos debieron al rapto de 
las Sabinas la primera idea del trato con las 
mugeres, de lo que provino el que insensible- 
mente se fuesen civilizando. 

Todo conspiraba en Roma á mantener 
aquella pureza de costumbres, aquella grave- 
dad y modestia que hacía que las mugeres fue- 
sen no menos importantes en el estado por el 
influjo de su grandeza de alma y de sus apre- 
ciables cualidades en la conducta de sus es- 
posos, que necesarias por su sabia prudencia 
y sjljs heroicos sacrificios. Se meditaron y esta- 
blecieron leyes, según aquel amor al orden que 
arreglando las familias particulares en su go- 
bierno interior, venia á producir la pureza de 
costumbres en la familia general de todo el 
pueblo. 

Pero la naturaleza de las cosas es mas fuer- 
te que la voluntad del hombre. La sociedad se 
altera y muda á medida que se aleja de su orí- 
gen : mientras que una nación se forma y ro- 
bustece, los obstáculos qua hay que vencer 
obligan al trabajo. Se aprovechan todos los me- 
dios de adelantar: seda valor á las virtudes, 



msam&^^misé 



77 

que jurase que el encuentro habia sido casual. 
El Censor romano tenia derecho para escudri- 
ñar la conducta de todos los ciudadanos y de 
castigar las faltas aun de los de la clase mas 
elevada, .menos la de los dos cónsules, del 
prefecto de la ciudad y de la Vestal mas an- 
tigua. Si los principales magistrados y aun los 
mismos cónsules se encontraban con una Ves- 
tal , debían cederla el paso. Era castigado con 
pena capital el que las hacia la mas ligera in- 
juria: eran las únicas mngeres , cuya declara- 
ción tenia valor en juicio: á ellas les estaba 
encargado el conservar los archivos de los tes- 
tamentos y demás escrituras públicas , y sus 
sacerdotisas eran buscadas como jueces arbi- 
tros en las disputas de familias. 

Las damas romanas participaban de los tí- 
tulos y honores de sus maridos; pero se tardó 
mucho tiempo hasta que se les permitió asis- 
tir á los banquetes de los hombres. El empe- 
rador Heliogábalo quiso que su muger tuviese 
voto en el senado; y aun poco después creó 
uno de solo mugeres para decidir de los gra- 
ves negocios de modas y etiquetas \ pero tan 
ridículo senado murió á poco con su fundador. 

Casi todos los miramientos que los roma- 
nos tuvieron con las mugeres, mas bien que 
de amor, naciau de estimación hacia sus vir- 
tudes. 

En los primeros y mas florecientes tiem- 
pos de Roma , se estimaba v respetaba tanto la 
castidad, que se borró á Manlio de la lista de 



7 



rage donde la venganza de un héroe cedió á la 
voz de una muger , y al ascendiente de sus vir- 
tudes. 

Muchos otros casos podría citar, si no per- 
teneciesen mas bien á la historia de las numeres 
célebres, que mis amigas se han propuesto re- 
ferirnos, que á la del sexo en general. 

Para juzgar con acierto del carácter de los 
primeros romanos, y sus diferentes relacio- 
nes con las mugeres, tanto en cuanto á los he- 
chos , como acerca de las leyes , no los debe- 
mos considerar pi en la época de Rómulo , en 
que el pueblo era bárbaro, ni cuando llega- 
ron á corromperse sus costumbres; sino en la 
de este mismo Goriolano , en la que suavizada 
ya bastante su ferocidad natural, presentaba solo 
cierta austeridad de vida , y aquella primera 
esclavitud de las mugeres , un mero recono- 
cimiento del absoluto poder de sus esposos , y 
del cual ellas por su pirte solian apoderarse* 
no tanto como usurpadoras, sino como amigas, 
compañeras, rivales de gloria y de virtudes: 
dignas en fin de tener parte en sus triunfos. 

Parecia pues que los romanos habian pro- 
cedido con cierta inconsecuencia en el modo 
como trataron á sus mugeres, honrándolas unas 
veces y •humillándolas otras. 

El establecimiento de las vestales en Roma 
es tal vez uno de los que mas honraban las 
virtudes de nuestro sexo. Cuando una Vestal se 
encontraba con un reo que llevaban al supli- 
cio , alcanzaba su perdón , bastando solo con 



75 

Pero una ley cíe Rómulo que no podemos 
menos de mirar como bárbara, concedía á los 
maridos el derecho de vida y muerte sobre sus 
mugeres, bien asi como sobre sus hijos: y 
también tenian el de repudiarlas cuando les 
placia, bastando solo para ello con restituir la 

dote. 

También concedían á veces al principal 
entre sus esclavos 1.a facultad de castigar á sus 
esposas , sirviéndonos de ejemplo el primer eu- 
nuco de Justiniano que se atrevió á amenazar 
á la emperatriz , consintiéndolo su amo. 

Cierto es que en los primeros tiempos de 
la república las leyes no podían menos de par- 
ticipar de la aspereza rústica de unos hombres 
feroces y guerreros, 

Pero todo aquel absoluto poder de los ma- 
ridos vino á convertirse en favor de las mu- 
geres, porque debiendo ceder y obedecer, con- 
servaron no obstante, por largo tiempo, el ma- 
yor imperio sobre ellos , no por aquel sagaz 
cálculo, ó aquellos astutos procederes de la co- 
quetería , brillante y peligroso resultado de 
costumbres corrompidas, sino por la rigidez de 
sus principios de educación y la austeridad de 
sus costumbres. Pocas ocasiones hay en aquella 
época que no recuerden sucesos muy honorí- 
ficos para las mugeres. 

Irritado justamente Coriolano contra su 
patria , no la concedió el perdón, sino á rue- 
gos de su madre, con lo que agradecidos los 
romanos erigieron un altar en aquel mismo pa- 



74 

la prudencia, que por la desconfianza y el rigor. 
Ocupadas las mugeresde continuo en los cui- 
dados domésticos , en cumplir con sus obliga- 
ciones cifraban sus principales placeres. Ali- 
mentar y educar á sus hijos, hilar la lana pa- 
ra la ropa del esposo, rogar á los dioses, cuan- 
do estaba ausente, para su pronto y feliz re- 
greso; en esto pasaban sus dias, y á esto se 
dirigían todos sus pensamientos. 

Debemos observar también que la gran- 
deza de alma que los romanos manifestaron en 
tantas ocasiones, dependia esencialmente de su 
educación que se dirigía á inspirarles el mayor 
entusiasmo por los sentimientos nobles y vir- 
tuosos. 

Y no obstante veremos que las mugeres 
romanas pasaban toda su vida, cual las griegas, 
en una especie de tutela ó dependencia de sus 
maridos: porque los honores que se concedie- 
ron á las sabinas, fueron por agradecimiento, 
y asi solo tuvieron un influjo momentáneo en 
la suerte de las mugeres en general. 

El senado después de la favorable negocia- 
ción que facilitaron las mugeres entre roma- 
nos y sabinos , prohibió el que en su presencia 
se tuviesen conversaciones que presentasen un 
sentido obscuro ó equívoco, mandó que en las 
calles publicas se les cediese el mejor lugar, y 
distinguió á sus hijos con una bolita de oro que 
les colgaba del pecho, y con la túnica llamada 
pretexta que llevaban ¡ hasta los diez y siete 
años. 



73 

©O©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©©© 

CONVERSACIÓN I t. 



\<mmQQ'&*mm 



C 



orno el tiempo permaneciese apacible con- 
tinuaron las reuniones del TE en el jardín, y 
tocándole á doña Carlota seguir en la lectu- 
ra de la obra de Mr. Segur, lo hizo en esto» 
términos. 

Primeros Mámanos. 

Entre los primeros romanos , pueblo de 
mas austeras costumbres que los griegos, y el 
cual durante quinientos años desconoció las 
artes y Jos placeres, las mugeres gozaron de 
noble y decente consideración, practicando por 
su parte las virtudes que nacen de leyes sa- 
bias y del vigor con que en sus principios 
obran. Aquellos varones respetables por su se- 
veridad y valor, ocupados únicamente en la 
agricultura y en la guerra, salía* victoriosos 
de los combates para volver á la amable com- 
pañía desús esposas con aquel entusiasmo que 
inspiran la castidad de un sexo y la fidelidad 
del otro. 

Como ellos estimando á sus mugeres no 
podian menos de respetarlas, todas las leyes fa- 
vorecían al sexo ; siendo dictadas mas bien por 



7^ 

esta gran ciudad con su marido , que era el 
hombre mas rico y mas respetado entre los de 
su nación. Dos ancianos, que á la sazón eran 
jueces del pueblo , concibieron por ella la mas 
culpable pasión, y como buscasen oportunidad 
de satisfacerla , vínoseles á las manos habién- 
dola hallado sola en su jardin bañándose. Aco- 
métenla furiosos, amenazándola que si se re- 
sistía la acusarían de adulterio; pero ella pre- 
firiendo el conservar su castidad á todos los 
males que la pudiesen sobrevenir, comenzó á 
dar gritos, loque también hicieron los viejos, 
acudiendo el uno á abrir la puerta del jardin, 
mientras los criados entraban por otra. 

Mas ellos al instante comenzaron á incre- 
parla sobre el supuesto crimen que decian ha- 
ber cometido con un joven, que logró esca- 
parse por la puerta que ellos mismos habian 
abierto. Dando el pueblo crédito á sus jueces 
fue condenada al último suplicio; pero cuan- 
do iba á ejecutarse la sentencia, el joven Da- 
niel , que tanto poder tenia cerca del rey de 
Babilonia , y tan respetado era de los suyos, 
inspirado por Dios, logró el que se le permitie- 
se examinar mas detenidamente el caso; y en 
efecto, habiéndoles interrogado á cada uno se- 
paradamente, vio que se contradecían en su 
respuesta. Con esto se descubrió la maldad, 
triunfó la inocencia , y los viejos sufrieron el 
castigo que tenian preparado á su infeliz víc- 
tima. 



7 1 , 

cía tic gli Órologgi. Hallándose su esposo en 
tu casa de campo, y ella en la ciudad , un 
caballero joven que estaba perdidamente ena- 
morado de ella, tuvo medio de introducirse 
eu su alcoba, bailándose Lucrecia aun en la 
cama, con su hijo Fernando, niño de unos 
cinco años. 

Tomóle á éste en sus brazos y á precau- 
ción lo llevó á un retrete inmediato, y vol- 
viendo presuroso pintó su pasión con la ma- 
yor vehemencia á la dama, instándola porque 
le correspondiese ; pero desentendiéndose ella 
de sus halagüeñas expresiones , acudió á las 
amenazas , las que despreciadas igualmente, 
convertido en rabia su amor , se arrebató en 
términos que la dio de puñaladas dejándola 
muerta. No tardó mucho en ser descubierto y 
preso, puesto que siempre se mantuvo nega- 
tivo. Aunque no fue condenado al último su- 
plicio como merecia , sufrió sin embargo una 
larga prisión de quince años , y habiendo en 
fin salido de ella recibió el condigno castigo, 
pues á pocos meses aquel niño Fernando, único 
testigo del lance , hecho ya joven , vengó á su 
madre, dándole muerte de un pistoletazo. 

Y ahora pondremos fin á la conversación 
de hoy con la historia de la casta Susana. 

Era esta hija de Helcias, y muger de Joa- 
quín , de la tribu de Judá, no menos hermo- 
sa que modesta , amante de su esposo y llena 
de virtud. Como entonces los judíos estuvie- 
sen cautivos en Babilonia , ella habitaba en 



7 ° 

Otro autor moderno ha contrapuesto á la 
debilidad é inútil venganza de Lucrecia, la in- 
trepidez de una religiosa joven acometida bru- 
talmente por cinco ó seis soldados, cuando el 
saqueo de una ciudad de Polonia. "Atemorizada 
3> al considerar el peligro que corre su inoeen- 
» cia , se arroja á los pies de uno de aquellos 
v furiosos , y le dice : si no me haces daño al- 
» guno , agradecida te descubriré un secreto 
» que me enseñaron mis padres , y te hará in- 
*> vulnerable. Creyólo el soldado, y ella fin- 
avgiendo que untaba su sable con alguna com- 
jj posición extraña que le manifestó, se lo vol- 
n vio y le dijo: estoy tan segura, que puedes 
j> hacer la prueba en mí misma." Confiado el 
soldado la descargó un fuerte golpe en el cue- 
llo , con el que dividió la cabeza de los hom- 
bros. 

Sin meternos , añade el autor , á decidir 
acerca de la moralidad de esta acción bajo to- 
dos sus aspectos , es bien cierto que es muy 
superior á la de Lucrecia en cuanto á valor y 
castidad , pues que supo conservar esta. 

Aun intentan algunos preferirla otra Lu- 
crecia conocida en los modernos tiempos, -es- 
to es, como á mediados del siglo XVII, y 
también en la misma Italia i vmds. , señoras, 
seguirán en esta parte la opinión que mejor les 
parezca , pues no me atreveré á decidir esta 
cuestión. 

El marques Eneas de Obbizzi, en el Pa- 
duano > estaba casado con la hermosa Lucre- 



6 9 

dadamente qne habían sido muertos en justo 
castigo de su incontinencia. Atemorizada con 
esto Lucrecia , desistió de su resistencia deján- 
dola Sexto, luego de saciada su brutal pasión, 
en el mas amargo y desesperado dolor. 

Vuelta un poco en si convoca á su padre, 
á su marido y á todos sus parientes, y comien- 
za á referirles y pintarles el lance con la mas 
vehemente elocuencia; pero al llegar al terri- 
ble caso de su deshonra , bien claro lo mani- 
festó en su rubor, deshaciéndose en lágrimas, 
sin poder articular palabra. 

Estremecidos todos , juran vengar el ultra- 
ge según ella se lo suplicaba, con lo que con- 
tenta se hundió un puñal en el pecho , creyen- 
do que no debia sobrevivir á su ignominia. 

Al instante se reunió el Senado y habiéndo- 
se presentado allí el yerto cadáver y el san- 
griento puñal , resultó la expulsión de los Tar- 
quinos. 

Todo este suceso está superiormente pin- 
tado por Ovidio en el libro a.° de sus Fastos. 

Muchas veces se ha comparado á Lucrecia 
con Susana , cuya historia referiré luego; pero 
la comparación no es exacta, dice un historia- 
dor , pues no podemos menos de mirar la vir- 
tud y heroísmo de la judía como muy supe- 
rior al de la romana , porque ésta prefirió la 
vida á la virtud, privándose después de ella 
en su inútil desesperación, mas aquella quiso 
mejor morir y sufrir la acusación del crimen 
que cometerlo. 



68 

con Colatino , pariente de Tarquino II , por 
sobrenombre el Sobervio , séptimo y último 
rey de Roma. 

Hallándose un dia su esposo en un ban- 
quete con los hijos del rey, en el calor del fes- 
tín cometió la imprudencia de pintar con tan 
vivos colores la extraordinaria hermosura de 
su esposa, que Sexto, hijo mayor de Tarquino, 
se prendó sobremanera de aquella imagen, an- 
sioso por ver y gozar la realidad. Logró con 
facilidad lo primero , pues el mismo Colatino, 
neciamente confiado, le llevó á su casa, y vien- 
do Sexto que el original era aun superior á la 
idea que ele él habia formado, su pasión llegó 
á convertirse en un frenesí amoroso, resuelto 
á exponerse á todo por contentar sus crimina- 
les deseos. 

Agitado con estos pensamientos , no tardó 
mucho en fugarse escondida mente del campo 
de Árdea, capital de los Rútulos que su padre 
tenia sitiada en la guerra que contra ellos ha- 
bia emprendido. 

Habiendo llegado de noche á Roma, se in- 
trodujo sin ser visto en la casa y cámara de 
Lucrecia, a la que halló reposando en su le- 
cho. Acometióla furioso para saciar sus deseos, 
y como ella se resistiese denodada , valióse de 
la estratagema de amenazarla con que si no ce- 
día- la quitarla no solo la vida, sino el honor, 
matándola junto con un esclavo que consigo 
habia traido, y dejando á ambos cadáveres en 
la misma cama , resultarla que se creyese fun- 



67 

muy confiadamente. Llena de gozo entonces 
Camna, exclamó: "contenta muero porque mi 
» muy adorado esposo queda vengado, y mi 
3) honor á salvo: " dicho esto no tardaron mu- 
cho en espirar ambos. 

Este suceso pareció de tanto ínteres al cé- 
lebre Tornas Comedie , que le aprovechó pa- 
ra asunto de una de sus tragedias. 

Susana y las dos Lucrecias. 

Asi como la cualidad que apreciamos mas 
en los hombres es el valor , por manera que 
nadie quiere pasar la plaza de cobarde , pro- 
curando todos ser esforzados y valientes ó pa- 
recerlo á lo menos , del mismo modo lo que 
mas ennoblece á nuestro sexo es la castidad. 

Esta virtud nos da la otra cuando se trata 
de defenderla Ó de vengar los ultrages que se 
la hacen, con lo que triunfando de cuanto la 
daña ó se le opone, merecemos, en premio de 
nuestros victoriosos esfuerzos, no solo la esti- 
mación de los demás, sino aun la nuestra pro- 
pia. Tan lisongera es esta recompensa para un 
alma nobles, que vemos amenudo tímidas y dé- 
biles doncellas armarse de un valor heroico pa- 
ra vengar su ultrajado honor. 

En los principios del romano Imperio, cuan- 
do las costumbres estaban en su mayor senci- 
llez y pureza, y la fé conyugal era mirada con 
el mas religioso respeto, una señora, de las prin- 
cipales de la ciudad, llamada Lucrecia, se caso 



66 

testables la Incontinencia, los celos y la crueldad. 
Y volviendo á nuestro propósito, continuó 
doña Joaquina, del que me he distraido algún 
tanto, hablemos ahora del hopor vengado he- 
roicamente, en las historias siguientes. 

Camna. 

Sinato, uno de los principales Señores de 
la provincia deGalacia, en el Asia menor, fue 
asesinado pot Sinorix, que habia concebido la 
mas violenta pasión por su bella y virtuosa es- 
posa Camna , á la cual solo de aquel modo en- 
tendía poder lograr. 

Libre Sinorix de su rival, procuró ganar el 
corazón de la desconsolada viuda con los mas 
delicados obsequios, y los mas ricos presentes, 
á los que ella se reusaba con suma cordura; 
pero temiendo que si abiertamente le manifes- 
taba su odio, acudiese él á los medios mas vio- 
lentos y contrarios á su casto honor , fingió 
corresponderá y que consentía en casarse , á 
cuyo efecto, y para hacer mas solemne su unión, 
quiso se verificase ante el altar de Diana, de la 
que era sacerdotisa: una de las ceremonias era 
beber ambos esposos en una misma copa. Asi 
que Camna hubo pronunciado las palabras que 
aquel rito exigía , y hecho el acostumbrado ju- 
ramento, tomó la copa en la que ocultamente 
habia echado un muy eficaz veneno , y des- 
pués de haber bebido, se lo presentó á Sinorix, 
quien no recelando el artificio bebió también 



65 

matarlo de una pedrada , pero habiendo caí- 
do después en poder de sus enemigos, tam- 
bién sufrió \% muerte. 

No tuvo mejor fin , y por cierto bien me- 
recido, otra Berenice, hija de Tolomeo Aule- 
tes, ó el tocador de flauta , pues como sus va- 
sallos rebeldes le hubiesen privado del trono, 
dándosele á su hija mayor , que es la de que 
aqui tratamos, ella dio muerte á su marido 
Seleuco, para casarse luego con Arquelao, sa- 
cerdote en una ciudad del Ponto , con el que 
dividió su corona , y en cuya compañía vivió 
bien poco , pues él murió en una batalla , y á 
ella dio muerte su padre, habiendo logrado con 
el auxilio de los romanos sujetar á los rebel- 
des y recobrar su reino. 

Por último haremos mención de Berenice de 
Ghio, una de las mugeres del célebre Mitrida- 
tes Eupator; pues habiendo sido vencido por 
Lóculo, general romano, temiendo que el ven- 
cedor se apoderase de uu castillo donde tenia 
encerradas sus mugeres y atentare á su honor, 
las envió un eunuco con veneno para que lo 
tomasen. La cantidad que Berenice bebió no 
fue bastante para causarla la muerte con la 
prontitud que se deseaba , lo que sabido por 
Mitrídates , acudió presuroso y la ahogó con 
sus propias manos. Acción , dice un historia- 
dor , fue esta que en el dia mismo pasaría por 
heroica entre los orientales ; pero nosotros no 
podemos menos de mirarla con horror, y co- 
mo el bárbaro resultado de tres pasiones <2e- 

5 



u 

sa los había elevado al firmamento colocándo- 
los en los astros; y en efecto, los astrónomos 
cuentan á los cabellos de Berenice éntrelas cons- 
telaciones celestes, y son aquellas siete estrellas 
que se ven junto á la cola del León. Aun en 
tiempos muy posteriores el tierno Catulo ce- 
lebró estos cabellos en muy elegante poema. 
Berenice sobrevivió á un esposo á quien tan 
tiernamente amaba; pero tuvo la desgracia de 
ser asesinada por su propio hijo, al cual no 
sin razón se acusa también de haber envene- 
nado á su padre. 

La segunda tuvo por esposo á Antíoco, por 
sobrenombre el Dios¡ rey de Siria. Estaba este 
casado con Laodicea, y corno hubiese tenido 
desgraciada guerra con Tolomeo Filadelfo, solo 
pudo obtener la paz con la dura condición de 
repudiar á Laodicea, y desheredar á los hijos 
que de ella habia tenido, y casarse con Bereni- 
ce , asegurando la corona á los que de esta tu- 
viese. Siete ú ocho años después cansado de 
ella Antioco, y hallando ocasión favorable vol- 
vió á unirse con Laodicea, la cual no habien- 
do olvidado su afrenta le envenenó, y persi- 
guió á Berenice , que con su hijo se habia 
retirado á un templo en uno de los arraba- 
les de Antioquía. Su hermano Tolomeo Ever- 
getes acudió en su amparo, pero antes de que 
pudiese llegar, el hijo de Berenice cayó en ma- 
nos de Ceneo, espía oculto de Laodicea, quien 
le dio muerte. Furiosa la madre, sdbe en un 
carro de guerra, persigue al asesino y logra 



63 

sarse y que la compuso Racine en concurren- 
cia con Corneille, por mandado de Enrique- 
ta de Inglaterra, cuñada del rey , que era muy 
aficionada á aventuras amorosas y novelescas. 
La hermosa Manzini habia dicho á Luis XIV. 
cc Me amáis, sois rey. lloráis y yo parto." Asi 
pues, no pudo menos de lisonjear sobremane- 
ra al monarca cuando Racine hace decir á Bere- 
nice: cc Señor, sois emperador y lloráis, me 
aseguráis de vuestro amor, y sin embargo me 
veo obligada á partir (a). 

Hubo otras Berenices, célebres en la histo- 
ria, de las cuales haremos mención aqui. 

Dos de ellas fueron hijas de Tolomeo Fi- 
ladelfo, ó el que ama á sus hermanos, ha pri- 
mera según la costumbre de los Egipcios, se 
casó con su hermano Tolomeo Evergetes ó el 
Benéfico, y como este rey se dispusiese á en- 
trar en campaña contra Selenco rey de Siria, 
Berenice ofreció sus hermosos cabellos á la diosa 
Venus si volvía feliz y triunfante. Así lo cum- 
plió; pero como aquella misma noche hubiesen 
sido robados del templo, fue extraordinaria la 
pena que sintió Tolomeo , jurando tomar atroz 
venganza si llegaba á descubrir al robador. El 
célebre astrólogo Conon de Samos halló medio 
de templar su dolor, asegurándole que la dio- 



( a ) Vous étes empereur , et vous pleurcz . . . 
Vous m' aimez ? et vous me le soutenez, et cependaat 
je pars. 



62 

fundamento, corrían de que tuviese un trato 
incestuoso con su propio hermano, se deter- 
minó á contraer segundas nupcias con Pole- 
mon, rey de Cilicia f al cual redujo por su 
amor á que se hiciese judio; pero bien pron- 
to le dejó por su anterior amante* 

Como por entonces ios judios se hubiesen 
rebelado contra los romanos * estos mandados 
por Tito les hacían cruel guerra, cuyo éxito 
desgraciado para ellos no podia ser dudoso á 
toda persona sensata, y asi Berenice les acon- 
sejó que se sometiesen á sus enemigos para evi- 
tar su completa ruina, que en efecto se verifi- 
có. Mas ella, como rnuger prudente y sagaz, no 
solo se sometió á Tito, sino que tuvo maña 
para inspirarle un violento amor, puesto que 
también se lo tuviese por su parte. Arrebata- 
do Tito por la fuerza de su pasión intentó no 
solo casarse con ella , sino ademas declararla 
emperatriz, lo cual por las leyes romanas le 
era gravemente prohibido; y asi, como mur- 
murase el pueblo, se vio obligado á contener 
su ardor y á hacerla salir de Roma. 

La separación dolorosa y cruel de estos 
dos amantes forma el argumento de la trage- 
dia francesa , donde la fuerza del amor y la 
violencia que sufren Tito y Berenice están pin- 
tadas con los mas vivos colores. 

Dícese que toda la pieza es una alegoría 
muy delicada de los amores de Luis XIV con 
la hermosa Manzini , sobrina del cardenal Má- 
zarino, con la que estuvo muy cerca de ca- 



6i 

Cuando Alexandro tomó por asalto la ciu- 
dad de Thebas en Beocia , uno de sus capita- 
nes abusó violentamente de Timoclea, dama no 
menos hermosa que noble, y no contento con 
esto, la obligaba con amenazas á que le decla- 
rase donde tenia escondidas sus riquezas; á lo 
que ella contestó que en un pozo que le indi- 
có: el capitán bajó al instante á él, y ella apro- 
vechó la ocasión para vengar su honor ultra- 
jado, tirándole un montón de piedras, bajo 
las que quedó sepultado. 

Habiéndose apoderado el feroz Atila, que 
se intitulaba á sí mismo Azote de Dios^ de la 
ciudad de Aquilea en Italia, un oficial de su 
egército quiso abusar de una dama que habia 
hecho cautiva; pero ella le suplicó solo que 
fuese en parage reservado, en lo que él con- 
vino, con lo que le llevó al instante á una ha- 
bitación, cuyo balcón daba al rio, y le dijo: 
Pues que queréis gozar de mí, no tenéis que 
hacer mas que seguirme, y súbitamente se ar- 
rojó al agua, donde se ahogó. 

Las Berenices. 

Una de las tragedias mas estimadas de Ra- 
cine es la intitulada Berenice, la cual se fun- 
da sobre el suceso siguiente. Agripa el mayor, 
rey de los judios, tuvo una hija llamada Bere- 
nice, la cual casó con su tio Herodes, hecho 
rey de Calcidia : muerto este y pasado algún 
tiempo, para disipar los rumores que, no sin 



6b 

ciudadano mas valiente, á lo que ella repuso: 
estáis muy equivocados \ pues aunque es bien 
cierto que mi hijo tenia mucho valor ¡ gracias 
á los dioses aun quedan á mi patria muchos 
ciudadanos que valen mas que éL 

Timoclea. 

Hemos visto mugeres iguales en valor mar- 
cial á los hombres, y no podremos menos en 
la segunda de nuestras conversaciones de pre- 
sentar muchos y muy notables egemplos de 
esta excelente cualidad que parece, y en efec- 
to es mas propia del otro sexo, y como extra- 
ña al nuestro, pues que la naturaleza nos hizo 
mas débiles, tímidas, sensibles y compasivas. 

Pero hay otra especie de valor á mi en- 
tender mas noble, jaras sublime, y el cual per- 
tenece mas propiamente á las mugeres: y no 
tanto consiste ei| hacer, cuanto en sufrir el mal: 
tal vez se necesita mas virtud, mas fortaleza 
de alma para recibir la muerte sin defensa al- 
guna, que para combatir matando y esponién- 
dose á morir, por lo que se diria que el va- 
lor, que llamaremos pasivo, es superior al 
activo. 

Las mugeres son generalmente héroes en 
defender y vengar su honor ultrajado, y nada 
las cuestan los mayores sacrificios cuando los 
exige el amor conyugal y sobre todo el filial, 
como lo iremos comprobando en las historias 
que sucesivamente recorreremos. 



5 9 

Irritado con esta arrogancia el emperador, 
redobló sus esfuerzos en tales términos, que 
temiendo Zenobia el caer en sus manos , se sa- 
lió secretamente de la ciudad, dejando en ella 
á Longino; pero perseguida en su fuga por 
las tropas enemigas , fue hecha prisionera al 
ir á atravesar el Eufrates, Pedia la soldadesca 
su muerte; pero mas humano ó tal vez mas 
orgulloso el emperador, quiso reservarla para 
hacer mas brillante su sobervio triunfo, con- 
cluido el cual dicen que la dio una magnífica 
casa y hacienda cerca de Roma , en la que aca- 
bó pacíficamente sus dias , después de haber 
reinado con tanto explendor. 

Mas Aureliano no fue tan generoso con su 
leal amigo, pues que le hizo dar muerte con 
crueles tormentos, que sufrió Long'ino con fi- 
losófica serenidad y constancia. 

Doña Carlota nos habló, del valor de las 
mugares de Lacedemonia, y entonces me re- 
cordé de este dicho de 

Archileonida. 

Habiendo recibido la noticia de que su hi- 
jo habia perdido la vida en una batalla, pre- 
guntó si habia muerto como hombre valeroso. 
Algunos extranjeros que habian presenciado 
la acción y admirado el valor del joven , hi- 
cieron grandes elogios de él á su madre, anar 
diendo que no creían hubiese en Esparta un 



58 

El mismo Áureliano en persona se presen- 
tó en la lid. Zenobia había reunido la mayor 
parre de sus fuerzas junto á la ciudad de Án- 
tiQqnía, adonde lá fue á acometer el egército 
romano. La batalla fue obstinada y sangrienta 
declarándose al principio en contra de Áure- 
liano, quien se vio á pique de perderla ^ pero 
como la caballería de Zenobia en el ímpetu 
de su ataque se hubiese adelantado demasiado, 
dejando desamparada á la infantería, la de los 
romanos se aprovechó de esta falta, cayó sobre 
ella derrotándola ..y. decidiendo á su favor la 
victoria. 

Grande fue la pérdida de la rey na de Pal- 
mira, por lo que no tuvo mas arbitrio que el 
de irse á encerrar con las tropas que la que- 
daban en la capital , según la aconsejó Longino. 
Bien pronto se presentó Áureliano á po- 
nerla sitio, que la^reyna sostuvo con todo el 
valor de un hombre y el furor de una muger 
irritada. Cansado Áureliano de tan obstinada 
resistencia, escribió á Zenobia proponiéndola 
condiciones muy favorables para que se rin- 
diese; pero ella, también dicen que por con- 
sejo de Longino, le dio con noble orgullo la 
siguiente respuesta: cr No con cartas, sino con 
valerosos hechos se obliga á un enemigo á que 
se rinda. Si solo unos miserables foragidos han 
sido poderosos á vencerte, ¿qué no debes temer 
de esforzados varones resueltos á defenderse? 
Traed á la memoria que Cleopatra quiso mas 
bien darse muerte, que sufrir ser vencida. n 



57 

nato tuviese tan preferente inclinación á este 
hijo que le dio todos los tesoros y las concu- 
binas de Sapór, teraióque también le dejase el 
reino á su muerte, en perjuicio de tres hijos 
que ella habia tenido de su matrimonio, por lo 
que entendió que el único medio de evitarlo 
sería el de hacer dar muerte á padre y á hijo. 
Todo esto es dudoso; mas no lo fue que tuvo 
parte muy principal en las victorias de su 

marido. 

Dueña ya del reino de cualquier modo 
que fuese, se aplicó á gobernarlo, extenderlo 
y defenderlo bien, protegiendo las artes y las 
ciencias, ayudada del célebre filósofo y litera- 
to Longino, que habia sido su maestro en to- 
llos los conocimientos humanos que tan pro- 
fundamente poseia. 

Aquel mismo Galieno, que tanto debia á 
Odenato, y al que tan generosamente habia re- 
compensado, declaró guerra á Zenobia; pero 
ésta supo resistirle con valor y aun vencer 
á sus generales, con lo que conquistó la paz, 
valiéndose del descanso de ella para invadir el 
Egipto. 

Los romanos volvieron á las armas deseo- 
sos de vengar las pasadas derrotas, y como 
entonces ocupase el imperio Aureliano, dacio 
de nación y uno de los mayores generales de 
su tiempo, lograron completa aunque muy re- 
ñida victoria de la reyna de Palmira, la cual 
apareció tan ilustre y grande en la desgracia 
cuanto lo habia sido en la prosperidad. 



56 

devastaría el reino de Pal mira , dando muerte 
á Odenato y á toda su familia, si esteno acu- 
día presuroso á humillarse á sus pies con las 
roanos atadas á la espalda, cual miserable es- 
clavo suyo. 

Con razón indignado el rey de Palmira de 
tan nunca vista insolencia, se unió con los 
romanos, igualmente deseosos de venganza 
que él; y acometiendo intrépido á Sapór, ca- 
si le hizo sufrir la ignominia que le prepara- 
ba: pues le venció v apoderándose no solo de 
sus tesoros , sino hasta de su misma esposa y 
concubinas. 

Fiel no menos á los romanos , combatió 
contra los tiranos, que en aquellos tiempos 
calamitosos para el imperio le despedazaban 
por todas partes 5 con lo que logró el que 
Gaüeno , hijo y sucesor de Valeriano , le aso- 
ciase al mando, concediéndole el título de Cé- 
sar y de emperador, y el de Augusto á su es- 
posa Zenobia y á sus hijos. 

Continuando en sus victorias se apoderó 
de la ciudad de Ctesifon , y dio muerte á Ba- 
lista que se habia revelado; pero cuando se 
preparaba para ir á contener á los godos 
que traían á sacomano toda el Asia, fue trai- 
doramente asesinado en un festin con su hijo 
Herodiano , hallándose en Heraclea , ciudad 
del Ponto. 

Zenobia era madrasta de Herodiano, y no 
debemos ocultar que se la sospecha de haber 
tenido parte en este atentado; pues como Ode* 



55 

Zenobia , reina de Palmira. 

• ■ 

Muy excelentes prendas han dado lo- 
gar distinguido en la historia á esta soberana» 
Talento, valor, prudencia , castidad ¿ instruc- 
ción y amor á las ciencias. Descendiente de los 
Tolomeos y Cleopatras de Egipto, heredó ei 
valor é inteligencia de sus abuelos. 

Su esposo Odenato, rey de Palmira, acos- 
tumbrado desde su infancia á luchar con fe- 
roces leones y las bestias mas bravas, no solo 
manifestó su ánimo esforzado, sino la mayor 
sagacidad y astucia en las guerras que hubo 
de sostener contra príncipes mucho mas po- 
derosos que él* 

Cuando Sapór , rey de Persia , hubo ven- 
cido , el año 260 de nuestra era, al empera- 
dor. Valeriano, á quien tuvo la bárbara cruel- 
dad de desollar vivo, consternado con esto to- 
do el Oriente, procuró aplacar á tan insolen- 
te vencedor. Con este obgeto Odenato le envió 
embajadores con ricos presentes y una carta, 
en la que protestaba que jamas habia tomado 
las armas contra él; pero lejos de agradar esto 
al orgulloso persa, solo sirvió para irritarle 
mas, ofendido de que aquel reyezuelo se atre- 
viese á escribirle como á su igual , cuando 
debería haber venido en persona , según en- 
tendia , á rendirle homenage. 

Enfurecido, pues, despedazó la carta, man- 
dó arrojar ai rio los ricos dones , y juró que 



54 

Instituyó combates y juegos fúnebres; y 
prometió premios de mucho valor á los ora- 
dores y poetas que mejor celebrasen las vir- 
tudes de su esposo, con lo que logró ei lauro 
de que concurriesen á ellos Isócrates y Theo- 
pompo. Pero lo que no menos la hace ilustre 
fue que la fuerza del dolor no la impidió aten- 
der al gobierno y defensa de sus estados: pues 
castigó , aunque con demasiada crueldad , á 
los rodios que se habían sublevado, lo que 
excitó el odio de los atenienses, movidos ad$* 
mas por las oraciones de Pemóstenes. 

Hípsicrates, 

También nos hablan algunas historias d§ 
esta heroina , muger del célebre rey del Pon- 
to Mitridates, la cual llevada de su amor, di- 
cen que aunque joven y hermosa, se cortó ei 
pelo , se acostumbró; al uso de las armas , y á 
acompañar á su marido en las fatigas y peli- 
gros de sus continuas campañas 5 y como fue- 
se vencido por Pom peyó , le siguió constante 
cuando todos , y hasta sus propios hijos lé 
abandonaban, y auq perseguían: de este mo- 
do atravesó toda el* Asia, suavizando con su 
cariño las crueles/ penas que atormentaban el 
ánimo' fuerte y* feroz de aquel guerrero. 



53 

concubinas, y los cuales le habían acompaña- 
do en aquella guerra. 

Esto es lo mas cierto que se sabe de esta 
Artemisa; pues lo que se añade de que la ma- 
dre de los dioses, vengativa de la sorpresa de 
Latmo,la había inspirado una violenta pasión 
hacia un hermoso mancebo de Abydos , al 
cual como no la correspondiese í ella despe- 
chada y furiosa le arrancó los ojos, precipi- 
tándose luego, desesperada, délo alto de una 
roca , entra ya en el dominio de la fábula. 

La segunda Artemisa fue hermana y mu- 
ger á un tiempo de Mausolo. Cuando este rey 
acababa de conquistar las islas de Rodas y de 
Cos, fue sorprendido por la muerte en me- 
dio de sus triunfos. Inconsolable su viuda hizo 
quemar el cuerpo de su esposo , 6egun acos* 
tumbraban los antiguos; y habiendo recogido 
cuidadosamente sus cenizas, se las fue tragando 
mezcladas en la bebida, como para convertirlas 
en su propia substancia , y que su cuerpo 
fuese el verdadero sepulcro del objeto amado. 

Aun quiso perpetuar su dolor erigiendo- 
le un magnífico monumento, que de su nom- 
bre se llamó Mausoleo, y fue tenido por una 
de las siete maravillas del mundo. Trabajaron 
en él cuatro arquitectos de los mas famosos de 
Grecia, y se dice que tenia, cuatrocientos on- 
ce pies de circuito , y ciento cuarenta de alto, 
comprendiendo una pirámide de la misma al- 
tura que el edificio, el cual estaba adornado 
ademas con treinta y seis columnas. 



52 

Cuando Xerges supo cuan valientemente 
Labia combatido, no pudo menos de decir que 
en aquella lid los hombres se habían por- 
tado como mugeres, y las mugeres como hom- 
bres. 

Temible sin duda fue á sus enemigos, pues 
que los atenienses, irritados del engaño, pro- 
metieron una gran recompensa á quien se la 
entregase viva} pero ella tuvo bastante maña 
para eludir sus asechanzas. 

Mas noblemente obraron los espartanos, 
colocando su estatua entre las de los genera- 
les persas. Y volviendo á Xerges veremos que 
arrepentido éste de no haber seguido su con- 
sejo, la consultó , aunque ya tarde, acerca del 
partido que se debería seguir para reparar tan 
fatal pérdida; mas como Artemisa le viese re- 
suelto á volverse á sus estados , y dejar áMar- 
donio en la Grecia, conoció que sería negocio 
inútil el obstinarse contra esta resolución; pe- 
ro ella , mas precavida por su parte , y pre- 
viendo el mal éxito de una guerra dirigida 
por un general sin talento ni experiencia al- 
guna, no quiso sufrir tal ignominia, y asi dio 
la vuelta hacia sus estados, los cuales parece 
aumentó, apoderándose de la ciudad de Lat- 
ino, en la que se introdujo ? valiéndose de la 
estratagema de celebrar la fiesta de la madre 
de los dioses. 

Xerges continuó haciendo de ella el apre- 
cio que se merecia, pues que la confió el cui- 
dado de muchos de sus hijos habidos de sus 



5i 

nía conocimiento alguno del arte naval , de- 
mostró que el talento alcanza á desempeñar 
todos los cargos. 

Admirado Xerges de su profundo saber, la 
dio entrada en su consejo de estado , y cuan- 
do se ventiló en él la cuestión de si conven- 
dría sostener el combateen el estrecho de Sa- 
lamina, fue la única que se opuso, manifes- 
tando el riesgo que en ello habia; porque, di- 
jo, los griegos son mas diestros en el mar que 
los persas , y si se perdía aquella batalla se 
seguiría á esta desgracia la ruina del ejército 
de tierra: asi pues concluyó diciendo que era 
mas conveniente el prolongar la guerra, diri- 
giéndose hacia el Peloponeso, pues estaba per- 
suadida á que componiéndose la escuadra grie- 
ga de naciones diferentes, cuyos intereses igual- 
mente lo eran, se irian separando para aten- 
der á la defensa de su propio pais. No se si- 
guió este consejo; mas la experiencia demos- 
tró cuan prudente y acertado era. 

Trabado el combate, cuyas resultas fue- 
ron tan fatales á los persas , manifestó el ma- 
yor valor y suma sagacidad: pues como la fue- 
se á los alcances un buque ateniense muy su- 
perior en fuerzas , mandó quitar el pabellón 
persa , acometió á una nave de la escuadra de 
Xerges, que mandaba Damasítimo, rey de Ca- 
lindo , con el cual habia tenido alguna des- 
avenencia, y la echó á pique; con lo que cre- 
yendo los atenienses que ella se hubiese hecho 
de su partido, dejaron de perseguirla. 



Ni 

5o 

que ya no son de temer los tiros que á trai- 
ción suele asestar. Un pabellón de tela de oro, 
sostenido sobre algunos árboles, cubre á la jo- 
ven novia, é indica su rica y noble clase, bien 
asi como un corderillo que reposa á su lado 
nos manifiesta su suave y apacible genio, A 
sus pies tiene la manzana de oro con el lemas 
á la mas bella. 

Las dos Artemisas. 

Dos mugeres, del nombre de Artemisa, ilus- 
traron el antiguo reino de Caria , en el Asia 
menor, la una por su valor é inteligencia , y 
la otra por su amor conyugal , viniendo á 
quedar como símbolo de éste. 

La primera , hija del rey Ligdarmis , fue 
una de aquellas mugeres extraordinarias, que 
sabiendo sujetar sus pasiones al yugo de la 
razón, se manifestaron dignas de mandar á los 
hombres. Habiendo perdido á su padre y á su 
esposo, gobernó el reino durante la menor edad 
de su hijo , cuyos estados logró aumentar. Co- 
mo llegase á entender que Xerges, rey de Per- 
sia , se disponia á invadir la Grecia , se apro- 
vechó de esta ocasión para hacer ver, que aun- 
que muger, no le era extraña la guerra, bien 
asi como ni la ciencia del gobierno ; y sin es- 
perar á que el gran monarca solicitase su au- 
xilio, hizo equipar una pequeña escuadra, ca- 
si tan magnífica como la de los sidonios. Pú- 
sose ella misma á su frente , y aunque no te- 



49 

cuelo que retoza en el regazo de su madre, 
pues que á veces aparece con todo el brillo 
de la mocedad, y de este modo es como se 
representa al amante de Psiquis. 

Había en el palacio* del rey de Francia, 
en Versalles, una estatua que figuraba al amor 
como un Dios vencedor de Marte y de Hér- 
cules, dueño ya de sus armas, trabajando por 
convertir en arco la clava de este último. 

£1 célebre Le-Brun, en una pintura ale- 
górica, de no menos agradable que delicada 
invención , nos representa á una recien casa- 
da que ha sujetado al inconstante amor. El 
mismo artista la explica del modo siguiente: 
La luz que ilumina al objeto principal del 
cuadro llama la atención sobre una joven, de 
no menos hermosa presencia que de decoroso 
y decente aire : está sentada sobre la fresca 
yerba, y tiene al Amor inclinado sobre sus ro- 
dillas, ai mismo tiempo que le corta las ali- 
tas, mientras que Minerva le está atando las 
manos á las espaldas con una cinta : el velei- 
doso diosezuelo se manifiesta enfadado de que 
de aquel modo coarten su libertad. Detras de 
este grupo se divisa al Himeneo en figura de 
un niño, que orgulloso y triunfante eleva su 
antorcha, y parece burlarse del amor con pi- 
caresca sonrisa. A su lado tiene el cuerno de 
la abundancia, lleno de opimos frutos, como 
6Ímbolo de los que debe producir. Mas distan- 
te, y como á su derecha, se le ofrecen en ho- 
locausto las armas mismas del amor, con lo 

4 



4S 

lo, la tierra, y los dioses inmortales. Acusilao 
admitía otro amor engendrado por la noche y 
ei Éter j y según Orfeo habia uno que era hi-% 
jo de Saturno. Platón quiere que el amor sea 
hijo del dios de las riquezas , al que llama 
Poro, y de la Pobreza. Safo nombra á dos, al 
uno hijo del cielo , y al otro de la tierra. Los 
romanos distinguían también dos, el que pre- 
sidia á las inclinaciones mutuas, y el que 
vengaba los amores despreciados. 

Los poetas y artistas, tanto antiguos co- 
mo modernos , le representan como un niño 
con alas, arco y aljaba, siempre desnudo, al- 
gunas veces ciego ó con venda en los ojos, y 
una antorcha. Todo esto presenta una muy de- 
licada alegoría que designa lo ciego de esta 
pasión, como las alas su ligereza, el arco y 
las flechas su irresistible poder , su antorcha 
encendida su actividad : á veces tenia un de- 
do que tapaba la boca, ad virtiendo á los aman- 
tes que fuesen callados y discretos. 

También le hicieron hijo ya de Marte y 
Venus, ya del Cielo y la Tierra, ya de Zéfrro 
y Flora, con lo que se expresan sus diferen- 
tes y aun contrarios caracteres; como son sen- 
timientos sublimes , y deseos groseros y car- 
nales , fuerza y debilidad, hermosura é in- 
constancia. Fingieron algunos poetas que las 
saetas de su aljaba eran las unas con punta de 
oro, y las otras con puma de plomo:, las pri- 
meras tenian la cualidad de inspirar amor, 
las otras odio. No siempre es el amor un chi* 



■ '** 

lo. Para lograr la dicha en el matrimonio es 
menester que siempre y después de muchos 
años , procuren los esposos ser tan cuidadosos 
en agradar, tan diligentes en servir, tan mi- 
rados en no ofender , como cuando comenza- 
ban á amar 5 y buscaban los medios de ser 
queridos. 

Seguro es que solo se conserva un cora- 
zón por el mismo camino que se adquiere. 
Muchos se casan en extremo enamorados , y 
no pueden ignorar los medios de que se va- 
lieron para inspirarse un mutuo cariño, y fue- 
ron la complacencia, las mas finas y delicadas 
atenciones, procurando presentarse con un ex- 
terior agradable, disimulando, ocultando, ven- 
ciendo sus defectos é imperfecciones. ¿Por qué 
no continúan del mismo modo estando ca- 
sados ? 

Preguntaban al filósofo Zenon si los sabios 
debían amar, y él respondió que si los sabios 
no amasen , serian muy desgraciadas las mu~ 
geres hermosas. 

En la mocedad, decia St. Evremond , vi- 
vimos para amar, y en la edad madura ama- 
mos para vivir. Hérodoto dice que el amor 
es el mas hermoso de los dioses , y que es tan 
antigua como el caos y la tierra: Aristófanes 
ánade, que tenia alas doradas, y que lleno de 
beneficencia se unió con el Caos, y que de es- 
tá unión nacieron los hombres y las mugeres. 
Antes qué el amor hubiese agitado el caos no 
habiá dioses^ dé esta agitación nacieron el cié- 



46 

eie de amor, pues al contrarío no puede me- 
nos de perfeccionarlas: ablanda hasta los co- 
razones mas feroces, hace tratables á los ge- 
nios mas ásperos y adustos, mas complacien- 
tes á los hombres mas desapegados. El qneama 
se acostumbra, á medida que crece su pasión, 
á acomodarse á la voluntad de la persona que- 
rida, contrayendo de este modo el feliz hábito 
de reprimir y dominar sus deseos , de confor- 
mar sus gustos é inclinaciones á las circuns- 
tancias de tiempo , lugar y personas. 

¿ Pero cuánto no pierden las buenas cos- 
tumbres con aquellas violentas y desordena- 
das pasiones que los hombres groseros y car- 
nales confunden con el amor? 

El objeto pues de este verdadero amor debe 
de ser el unirse á la persona amada con el in- 
disoluble lazo del matrimonio, y entonces lla- 
maremos á la estimación recíproca de los es- 
posos amor conyugal. 

Para vivir feliz en este estado , es menester 
que le haya precedido un amor mutuo é igual- 
mente virtuoso en ambos consortes ; pues si 
solo hubiese tenido por objeto la hermosdra, 
las gracias y la juventud , siendo él tan frágil 
como estas circunstancias pasageras, se disipa- 
ría tan pronto como ellas; pero será firme y 
constante si se funda sobre las cualidades del 
alma. 

Si quieres ser amado, ama, decian los an- 
tiguos; y yo digo que el que quiera adquirir 
derecho á ser amado debe procurar merecer- 



45 

Cuando dos personas que se aman se pi- 
den recíproca sinceridad para saber cuando de- 
jarán de amarse, no es tanto por estar adver- 
tidos de ello, cuanto por estar mas seguros de 
que son amados , cuando no se les dice lo 
contrario. 

Compararemos al amor con el fuego, pues 
ni uno ni otro pueden durar sin un movi- 
miento continuo ; y asi es que muchas veces 
se apaga cuando ya no tiene ni que esperar 
ni que temer. 

Sería un error culpable creer que clamor 
sea solo el deseo sensual del placer ; al con- 
trario, si queréis sondear vuestros sentimientos 
de buena fe, y distinguir cual es la pasión 
que sirve de fundamento á vuestro amor, con- 
sultad los ojos de la persona amada. Si su pre- 
sencia os intimida, y contiene en una sumi- 
sión respetuosa , entonces podéis decir que la 
tenéis verdadero amor , porque éste prohibe 
al pensamiento toda idea sensual , todo arre- 
bato de la fantasía que pudiese ofender la de- 
licadeza del objeto amado*, pero si las gracias 
y los atractivos que os enamoran hacen mas 
itíipresion en vuestros sentidos que en vuestra 
alma, esto ya no es amor, sino un deseo carnal. 

El amor verdadero y puro, cual aqui le 
consideramos, jamas hace cometer faltas que 
puedan ofender ni á la conciencia ni al ho- 
nor : el que de este modo es capaz de amar, 
es virtuoso; y asi creo que nada hay que te- 
mer para las buenas costumbres en esta espe- 



44 

feccion ó belleza del alma, y aquel el defecto 
ó mancha , tendremos un amor puro que Ha* 
raamos comunmente platónico. 

Aunque este amor se parece mucho á la 
amistad, no le debemos confundir con él, 
porque en esta la inteligencia viene á ser, por 
decirlo asi, el órgano del sentimiento, y en 
aquel lo son los sentidos; y como las ideas 
que nos vienen por los sentidos son mucho 
mas fuertes y poderosas que las que provie- 
nen de la reflexión , de aqui nace que la in- 
clinación que ellas producen es una verdade- 
ra pasión; pero la amistad rara vez llega á serlo. 

No puede haber amor sin estimación, por- 
que siendo aquel la complacencia que nos pro- 
cura el objeto amado , y no pudiendo menos 
nosotros de dar un valor á las cosas que nos 
agradan , el corazón exagera su mérito ; y de 
aqui nace que nos demos la preferencia sobre 
los demás, porque por lo común no hay co- 
sa que mas estimemos que á nosotros mismos. 

Se ha mirado, y no sin razón, al amor co- 
mo á un tirano ; y en efecto ejerce un domi- 
nio absoluto en los corazones cuando se apo- 
dera de ellos : por manera , que según él es 
en sí, forma el alma, el corazón y la inteli- 
gencia misma. No es ni pequeño ni grande f 
según el corazón y la inteligencia de quienes 
se apodera, sino según es él mismo; de mo- 
do que podríamos decir que el amor es al 
alma del que ama , lo que el alma viene á 
*er al cuerpo del que anima. 



43 

rías. Pero ¡cuan triste y cruel desengaño cuan- 
do se llega á disipar tan üsongera ilusión, 
cuando hallamos infiel al que creíamos fiel, vi- 
cioso al que juzgábamos honrado , ignorante 
al que teníamos por sabio! 

No son solos los sentidos los que deciden 
de nuestras inclinaciones, ni todo amor es sen- 
sual; al contrario, el verdadero se produce 
y sostiene por motivos mas sublimes y puros: 
no siempre amamos lo mas hermoso y agra- 
ciado; y pocas veces solo esto, sino que tiene 
mucha parte, y aun la principal, en nuestras 
inclinaciones el carácter de las personas, ó las 
buenas cualidades del alma , que hallamos ó 
creemos hallaren ellas, prefiriendo las que 
mas simpatizan con las nuestras. 

Cuanto se presenta á nuestros sentidos, so- 
lo nos agrada como imagen de aquello que 
ellos no pueden percibir ; asi pues no amamos 
Jas cualidades sensibles , sino como los órga- 
nos de nuestro placer , y con subordinación á 
las insensibles que ellos expresan : por lo mis- 
mo lo que mas nos interesa son las buenas 
prendas del alma; y como esta no puede ser 
tin objeto de agrado á los sentidos materiales, 
sino al entendimiento, de aqui nace que el 
principal interés viene á ser el de esta poten- 
cia, por lo que si se la opusiese el de los sen- 
tidos la sacrificaríamos este. 

Pero cuaudo llegamos á persuadirnos que 
el interés de los sentidos es del todo contra- 
rio al del entendimiento ', que este es la per- 



4 2 

en figura de una muger que tiefte en una ma- 
no un canastillo con frutas, y en la otra un 
manojo de espigas. 

Amor. 

La academia de la lengua define al amor, 
diciendo s que es la inclinación ó afecto á ala- 
guna persona ó cosa ; cuando esta inclinación 
es sumamente viva , fuerte ó vehemente, se 
convierte en pasión, y esta es á la que mas 
propiamente llamaremos amor; limitándolo al 
obgeto de que aqui tratamos , diren>os ,que es 
lá inclinación de un sexo á otro. Tan difícil 
es de explicar su naturaleza, su origen y las 
circunstancias que le alimentan ó destruyen, 
como fácil el sentirlo : á veces conocemos al- 
gunas de estas causas, pero otras nos son de 
todo punto desconocidas, siendo inútil el que- 
rerlas averiguar. A estas causas ocultas ó des- 
conocidas llamamos simpatía , la cual hace que 
nos inclinemos mas á un objeto que á otro 
por un movimiento repentino, por una fuer- 
za como irresistible; que amemos , según los 
casos, cualidades opuestas, ya estas, ya las 
otras, y á veces las que deherian parecer las 
mas contrarias á nuestro genio , carácter , y 
aun á nuestro gusto en general. 

Muchas veces el amor es corno una ilu- 
sión ó un engaño, pues amamos cualidades 
que creemos hay en el objeto amado, cuando 
las que verdaderamente tiene son las contra- 



4i 

se, en descubrirse, en dejar conocer su pasión. 

En verdad que si el esposo considera bien 
el valor de todos estos sacrificios hasta el ins- 
tante de su completa dicha , no podrá menos 
de corresponder leal y agradecido á la que tan 
fiua y delicadamente le ama, 

Pero también debemos convenir en que 
solo podremos merecer la verdadera y com- 
pleta estimación del esposo, amando bien, y 
amando siempre, llevando la fidelidad hasta el 
mas escrupuloso extremo, pensando en fin que 
las cosas agradables 5 aun las mas ligeras que 
se dicen á ía persona que no es el objeto ama* 
do, son como otros tantos robos hechos ai 
amor \ de lo que resulta que solo el virtuoso 
amor puede producir el amor fiel. 

Estimaron tanto los romanos á esta virtud, 
que la divinizaron , siendo Numa el primero 
que la erigió templo y altares , ofreciéndosela 
en sacrificio ñores , vino é incienso ; pero de 
ningún modo sangrientas víctimas. Sus sacer- 
dotes, cubiertos de un blanco velo, como sím- 
bolo del candor, con la cabeza y las manos 
envueltas en un manto, eran llevados con gran 
pompa al lugar del sacrificio en un carro en 
forma de arco. Se conoce fácilmente la ima- 
gen de la fidelidad por la llave que tiene en 
la mapo, el perro á los pies, y las ropas blan- 
cas que la adornan: muchas veces tiene un 
sello, y otras un corazón en las manos. En 
muchas medallas se representa á la fidelidad 
con las manos enlazadas , y también se la vé 



los mss graneles sacrificios, y aun desearía, en 
su fino y delicado modo de pensar, que fue- 
sen mayores, y que se repitiesen mas amella- 
do. Podremos compararle con la hermosa Té- 
tis, que deseaba fuese aun mayor la grandeza 
de Júpiter, que la perseguía amoroso, para 
tener mas gloria en despreciarle por su esposo 
Peleo. 

Manifiesta la fidelidad los sentimientos mas 
verdaderos y nobles, y es siempre el resulta- 
do de la mayor probidad. 

Guando dos esposos están unidos con el 
mas sincero amor , la fidelidad que mutua- 
mente se guardan constituye su suprema di- 
cha. Pasar los instantes de la vida cerca del 
adorado objeto \ emplearse todo el dia en ser- 
virle y agradarle; pensar solo en complacerle, 
y considerar que siempre le agradará si siem- 
pre le ama : tales son las deliciosas ideas del 
verdadero amante , y la encantadora situación 
del amante fiel. 

Pero ¿ quién puede ser este sino aquella 
persona que esté dotada de la mayor honra- 
dez? ¿Cuántos sacrificios no hace la muger por 
el hombre á quien ama , llegando , en fin , á 
ser su esposa? Instruida desde su niñez de lo 
que exigen su honor, su reputación, y aun su 
gloria : conociendo los riesgos á que está es- 
puesta , cuántos combates no debe sostener en 
lo interior de su pecho entre su inclinación y 
su razón , qué recelos , qué inquietudes , qué 
temor en amar, cuan mayor aún en declarar- 



3 9 

Fidelidad en amor. 

■ 

Esta cualidad es superior á la constancia; 
# es oa^s delicada, por decirlo asi, mas escru- 
pulosa , mas rara . y mas difícil de hallar : asi 
pesque yernos muchos que se aman con cons- 
tancia ; pero no tantos que se guarden escru- 
pulosa fidelidad, y en esta parte los hombres 
mismos no pueden menos de hacernos justi- 
cia , conviniendo en que la observamos mas 
frecuentemente que ellos, y somos también 
mas generosas, pues que con mas facilidad les 
disimulamos sus faltas que nos las perdona- 
dnos á nosotras mismas. ¿Qué es pues la fide- 
lidad? Aquella continua atención que tiene el 
que ama á no faltar á sus promesas, á sus 
juramentos , y á las obligaciones que contrajo, 
y esto con tanto mas cuidado, cuanto mas so- 
lemnes y sagrados son los vínculos que le unen 
al objeto amado. Siempre tierno el amador, 
siempre verídico, siempre el mismo, 6Ín mu- 
darse en nada, ni vive , ni piensa, ni siente 
sino para la persona que ama, porque ella so- 
la es la que halla amable. 

Leyendo en sus ojos sn amor y sus debe- 
res, sabe que para probar la verdad de aquel, 
jamas debe separarse de las reglas que le pres- 
criben estos. 

¡Cuántas delicias para el amante fiel! Há- 
llase dichoso en serlo, y se complace en pen- 
sar que siempre lo será: placeres son para él 



38 



CONVERSACIÓN II. 



'na-.". i '"iir - 



N, 



1 ilo tardaron machos días nuestras amables 
damas en reunirse, y por ser uno de los mas 
apacibles de primavera se sirvió el TE en el 
jardin : doña Joaquina comenzó á leer su ma- 
nuscrito con el título de. , ••'. 

Historia de las mugeres célebres por 
sus virtudes ó buenas cualidades. 

¿Cuáles son los dotes que mas se aprecian 
en nuestro sexo ?. La hermosura , las gracias, 
el talento natural , la instrucción , un corazón 
sensible cfue se compadece de las desgracias 
de sus semejantes, y se sacrifica , si preciso 
es, por aliviarlas, la fortaleza de alma en las 
desgracias, la constancia y la fidelidad en amor, 
la decencia , el pudor , la modestia en pala- 
bras y acciones, la continencia , la castidad y 
el valor heroico para defender ó vengar su 
honor. Discurriremos sobre algunas de estas 
cualidades , presentando ejemplos notables de 
ellas. 



3 ; 

injustos acerca de algunas mugeres en parti- 
cular, y poca armonía de principios en la edu- 
cación que comunmente se da á las señoritas. 
Que recapaciten i na parcial mente algunas ma- 
dres acerca de las lecciones que dan á sus hi- 
jas, para formar lo que ellas llaman una mu- 
ger amable , y verán que muchas veces, en el 
discurso de dos horas , las han enseñado á un 
mismo tiempo lo que puede merecerlas la es- 
timación y el desprecio de su esposo, asegu- 
rar sus aplausos, y destruir para siempre su 
dicha. Oiremos pues que los atenienses sujeta- 
ron y obscurecieron con sumo rigor á sus es- 
posas, que los franceses las han enseñado á 
agradar demasiado; pero los ingleses, calcu- 
lando mejor, han tomado un medio mas jus- 
to. Partidarios por carácter de la severidad de 
principios, lo interior de sus familias es su- 
mamente puro y decente, proporcionándoles 
una dicha permanente , que no dejaría de tur- 
barse, si diesen entrada en sus casas á la cor- 
rupción de costumbres. 

Aqui interrumpió doña Carlota su lectu- 
ra, sobre la cual se entretuvieron aún las 
clamas un buen rato , quedando convenidas 
en que á la reunión siguiente daria principio 
á la suya doña Joaquina. 



36 

cultivar en una misma muger las cualidades 
contrarias de que las dotó naturaleza, era el 
modo de no gozar completamente de ninguna. 

Aquellos griegos amables y voluptuosos, 
entusiastas del talento y de las gracias, y sin 
embargo amigos del orden interior de la fa- 
milia , celosos defensores de sus derechos so- 
bre sus mugeres propias, que respetaban sus 
virtudes como salvaguardia de la educación de 
sus hijos , conocieron que en el estado de es- 
posas la brillantez dañaba á la estimación , y 
las cualidades agradables y placenteras á las 
útiles y honestas: que al contrario, una vida 
sumamente austera debía destruir los medios 
de agradar, y que las severas leyes del pudor 
y la decencia debilitaban el placer. 

Según esta idea se formaron las diferentes 
relaciones sociales entre los griegos, y aunque 
la dieron una extensión demasiado grande, 
no por eso intentaron tener dos especies de 
mugeres en una sola; y asi con cierta previ- 
sión vinieron á dividir el sexo en dos clases 
de todo punto diferentes : la una dedicada al 
placer , la otra al cumplimiento de las mas 
sagradas obligaciones, esperando éstas por re- 
compensa la estimación y el respeto, las otras 
la lisonja y los aplausos. 

Mas en algunas naciones modernas, y en 
especial en Francia , se quiere que las muge- 
re?, tengan cualidades que mutuamente se da- 
llan, de donde nacen desórdenes y enemista- 
des en Jos matrimonios , juicios infundados é 



35 

Nunca se demostró mas bien que este se- 
xo inexplicable tiene las mejores disposiciones 
para todo , y que hay en él cierta extraordi- 
naria cualidad que puede corresponder á cada 
pensamiento, á cada sentimiento, y á cada idea. 
Tal vez necesita que el hombre haga valer to- 
das sus cualidades : tal vez no puede calcular 
él mismo todo su poder ; y en efecto , no su- 
cede por lo común el que las mugeres tengan 
la conveniente previsión é inteligencia en los 
negocios , si á ello no las mueven las circuns- 
tancias. 

Si uno implora su auxilio , todos los es- 
fuerzos las son posibles en su entusiasmo; pe- 
ro es muy raro el que ellas sepan reflexionar 
para precaver el mal que ellas mismas pre- 
paran. 

Hay mugeres que no os harán el sacrificio 
de un placer para evitaros un peligro que os 
amenaza 9 y un instante después espondrán su 
vida para sacaros de él: en una palabra , poco 
se logra de ellas por el camino de la pruden- 
cia , y todo se obtiene por el de la sensibi- 
lidad. 

Dotados los griegos del mas penetrante in- 
genio, y de wn tacto sumamente fino que les 
hacia conocer cuanto es útil y agradable, fue- 
ron , entre todos los pueblos , los que cono- 
ciendo mejor á las mugeres , supieron sacar 
de ellas las mayores ventajas. 

Considerándolas á propósito para todo, no 
dejaron también de advertir que el querer 



34 

que vivan retiradas en lo interior de sus ca- 
sas, y con esto presentan los mejores modelos 
de virtudes domésticas : se da brillante edu- 
cación á las cortesanas en un pueblo que solo 
estima el valor y la elocuencia , y el cüálsé 
guia mas bien por su imaginación que por su 
juicio ; estás mugerés sostienen y escitan el 
valor d^ los guerreros ; hablan con* admirable 
purera su lengua, y en sus casas se réiiüen los 
hombres mas sabios y de gusto mas fino. Asi 
es que los guerreros y los filósofos solicitan la 
distinción de concurrir á sus brillantes reunio- 
nes: can esto ellas logran tener el mayor in- 
flujo en los negocios , y aun llegan á manejar 
y dirigir muchos. Aspasia decide de la paz y 
de la guerra. Friue obtiene el honor de una 
estatua de aro, entre las de dos reyes , en el 
templo de Belfos. El mismo Demóstenes, tan 
temible at rey Filipo, es vencido por una cor- 
tesana , y asi se dijo de él que lo que había 
meditado en un año , una muger lo derribaba 
en un día. 

Todo lo contrario sucedia en la guerrera 
y austera república dé Esparta, pues que sé 
venia á exigir de las mugeres el que llegasen 
á despojarse de las cualidades naturales á su 
sexo, con lo que sus gracias se convirtieron 
en fuerza , su seducción en astucia , su viveza 
en energía , llegando con esto, no solo á com- 
petir con los hombres en los mas duros ejer- 
cicios, sino á alcanzar muchas veces sobre ellos 
el premio del valor. 



33 

petaban la honradez y la honestidad , y llegó 
el desorden á tal extremo , que se propuso el 
sujetarlas á un impuesto; negocio que fue dis- 
cutido , y en el cual el mismo Demóstenes de- 
clamó contra la cortesana Mera. 

Pero mientras que, según las leyes y cos- 
tumbres de Atenas , las mugeres decentes vi- 
vían en la obscuridad , sucedía lo contrario en 
Lacedemonia ; pues que Licurgo quiso que se 
acostumbrasen á los mas duros trabajos, como 
á luchar en público, lanzar las azagayas, ejer- 
citarse en la carrera y en los gimnasios. 

Este legislador no temió el que la belleza 
se manifestase al descubierto á los ojos de los 
hombres , creyendo disminuir de este modo, 
y no excitar los deseos. 

Las mugeres lacedemonia^, estimulando 
con sus sarcasmos á los jóvenes que no habían 
podido alcanzar el premio en los juegos pú- 
blicos , parecían atender solo á aquel género 
de gloria , en aquel mismo instante en que, 
no ocultando sus atractivos , podian encender 
una amorosa llama. jCuán grato contraste en- 
tre las costumbres de Atenas y las de Lacede- 
monia ! Pero estos efectos no siempre fueron 
honoríficos para un sexo débil , del cual loa 
griegos parecían disponer caprichosamente. 

Viniendo á juzgar ahora de las mugeres 
griegas en general, y del partido que ellas 
supieron sacar de las circunstancias en que lle- 
garon á hallarse, resultará lo siguiente. 

Se obliga á las damas nobles de Atenas á 

3 



32 

con su agradable conversación á los filósofos 
y á los artistas , excitando su ingenio al mis- 
mo tiempo que se aprovechaban de sus luces» 
estableciendo un como mutuo comercio y cam- 
bio de instrucción j de entusiasmo, y de de- 
licioso tratos las damas de ilustre clase, casi 
olvidadas y obscurecidas en los minuciosos 
cuidados domésticos , tan distantes de su siglo 
por sus conocimientos literarios , cuanto por 
su educación, recordaban mas bien aquellos , 
tiempos de grosera sencillez de los primeros 
habitantes del mundo, que no podian dar idea 
de pertenecer á aquella Grecia, cuyas brillan- 
tes ruinas tanto nos admiran y recrean. 

De esta notable diferencia nació pues la 
fama de las cortesanas de Atenas : ellas solas 
cultivaban las artes agradables, porque les era 
prohibido á las demás mugeres: dedicáronse 
pues á ellas, contribuyeron á sus progresos» 
y enriqueciéndose con este nuevo tesoro, al- 
canzaron con sus brillantes sucesos los home- 
nages de su siglo , y la admiración de los pos- 
teriores, 

Pero también debemos convenir en que lo 
que mas contribuyó á la corrupción de |cos- 
- lumbres fue aquella superioridad de las cortesa- 
nas sobre las mugeres de honesto trato , pues 
al instante que Atenas abandonó el puerto Fa- 
lereo* acudieron de todas las partes de Grecia 
un número muy considerable de estas muge- 
res seductoras, las cuales con su vida disoluta 
se concitaron el odio de las personas cjue res- 



3i 

compostura y adorno , pasando de este modo 
toda la mañana en el tocador , lavándose el 
rostro con aguas que aumentaban mucho su 
blancura y belleza , pintándose las cejas , y 
untándose los labios con opiatas que los daban 
un hermoso color de rosa. 

Como los jóvenes griegos tenían pocas oca- 
siones de ver y tratar á las mugeres, se vahan 
de muy particulares medios para declararlas 
su pasión , ya escribiendo sus nombres en las 
paredes de la casa, ya colgando guirnaldas á 
sus puertas , ya haciendo libaciones de vino. 
Si la muger tegia por su parte otra guirnalda, 
se entendía corresponder al amor que había 
inspirado. 

Pero si el joven no lograba el ser querido, 
acudía, en el culpable delirio de su pasión, 
á los amorosos filtros , los cuales tenían fama 
de componer superiormente las mugeres de 
Tesalia. Y eran tan fuertes estos filtros , que 
perturbaban la razón , y aun causaban á ve- 
ces la muerte. También se valian de una fi- 
gurilla que representaba al objeto amado , Ja 
cual arrimaban á la lumbre, entendiéndose 
que cuanto mas se encendía la figurilla, tanto 
mas pasión debia sentir la dama. Y si el joven 
lograba atrapar alguna cosa que la pertenecía, 
iba y la enterraba á su puerta, con lo que 
creia poder estar seguro de ser ya querido. 

Mas volviendo á nuestro propósito vere- 
mos, que mientras las cortesanas cultivaban 
las artes, concurrían al Pórtico, complacían 



3o 

ges mas elevados : asi estaba dispuesta la ha- 
bitación de la hermosa Elena, y se asegura 
que Penelope bajaba de la $uya por una esca- 
lera de manos. 

Luego que llegaban á ser madres tenían 
alguna mas libertad; pero hasta entonces las 
que podríamos llamar dueñas ó celadoras no 
las dejabau salir de casa. 

Cuando una muger griega perdía á su es- 
poso, entraba bajóla tutela de su propio hijo, 
sin cuya aprobación y firma no podía ni tes- 
tar , ni hacer ningún acto legal. 

Sin embargo, por mucho tiempo tuvieron 
el derecho de votar en las asambleas del pue- 
blo: heredaban por partes iguales con sus her- 
manos, y aun recibían toda la herencia si 
eran hijas únicas, pero con la rigorosa con- 
dición de casarse con el pariente mas cercano. 

Hallamos una cosa muy notable, y es que 
cuanto mas célebres se hicieron los griegos, 
tanto menos vivieron en la sociedad de las 
mugeres. 

En Grecia las mugeres llevaban por mu- 
cho tiempo el luto , privándose , mientras du- 
raba, de todos los placeres, y cuidando to- 
dos los dias de renovar sus ofrendas sobre el 
sepulcro del esposo : cortábanse también los 
cabellos en señal de dolor, y los quemaban 
junto con el cadáver: corrian por las calles 
desalentadas , desgreñadas , y arañándose el 
rostro , dando señales de desesperada pena. 

Cuidaban mucho las damas griegas de su 



este pueblo , el mas instruido de cuantos ha 
habido , dejaba á sus esposas é hijas obscure- 
cidas en la ignorancia. 

Sin embargo, hallamos alguna excepción á 
e6ta como regla general: tan cierto es que el 
bello sexo ha dado , hasta en el tiempo mismo 
en que se procuraba obscurecerle, pruebas 
bien positivas de sus excelentes prendas. 

Olveta, hija de Aristipo , enseñó la filoso- 
fía y demás ciencias á su propio hijo, al cual 
por esta razón pusieron uti sobrenombre, que 
significa el discípulo de su madre. En Tebas 
la hermosa Corina , á la que se apellidó la Mu- 
sa lírica, obtuvo cinco veces la palma en cort- 
currencia con Píndaro , y Aspasia fue la maes- 
tra del mismo Pericles. 

Las ocupaciones comunes de las mugeres 
griegas eran el hilar y el bordar ; y cuando 
eran modestas y juiciosas sus esposos las en- 
cargaban todo el cuidado y gastos de la casa. 

Habia una fiesta en Grecia , durante la 
cual las mugeres tenian derecho de apoderar- 
se de los celibatos viejos , llevarles junto á los 
altares, y darles de golpes. 

Eran muy celebradas las matrortas dé La- 
cedemonia por la buena educación que daban 
á sus hijos , y hasta los mas famosos guerreros 
y legisladores se jactaban de haber tenido una 
nodriza espartana. 

Para que no fuese fácil penetrar en las 
habitaciones de las mugeres , se las tenia en 
la parte posterior de la casa, y en los para- 



28 

natural -de Mileto, ciudad principal de la Jo- 
ma,, vino á trasladar á diferente clima la ele- 
gancia asiática : ¡fue el modelo de las mugeres 
de su clase, siendo no obstante cierto que es- 
ta seductora reunión de atractivos, gracias, 
placeres y urbanidad , á que luego se dio el 
nombre de aticismo , no debia alcanzar , ni al- 
canzó en efecto, á las damas nobles de Atenas. 

Conociendo sus esposos la fuerza natural 
de sus pasiones, encerraron en lo interior de 
las casas á sus mugeres é hijas, con tanto cui- 
dado , que manifestaba una desconfianza, que 
no puede menos de parecemos tiránica. Te- 
miendo ademas el que se instruyeren en las 
artes, ó ; que sé abandonasen á estudios mas 
formales , las prohibían tener ningún género 
de maestros, dejándolas por única ocupación, 
y aun placer, el cuidar de los negocios do- 
mésticos. 

Vemos pues que los griegos no se esme- 
raron, ni aun cuidaron de la educación de sus 
mugeres. En la Andrómaea de Eurípides ad- 
vertimos que Peleo acusa á Menelao de la ma- 
la educación de Elena, defecto que no era úni- 
co en ella, sino general en las mugeres griegas. 
Cuanto mas observamos estas costumbres, 
tanto mas nos persuadimos de que los griegos 
procuraban mas bien que sus mugeres fuesen 
capaces de tener hijos bien criados, física ymo- 
ifalmente, que no el que adquiriesen aquellas 
brillantes cualidades que tanto nos agradan, y 
aun seducen en el bello sexo ; y asi es que 



$f 

la arteria transmite a la seda ; precaución ce- 
losa , que tai vez sea única en su género. 

Los griegos. 

¡Qué espectáculo tan admirable no pre- 
senta este pais tan fecundo en cosas maravi- 
llosas! Cuando guiados por el sabio erudito 
Barthelemy segui rijos al joven Anachársis en 
sus viages, parece que cuanto mejor sabe pin- 
tar sus modelos , y mas los engrandece , tanto 
menos se acercan á la realidad hasta sus mas 
perfectos grados. 

Y en efecto, cuánto no debe sobresalir un 
pais gobernado por los hombres mas elocuen- 
tes que ha habido en el mundo , donde se co- 
nocían todos los medios de agradar , donde de 
continuo resplandecía la antorcha del ingenio 
humano , donde casi en una misma época se 
veia á Pericles obtener una brillante victoria, 
á Demóstenes declamar impetuosamente des- 
de la tribuna , á Sócrates abrir escuelas de 
humana sabiduría , á Praxíteles atraer á toda 
Atenas á su taller, á Alcibiades brillar á un 
mismo tiempo en los combates 9 en los conse- 
jos y en los festines, mientras que Aspasia, 
adorada por tantos ínclitos varones , venia co- 
mo á reunirlos á sus pies. 

Como al fin de la guerra peloponesiaca 
las mugeres principales del Ática, reunidas en 
Atenas , desplegaron las formas amables y las 
gracias de las de Jonia ; asi es que Aspasia, 



^6 

giiedad, diferenciándose muy poco de la que 
es en el dia. 

La gran diferencia que se advierte en la 
educación que estos dos pueblos dieron á las 
muge res , indica la oposición en su modo de 
pensar en esta parte. Los egipcios cuidaron 
con sumo esmero de instruir á sus hijas, y los 
chinos al contrario , las han mantenido siem- 
pre en una ignorancia calculada sobre la obs- 
curidad en que querían tenerlas sepultadas sus 
excesivos celos. 

Parece que los chinos han querido mas el 
que sean modestas que instruidas. Por lo tan- 
to se hace suma estimación en la China de la 
modestia 5 y asi es que alli una muger creería 
faltar á todas las leyes de la decencia si dejase 
ver sus manos desnudas. 

En la China todas las leyes se dirigen á 
hacer respetar esta virtud ; y según su poli- 
cía, se obliga á las mugeres de mala vida 
á que habiten fuera del recinto de las ciuda- 
des para no causar fcscáudalo alguno á las vir- 
tuosas. 

Al mismo tiempo que los chinos son co- 
mo idólatras de la hermosura, postrándose 
rendidos á los pies del objeto mismo que per- 
siguen , no hay pueblo alguno en el Asia tan 
excesivamente desconfiado. Cuando una dama 
chiqa se halla enferma, atan á su muñeca una 
hebritá de seda, cuya punta tiene el médico, 
el cual solo puede juzgar de la naturaleza y 
estado de la calentura por las pulsaciones que 



25 



ner vuestro ánimo debilitado , os da súbita- 
mente demasiado esfuerzo , pues no acierta á 
templarle, en razón del abatimiento que sucede 
á la desgracia , y con esto viene á ser su au- 
xilio como áspero, no preparado ni graduado; 
como una luz demasiado fuerte para una vista 
debilitada, que solo puede acostumbrarse len- 
tamente á ella. M. Tomas dice : las mugeres 
saben manejar un corazón enfermo con ins- 
trumentos mas delicados que los que los hom- 
bres conocemos. 

Debemos pues alabar á los egipcios, los 
cuales , por la ley que acabo de citar , habian 
manifestado en tan remotos tiempos que si 
sus despóticos celos habian imaginado la es- 
clavitud de las mugeres, á lo menos sabia» 
conocerlas y estimarlas. 

Mas en cnanto á las naciones que les eran 
contemporáneas, diremos que los historiado- 
res nos dan pocas noticias en esta parte , y asi 
solo podremos formar algunas conjeturas acer- 
ca de la vida privada de los babilonios , de 
los sirios , de los medos y de los persas. Y 
conviene advertir también que entre todos los 
pueblos confinantes con los que aqui nombra- 
mos , las mugeres han venido a tener casi la 
misma suerte ; y que si admitimos la opinión 
de los mejores autores , solo los egipcios fue- 
ron los que la supieron hacer menos dura. 

Pero si entre los egipcios varió en dife- 
rentes épocas, parece que entre los chinos fue 
siempre la misma desde la mas remota anti- 



que le fue mas doloroso que la pérdida de su 
corona j de su libertad , y en efecto los ven- 
cedores entendieron haberle hecho sufrir el 
mas doloroso suplicio. 

Pero entre cuanto podemos alegar en apo- 
yo del respeto que los egipcios tenían á sus 
mugeres , ninguna cosa lo prueba mas que 
aquella excelente ley que encargaba especial- 
mente á las mugeres cuidar del alimento de los 
ancianos, y asistir á los enfermos y á los po- 
bres. 

Debemos ser justos con las mugeres, pues 
son y serán siempre el verdadero consuelo del 
género humano, porque mas que nosotros vie- 
nen á sentir aquella especie de necesidad de 
favorecer á los que padecen. Parécelas que 
cuanto las rodea las llama en su auxilio , mi- 
rando ellas como una obligación el acudir vo- 
lando; asi es que inspiran cierta secreta con- 
fianza á las personas que sufren. 

Si un hombre y una muger pasan cerca 
de una persona afligida, ésta por cierta espe- 
cie de instinto se dirige primero á quejarse y 
suplicar á la muger; pues se cree mas segura 
de obtener de ella una respuesta de consuelo, 
ó un pronto socorro. 

La gracia y la debilidad parecen advertir- 
nos de que acompañan á la compasión. Y si 
en los males físicos son de inapreciable con- 
suelo las mugeres, en los morales solo de ellas 
podemos esperar un saludable alivio. Si un 
amigo quiere calmar vuestra pena, ó soste* 



23 

te medio de agradar, cesaba también este nue- 
vo motivo de inquietud. 

Sin embargo, muchas de ellas ocuparon 
destinos eminentes, ó tuvieron el encargo de 
negociar con naciones comarcanas ; y un gran 
número se emplearon en especulaciones mer- 
cantiles, lo que demuestra evidentemente que 
los hombres apreciaban su ingenio é inteli- 
gencia, que conocían la ciencia del cálculo, y 
que á causa de la flexibilidad de sus faculta- 
des morales, se hallaban tan dispuestas á los 
conocimientos agradables, como á los estudios 
mas abstractos. 

De todas estas observaciones podemos con- 
cluir, que entre los antiguos egipcios las mu- 
'geres vivian en una esclavitud mas disimulada 
y suave que en los demás pueblos , y que las 
que llegaron á desempeñar empleos y desti- 
nos, los vinieron á conquistar en cierto modo 
con su talento y sus excelentes prendas. Mas 
cercanas á los hombres por un grado de ci- 
vilización que suavizaba sus costumbres, ocu- 
paban en la idea del otro sexo un lugar des- 
conocido en los pueblos cercanos. Podemos 
citar el pasage siguiente en prueba de esta 
verdad. 

Habiendo sido vencido Psamético, y caid® 
la ciudad de Menfis en poder del enemigo, los 
vencedores obligaron á aquel príncipe á que 
se situase en un parage elevado, desde el que 
vio á su hija , á la que conducían con las de- 
mas cautivas á traer agua, del rio ; espectáculo 



22 

cn Egipto , y la razón de esto la da un autor 
inglés en las expresiones siguientes: "Mientras 
que otras gentes vivían en las selvas ó en cho- 
zas, alimentándose de la pesca ó de la caza, 
los egipcios aplicados á la labranza por la fer- 
tilidad que proporcionaban á su pais las inun- 
daciones del Nilo, y obligados para libertarse 
de ellas á habitar en casas elevadas sobre el 
suelo, formaron antes que las demás gentes 
una verdadera sociedad , cuyo mas bello ador- 
no le constituían las mugeres , contribuyendo 
no menos á su perfección. 

Obligadas las familias á vivir mucho tiem- 
po juntas , procuran agradarse mutuamente, 
con loque la civilización adelanta mas que en- 
tre los pueblos cazadores ó pescadores. 

Las mugerés no despreciaron esta ocasión 
de desplegar todos los recursos que les ofre- 
cian sus cualidades y sus gracias, y de adqui- 
rir uii imperio que hasta entonces no habían 
podido lograr. 

Todo lo que sabemos de este pueblo nos 
mueve á creer, que siendo muy instruido, 
cuidaba con esmero de la educación de las 
íiiugeres; pero no obstante las prohibía el co- 
nocimiento y ejercicio de la música , cómo que 
ablanda demasiado el alma: mas algunos pien- 
san que solo las privaban de esta distracción 
para hacer que se entregasen enteramente á 
mas serias y formales ocupaciones-, pero yo 
creo que esta precaución nacia mas propia- 
mente de celos , pues privando al sexo de es- 



21 

zado, *se las privó de los medios de teherlo; 
pues, según Plutarco, habia una ley que con- 
denaba á la pena capital al que hiciese calza- 
do á las mugeres. 

Es verdad que, como en todas partes, las 
habia comunes y despreciables , que llevaban 
una vida libre y licenciosa , y que se ocupa- 
ban en el obsceno culto del buey Apis; pero 
no debemos confundir con ellas á las demás, 
que eran el mayor número , asi como no de- 
bemos juzgar de las costumbres , y de la ma- 
yor ó menor libertad de las japonesas y chi- 
nas por las mugeres públicas de estos paises, 
6 por las bay aderes de Surate. 

Un autor griego se expresa en los térmi- 
nos siguientes: cr Si las mugeres no hubiesen 
tido como esclavas en Egipto, y que hubiesen 
llegado á tener parte en el gobierno, no sfe 
hubiera mantenido alli aquel gran número de 
eunucos, los cuales tuvieron tanto poder que 
llegaron hasta apoderarse del supremo mando/' 
Procuremos conciliar, si es posible, las 
continuas contradiciones de los autores anti- 
guos acerca del verdadero estado de las mu- 
geres en Egipto; pues me parece que podemos 
hallar la verdad , comparando las diferentes 
épocas á que se refieren , y en las cuales han 
escrito. 

En los primeros tiempos la suerte de las 
mugeres fue casi la misma entre los egipcios 
que en los pueblos comarcanos; pero el peso 
de su esclavitud se alivió mucho mas pronto 



$6 

brío y de sosegada vida pasaba súbitamente de 
las mas austeras ceremonias á las fiestas mas 
licenciosas y desordenadas. 

Reinaba en Egipto igualmente la costum- 
bre asiática de tener eunucos para guardar á las 
mugeres, por manera que aunque no conof- 
cian el verdadero amor , no por eso dejaban 
de ser celosos y desconfiados basta el mas ri- 
dículo extremo. 

Esta aparente contradicion no es dificil 
de explicar, conociendo la fragilidad del sexo: 
el amor puramente físico es á veces mas des- 
confiado que el amor que tiene parte de mo- 
ral, que llamamos platónico ó del alma, pues 
la constancia del corazón nos fortifica contra 
las flaquezas de los sentidos. 

Las leyes protegian mucho á las donce- 
llas , por manera que castigaban, reduciéndo- 
le al estado de eunuco, al hombre libre que 
violaba á cualquiera de ellas si también era 
Jibre. Prueba igualmente la consideración que 
los egipcios tenian con sus mugeres aquella 
ley que encargaba á las hijas, y no á los hi- 
jos, el mantener y auxiliar á sus padres y 
madres pobres ó enfermos. 

Para obligar á las mugeres de distinción á 
no salir de casa , las privaban en cierto modo 
del uso de los pies con una operación doloro*- 
sa que los hacia sumamente pequeños; eos*- 
tmnbre que aun subsiste entre los chinos. 

Ademas de esto, como hubiese la opinión 
de que era cosa indecente el salir sin cal- 



*9 

cluidas, á causa de que para ascender al so- 
lio era menester haber sido consagrado y adop- 
tado en el colegio de los sacerdotes. Y era 
cosa muy natural también el que las mugeres 
no gozasen de ninguna dignidad sacerdotal, 
pues que para ejercer estas funciones era pre- 
ciso instruirse en lo que se llamaba la Sabi- 
duría de los egipcios, estado que no podia 
menos de ser desagradable á las mugeres. 

Es bien cierto que los egipcios fueron en 
tan remotos tiempos el único pueblo donde 
encontramos rastros de estudios y de buena 
educación. Sus sacerdotes ensenaban las cien- 
cias, y entre ellas la astronomía, de cuyo es- 
tudio, á lo que parece por algunos autores, 
no estaban escluidas las mugeres , y aun ha- 
bia muchas que se empleaban en profetiza é 
interpretar los sueños, y las cosas prodigiosas 
«que creian ver en los aires. Sin embargo M. 
de Gailus asegura que las mugeres se ocupa- 
ban, 4 lo mas, en alimentar los escarabajos, 
musarañas y demás sabandijas, á quienes tri- 
butaban culto ; y aun está probado que les 
estaba prohibida la entrada en el templo del 
buey Apis, excepto en los primeros dias de 
su instalación. 

Los egipcios eran muy melancólicos y de 
pasiones fuertes; y aunque el sexo en general 
tenia mucho imperio sobre ellos , ninguna mu- 
ger en particular lo ejercia en tales términos 
que dominase sus almas. Pero durante la ce- 
lebración áú culto siriaco aquel pueblo sonv- 



i8 

ilimitada libertad; mas esta especie de con- 
tradicción entre las costumbres y el clima ja- 
mas se notó entre los chinos. 

Muy poco conocida nos es la historia del 
antiguo Egipto, y solo podemos tener algunas 
pocas y no muy seguras noticias por medio de 
los autores griegos, los cuales no están muy 
acordes; y asi es que Herodoto asegura 'que 
solo tenian una esposa, cuando Diodoro Sículo 
afirma que se casaban con muchas, PeroM. de 
Paw cree que Herodoto cayó en error, ó por 
el ejemplo de los sacerdotes, los cuales, á 
causa de sus ocupaciones , solo podían ser 
monógamos, ó de la gente común, cuya po- 
breza les impedia mantener muchas mugeres, 
aun cuando la ley se lo permitiese. Pero todo 
nos mueve á creer que en Egipto la servi- 
dumbre doméstica de las mugeres era tan an- 
tigua como la monarquía. Algunos autores ha- 
blan del respeto con que los egipcios las tra- 
taban , lo que nacia , dicen , de su veneración 
á Isis ó la Luna, 

Se cree generalmente que los egipcios te- 
nían mas respeto á sus reinas que á sus reyes. 
Pero, sin embargo, ¿por qué excepto unas tres 
ó cuatro no ha llegado el nombre de ninguna 
de ellas hasta nosotros? Según las mas anti- 
guas instituciones de Egipto, las mugeres es- 
taban declaradas incapaces de reinar ; ley de 
e^cjusion que provenia de otra que las pro- 
hibía ejercer ningún ministerio sacerdotal, 
pues de hecho no podian menos de estar ex- 



*7 

diaijpml aremos en favor del placer, si como 
lo espero está bien desempeñada; y para con- 
tribuir yo también con el corto caudal de mi 
ingenio, tomaré el único rumbo que me que- 
da , y será un término medio entre los dos 
opuestos de doña Joaquina y doña Margarita, 
tratando de asuntos que llamaré indiferentes, 
por no pertenecer propiamente á ninguno de 
los dos extremos , como son noticias de mu- 
geres célebres por sus extrañas aventuras , en 
lasque aun mismo tiempo se notaron grandes 
virtudes y grandes vicios, y hablaré de nues- 
tros adornos, modas, caprichos, usos y cos- 
tumbres particulares, y todo aquello que no 
haya podido tener cabida en las obras de mis 
dos amables compañeras. 

Y supuesto ya nuestro plan general , si 
doña Carlota gusta puede comenzar su lectu- 
ra. Convino ésta* inmediatamente , y leyó lo 
siguiente. 

antiguos egipcio^ y chinos. 

Como estos dos pueblos son los mas anti- 
guos en la civilización, los reúno en un mis- 
mo artículo. 

Si hemos de dar crédito á algunos autores, 
no obstante la pasión de los celos, que con- 
sideramos mas ó menos fuerte entre los hom- 
bres , en razón de lo cálido del clima y del 
grado de violencia que da á las pasiones : los 
antiguos egipcios concedian á sus mugereá 



i6 

querido por los ancianos, pues que de él espe- 
ran algún consuelo aun en la edad decrépita. 

Me parece muy bueno este plan, dijo do- 
ña Joaquina, y no dudo de su buen desem- 
peño; y para que todas contribuyamos al 
placer de nuestra sociedad, me permitiréis 
que yo rae proponga también el mió, que 
será el de referir historias particulares de las 
ixuigeres que mas han ennoblecido nuestro 
sexo por sus excelentes virtudes, por sus ta- 
lentos, sabiduría é ingenio, por sus heroicas 
ó sublimes acciones , y que mezcle discursos 
ó reflexiones , aunque no mias, en que se elo- 
gie á nuestro sexo, y á las cualidades que 
mas sobresalen en él y le distinguen , ameni- 
zándolo también con algunos pasages de bue<- 
nos poetas, en ^os que se nos elogia. 

Pues yo, repuso doña Margarita, solo pa- 
ra que el placer se aumente con el contraste 
ú oposición, haciendo mas bien el papel de 
hombre que el que me corresponde , he de 
tratar de las mugeres que han adquirido des- 
graciada nombradla por sus defectos , vicios y 
crímenes, y de las que han abusado de su 
belleza , talento y gracia , y mezclaré también 
discursos y reflexiones que no nos son muy 
favorables , ó en los que se manifiestan y aun 
exageran nuestros defectos, ocupando no pe- 
queño lugar trozos poéticos en contra de nues- 
tro sexo. 

La idea por cierto es original, dijo doña 
Luisa, puesto que no muy delicada; pero la 



i5 

tir que el número de los que las han alabado 
es muy superior al de los que las han vitu- 
perado. 

Mi obra se dirige á probar que , aunque 
los dos sexos se diferencian entre sí , todo se 
halla compensado entre ellos, y que si el uno 
parece tener ciertas ventajas esenciales que 
faltan al otro, tampoco se pueden rehusar á 
éste cualidades no menos preciosas que le son 
propias : que donde la fuerza falta, suple por 
ella la mafia: que se ha manifestado capaz de 
ocupaciones muy serias , y que tampoco me- 
recen despreciarse sus cualidades intelectuales. 
De mas en mas he procurado establecer 
las diferencias que nacen puramente de la edu- 
cación y de los hábitos; pues sabido es que á 
todos los seres los modifica la educación. 

Asi pues , á los hombres deberíamos im- 
putar cuanto las mugeres pudiesen haber per- 
dido en la parte moral, por la mala dirección 
en su niñez. Ellos , según les place , compri- 
men ó desplegan las facultades intelectuales 
de las mugeres, y con cierta especie de injus- 
ticia se apoyan en los mismos obstáculos que 
han puesto á su educación, para mirarlas des- 
pués con desprecio. 

No podré menos de compadecerme de 
aquellas almas frias é insensibles que lean sin 
interés este ensayo de la historia de un sexo 
que contribuye á nuestra felicidad en todas 
las edades, adorado por la juventud, estima- 
do por los hombres formales , respetado y aun 



I* 

como no haya sido por una como momentá- 
nea usurpación, veremos que tienen menos 
necesidad de previsión que los hombres, es- 
cusándolas ademas en cuanto á esto la grande 
irritabilidad de su fibra, pues como las hiera 
fuertemente cuanto puede excitar sus pasiones, 
resulta que no pueden tener tan buenas dis- 
posiciones para preveer. Dispuestas siempre á 
seguir el partido que las circunstancias del 
momento las sugiere , pasan comunmente su 
vida en la acción y el arrepentimiento. De- 
bemos considerar ademas cuan difícil las se- 
ría adquirir la prudencia de que vamos tra- 
tando, pues que ella es el fruto de la reflexión 
ayudada de la experiencia, y de la experien- 
cia fortificada con la reflexión. 

Sófocles decía que el silencio es su mas 
bello adorno. Platón quiere que tengan las 
mismas ocupaciones que los hombres. Entre 
los modernos unos las consideran capaces de 
las materias políticas, y otros , entre ellos el 
célebre San-Lambert , las condena á ocuparse 
solo en perpetuas frivolidades. Muchos ejem- 
plos podríamos citar que depusiesen ya en fa- 
vor, ya en contra de este modo de juzgar. 

Pero esta misma diversidad de opiniones 
¿no probaria también que hay cierta cosa ex- 
traordinaria en este sexo que no se puede ex- 
plicar , siendo por lo tanto un motivo de ad- 
miración y observación continua? Las muchas 
obras que acerca de ellas se han escrito pare- 
cen apoyar mi opinión, y no dejaré de adver- 



i3 

Cuando el hombre es desgraciado reclama 
de su ánimo la fuerza que necesita para su- 
frir los dolores y las penas ; pero como este 
auxilio ha de venir de él mismo , no puede 
menos de resentirse del abatimiento en que 
ha llegado á caer. Pero si implora el favor de 
la que llamo su segunda alma , entonces en- 
cuentra aquellas mugeres tan dignas de ser 
amadas, las cuales derraman en su corazón, 
con prodigiosos medios, la deseada paz. No se 
separan de su lado aquellas criaturas bonda- 
dosas que presentan el consuelo aun antes de 
prometerlo , que son creidas sin haber llegado 
á persuadir , convirtiéndose de este modo en 
un asilo contra el infortunio. 

Como la fuerza se halla de nuestra parte, 
las mugeres han venido á nacer ó dependien- 
tes, ó esclavas de nuestras pasiones y de nues- 
tros caprichos: en una parte se las idolatra, 
en otra son, con justo motivo, companeras 
nuestras , y en muchas se las esclaviza o des- 
precia ; pero en todas estas diferentes situa- 
ciones se las ve conservar siempre las cualida- 
des que las distinguen , y son su inagotable 
paciencia y su incomprensible valor. Tampoco 
se advierte que sus defectos se aumenten en 
las desgracias y en la humillación. 

¿Y de qué cualidad nuestra se hallan pri- 
vadas? Solo una se las ha rehusado, dice Ana- 
creonte, y es la prudencia. Pero si atendemos 
á que en casi todos los lugares y tiempos han 
•ido gobernadas, no gobernando ellas nunca, 



12 

Pero es muy probable que no haya sido 
esta la intención de los filósofos antiguos y mo- 
dernos , excepto un corto número de ellos: al 
contrario por una extraña parcialidad han re- 
presentado al hombre como á la criatura mas 
excelente y casi única , sin dignarse atender á 
un sexo que miraban como enteramente de- 
pendiente del suyo. 

Mas por un sistema del todo opuesto , la 
mavor parte de los poetas se han dedicado á 
celebrar la hermosura de las mugeres. Pero 
¿se las puede dar á conocer hablando solo de 
su belleza y gracias? No basta con formar su 
retrato , es preciso escribir su historia ; y. tal 
es el plan que me propongo, procurando, en 
cuanto me sea posible, huir de los. que las 
vituperan, sin seguir por eso ciegamente el 
rumbo de sus apasionados adoradores. 

Procurando investigar la suerte , las cos- 
tumbres , la influencia y las pasiones de un 
sexo por lo general oprimido, no por eso in-_ 
tentó ocultar sus flaquezas y sus errores, sino 
que solo quiero manifestar sus virtudes, y las 
cualidades de que le dotó naturaleza , aun 
mas tal vez para nuestra dicha que para la suya. 

Las mugeres son , si "me es lícito explicar- 
me asi, una segunda alma de nuestro mismo 
ser , que corresponde íntimamente con nues- 
tros pensamientos que reaniman, nuestros de- 
seos que excitan, ó de los que participan, con 
nuestras debilidades en las que no caen pues- 
to que deben quejarse jde ellas. 



OO99(MIOOA^99O3l9O®®9®9QO0OM(MMWOO 



CONVERSACIÓN PRIMERA. 



*Smi&Q&Q'«m»s* 



c 



omenzó la reunión del te de las damas 
con la lectura que se proponía hacer doña 
Carlota de un extracto bastante extenso de la 
obrita que pocos años ha publicó en París ei 
no menos amable que delicado vizconde de 
Segur con el título de Las Mugares, su estado 
y su influjo en el orden social entre las diferen- 
tes naciones antiguas y modernas, y dijo asi. 

De cuantas obras ha producido la pluma 
feliz del vizconde Segur, esta es una de las 
que han tenido mas aceptación. Las gracias 
del estilo se unen en ella á los mas delicados 
pensamientos: reina en su contenido la mas 
pura moral , y una suave filosofía que encanta 
y convence. 

Ved ahora como viene á explicarse el au- 
tor mismo en su prólogo. 

Me parece que el estudio del hombre 
abraza el de los dos sexos; y asi que no debe 
observarse al uno con preferencia al otro, á no 
ser que suponiéndoles pasiones, inclinaciones 
y hábitos absolutamente semejantes, se dé por 
sentado que retratando al uno, se ha inten- 
tado representar á ambos. 



IO 

rival y al otro por ser bastante genero- 
so para tributarlas á su mérito. 

Las damas que hacen el principal 
papel en la tertulia son cuatro , á saber: 
doña Carlota ? doña Margarita , doña 
Joaquina y doña Luisa; las demás es- 
cuchan, aplauden, y algunas veces toman 
parte en la conversación. 



queño mérito ú aciertan á desempeñarlo. 

Me temo no obstante que alguna de 
las damas de la tertulia que se precia 
y puede preciarse de mas literata que 
sus compañeras , nos dé en el progreso 
de las conversaciones alguna obrita se- 
mioriginal , ya que no original del todo: 
lo que mas interesará á los lectores es que 
sea buena. 

Querrían mis damas literatas que las 
obras de que sacan los materiales de la 
que llamaremos suya , fuesen escritas 
también por mugeres; pero no les ha si- 
do fácil hallarlas 9 tienen que valerse de 
la pluma de los mismos hombres , de su 
instrucción y de su elocuencia para en- 
treteger su historia, y aun para compo- 
ner su elogio ; pero esto no las degrada 
en modo alguno, antes bien ennoblece 
• á ambos sexos : al uno por haberse he- 
cho digno de las alabanzas de su mismo 



8 

sin ser Paladín de la andante caballe- 
ría 9 no menos que ellos aprecio y vene- 
ro : las daré por cuadernos para mayor 
comodidad de los que deseen comprar- 
las , y para tantear el gusto del publico; 
pues si no agradase la idea, bien po- 
drán seguir doña Carlota y sus amigas 
en sus agradables coloquios , que yo por 
cierto no continuaré en mi empresa , y 
la obra quedará ó manuscrita, ó solo en 
el principio. 

Debemos entender que las amables 
señoras de mi tertulia , aunque personas 
de instrucción no lo son tanto , ni por tal 
se tienen que sean Verdaderas autoras, 
ni sus fuerzas ni sus ocupaciones las 
permiten elevarse á trabajos literarios 
de demasiada extensión : se contentan 
con pasar el rato leyendo extractos y 
traducciones , que ellas mismas hacen de 
varias obras sobre el asunto : no es pe- 



tro sexo que es menos sanguinaria , me- 
nos fecunda en vicios , mas rica en vir- 
tudes. 

Agradó á todas el pensamiento que 
ocurrió á doña Carlota , dueña de la ca- 
sa , y pusiéronlo al instante en práctica: 
porque no se sabe si en las mugeres es 
antes el ejecutar que el pensar , como 
que por lo común las domina una extre- 
mada sensibilidad y muy ardiente imagi- 
nación , y esto no lo niega doña Carlota, 
y aun suele envanecerse de ello. En efec- 
to , produce en ellas á teces excelentes 
acciones , aunque otras, y sea dicho en- 
tre nosotros, las hace caer en grandes 
defectos y errores. 

Mas dejándonos de filosofías , por 
agradar á doña Carlota , á quien con 
filosofía ó sin ella estimo , me propongo 
imprimir estas conversaciones para re- 
creo é instrucción de las damas, á quien 



cen: todo lo "mandan, disponen y gobier- 
nan : todo es por ellos y para ellos : por 
lo común somos sus esclavas ¡algunas ve- 
ces se nos permite ser sus iguales , pocas 
sus superiores, y esto en muy raros casos, 
y por breve tiempo: sabemos lo que quie- 
ren , y cómo quieren ; de aqui resulta 
que la mayor parte de los libros son es- 
critos por ellos p con lo que ocupan mu- 
chas veces el único lagar , casi siempre 
el primero, ya nosotras á lo mas solo 
nos dejan uno muy secundario : ahora 
que aqui reunidas disfrutamos de nues- 
tra libertad, porque nos permiten estar 
golas , venguémoiios de su indiferencia 
ó injusticia , y sea nuestro sexo el pre- 
ferido; hablemos solo de él, que bas- 
tante materia presentará sin apurarla. 

La historia de las mugeres no es me- 
nos instructiva y agradable que la délos 
* bonibres , y se verá en honor de núes- 



ADVERTENCIA. 



Jiin una casa principal de esta Corte se 
reúnen frecuentemente varias señoras á 
tomar el Téj y como la mayor parte sean 
aficionadas á la lectura sus conversa- 
ciones son no menos instructivas que 
amenas y agradables. Desde los primeros 
dias se impusieron la ley de hablar solo 
de cosas de su sexo , dándole , como es 
natural , la preferencia sobre el nuestro: 
error agradable , que no intento comba- 
tir , y que no es tan perjudicial en ellas, 
como muchos que los hombres tenemos. 
Harto hablan los hombres de sí , di- 



CONVERSACIONES 

AGRADABLES É INSTRUCTIVAS 



ENTRE 



VARIAS SEÑORAS, 

en las cuales solo se trata de cosas pertenecientes al 
bello sexo 9 comprendiéndose su historia en general y 
particular ; las que se han distinguido por su hermosu- 
ra , talento 9 valor , grandes virtudes ó vicios ; sus di- 
chos y hechos célebres , anécdotas y sucesos notables, 
cuentos y novelas en las que se pinta el carácter de las 
mugeres , y las cualidades que las distinguen de los 

hombres. 

TOMO PRIMERO. 



CUADERNO I. 



CON LICENCIA. 

IMPRENTA dk AGUADO , bajada de Santa Cru» 

182.7. 



4 



EL TÉ 
BE LAS DAMAS. 



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